Letras
Sujeto a derecho

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A Cristina Bajo.

—Lo primero que debe usted saber es que yo no sólo soy quien soy, sino que poseo, además, título de abogado. Mi primer consejo es, pues, que no haga tratos conmigo —dijo, casi displicente, el hombre del traje gris. Enseguida, sin embargo, agregó:—. De todas formas, si insiste en que quiere de regreso a su mujer, sólo tiene que firmar acá... acá, mire, al pie del contrato.

El rubio leyó con atención las dos páginas y media.

—Su trampa es muy obvia —soltó después—. Aquí no dice una sola palabra sobre el estado en que será devuelta mi mujer.

El hombre del traje gris sonrió apenas.

—Usted ha leído demasiado sobre mí. Mucho libro barato, mucha película, mucho folletito pagado por el Vaticano. Siente desconfianza, mi amigo. Y, por supuesto, eso es algo absolutamente lógico. Pero le garantizo a usted que la mayor parte de lo que se cuenta por ahí es falso —sostuvo—. No obstante —completó enseguida—, y para su entera tranquilidad y satisfacción, añadiremos una cláusula que deje todo en claro y sujeto a derecho.

Tomó entonces el documento y agregó en el final un párrafo que, hasta allí, no había sido explícitamente asentado, tal como lo indican los rigores de toda normativa: la mujer sería devuelta en perfectas condiciones psicofísicas.

—“Plena. Sin lesiones de ninguna especie. Como antes del accidente en la autopista”. Agregue eso, textualmente —impuso el rubio.

El de gris obedeció. Sin un gesto, comenzó a escribir.

—Plena... Sin lesiones... Ahá... Antes del accidente... Ahá... Autopista... Bien, bien. Perfecto.

Luego repitió:

—Mucha mala literatura inglesa, mi amigo. Mucho cine norteamericano clase B. Mucho panfletito parroquial...

El atardecer dejaba filtrar los últimos rayos de sol sobre el piso de la habitación pobremente amueblada. Rojos y púrpuras se reunían y alargaban las sombras de un modo lúgubre.

—Bueno, bueno... firme aquí. No nos queda otro trámite por realizar —indicó entonces el de gris, ahora con autoridad repentina—. Sí, sí, aquí, aquí... al lado de la cruz.

 

Esa noche, el hombre rubio esperó, ansioso, en la puerta de su casa. La mujer apareció de pronto desde el norte, como antes, como siempre, como en los tiempos en que estaba viva. Se la veía hermosa, con los jeans gastados y el suéter color bordó y el caminar irremplazable.

El hombre reprimió apenas el llanto, llegó lentamente hasta ella, pronunció su nombre, la abrazó durante un rato larguísimo. Después siguieron horas de imperioso amor, perpetuas horas de caricias y ardores y movimientos conocidos y aromas recuperados. Tenerte de nuevo aquí, diosmío... tenerte de nuevo aquí...

Pero hasta en la humedad más profunda del amor, el amanecer cede paso a la mañana y la mañana, inevitablemente, cede paso al sueño.

Al despertar, el rubio tanteó las sábanas y comprobó que ella ya no estaba. Desde el vano de la puerta, de pie, el hombre de gris observaba en silencio, las manos cruzándose atrás.

—¿Pasó una buena noche, señor?

—¿Dónde está ella? —preguntó el rubio casi sin esperanzas.

—¿Ella? ¿Cómo “dónde está ella”? Ella ha regresado a su lugar, naturalmente.

—¡Hemos firmado un contrato y usted debe cumplirlo! —estalló el hombre.

Entonces el de traje gris, su mano izquierda en alto, exhibió el contrato.

—Y he cumplido, caballero; he cumplido con creces; he cumplido de modo más que puntilloso —indicó—. Ella ha vuelto, como aquí se expresa muy claramente en el punto C, segundo párrafo. Y lo ha hecho con vida y en perfectas condiciones psicofísicas, tal lo pactado. Para serle franco, señor, no comprendo por qué razón asume usted ahora esta actitud tan poco edificante y hasta algo agresiva para conmigo.

—Pero... —balbuceó apenas el otro, sin salir de la cama, ambas manos sobre la cara—, hemos estado juntos solamente unas cuantas horas, apenas una noche. Y ella se fue otra vez...

—Bueno... Pero claro, mi amigo... Claro... No se han establecido tiempos en este contrato. En ningún lugar se han establecido tiempos. Lea nuevamente todo el escrito, si lo desea: podrá comprobar así que, como dije ayer, aquí todo ha quedado estrictamente sujeto a derecho. Ni una coma de más, ni una de menos.

—Esto no es justo... Esto no es nada justo...

—¿Justo? —preguntó el de traje gris, abriendo apenas los brazos—. ¿Justo, dice usted? El universo no es un sitio justo, mi amigo. Por otra parte, nosotros siempre hemos hablado de derecho; jamás hemos mencionado nada referido a la Justicia; yo siempre supuse que alguien con su inteligencia sabría observar la diferencia entre ambos.

Y enseguida añadió:

—En fin, señor... ¿Qué más decirle? Creo que está a la vista que he completado mi parte ajustándome cabalmente a la normativa jurídica impuesta en el presente documento. De manera que, de no mediar oposición alguna, procederé ahora a cobrar mis honorarios.

De inmediato caminó tres pasos, llegó hasta la cama y tocó apenas la desconsolada mano del rubio. El rubio ladeó la cabeza y, sin un gemido, cerró sus ojos. Una suerte de bruma apenas perceptible quedó flotando por encima del cuerpo inmóvil.

—Ahora venga conmigo —ordenó el del traje gris—. Debo mostrarle mi humilde morada.

Luego, elevando la mirada al cielorraso de la habitación, señaló:

—¿Pero por qué me miras de ese modo, Señor? No tienes un caso aquí; no lo tienes, de veras. No puedes acusarme de nada real, ni aquí ni en otros procesos similares: yo siempre —pero siempre— les advierto en primera instancia, y con brutal honestidad, que no deben hacer tratos conmigo, que soy abogado y que la tinta de las leyes se corre con extrema facilidad. Pero ellos no entienden, jamás entienden, jamás hacen esfuerzo alguno por entender, Señor, de qué trata en realidad todo este asunto.