¿Te son del agrado mis nostalgias,
mis amigos vacíos,
el olor húmedo en las paredes?
¿Te son del agrado mis andanzas,
mis escapadas?
para mí tan necesarias,
mi tarea de desvelarme,
escribiendo,
contando anécdotas?
Dios tierno,
que sostienes
con tus manos limpias
mi nube, mi casa,
mis suspiros rotos,
ni rostro trazado
con lápiz de grafito,
mis manos cansadas.
¿Señor, dónde vives
hace calor, ruido?
¿Hay oscuridad,
cocuyos y grillos?
Quiero llegar hasta allí.
¿Hay llovizna al alba,
rocío dulce, viento de azahar,
flores de duraznero,
pasto verde nuevo?
Señor de la iglesia cerrada,
¡estás tan solo!
No hay eco de campanas;
¡Nadie te visita,
por temor a no encontrarte,
estás en otra parte!
Desde mi casita blanca
de nácar y plata, de luz tenue,
moviéndose, consumiéndose encendida,
de árboles moviéndose;
Te veo desde mi ventana.
Hoy descubrí, sentí,
tu mano suave, entre las mías;
tus manos limpias, sobando
mis rodillas caídas, mis tobillos.
Sentí tu beso suave,
en mi mejilla nuevamente,
tu pañuelo blanco, pulcro,
recogiendo una lágrima de amor.
Te siento en la brisa
que mueve los ramajes
y me columpia,
en el rayo de luz
que me levanta, alumbra
en mi ventana,
en el aleteo del pájaro
que me saluda
con su trino, en el niño
que mira curioso y pregunta.
Te busco en el arroyo,
en la miel del panal,
en la noche sin luna,
en la ansiedad hambrienta,
en fiebre repentina.
En el horizonte lejano;
Te escudriño
en el silencio breve,
cuando deja de llover, y mis ojos
no se fijan, se cierran de pronto.