Ángela aprendió, de su familia, la confianza en los demás, y de sus amigas la capacidad para sonreír; sin embargo, una extraña tristeza comenzó a endurecer sus labios y a deslucir su mirada. Resonaba en su memoria un recuerdo del que no era capaz de extraer imagen alguna pero que amartillaba su cerebro en un eco melancólico. Quizás fueran esas tardes en las que, a través de las palabras de Jane Austen, había ilustrado su mente con protagonistas que nunca existieron en su propia vida. Quizás fueran estas tardes del frío febrero las que ocasionaban ahora la presencia de fantasmas ilusorios. No encontraba respuestas a las preguntas que ni osaba articular. De ese miedo, lejano, torpe e insólitamente reciente, nació un deseo callado, del que surgieron, en trepadoras formas, tallos que entumecieron sus sentidos.
Así pasaba los días. En esa época se acostumbró a ir a la biblioteca municipal con asiduidad. Tomaba prestado, sobre todo, libros de lírica. Olvidó entonces la narración, pues disfrutaba del sonido que creaban los versos en su interior; incluso, a veces, repetía las palabras silabeando, sin preguntarse quién descubriría la eficacia de la poesía para acabar con su letargo.1 Ese letargo se convirtió en su modo de vivir y la alejó de la comprensión de su familia y del humor de las amigas. Sus ojos buscaron apariencias que nunca percibieron y su boca anhelos de amor.
Una noche Ángela soñó con el miedo; lo besó. En el dulzor de esa saliva encontró los motivos de su desidia y éstos le llevaron durante las tardes de mayo a ocupar un banquito en el Paseo del Río. De este modo divagaba y mezclaba sus instantes con los que le robaba a un libro del poeta sevillano. En las proximidades del ocaso, se concentraba en disfrutar los últimos rayos del sol antes de regresar a casa. Por aquel entonces se dio cuenta de que allí olvidaba, en cierta manera, la soledad que había derivado del miedo. Debido a esto, cuando un día él se acercó y, en un supuesto descuido, le rozó la piel desnuda de su brazo, Ángela creyó despertar. A un silencio incómodo le siguió la caprichosa curiosidad hasta el punto de que esa y otras tardes terminaron en conversaciones nocturnas en la ribera.
Por la noche, el río adquiría los matices pardos del cielo y, entre sus aguas, se reflejaba, fugazmente, algún rayo de luna. El calor del día desprendía, a esas horas, el aroma del fin de la primavera. A Ángela se le antojaba que todo era parte de un dulce sueño del que despertaba en el momento en que metía la llave en la cerradura de su casa.
Una noche, como tantas otras, él le invitó a caminar por la otra margen del río. De su mochila sacó un ejemplar de Soledades, galerías y otros poemas. Mirándola a los ojos, se lo entregó y esperó, ansioso y avergonzado, a que ella leyera la dedicatoria que le había escrito. Ángela no supo cómo agradecérselo; simplemente abrió el libro al azar por una página y leyó en voz alta el poema. Estaba tan emocionada que le temblaba la voz. Después permanecieron en silencio durante un largo rato, observando la tranquilidad de la noche. Sin embargo, como una aguja invisible, Ángela notó la presencia del miedo en su pecho y se incorporó de golpe con la intención de irse:
—Cuando llegue a casa, seguiré soñando este sueño porque me quedaré dormida, pero mañana no me voy a despertar aunque haga sol.2
Esas palabras le quemaron la garganta y le obligaron a bajar la cabeza. Sentía que era un error ilusionarse, pero, por otro lado, prefería esa equivocación. Por eso, cuando él la retuvo entre sus brazos, Ángela descansó del miedo y se entregó a la dulzura del amor. Tan sólo quería encontrar a alguien que supiera el valor de sus deseos y que acallara la soledad de su cuerpo.3
Notas
- En la obra Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, la protagonista dice en una ocasión: “Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor”.
- En la canción “Me equivocaría otra vez”, del grupo Fito & Fitipaldis, aparecen los siguientes versos: “Soñaré sólo porque me he quedado dormido, / no voy a despertarme porque salga el sol”.
- “¿Quién sabrá el valor de tus deseos?” es un verso de la canción “En remolinos”, de Soda Stereo.