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Un hombre incómodo

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La puerta se cierra con un estallido. Escucho los pasos del guardia al alejarse por el pasillo, medio ahogados por la inercia de su propio eco. El módulo de presos peligrosos consta de un amplio corredor con habitaciones a ambos lados: la mayoría están vacías.

El cuarto no debe sobrepasar los cuatro metros cuadrados. En él se aprietan una cama, un váter y un lavabo de metal sobre los que una avanzada herrumbre se extiende como sarna. El colchón es de una gomaespuma tan blanda y porosa que al sentarme los alambres del somier se me clavan. No sabría decir qué es más desagradable, si el constante pellizco de estos desalmados o la aspereza con la que el pijama carcelario acaricia mi piel, ya sensible por la esponja que tuve que utilizar en la ducha de la mañana. Antes de entrar a la celda me despojaron de todo: mi ropa, mi reloj, mi anillo de casado y mi dignidad quedaron bajo la celosa vigilancia de los guardias. Tuve que ducharme frente a ellos, que miraban con sorna los pellejos de mi cuerpo flácido y envejecido, una intimidad hasta ese momento reservada para la confianza del espejo y en ocasiones —cada vez más distanciadas— para la mirada tierna y comprensiva de mi esposa. Al primer contacto de aquella especie de erizo amarillo con el que pretendían que me lavase, traté de desecharlo para usar mis manos, pero al grito de “Frótate bien, no queremos piojos aquí”, tuve que masacrar mi piel con esa lija untada con algo espeso y blanco que llamaron jabón y olía a lejía.

Tan sólo he podido conservar una fotografía de mi mujer. Con ella he sustituido el único adorno de la habitación: una de esas postales edulcoradas con la imagen de un amanecer sobre el mar, cuya sola contemplación me provocó una fatiga fría. De alguna forma, me hizo recordar todo lo sucedido.

 

Lo vi por primera vez en una mañana de sábado, en la que, como siempre, había salido a pasear. Caminaba aproximadamente una hora, siempre a buen ritmo, el suficiente como para sentir cómo se oxigena la sangre y se activa la circulación. Pero aquel día mi estado de ánimo no era el habitual. Me sentía especialmente cansado, y el paseo se me antojaba más un duro castigo por mis concupiscentes hábitos alimentarios, que el agradable ejercicio de expansión que debía ser. La causa, sin duda, era la fuerte discusión que había mantenido el día antes en la oficina. Era una época difícil para la empresa en la que trabajaba, y el nuevo jefe, incorporado hacía apenas una semana, nos había reunido a todos para comunicarnos que era imprescindible recortar gastos y ajustar números. De él podíamos esperar apoyo y sobre todo claridad, nos adelantó, por eso nos ponía sobre aviso: sería necesario reducir personal. Algunos minutos más tarde, me reunió en su despacho para repetir su discurso uno a uno, pero, en esta ocasión, lo finalizó con una sentencia aun más transparente: jubilación anticipada.

Al escuchar a aquella boca púber —dispuesta a sentenciar una carrera que había empezado mucho antes de que ella lanzara sus primeras palabras— sentí como si hubiesen descargado un tremendo golpe sobre mi esternón y lo hubiesen hundido con todo el peso de mis sesenta años. Aún al día siguiente un insistente fotograma del instante me seguía a todas partes. Pensaba en mi familia, en las comodidades de las que habíamos gozado desde que me nombraron director de la fábrica; pensaba en mí, en la difícil tarea que quedaba por delante; pero sobre todo pensaba en esas personas que, en alguna ocasión, habían acudido a mí en busca de una oportunidad —personas que como yo, habiendo pasado ya la cincuentena, se quedaban sin trabajo— y recordaba cómo las había desechado por su sangre vieja, que ahora se me hacía tan parecida a la mía...

Ese sábado el calor era intenso; ya no era capaz de distinguir si el cosquilleo húmedo que resbalaba por mi nuca y descendía por mi columna se debía al bochorno o a la cólera que presionaba mi cabeza desde dentro pidiendo más espacio y maleabilidad para su expansión. Tuve que apoyarme en una banqueta. Durante una media hora estuve allí sentado bajo la sombra de un ciprés. Treinta largos minutos en los que traté de leer la prensa del día o distraerme con el pasear ligero y ausente de la muchedumbre. No lo conseguí y, bajo esa sombra espigada, alargué el tiempo desmenuzando cada palabra de su discurso, y presintiendo cada gota de la reluciente saliva que lubricaba su boca mientras la mía se secaba.

Faltaba poco para el cierre cuando atravesé las puertas del banco. Lo cierto es que me hizo bien hablar con alguien; supongo que tratar con una persona totalmente ajena a los problemas que me ocupaban logró por fin distraerme. La directora es una chica joven y bonita, de esas que siempre consiguen subir algunos puntos el ánimo de un hombre, aun más si las palabras atentas y a ratos cariñosas —hacía mucho tiempo y dinero que nos conocíamos— son una reminiscencia lúdica de lo que años atrás era costumbre.

Cuando terminó la reunión me sentí bastante más ligero, y desandaba ya el camino hasta casa, cuando algo llamó mi atención: justo en el mismo lugar donde me había sentado a descansar se hacinaba una enorme multitud. Me acerqué con curiosidad (quizá la misma que mató al gato), pero me era imposible ver a través del parapeto humano que se enroscaba en torno al banco.

“Si es que hace un calor horrible”. “¿Estará muerto?”. “No, mujer, simplemente se ha desmayado. Es que a su edad estos golpes de calor son muy peligrosos”. “Y la ambulancia que no llega...”.

“Yo lo conozco”, dijo una voz que me resultaba familiar. “Es un vecino del barrio...”. Creí identificar al quiosquero donde compro el periódico. Pensé que si él lo conocía, quizá yo también.

“¡Ya traigo el agua!”, gritó alguien. “¡Déjenlo pasar!”.

La muchedumbre se fue dispersando y desde mi posición se abrió un pequeño hueco por el que pude ver el cuerpo que yacía bajo el ciprés: se trataba de un hombre corpulento. Llevaba un traje de lino claro, muy parecido a los que yo solía usar durante el estío para luchar contra el calor. Intenté acercarme un poco más, lo suficiente como para verle la cara, pero el chico que había traído la botella de agua lo tapaba. Le estaban mojando la nuca y el rostro.

“Por favor”, dijo el quiosquero, “apártense, así no puede respirar”.

Por fin el chico se retiró a un lado. Lo que vi en ese momento me hizo sentir un frío metálico en la espalda. Primero fue el cuerpo, la complexión exacta, los brazos largos en exceso que colgaban a ambos lados del banco como los de una marioneta; luego el traje que, visto con detenimiento, era exacto al que yo llevaba puesto esa mañana; y, por último, el rostro: se trataba de un hombre de edad avanzada, con unas facciones que me resultaban muy familiares: la nariz excesivamente grande y aguileña que parecía querer besar los labios rectos a los que daba sombra, los mofletes algo engordados por años recientes de buena vida. Ese hombre tenía mi traje, tenía mi complexión y tenía mi cara.

“¡Parece que empieza a recobrar el conocimiento!”. La masa curiosa volvió a espesarse cerrando mi ángulo de visión. Me dobló una punzada terrible en la boca del estómago, y las ganas de vomitar no tardaron en acudir; pero no podía. Tenía que salir de allí. No se trataba de un simple parecido, no es que aquel hombre tuviese una marcada familiaridad conmigo, ni siquiera era que hubiese podido pasar perfectamente por mi hermano gemelo; era más simple, ese hombre era yo.

¿Y si despierta..?, pensé. La sola posibilidad de que abriera los ojos y me viera, me bloqueaba. No por lo que podría pasar, no tenía ni la más remota idea de cuál sería su reacción, la mía o la de las personas que allí se encontraban. Fue ese punto de incertidumbre total, el vértigo de lo ignoto, lo que hizo que me diera la vuelta y comenzara a correr. Escuché la sirena de la ambulancia mientras me alejaba.

 

En los días posteriores al incidente, me esforcé con obstinación en olvidar lo que había visto; una tarea, por lo demás, inútil: cuanto mayor era mi ahínco en restarle importancia a lo que seguramente había sido la indeseable proyección de un cerebro cansado y asfixiado por el calor, más insistente era su recuerdo y más tenebrosos los augurios. Si estaba en casa, junto a mi mujer, me asaltaba el pánico cada vez que llamaban a la puerta; en la oficina me corría un escalofrío agorero cada vez que anunciaban una reunión o la presentación de un nuevo miembro al equipo; y en la calle..., cuando estaba en la calle era aun peor: intuía que él iba a aparecer en cualquier instante tras una esquina; en un bar, difuso, entre el humo de un café o parapetado tras las hojas de un periódico. Durante una semana, viví con una inquietud que no me dejaba en paz, hasta que hace poco más de un mes mis miedos comenzaron a tener un motivo bien concreto y una cara muy familiar.

La segunda vez que tropecé con él fue un día regresando a casa después del trabajo. Esa mañana había discutido duramente con mi jefe, al que no parecía agradar que yo estuviera alargando innecesariamente el proceso del traspaso. Era ese momento de la tarde en que la luz se agacha tras los edificios mal crecidos proyectando sus sombras sobre las calles; intersticio en el que las horas ya son oscuras, pero no lo suficiente como para encender las farolas. Caminaba hacia mi portal cuando un hombre salió de éste en mi dirección. A pesar de la escasa luz, tardé pocos segundos en percatarme de quién era, creo que lo reconocí por la forma en que se movía, por su andar oscilante, cansado —¿después de un largo día de trabajo? Inmediatamente sentí pánico. Sabía que no tenía otra opción más que pasar a su lado o echarme a correr, y esto último me parecía demasiado ridículo; incluso teniendo en cuenta que en este tipo de situaciones descabelladas no hay un protocolo establecido sobre lo que es o no correcto. Seguí caminando. Pensaba en qué le diría cuando estuviéramos a la misma altura. En una situación así, te planteas la información que puedes necesitar del otro, piensas en tus derechos como individuo plagiado, decides qué demandas lanzar contra tu sosias. En ningún momento te planteas la posibilidad de que ese doppelgänger tenga otra perspectiva, o mejor dicho, una perspectiva propia. Nos parece inadmisible que ése a quien vemos, ése que lleva puestos nuestra cara, nuestro cuerpo, incluso nuestra ropa, se sorprenda a la vez con la suerte de estafa que resulta de la falsa idea de haber tenido un modelo único y luego percatarte de que hay otro en el mercado. Esta idea me asaltó segundos antes de llegar a su altura, justo cuando sus ojos se posaron en los míos; por un instante sentí cierta culpabilidad y mi pensamiento saltó de la postura atacante e inquisidora a la defensiva.

Lo que sucedió fue aun más desconcertante que todas mis expectativas: ese hombre me miró como quien tropieza con un conocido, con familiaridad vieja; mas no me saludó. Se limitó a esbozar una sonrisa mantenida en un plano horizontal, con las comisuras clavadas en las mejillas en un gesto avieso, sin duda, cargado de mala intención, peores augurios y, sobre todo, de mucha mala leche. Por un momento me detuve. No por voluntad propia, sino obedeciendo a la orden imperiosa de mis piernas que, tras tan escueta declaración de intenciones, no eran capaces de dar un paso. Mi sangre, escarchada, paralizaba mi cuerpo y mi mente, alienada, deshacía todo autogobierno. Quería voltearme, ver cómo se alejaba, asegurarme de que abandonaba la calle, de que no estaba tras mi espalda esperando el momento adecuado para sellar con el conveniente golpe la tortura que había iniciado desde hacía más de un mes, tan sólo para mí. ¡Qué estúpido había sido al dudar de una intuición que, acertadamente, me había hecho huir desde el primer momento!

De pronto, una preocupación mayor acudió a sacarme de mi estatismo. Él acababa de salir de mi portal, un portal que bien podría ser tomado por el suyo, un portal que llevaba hasta mi casa, una casa que bien podía ser tomada por la suya, una casa donde probablemente estaría mi mujer. Recobré el aliento de golpe y mi cuerpo se movió con rapidez escaleras arriba: no había tiempo para esperar el ascensor. Mientras subía los escalones, se sucedían por mi cabeza imágenes semejantes a las que en ocasiones tenemos la desgracia de encontrar en la página de sucesos. Cuando leemos este tipo de noticias, acomodados en su sofá o en la silla de alguna acogedora cafetería; lo hacemos con el rechazo de un juez parcial que se pone en el lugar de la víctima; siempre con distancia, porque sucede que, rara vez, valoramos la posibilidad de que algo así suceda en nuestro entorno cercano: como si el Mal siempre pasara de largo o trabajara en otro distrito.

Me detuve antes de entrar. No escuchaba ningún sonido tras la puerta, tan solo los tambores en mi cabeza, no conseguía pararlos. Era como si mi cerebro estuviese a punto de reventar. Al abrir la puerta, el largo corredor principal se extendió frente a mí. Las puertas de las habitaciones que había a ambos lados estaban cerradas. La única que permanecía abierta e iluminada era la de la cocina, justo al fondo. Me fui acercando lentamente, deslizándome casi sin respirar; no sé bien por qué, ya que lo más normal hubiese sido lanzarme al interior de la casa y buscar a mi mujer, sabiendo que Él ya estaba lejos de allí. Sin embargo, el miedo me impedía actuar con rapidez. ¿Y si me había equivocado al no comentar a mi esposa lo sucedido aquella primera vez en el banco? Quizá debí avisarle la posibilidad de esta visita. Le podría haber dado, aunque fuera, la ventaja de la duda ante dos posibles maridos. Por lo que había visto, la semejanza era tal que para mí entre el hombre que me miraba desganado cada mañana desde el espejo y ese otro que me lanzaba amenazas subliminales no había ninguna diferencia. Ante esta declaración, ¿qué tipo de opciones podía tener mi mujer?, ¿algún tipo de clave? Ridículo, pero podía haber funcionado.

Por fin llegué a la entrada de la cocina y traspasé el umbral. A mi derecha, mirándome, con las manos ocupadas en trocear una cebolla, estaba ella. Me sonrió como cada día al regresar a casa, se limpió las manos en el delantal y esperó a que yo me acercara para recibir el beso acostumbrado sobre sus labios.

—Te has adelantado... Lo lamento, pero tendrás que esperar un poco para cenar —dijo sonriente—. Esto todavía va a tardar.

Se giró y cogió algo del fregadero. Extendió la mano que sujetaba una brillante lubina que debía pesar unos dos kilos.

—No me pude resistir —dijo sosteniéndola por la cola—. Hace tanto que no comemos un buen pescado al horno, que cuando la vi en el mercado, sentí que decía mi nombre —se rió.

Yo permanecía de pie, frente a ella. Las escenas que minutos antes habían saturado mi imaginación, esas terroríficas instantáneas, aún untaban mi mente. Incapaz de pensar, sentía alivio, pero a la vez, una enorme culpabilidad por lo que podía haber sucedido.

—¿Estás bien?

“No, no lo estoy”, quise contestar. “Hay un hombre exacto a mí. Me persigue y sé que quiere hacernos daño. No sé qué hacer. Ayúdame, ayúdame, ayúdame”, quise gritar.

—¿Cariño?, ¿sucede algo?

Se acercó a mí con el rostro preocupado. Puso su mano en mi frente, la acarició. El contacto frío de aquella piel sobre la mía me despabiló.

—Sí —contesté—, estoy bien. Perdona, es que he subido por las escaleras y estoy algo fatigado.

—¿Por las escaleras? ¿Cómo se te ocurre? Si son ocho pisos... Además, el médico ha dicho que no exageres, deberías tener cuidado. Siéntate, anda. Te serviré un vaso de agua.

Obedecí y me acomodé junto a la mesa. Me tomé el agua de golpe sintiendo sus ojos, su escrutinio.

—No sé por qué te afecta tanto. Este año cumplirás sesenta y uno, quizá no sea tan mala idea retirarte. Podríamos aprovechar para hacer tantas cosas...

El pescado yacía indefenso sobre una tabla de madera mientras ella deslizaba con suavidad el cuchillo bajo sus agallas.

“En primer lugar, no me retiro; me retiran. En segundo, no necesito hacer otras cosas (puede que ni siquiera sepa). En tercero, es posible que para ti sesenta y un años sean suficientes para dar concluida una carrera, pero yo me siento como al principio, aún me queda mucho por hacer. El trabajo es como una droga, pero qué vas a saber tú que no has trabajado en tu vida”.

En cambio:

—Puede que tengas razón. En cualquier caso, no estoy preocupado por eso.

—¿Entonces?

Supongo que ése había sido el momento adecuado para contárselo. En ese instante debí decirle que lo que me despertaba ansioso en las noches acalambrándome las piernas y me mantenía ausente en el día crispándome el gesto, no era el trabajo o su posible carencia, sino otro motivo muy distinto. Pero no lo hice. Aún hoy sigo sin entender por qué, pero aquel día, algún siniestro presentimiento, una suerte de aviso velado, hizo que callara y conservara ese secreto para mí, para los dos.

Mi mujer me miraba atenta. Tenía una de sus manos apoyada, como una mordaza, sobre la cabeza del pescado, y con la otra le introducía una especie de aliño verde en la barriga presionando con los dedos.

Me encogí tras la mesa y concentré la vista en el vaso que giraba entre mis dedos.

—No es nada. Simplemente, no estoy preocupado.

—Bueno, tú sabrás. Estás muy raro últimamente y no llevo casada contigo cuarenta años para que ahora vengas a engañarme con algo tan obvio. Cariño, a veces hay que saber hacerse a un lado y dejar que la vida siga, o la vida te termina llevando por delante. Aunque nos duela, no siempre somos nosotros los que terminamos todo lo que empezamos.

Me quitó el vaso de las manos y me dio la espalda para acercarse al fregadero.

—Tendrás una buena pensión y con nuestros ahorros viviremos bien...

—¿Por qué has dicho eso?

—¿El qué? —preguntó mientras dejaba caer un fino hilo de aceite sobre la lubina.

—Lo de antes. Eso de que otro podría ocupar mi lugar.

—Yo no he dicho eso... —dijo riéndose.

Pero lo había dicho.

—¿Ha venido alguien esta tarde a casa?

Me miró sorprendida.

—¿Pero qué te pasa?

—Contéstame, por favor.

—Claro que no ha venido nadie. Si hubiera recibido alguna visita, te lo habría dicho.

Con el ceño fruncido levantó la bandeja de la mesa y la metió en el horno. La piel plata del pescado brillaba. Pronto empezaría a sudar.

 

A partir de ese momento, comenzó una tortura aun mayor. Ese hombre había llegado hasta mi casa, había esperado mi aparición y provocado un encuentro. La intención era obvia: quería que yo supiera hasta dónde podría llegar sin que nada ni nadie fuese capaz de impedírselo. Él había estado en el umbral de mi casa, sin embargo, no había entrado. Se trataba de una advertencia, pero ¿por qué? ¿Qué era lo que quería de mí?

Su presencia empezó a hacerse notar de las formas más inoportunas. Cada vez que llegaba a algún sitio, él salía; cuando me sentaba en un bar a tomar un café, él terminaba el suyo. De alguna forma me quitaba la voluntad de decisión, ya que la ventaja con la que él parecía contar era la de saber, incluso antes que yo, cuál iba a ser el siguiente de mis pasos y se adelantaba: era como si yo llegara tarde a todas partes. Y siempre aquella sonrisa de patíbulo. Nunca me acerqué a hablar con él, me mantenía a distancia: éramos como dos polos iguales que se repelían. Sin embargo, en varias ocasiones, al pasar a su lado, me pareció escuchar un golpeteo acompasado, profundo: era como si el latido de su corazón y el mío se ajustasen cuando estábamos demasiado cerca.

Al principio, me preocupaba que alguien pudiera percatarse del parecido, del duplicado humano que paseaba últimamente por el barrio, pero nunca sorprendí una mirada curiosa ni escuché comentario alguno.

Me gustaría poder decir que en el tiempo que duró todo aquello llegué a acostumbrarme a los encuentros, pero mentiría. Él era como la sombra de un buitre que te sobrevuela y, a medida que te agota, se convierte en lo único que ves, en una alfombra que camina contigo. Fueron semanas de la locura más atroz. Mis nervios estaban descontrolados, perdí por completo el sueño y durante el día quedé reducido a un triste autómata que se dedicaba a recorrer los escenarios de rutina procurando no salirse del guión acostumbrado y memorizado desde antaño. Mientras tanto, mi cabeza era asaltada día tras día por la desconfianza, el miedo y una reiteración de imágenes brutales que no escatimaban en el uso de medios feroces, dolorosos y sanguinarios, con tal de librarme de la tortura. Era lo único que lograba calmarme: pasaba las horas fantaseando sobre las diferentes formas en que podría apartar aquel ente siniestro de mi vida.

Debí bajar unos diez kilos que se escurrieron no solo de mi cuerpo sino también de mi rostro; estaba tan demacrado y ojeroso que parecía que en cualquier momento mi piel se podía quebrar para dejar salir a la estructura ósea que palpitaba debajo. Mi mujer estaba muy preocupada, y cada tarde, en cuanto llegaba a casa, descargaba sobre mí todo tipo de interrogatorios tratando de averiguar el motivo de un cambio tan drástico. Ante la futilidad de su inquisición, se deshacía en súplicas y lágrimas luchando por convencerme de la necesaria visita al especialista. Así decía: “Deberíamos ir a un especialista”. Creo que me habría dolido menos si hubiese dicho psiquiatra directamente, o mejor aun, loquero. Me daba tanta pena verla así, que muchas veces la secundé y le dejé pedir cita en alguna renombrada clínica para luego no presentarme. Por lo menos, así pasaba algunos días más tranquila con la perspectiva de un diagnóstico milagroso.

En el trabajo la situación se había vuelto insostenible: pasaba del trance de absoluta impasibilidad, a la agresividad más furibunda, siempre dirigida hacia mi nuevo jefe que, finalmente, decidió despedirme antes de la fecha acordada, argumentando que mi comportamiento se había vuelto poco razonable y perjudicial para el desarrollo de mi trabajo y para la propia empresa. Así que mis últimos días en libertad los pasé en casa.

 

En el momento en que llamaron a la puerta supe que algo importante estaba a punto de ocurrir. Los tres golpes secos, sin recurrir al timbre, como un aviso subrepticio, una clave que animaba a la huida. Mi mujer, en cambio, reaccionó con total normalidad y comenzó a incorporarse.

—¡No te muevas! —grité—. ¡No abras!

—Pero... — comenzó a decir mientras se apartaba de la mesa.

Volvieron a llamar, esta vez con más contundencia.

—Puede ser algo importante... —dudaba.

—Por favor, cariño...

Ella miraba la puerta asustada, contagiada por mi reacción. Se mantenía encorvada, a medias entre levantarse y sentarse, con la indecisión y el miedo pintados en el rostro. Se hizo el silencio y pasaron algunos segundos en los que el único sonido perceptible era el de nuestras respiraciones agitadas. Llegué a pensar que todo iba a quedar en un susto, pero no fue así. Con energía renovada aquellos nudillos volvieron a descargar su furia contra la madera acompañados por la exagerada solemnidad con la que se dan escasas presentaciones: “Policía. Abran la puerta”.

Lívida, mi mujer me miraba. Sus ojos, suplicantes, buscaban los míos que pasaban de la puerta al suelo, confusos, tratando de entender lo que sucedía. Volvieron a tocar.

—¿Qué está pasando? —me preguntó mientras con su mano sacudía mi brazo. Yo permanecí callado. Pensaba en las múltiples respuestas a esa pregunta. Sabía que venían a buscarme y sabía que estaría relacionado con ese maldito engendro. Precisamente, al otro lado de la puerta estaba la concreción de los miedos y presentimientos que me habían sitiado desde el primer encuentro. En cierta forma, sentí una especie de curiosidad.

—Cariño, tengo que abrir —lo dijo con apaciguamiento y serenidad maternales. Quise avisarla. Acercar mis labios a su oído y susurrar: “Ha pasado algo horrible. Por favor, no creas nada de lo que digan. Te lo explicaré todo”. Pero no lo hice. Ya era demasiado tarde. Una explicación ahora no haría sino confirmar sus más temidas suposiciones.

Me acarició el rostro con la nostalgia de quien atesora una caja vacía, y se dirigió a la puerta.

Por supuesto, me detuvieron. Parece ser que el día anterior yo había entrado en el número diez de la calle X, había subido a la quinta planta y, tras llamar a la puerta C y ser amablemente invitado a pasar, había empuñado un cuchillo de carne que traía conmigo y atravesado con él, cinco veces, el cuerpo de mi anfitrión. Todo esto lo podían corroborar tres testigos: la mujer que me había abierto la puerta del portal, el hombre con el que subí en el ascensor y que vivía justo en el apartamento de enfrente, y la cámara del edificio, con la que los dos anteriores pudieron contrastar impresiones. Antonio González Iniesta, ése era el nombre de la víctima. Antonio González Iniesta.

Me demoré algunos segundos, pero antes de abandonar la casa, con las muñecas abrazadas por el metálico lazo, una cara conocida se adosó a ese nombre. Un rostro joven y enrojecido por la avidez del poder que a muchos resulta tan difícil disimular. Ese rostro me provocaba, desde el momento en que lo conocí, remociones nauseabundas, lo que había quedado demostrado frente a todos mis compañeros en la oficina en variadas ocasiones.

La serie de consecuencias que se iban intuyendo me dejaban en un estado de absoluta confusión, inhabilitado para un razonamiento lógico que, por lo demás, en una situación como la que me envolvía, pasaba por ser completamente inútil. ¿Cómo demostrar que la persona que había asestado cinco puñaladas en el cuerpo de mi jefe —a quien muchos creían causa de mi reciente preocupación—, que esa persona que había sido vista por varios testigos que podían asegurar que tenía mi rostro, mi complexión y hasta mi forma de moverse, no era yo, sino un doble? ¿Cómo iba a lograr que esa historia sonase plausible y no a excusa barata y delirio de enajenado mental?

 

Hoy, tras varios días encerrado, veo a mi mujer. Viene acompañada de uno de los mejores especialistas. En esta ocasión se trata de un abogado. Tras una noche entera repasando un discurso medianamente creíble dentro de lo rocambolesco de la situación, me siento preparado para enfrentarme a ellos. Cuando el llanto de mi mujer queda reducido a un incontenible hipo, el abogado comienza a pronunciar palabras como locura transitoria, factor atenuante y reducción de la pena.

—¿Realmente crees que yo lo maté? —le pregunto a mi mujer.

Antes de que ella pueda contestar, el abogado interviene:

—Tienen varios testigos. La casa de la víctima y el arma están llenas de sus huellas.

“El muy hijo de puta hasta tiene mis mismas huellas...”.

Me limito a repetir la pregunta.

—¿Crees que soy capaz de matar a alguien?

Miro el rostro demacrado de mi esposa. Sus ojos irritados a fuerza de llorar. Y veo cómo rehúyen de los míos, cómo pasan por encima, tras detenerse tan sólo un segundo en ellos. Sus manos sujetan mis antebrazos y los acarician de forma untuosa, como si trabajaran la masa de un pastel. Los mira con angustia, incluso diría que con un poco de asco. Bajo mi mirada y observo sus manos que se crispan sobre un par de barrotes pálidos, delgados: me sorprendo al identificarlos con parte de mis brazos. “¿Tanto he bajado de peso?”.

Levanto la mirada y me fijo en un espejo al fondo de la sala. Veo la espalda de mi mujer que se estremece por los espasmos de un llanto violento. Su torso se inclina y su cabeza se apoya sobre las manos de un hombre, cuyo semblante alcanzo a ver por vez primera. Apenas me reconozco. Estoy tan delgado que no entiendo cómo no se me quiebra la espalda. Mi piel se estira sobre los pómulos tratando de mantener a raya unos huesos que están demasiado apretados ahí adentro, que se marcan bajo la piel con la ferocidad de un engendro que quiere ser parido. Mentiría si dijese que me sorprende encontrarme con esa mirada al otro lado del espejo, unos ojos hundidos que se pierden en las cuevas de sus cuencas, que se mueven frenéticos, como ratones. Siento mis manos húmedas bajo el rostro de mi mujer. Pienso que normalmente acariciaría con ellas su pelo o sus mejillas tratando de calmarla, pero no lo hago.

—Sí —digo al abogado—, supongo que es la mejor opción.