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Plinio ChahínEl cuerpo poético de Plinio Chahín

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Al comienzo eran los cuerpos

Dos eventos fundamentales demarcan la transición del primate al hombre pensante: la bipedestación y la aparición de la voz; ambos parten y son consecuencias de la transformación anatómica del cuerpo físico. Como resultado el hombre se reconoce a sí mismo al aprehender sus destrezas y su capacidad de comunicación, y con ello se lanza al mundo en interminable búsqueda que aún perdura: allende en pos de la supervivencia, hoy persiguiendo las ontológicas preocupaciones de su espíritu: el Ser, el Otro y la Idea. Es decir: el sueño de su poesía.

A través de las civilizaciones el cuerpo fue lugar de estudio: los arúspices babilónicos disecaban el hígado, órgano regenerador de vida, a fin de estudiar el futuro; la religiosidad faraónica se fundamentó en la preservación de sus partes; en El Hombre de Vitrubio Da Vinci lo dota de emociones ya que él es medida de todo lo existente; y en la modernidad el cuerpo es parte de nuestro “todo”: subasta, imagen, objeto de consumo, depositario del deseo, el sexo y la política.

Plinio Chahín (Santo Domingo, 1959), destacado poeta, crítico y ensayista —mistagogo para muchos—, ha atrapado justamente en el escenario del cuerpo la trayectoria del inquieto pensador que divaga, anatomía en mano, a través del amor, el deseo y el misterio místico. El volumen Narración de un cuerpo, recientemente publicado por la Dirección General de la Feria del Libro de República Dominicana, reúne tales indispensables andanzas del vate en dos colecciones inéditas: Narración de un cuerpo y Ragazza incógnita. Ambas se suman a los poemarios Hechizos de la Hybris (1998), Solemnidades de la muerte (1991), Consumación de la carne (1986) y Ojos de penitente (1998), en un libro provocador del pensamiento y el corazón, hogares del sentir, y cautivador del ojo del lector desde su mismo introito: una portada reveladora de la contundente imagen del iconográfico Egon Schiele, Muchacha desconocida.

Chahín ha dicho que, tras una década de silencio, “de tensión introspectiva (...) sin pudor y a despecho de tal elongado tiempo”, ha logrado estos dos nuevos trabajos a través de su exploración del deseo como fantasía ontológica del cuerpo, y el sueño como aventura de lo irracional y lo inconsciente. A mi modo de ver el autor alcanza en tal proceso, quizás sin intención expresa, lo que André Comte-Sponville observó en sus Apuntes para una filosofía de la fragilidad: el reconocimiento de que el hombre tiene un cuerpo y crea su alma. Es decir, amor, poesía y alma no son hechos dados; hay que hacerlos, y el cuerpo es su justo locus. Tal como aparece el cuerpo chahiniano que ha arropado en sí el alma, acarreando desde el inicio del texto y en referencia al desasosiego de Pessoa, los rastros del desamparo de la modernidad: Si todas las cosas están vacías y perfectas / ¿quién es el celebrado / y con qué fin?

 

El hilo tendido de la página del cuerpo

Los textos aparecidos en Narración de un cuerpo son derroche polisémico, en el buen sentido, y goce festivo de la fisicalidad del ejercicio sexual donde las “almas” del sexo —el erotismo y el amor— protagonizan la creación del poema: Innecesarias y dulcísimas / esas piernas haciéndose / en el vientre / Ayuntando ostras / veniales y verbales / como un lípido principio de lo ilógico / Inmóviles después manos ociosas contenidas / y dominadas (...).

Miembros en acción, deseo en marcha, amor a sombra, va Chahín trazando “sobre el hilo tendido de la página del cuerpo”, una madeja de palabras que sacude a Dios; que escarba en el reposo del cuerpo ese raciocinio que la desazón del poder y la ambición nos ha robado; que “obliga al alma abrirse hasta la vastedad tras los anillos de unos senos” mientras trepidante, reconoce “el color gozoso de su cuerpo”.

El propio Schiele, hijo rebelde del expresionismo vienés de fin de siècle, trabajó en el desnudo como la más radical forma de autoexpresión, la manifestación del ser en su totalidad; no porque el cuerpo esté expuesto sino porque en el lienzo “el ser es mostrado a plenitud”, en palabras del crítico Reinhard Steiner. Es por ello que Plinio Chahín sentencia en este libro el verdadero destino de nuestro quehacer: “Todo consiste en dejar que el cuerpo trace lo escrito con el cuerpo”.

 

Cuerpo acompañado de la idea

Como el soñar, y como una muchacha que es una vez más el desafío —Ella asciende y fija vértigos—, Ragazza es una propuesta de compleja dualidad: la encarnación del ser soñado y el lugar donde la idea, el pensar, se pierde “en turbias aguas y en el embrujo de abstracciones labiales, hasta el amor votivo, círculo llameante”; el pensar que hace del cuerpo un artificio de mitos. Chahín ha logrado en esta obra que el sueño siga firme de mano de la idea y a su vez sea la excusa para perseguir el cuerpo: Infinivertida creo que le dije, casi gritándole al oído: / caíste inerme en la lividez de la sangre. / Llorabas de rodillas en el asomo / en el ansia benigna y temblorosa de los besos.

Una vez, en conversación con Luis Eduardo Aute, dije que en el cuerpo del presente, al artista —su ejecutor— le quedaban pocas alternativas; una de ellas era precisamente lo que ha alcanzado Plinio Chahín: hacerle campo de batalla, advirtiéndonos, como ya lo hizo Jaime Labastida, que el cuerpo no es sólo fruto simbólico, como todo lo humano; es también fruto de la imaginación y, por ello, imagen. Cuerpo, morada del deseo de otro y con ello, deseo de ser otro.