Letras
Doppelgänger

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Era tan hermoso que no se le podía quitar la mirada de encima. Sus alas esparcían reflejos fosforescentes que a veces cegaban aun al sol. Se movía en trayectoria paralela a la suya e inclinaba la cabecita hacia él, no sólo mirándolo con su ojito azul claro, sino retándolo abiertamente. ¿Sería admiración lo que veía en aquel ojito también?

No era como las hembras, que tienen colores tan opacos y escapan a la menor alusión de jugueteo como si... como si tal vez él no fuera tan bello como este otro juguetón desconocido, que lo imitaba con movimientos tan etéreos que no podía dejar de mirarlo, piquiabierto de admiración. El extranjero no emitía ningún olor discernible, ni sus elegantes aleteos batían el aire a sus lados, mas no podía caber la menor duda de su existencia. ¿Sería de mentira, cómo decían las palomas que era el búho del techo del convento capuchino? Uno nunca debe confiar demasiado en las palomas, son demasiado grandes y confianzudas con la gente. Pero este camarada retozón parecía salido de una historia de palomas, demasiado perfecto y grácil para estar ahí, imitándolo y siguiéndolo de derecha a izquierda, voltereta, y de izquierda a derecha a continuación.

Que tal ave existiera podía ser posible, claro, pero que mostrara este absorto interés en él, como si él fuera asombroso a su vez, no era plausible. ¿Se burlaría acaso? No parecía. Era más bien como si fuera vanidoso y se luciera ante su mirada asombrada. Y él no era nadie para ofenderse, porque hasta ahora cada vez que había tratado de cortejar a una hembra, mostrándole sus propias galas refulgentes, la dama en cuestión se había dado vuelta altanera, o algún macho experimentado lo había picoteado y puesto en fuga. Su naturaleza no le había enseñado a hacer algo diferente de lo que había hecho en tales situaciones, y sin embargo, si él pudiera verse y moverse como este jactancioso extranjero, no podía imaginar que las hembras le despreciaran o los machos se atrevieran tan sólo a aletearle de mala manera.

El mundo entonces había sido creado para aquellos como este forastero, que hacían que él se viera inferior. En sus ojitos azul claro vio brillar odio, o desprecio tal vez. Entonces sí se burlaba de él, sí lo imitaba para ridiculizar sus movimientos más terrenales que alados, más de árbol del parque Morazán que de suntuosa selva lluviosa. Lo creería cobarde, por no ser tan bello, y capaz de aguantar todo el escarnio que cualquiera quisiera verter sobre él. Mas él no era cobarde, y tanto como había meditado sobre sus poco airosas huidas ante rivales picoteantes, no estaba dispuesto a seguir bajando la cabeza y conformándose con la que debía ser su parte del caso la manzana de agua que estuviera en disputa, y que aplicaba para todo en la vida.

Mas tampoco quería ser un matón, pues no para eso le habían criado a base de gusanitos sus padres; desviando gallardamente la mirada se alejó a toda velocidad, mas al hacerlo, apenas con el rabillo del ojo, pudo ver que, para añadir insulto a la injuria, el extranjero se alejaba en la dirección opuesta, más rápido de lo que él podría jamás haber volado.

Era demasiado para perdonárselo. Dando una aerodinámica voltereta, regresó planeando picotear al ofensor en la cola, a ver si su belleza era todo cuanto estaba dispuesto a exhibir tan desvergonzadamente. Mas no era este el caso, porque, fiero y con las plumas erizas, el otro se le venía encima también. ¡Y esta vez no sería él quien se echara atrás!

*

Yo lo encontré en la cuneta, diminuto e intacto, a pesar de la caída de unos 30 metros después del choque. Parecía un pequeño tesoro indescriptible, algo tan precioso que aun quieto y callado no se atrevería uno a tocarlo. Y lo observé un minuto, tal vez, antes de que un taxi me hiciera saltar a la acera y dejarlo atrás. Ese día las lluvias lo barrerían a la alcantarilla del hotel, y sus alas jamás cegarían otra vez al sol.