Al lector que se deje morder por las páginas de El amor también es una ciencia, nuevo libro de J. J. Junieles, le resultará difícil encontrar un antídoto diferente a seguir leyendo, con la conciencia de que la obra de un escritor es desigual, como la vida misma, con momentos calavera e instantes de felicidad, en medio de todos esos “días que uno tras otro son la vida”.
A manera de arte poética, en una entrevista, Junieles dice: “Me interesa lo que cuentan las historias, más que los medios por los que se cuentan esas historias. Prevalecen los hechos, no el lenguaje. Parece contradictorio, pero es que para algunos escritores el lenguaje se convierte en un pantano, las palabras se vuelven arenas movedizas. Esos escritores redactan muy bien, son preciosistas con el lenguaje, sustituyen lo que debiera ser una historia entretenida por un lenguaje lírico, filosófico o irreverente. Hablan mal de la imaginación porque no saben lo que es, y no se entrenan en su búsqueda mediante ejercicios creativos”.
Los diez cuentos que hacen parte de esta colección de Junieles no pretenden en realidad convertirse en un tratado sobre el amor (hay ciencias exactas e inexactas), la rutina o la angustia del ser humano, ni una apología de su presencia, es una mirada humana, una respiración esencial, una manera de dejar ser a ese tipo de emociones sin arandelas, encantamientos o distractores, solamente dejarlos ser, con tendencia a sugerir que las leyes de lo complejo se obtienen combinando hábilmente las de lo simple.
Esa es una de las virtudes de este conjunto de historias, esa concreción que no por estar allí le quita fluidez, vida y emoción al relato, algo que en Junieles es un acierto porque permite entendernos a partir de sus textos como si nos miráramos en un espejo de palabras donde el reflejo es una nueva forma de descubrirnos y donde la deformidad quizá es la virtud. La literatura, ese otro espejo, ese otro medio para procurar entender la vida. En estos cuentos descubrimos que el tiempo es sólo un parámetro más, donde todo queda determinado si se escruta el presente con atención suficiente: pasado y futuro contenidos en cualquier instante.
En el cuento que da título al libro El amor también es una ciencia, se nos cuenta la historia de Mariana y de su amiga, una mujer que la ama en silencio y que tiene que soportar los maltratos a los que Mariana es sometida por Adrián, un hombre inescrupuloso que no la valora en absoluto. En este caso, la estrategia en esta ciencia inexacta que es el amor, parece ser: cuando quieras que alguien te ame, abre tus ojos, cuando quieras que alguien se obsesione contigo, ciérralos.
Pero esta historia va más allá, porque es una reivindicación del papel de la mujer en su condición humana, de su grandeza emotiva, de su inteligencia y la capacidad que siempre ha tenido para confrontar los obstáculos. Porque aquí el hombre termina pagando las consecuencias, momento en el cual comienza a dársele vida a una nueva forma del amor, aquel que se da entre dos mujeres, entre dos seres humanos.
Aunque Junieles confiese que no presta mucha atención al medio, a las palabras, es innegable la capacidad de su palabra para hacer cómplice al lector, para permitirle sentarse frente a las mujeres personajes de la historia y observarlas como acto voyerista, prefiriendo callar frente a la honestidad que emana de una forma diferente de ver el mundo.
Pero también hallamos el amor que estremece y que es cruel, porque esa es la manera de hacerse importante o porque los errores no perdonan a veces y el vaivén de la vida se cobra de forma extraña y azarosa su parte. Ejemplo de esto es el cuento “Adiós, luz, que te guarde el cielo”, en el cual el amor que comienza a nacer para una pareja es sacrificado casi inocentemente por la venganza de uno de sus involucrados.
Es el ser humano sometido a designios que no entiende pero que debe cumplir por instinto, por necesidad o convicción. De esta forma el autor del texto nos habla de la ruleta rusa en la que se convierte a veces la vida, en donde en el momento menos esperado suena ese disparo cuyo sonido es el último, el esperado pero a la vez al que se le ha huido. En la dinámica newtoniana también se puede consultar el azar con un dado de seis caras.
Es claro que el libro, exceptuando el último de sus cuentos, tiene un carácter marcadamente urbano. En esos espacios los personajes se mueven y desarrollan sus vidas, o sus muertes, entre la luz de los postes y el manto de las sombras, al lado del sonido ensordecedor de las calles. Todo esto se hace palpable de forma estrepitosa ante los ojos del lector.
Entonces, para muchos lectores resultará fácil entender de una forma más cercana el transcurrir de las situaciones en ciudades como Bogotá o Cartagena, marco de algunas historias del texto, asimilándolas de manera familiar y quizá cotidiana en cuanto a las imágenes de las que allí se habla, generando una valoración subjetiva que permite darle vida al texto de manera más precisa. Pero esto también se hace posible para aquel lector que conozca la vida de las ciudades, su bullicio y movimiento, lo cual da esa posibilidad de recreación tan importante para la imaginación.
Pero Junieles también aborda otras problemáticas que se conjugan con la interioridad de sus personajes. Es así como en el cuento “Santa Nicole Kidman, llena eres de gracia”, toca el tema de la desaparición. Una noche toda la familia de Mario pierde su pista. Aquí entonces se da el espacio para la reflexión desde un tema tan difícil de asimilar, lo cual se hace patente en los personajes. Y entonces es la problemática de la familia y el entorno que debe afrontar, esa especie de nueva vida sin su ser querido en una espera eterna que quiere dejarle camino a la esperanza, única fuerza que permite sobrellevar el hecho.
Pero también es una oportunidad para indagar en experiencias humanas como el olvido, el recuerdo, la costumbre, la imposibilidad de actuar frente a lo desconocido, el egoísmo o la desesperanza misma.
En El amor también es una ciencia hay dos historias que llaman la atención por el carácter futurista que presenta una y misterioso que posee la otra. La primera de ellas se titula “Y de pronto las estrellas”, una narración donde la memoria ancestral y la necesidad de volver a lo esencial juegan un papel preponderante. El autor nos plantea la historia desde un futuro donde los androides acompañan al hombre y forman parte de su cotidianeidad. Pero en ese espacio tan moderno y alejado de aquello que otrora fuera importante, no queda tiempo para lo vital. Una especie de burbuja envuelve las ciudades para protegerlas, pero lo que hace es alejar al ser humano de su vínculo con lo primigenio, con su propia naturaleza. Entonces el hombre comienza a mirar hacia aquello que considera realmente importante, un futuro lleno de comodidades donde no hace falta observar hacia ese espacio que quedó fuera de la burbuja. Pero se nos marca el retorno a lo primordial a través de uno de los androides que, de una manera extraña, muestra señales eléctricas de baja intensidad cuando está apagado, algo muy parecido a un ser humano cuando está soñando.
A partir de esto, se hace una mirada a la deshumanización imperante, a la forma en que el hombre se olvida de mirar hacia dentro de sí mismo, porque cree que eso que guarda en su alma no es pertinente a la época. Pero ese interior reclama cuidado y por eso se escucha la llamada profunda desde los pliegues de un inconsciente que le hace querer regresar a su origen, a lo primitivo, el retorno a lo esencial.
En el relato “Epístola final de Los Mártires”, un personaje llega a un pueblo algo extraño que hace lo posible por proteger y preservar su forma de vida haciendo lo necesario para que esto suceda. En este sentido, prefieren cegar a aquellos que amenacen dicha premisa, porque saben que lo ancestral, las raíces, ese sentirse parte de algo con la naturaleza, debe cuidarse, aunque la modernidad pareciera querer avasallar y acabar con cualquier rasgo de sensibilidad, a favor de un supuesto orden y desarrollo.
Resulta imperante hablar de algo que ha caracterizado la narrativa de Junieles: su capacidad para hacer que las imágenes que va narrando tomen en la imaginación del lector un aspecto cinematográfico. Y es que gracias a la agilidad con que se cuentan las historias, la estructura de sus textos adquiere una simbiosis entre imagen y palabra que le brinda a sus escritos un carácter propio. Junieles, como Dios, como Alfred Hitchcock, no engaña, simplemente oculta datos.
El amor también es una ciencia no es la excepción, ya que a través del conjunto de historias esto se hace manifiesto, otorgándole al relato esa fluidez tan necesaria al momento de contar las historias. No es descabellado pensar que la literatura de este autor pueda estar a un paso de poder trasladarse a la pantalla grande, dado el potencial tan enorme que guarda para permitirle formar parte de este ámbito.
En conclusión, la capacidad creativa de Junieles nos transporta a través de El amor también es una ciencia a parajes insospechados, dignos de ser visitados gracias a las palabras que corren tan naturalmente por el libro, como el aire que respiramos, y que nos hablan de lo esencial de la vida y la humanidad, esa necesidad de saberse ser humano y parte de un mundo que aunque se transforma no anula los orígenes que siempre nos acompañan, como el aire que respiramos.