Artículos y reportajes
“La maravillosa vida breve de Oscar Wao”, de Junot Díaz
La maravillosa vida breve de Oscar Wao
Junot Díaz
Barcelona: Random House Mondadori
2008
La maravillosa vida breve

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Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces,
un grito que no era más que un suspiro: “¡Ah, el horror! ¡El horror!”.

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

Es regla general, al menos entre cierta clase de lectores, el detenerse de pronto en cualquier punto de la lectura para preguntarse por qué raros caminos llegó a interesarle el libro que ahora tiene entre manos. Resulta que alguien se lo ha recomendado y él decidió aceptar la invitación sin distinguir aún qué es lo que realmente le persuadió: si la buena línea del título (hay quienes afirman no poder leer un solo renglón que esté debajo de un mal título), si el hecho de que confía plenamente en los juicios de quien lo recomienda, o si es porque tantos desengaños lo han resignado a que todo acto de lectura, como toda apuesta por el amor, lleva implícito el riesgo de ser una pérdida de tiempo.

Más o menos así, como una simple noticia, nos llegan los libros. Primero sabemos que un tal autor escribió un tal libro. Que el tipo es bastante joven todavía y que tuvo consternada a la prensa de tal país por haberse ganado tales premios muy prestigiosos. Casi enseguida tomamos conciencia de que el título del tal libro realmente tiene su gracia —La maravillosa vida breve de Oscar Wao— y de que no está nada mal que Junot Díaz, nacido dominicano hace cuarenta años, se haya ganado en el 2008 el Pulitzer y el National Books Critics Circle Award con esa primera novela.

Pero esta información no es necesariamente un incentivo seguro, al menos para cierto tipo de lectores. Antes de entrar en contacto directo con el libro, cada movimiento nuestro es necesariamente tentativo. Vamos de un lado a otro frente a él preguntándonos por la promesa del título, por las pretensiones de su autor (una pregunta bastante atrevida), y, sobre todo cuando la impotencia ante el libro cerrado nos acerca a la exasperación, nos aventuramos a buscar alguna clave en lo que se dice y se escribe, por ejemplo, acerca de los autores latinos que viven en Estados Unidos. Probablemente al final, empecemos a inquietarnos por los cruces culturales que alientan un lenguaje tan cercano a la indefinición o por los criterios que rigen la entrega de los premios literarios.

Es así como nos enteramos de que, tal como el “héroe” de su novela, Junot Díaz también vivió su niñez en un barrio de inmigrantes latinos en Nueva Jersey, donde llegó a los seis años, después de haber abandonado República Dominicana junto a sus padres. Sabemos que, al igual que a Oscar, su amor por los libros de ciencia-ficción también le valió burlas entre sus familiares y compañeros de clase. Que, en contra de lo que pudiera esperarse de un inmigrante latino, estudió filología inglesa en el Colegio Universitario Rutgers y se graduó en 1992. Que pagó su educación trabajando como repartidor de mesas de billar, lavando platos, como mozo en una gasolinera y trabajando en una fundición de acero. En fin, que hasta la llegada, en 1996, del reconocimiento que le merecieron los cuentos de Drown (traducido al español como Los boys y Negocios), fue un inmigrante más en busca de su lugar en el mundo. Que todavía no ha encontrado tal lugar, pero al menos enseña redacción creativa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y divide su tiempo entre Boston y Nueva York.

Ese es el cuadro que puede extraerse si se miran las líneas más generales de cuantas han marcado sus respuestas a las innumerables entrevistas que le siguieron al éxito de La maravillosa vida breve. Unas líneas bastantes prototípicas si se detiene uno a pensar en la figura que tanto gusta de hacerse sobre ciertos escritores famosos. Un hombre que sufrió mientras gestaba su obra, mientras maduraba lo mejor que podía darnos su gran talento. Sin embargo, por encima de la inevitable descripción de esos años de anonimato, Junot deja traslucir siempre una personalidad muy abierta al reconocimiento de lo que verdaderamente está en juego para un escritor que ha tenido que vivir su vida desde los márgenes: la obligación —revestida de una carga moral insalvable— de hablar por los que no tienen voz.

Aunque Junot se haya empeñado en negar el carácter autobiográfico de la novela, la tensión que rige sus momentos más dramáticos está orientada casi siempre por la dificultad para hallar un lugar por parte de personajes que —no saben de dónde realmente— han sido arrancados de cuajo, que se violentan y son violentados por su condición de personas sin tierra. Sus relaciones sociales y familiares son claro retrato de lo que, al menos después de haber leído sus cuentos, uno sabe que es la vida de un inmigrante latino en Estados Unidos. Junot lo ha dicho ya al ser interrogado sobre la importancia que tienen para él Nueva Jersey y Santo Domingo, el inglés y el español: la visión que el inmigrante tiene de sí mismo y de su mundo está definida por la forma como mira “hacia el Centro” y como es mirado “desde el Centro”.

Junot Díaz
Junot Díaz.

Tal vez no sea ésta una conclusión muy original, pero el logro de Junot está en hacernos vivir estas cosas, en mostrarnos la forma como se aprende a vivir cuando se es extranjero en un país con fuertes sectores sociales que aún se niegan a reconocerle un carácter legítimo a su innegable pluralidad. En esto les va la gracia a sus dos únicos libros: en ser una voz que habla de esta peripecia, en ser la voz de alguien que ha vivido y ha visto vivir una condición y sabe por qué dice lo que dice, por qué le da la gana de hablar como habla.

Pero estas ideas llegan sólo hacia el final, son cosas en las que uno piensa cuando levanta la vista en cualquier punto de la lectura con intención de recapitular o cuando está a punto de salir al aire enrarecido de la mañana después de haberse zambullido en el libro durante un buen par de horas. Antes de todo ello, está todavía el gozo físico de tener el libro cerrado en las manos. Nuestro por fin, de nosotros que ahora nos sentimos menos indefensos frente al verde fluorescente de la portada y le podemos decir a Oscar, ya con bastante familiaridad: “Esperemos que nos vaya bien”.

Y la cuestión empieza desde el principio. Antes de Oscar y sus antecesores inmediatos. Para ser más concretos: desde la llegada del Almirante, y a manera de advertencia por parte del narrador: con una buena explicación posible al porqué nuestros países han sufrido la maldición de sus tiranías y al cómo es que nuestras desgracias inmemoriales se han prolongado a lo largo de los siglos, reproduciéndose unas de otras, mutando para no darnos escape.

Así empieza la cuestión: “Dicen que primero vino de África, en los gritos de los esclavos; que fue la perdición de los taínos, apenas un susurro mientras un mundo se extinguía y otro despuntaba; que fue un demonio que irrumpió en la Creación a través del portal de pesadilla que se abrió en las Antillas. Fukú americanus, mejor conocido como fukú”.

Un fukú es una maldición, una cadena de desgracias que se prolonga entre las generaciones como un lunar peludo, como unos ojos cansados que nos miran con su tristeza de siglos. En este caso, una maldición que cobró forma en el Trujillato, cuando el doctor Abelard Luis Cabral decidió que no quería sacrificarle a El Jefe, al Fuckface, al Chivo, al Cuatrero Fracasado, la virginidad de su hija mayor. Él y su familia fueron sencillamente aplastados, porque así funcionaban las cosas cuando El Jefe no estaba contento, y la fortuna familiar repartida entre los esbirros del Régimen, y la única sobreviviente, Hypatía Belicia Cabral, dejada a la buena de Dios por su familia cuando apenas contaba unos meses de vida.*

Pero esa niña, que será la Gran Sobreviviente de esta historia, aunque por un camino bastante difícil, estaba predestinada a llegar hasta Nueva Jersey: después de superar la esclavitud doméstica a que fue sometida durante sus siete primeros años, después de ser rescatada por la Inca con una quemadura que le cogía toda la espalda, después de sobrevivir a los desengaños del amor y a la lujuria desinteresada de los hombres (“ese verano nuestra muchacha desarrolló un cuerpazo tan enloquecido que sólo un pornógrafo o un dibujante de comics podía haberlo conjurado con tranquilidad de conciencia”), después de haber probado en los propios huesos las últimas sacudidas del Régimen, abordará su avión hacia el Norte:

¿Su esperanza más fiera? Encontrar un hombre. Lo que todavía no conoce: el frío, la monotonía agotadora de las factorías, la soledad de la Diáspora, nunca volver a vivir en Santo Domingo, su propio corazón. Lo demás que no conoce: que el hombre de al lado terminará siendo su esposo y el padre de sus dos hijos, que después de dos años juntos la dejará, su tercer y último desengaño, y que nunca volverá a amar.

Y fue así como el fukú de los Cabral alargó sus manos hasta Patterson, un gueto latino en Nueva Jersey, para hacerse cargo de la vida de Oscar.

Resulta que una condena anticipada no es muy piadosa por parte de los dioses, pero el hecho de que un narrador —que además ama perdidamente a la hermana de su personaje— esté tan bien dispuesto a ejecutarla, es humanamente incomprensible. Desde la primera línea no habrá mucha compasión para el pobre de Oscar, y si su destino estaba marcado por una maravillosa brevedad (cada quien sacará sus conclusiones sobre este epíteto), no es muy caritativo eso de desnudarnos tan escuetamente los hilos que le conducen: “Nuestro héroe no era uno de esos dominicanos de quienes todo el mundo anda hablando, no era ningún jonronero ni fly bachatero, ni un play boy con un millón de conquistas”.

Después de su gran éxito con las chicas cuando tenía siete años, irá sufriendo una transformación apenas concebible en las novelas de ciencia-ficción de las que se hizo adicto durante su “triste y sexuada adolescencia”. “La adolescencia temprana lo golpeó de manera especialmente fuerte, distorsionándole la cara de tal manera que no quedaba nada que se pudiera llamar lindo”... Durante esos años se convertiría definitivamente en “un nerd gordo y solitario”, sin “ninguno de los superpoderes del típico varón dominicano... No podía practicar deportes, ni jugar al dominó, carecía de coordinación y tiraba la pelota como una hembra. Tampoco tenía destreza para la música ni para el negocio ni para el baile, no tenía picardía, ni rap, ni don pa na. Y lo peor de todo: era un maco”. Se entenderá que no se puede esperar mucho de la vida cuando se está tan mal dotado en un medio que sobrevalora esas cosas de las que Oscar carecía tan lamentablemente. Y peor aun, al menos según Yunior, es que nunca se ha conocido a alguien que “tanto hubiera querido estar con una muchacha”. Ya en eso nos quedan servidas las condiciones para una vida difícil, una vida maravillosa que encontrará la mejor manera de hacerse breve. Sin duda una buena forma de plantearnos el juego.

Pero, como lo decía hace un momento, y tal vez lo repita después, la riqueza de los libros de Junot está asentada sobre una clara comprensión de la complejidad social que la nutre. Como sucede con las novelas más ambiciosas, la más hambrientas de totalidad, la aventura del héroe principal está imbricada en un juego complejo con otras vidas que se van tejiendo entre idas y vueltas en el tiempo, entre movimientos bruscos que a veces desconciertan para revelarnos luego que una trama bien pensada exige que algunos hilos vayan por debajo. Alrededor de la vida de Oscar se sucede una realidad demasiado imperiosa como para dejarla pasar inadvertida. La vida suya y de su familia se muestran intrascendentes en la medida en que sólo constituyen uno de los tantos dramas que padecen los inmigrantes (y todos, de una manera u otra, vivimos nuestro propio exilio), pero es justamente esa intrascendencia común lo que les da relevancia. A fin de cuentas, siempre hay un drama de fondo: la incomunicación, el deseo insaciable de estar en otra parte, la conciencia dolorosa de que la vida que nos toca amanece todos los días con nosotros, como ese perro y las pantuflas esas que duermen cada noche junto a nuestra cama.

De modo pues que esta novela se constituye en un tremendo mural, o un muro recargado de grafitis, si se quiere, erigido con gran habilidad por un escritor dispuesto a reivindicar el valor de una escritura desbordante y sincera. Están aquí juntos, explicándose mientras nutren nuestra comprensión del destino de Oscar, los años peores del Trujillato y la infancia de Belli, las largas piernas de Lola y la voz un tanto estrafalaria de Yunior, la devoción sin treguas de la Inca y los anochecidos cañaverales Santo Domingo, el infaltable restaurante de chinos, el hombre que desafía el Poder y es aplastado, la mujer que simplemente es aplastada, el campus universitario, el también infaltable Barrio Latino... y como una sombra de fondo que va y viene, un hombre joven, negro, adorador de Stephen King, que pesa 307 libras y se desespera terriblemente porque aún no consigue “raparse” a la primera jeva.

Como gustan de decir algunos escritores, a veces se ven las junturas, y hay que reconocer que la abundancia de pies de página puede resultar desalentadora y que el “maco” de Oscar (y hasta Yunior a veces) se puede poner pesado con el tema de la ciencia-ficción y los juegos de rol. Pero el viaje está emprendido desde siempre, y Oscar encuentra muy bien la forma de llegar al corazón de sus propias tinieblas. Primero sus enamoramientos pendejos, seguidos del correspondiente ataque depresivo. Luego otro estúpido enamoramiento, y otra vez la depresión y un intento de suicidio. Después de esto el viaje a Santo Domingo, la tierra del Hermoso Toto, y las cosas impredecibles o, viéndolo bien, harto esperadas, que suelen ocurrir cuando se ha llegado al terreno que el narrador escogió para darle fin a su cuento.

En general, las dudas suelen permanecer cuando al concluir la lectura no se sabe a ciencia cierta qué es lo mejor del libro que acabamos de cerrar. Y más aun cuando debes reconocer que La maravillosa vida breve es el tipo de novela frente a la cual te sientes obligado a preguntarte por el material del que está hecha, por las cosas que hay más allá de ese trasfondo de fluidez y malas palabras.

Porque, si al tema nos atenemos, estamos de hecho frente a una novela sobre la Diáspora, sobre ese exilio masivo de dominicanos que propiciara tan celosamente el señor Balaguer. Una novela del desarraigo y de la vuelta a casa, y una clara lección de hasta dónde nos llevan siempre nuestros pasos perdidos.

Una novela histórica que, al mejor estilo de las novelas de dictadores, magnifica los alcances del poder hasta el punto del absurdo y la ignominia, y que a veces sólo encuentra en Tolkien y Star Trek los equivalente para esas criaturas perversas y ambiciosas que han gobernado nuestros países. Una novela histórica que, en la línea de las escrituras posmodernas más radicales, entra en diálogo abierto con todos los discursos de la historia: que no sólo refuta la historia oficial sino también la refutación llevada a cabo por otras novelas (según el propio narrador, en La fiesta del Chivo Vargas Llosa es a veces demasiado comprensivo con algunos buitres del Trujillato).

Una novela-retrato de República Dominicana y los dominicanos. Sobre el peso de la fe y otras supersticiones, sobre sus estereotipos y sus odios y rechazos, sobre la historia que los hace ser como son, con sus páginas oscuras y sus páginas en blanco.

Pero La maravillosa vida breve es también, sobre todo y a pesar de todo, una magnífica novela de amor. Del amor conflictivo y bien llevado y luego resignado de Lola, la hermana de Oscar, con el mismísimo Yunior. De la búsqueda del amor constante con que Beli, la madre de Oscar, se jugó a la vida, y su soledad final de mujer hermosa que fue comida por los desengaños y el cáncer y los tres trabajos simultáneos que le permitieron tener una casa. De las valentías por amor del doctor Abelard Luis Cabral. Del amor de la Inca, muerto con el único hombre que la amó de verdad en la vida. Una saga familiar signada por el Gran Fukú de los que aman y buscan y anhelan el amor en el mundo de los hombres. Y de Oscar, el último eslabón de esas desgracias, el más triste de los eslabones, que al final pudo comprender que la vida de un hombre está muy bien justificada desde el momento en que sabe en carne propia que un polvo bien echado, y la dulce intimidad que le viene después, es el gran manantial de la belleza toda del mundo: que vale la pena el tiro de gracia cuando uno se lo ha ganado amorosamente sobre las entrepiernas de una mujer.

“¡Así que esto es de lo que todo el mundo siempre está hablando! ¡Diablo! Si lo hubiera sabido. ¡La belleza! ¡La belleza!”.

* Es punto para no olvidar el valor de los personajes femeninos, lo entrañables que pueden llegar a ser, dentro de la novela.