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Asalto de madrugada

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Ambos, al verse a lo lejos, sabían que se cruzarían en contados minutos si continuaban corriendo a toda prisa. Debían decidir rápido qué hacer: seguir o volver sobre sus pasos. Entonces, como si hubieran llegado a un acuerdo, disminuyeron la velocidad y caminaron agitados hasta encontrarse a escasos metros de distancia.

El varón, luego de observar con interés a la mujer, la saludó confiado en sí mismo e intentó acercarse, pero ella retrocedió en el acto. Los dos percibieron que huían de situaciones similares. Al instante, seducido por la belleza femenina —infrecuente a esas horas y en esos lugares—, quiso aproximársele de nuevo, pero apenas sintió el inminente rechazo resolvió invitarla a tomar la perpendicular calle empedrada y oscura e ir juntos hasta donde le permitieran las circunstancias inciertas. La mujer se mantuvo en silencio un rato. Después le mostró un cuchillo largo y fino, dándole a entender que ni siquiera pensara en sobrepasarse, y aceptó. No tenés que tener miedo de mí. Yo co soy bueno. Ningún hombre es bueno, mucho menos a esta hora. Con esas palabras las cosas quedaron claras... durante algunas cuadras, pues tanto él como ella querían algo del otro.

Caminaron en la misma dirección, pero a metros de distancia. ¿Cómo te llamás? La mujer no respondió: no se involucraría más de lo necesario con el extraño compañero de fuga. Y él no se daría por vencido. ¿Te puedo llamar Linda? A mí me dicen Ñakurutũ.1 Un viejo me puso ese marcante2 hace mucho. Ella no le prestaba atención; sólo miraba adelante, atrás, a los costados, sin detenerse más de tres segundos en un mismo punto. ¿De qué tenés tanto miedo? No le tengo miedo a nadie. Me sé defender sola. No tenés que ser tan dura... Yo no te voy a hacer nada malo. Ojalá pudiera estar algún día con alguien como vos de linda. En eso nomás piensan todos. Sos tan linda que no se puede pensar en otra cosa. ¿Querés tomar algo? Vamos a la bodeguita de la avenida. Yo te invito. ¿Sí? No seas mala, Linda. Hay gente en ese lugar. Podés esperarme cerca de ahí. Bueno.

Apresuraron el paso. Llegaron. Sólo él cruzó la avenida. Compró un vino barato y una gaseosa. Ella lo esperó en la esquina, observándolo desde la oscuridad. Cuando regresó con las bebidas, le propuso ir a un lugar tranquilo, donde no se preocuparan de nada. Caminaron uno al lado del otro y entraron rápido en un baldío. Al estar bastante alejados de la calle, ella le dijo con una voz casi sensual que se sentara en el suelo. Él la miró y pensó que ésa sería su gran noche. ¡Por fin una mujer hermosa! ¡Y sin pagarle un guaraní! Presentía su mejor encuentro en muchísimo tiempo. Sonreía orgulloso de sí mismo cuando, de repente, la vio amenazarlo con el cuchillo a la altura del estómago. ¡Dame todo lo que tenés! ¡Dale! ¡Dame tu billetera y el bolso! El varón dejó caer el vino y la gaseosa y retrocedió varios pasos mientras le decía que se tranquilizara. Yo co no tengo nada de valor. No vayas na a hacer esto. ¡Callate! ¿Qué mierda esperás para darme el bolso y tu billetera? Calmate un poquito, Linda. Ya te voy a dar... Con las dos manos tomó su bolso, lo levantó hasta su pecho y, con un movimiento ágil, aprovechando la penumbra, metió la mano derecha en él y sacó su revólver.

A la mujer no se le pasó por la cabeza que el varón tendría un arma de fuego. Ninguno lo había tenido antes. Quiso volverse hacia la calle pero su cuerpo no reaccionaba. Le tenía pavor a ese tipo de armas. Soltó su cuchillo y balbució con esfuerzo que por favor no la matara. Cualquier otra cosa hacé conmigo, menos eso... ¡Nde rakore,3 Linda! Así no se vale. En serio co yo no te iba a hacer nada malo. No entiendo por qué me hiciste esa porquería, si te traté masiado4 bien en el camino. La observó de arriba abajo y pensó en golpearla fuerte con la culata o dispararle cuanto antes, pero temía las consecuencias. No quiero meterme en otro problema grande. De sobra ya tengo. ¿Qué voy a hacer contigo? Decime, ¿qué carajo voy a hacer contigo? Se acercó unos pasos y colocó la punta del revólver entre las cejas de la mujer, que al sentir el metal frío palideció por completo. ¡Quitate todo lo que tenés encima! ¿Escuchaste? Con las manos temblorosas empezó a desvestirse, dejando caer al suelo, además de su ropa, un reloj y dos billeteras gruesas. ¡Con razón corrías como yegua loca! No me vayas a matar... ¡Callate! Y caminá hacia allá, le ordenó tajante, apuntando con el dedo índice el fondo del baldío. Ella, resignada a su suerte, obedeció.

Al verla alejarse y perderse de a poco en la negrura de la madrugada, el varón recogió el reloj, las billeteras, el cuchillo, los calzados y la ropa, los metió en su bolso y corrió a toda prisa hasta la calle, donde se detuvo de golpe, como si hubiera olvidado algo muy importante. Volteó y no la vio. Entonces, sin dejar de mirar fijo hacia el fondo del baldío, sacó la remera y el pantalón y los dejó en la vereda.

 

Notas

  1. Ñakurutũ (guaraní): búho.
  2. Marcante (regionalismo paraguayo): apodo,
  3. Nde rakore (guaraní): a la mierda. Y la traducción literal es: “por tu vagina”.
  4. Masiado: demasiado.