Letras
El círculo

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Aquí estoy, sentada bajo mi propia sombra intentando escribir alguna línea coherente. No puedo. No he logrado ninguna. Sólo he conseguido quejarme por una dieta que no logra su propósito y un calor incesante, que no disminuye ni siquiera ante los manantiales de agua que ya he bebido. Inconsciente de mi suerte me senté al suelo a escribir, pero nada. Creo que fuera de ser un problema de creatividad es un problema de intimidación, sí, intimidación por los ojos negros y fríos que me ven del otro lado de la habitación. Allí hay una mujer moribunda. Lleva horas viéndome sin hacer nada, sus ojos son perturbadores, no sonríe, no hace ningún gesto, sólo observa mi preocupación por este trabajo sin comenzar. Yo, simplemente la miro para verificar que sigue allí, sin moverse hacia mí. Estoy en una situación preocupante. Pensándolo bien, ella no estaba aquí cuando llegué y en caso contrario no me percaté.

Una mosca la rodea constantemente, ella no hace nada. Comienzo a pensar que está muerta. No encuentro una explicación razonable para este hecho. Por otro lado aún no escribo nada, o por lo menos, nada presentable. Sus ojos, vacíos en la oscuridad, no me dejan pensar, capturan cualquier indicio de creatividad antes que llegue a mi persona. Me hechizan de manera no grata y se burlan de mí. Aunque ella no se mueve yo sé que se burla, sus ojos brillan con demasiada intensidad en la oscuridad. La luz en la habitación es muy tenue como para verla con claridad, pero es suficiente para verificar que los ojos siguen mirando en mi dirección. Su torso recostado con cuidado en la unión de ambas paredes sostiene su frágil cabeza, que, fuera de mantenerse erguida, está hundida hacia adelante. Sus manos por otro lado no están a los lados sino hacia el frente y sus piernas estiradas, y cruzadas hacia el frente; están algo sucias, su harapienta ropa deja entrever la claridad de su piel. El bombillo titila y recobra fuerza, la luz mejora y veo mejor a la mujer. La mayor sorpresa llega con la luz, como deduje ella está muerta. No hay duda, su piel demasiado pálida y el trozo de carne faltante en la parte izquierda de su mandíbula lo reflejan. Aun así no entiendo cómo llegó aquí, sin duda no debí haberme percatado de ella cuando llegué a este lugar. Es mejor que haga un recuento de lo que hice para despistar alguna equivocación.

Después de subir el Ávila hasta Sabas Nieves decidí tomar agua, comer un helado y continuar. No sé cuánto caminé, pero lo cierto es que llegué a una especie de plaza circular entre los árboles. La llovizna y mi gripe me obligaron a refugiarme en una suerte de cabaña ubicada en la plazoleta. El hecho de encontrar un bombillo me hizo pensar que el lugar no estaba abandonado, por lo cual me senté a escribir mi trabajo mientras esperaba al dueño o el fin de la lluvia, de cualquier manera el suceso que llegara primero me obligaría a retirarme. No podía escribir nada y al levantar la mirada la vi. No, realmente no me percaté de ella, sin lugar a dudas debió estar allí antes pues no existe otra explicación, pero a falta de otra teoría, este lugar, contrario a lo que pensé, está abandonado. Sólo hay un residenciado y es, a desgracia mía, la mujer frente a mí. Sólo me queda esperar que escampe, pero lejos de acabar sólo está empeorando, mal momento para subir el Ávila; debo estar más al tanto del reporte climático antes de salir.

Vuelvo a verla, es terrible. Sus ojos negros son sobresalientes y grandes, su dentadura, aunque perfecta, está amarilla, quizás por el tiempo o por alguna afección como la del cigarrillo. Su cabello largo y rubio está sujetado con unas cintas doradas que hacen juego con su blusa blanca y sus jeans, ahora harapientos y sucios. Su rostro, delicado y blanquecino, parece cal ante la resplandeciente luz que le hace ver, hasta cierto punto, como un ángel caído. Enciendo mi último cigarro mientras la veo, le reto a asustarme una segunda vez, es mi protección contra la manera de intimidarme e intrigarme que tiene. La envidio por su tranquilidad mientras el humo le da un aspecto más sombrío a su rostro. Me ve desde su rincón, segura de sí misma.

Fríamente la observo desde mi esquina. Mi cigarrillo se va consumiendo poco a poco y ella parece acercarse a mí, pero estoy segura de que es el efecto de la nicotina, el cansancio y el hambre. Me siento adormecida, pero no quiero dormir. Ya no me importa el trabajo. Ella es realmente interesante. Silencio, cierro los ojos y resoplo. Cuando la vi, estaba observándome con su mirada prejuiciosa. Terrible y fría. Sus jeans semi rotos y desgastados eran algo brillantes ante la luz fluorescente del bombillo. Su camisa blanca y los lazos dorados en su cabello me asombraban por su belleza, pero a la vez carecían de importancia ante su imagen ahora algo borrosa por el humo. Interesante. Ella no dejaba de mirarme y su cigarrillo no dejaba de consumirse. Con las piernas dobladas adelante, y su espalda recostada con cuidado en la unión de ambas paredes se tomaba la libertad de recostar su frágil rostro hacia el frente. Estaba mirándome desde su soledad, su soledad falsa. Yo también estaba allí.

Sus largos dedos rozaban el cigarro mientras pensaba, quizás en mí o en algo que ella necesitase. La oruga depositada en la cavidad de mi mandíbula ya carente de tejido, estaba comenzando a construir su capullo, por suerte hace mucho perdí la sensación de dolor, y los gusanos son lo único que parece moverse en mi interior. Hace mucho mi sangre ya no corre ni se coagula. No como la de ella. Puedo ver sus dilatadas venas a través de su frágil y delgada piel, una piel exacta a la que un día tuve, y que ahora sólo se intuye gracias a la capa que me cubre, más parecida a un tejido reseco que a cualquier otra cosa. Ella no deja de observarme, con esos ojos dilatados y negros, oscuros, como esta lluvia maldita que me condena día y noche. La misma que la condena a ella. Escucho las rocas y el agua venir. La oruga deja de trabajar, sabe que pronto ya no habrá capullo, ni metamorfosis, ni mariposa. Como todos los años esta plaza está condenada a desaparecer en invierno, junto a todo lo que esté en ella, todo dentro del círculo. Ella no lo sabe, pero pronto dejará el cigarrillo y su ropa se volverá harapienta como la mía. Dudo que desaparezcan sus ojos negros, así como esta lluvia negra nunca desaparece, aun cuando se haya llevado consigo la plaza y con ella mi eterna e indiscutible no-vida.