Sala de ensayo
Mario Vargas LlosaProximidad del goce y del miedo en el cuento “Día domingo”, de Mario Vargas Llosa

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Nadie querría mostrarse ante el mundo como un miedoso. Es un sentimiento vil, bajo. Quizá animal. Apenas los perros saben cuándo hacerse del miedo para que la violencia no venga a ellos. Pero en el hombre, ese intrépido mono posmoderno, el miedo es un no sé qué asociado a un ímpetu conservador. “Proximidad (¿identidad?) del goce y del miedo. Lo que repugna en esta vinculación no es tanto la idea de que el miedo es un sentimiento desagradable... sino que es un sentimiento mediocremente indigno...” (Roland Barthes: p. 78).

No necesitamos una revolución con un líder miedoso. Tampoco un régimen, un imperio defendido por un cobarde. Pocos dirán como Hobbes: “La única pasión de mi vida ha sido el miedo” (Roland Barthes; p. 78). Sin embargo, ¿hay goce en el miedo? ¿Habrá quienes teman y lo disfruten? ¿El placer del miedo otorga identidad al individuo? Todo ser humano soñó con un pedacito de cielo, con una diminuta luz, confortable esperanza, vencidas o no sus aspiraciones, alguna vez un hombre vio el porvenir tan provechoso que se lanzó a él como un valiente. Lleno de miedo, probablemente. Sin embargo, así, disfrutamos de su historia. La narrativa que nos hará felices un momento.

En el cuento “Día domingo”, de Mario Vargas Llosa (Los jefes-Los cachorros: 62-83), vemos a dos amigos, Rubén (campeón de natación) y Miguel, confrontados en una apuesta de natación. Borrachos, deciden que irán al mar, ya de madrugada, y al regreso alguno disfrutará de la ignominia y otro del honor publicitado por el rumor del pueblo. De eso están conscientes Miguel y Rubén. Observamos a Miguel en el bar, borracho, engreído: “Pajarracos, estoy haciendo un desafío” (p. 69). Rubén, quien aceptará el desafío porque desde un inicio sabe que es para él, se muestra cauto pero molesto, Rubén interpreta su silencio como un síntoma del miedo: “Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué” (p. 69). “—Salud —repetía Rubén”. Después, el desafío se muestra sin tapujos personal, violento e irrechazable:

Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus oídos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza; la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico: —¿Te rindes, mocoso? (p. 71).

Es aquí cuando el ambiente en el bar se torna viril, vivaz, interesante. Pareciera que la discusión terminará en una simple pelea de bar. Que una nariz rota y dos cuerpos agitados y sangrados decidirán marcharse a casa y que todo lo que antes sucedió sea una anécdota más para otra borrachera. Pero la pedantería de Rubén se alza contra él mismo y es por eso que los otros asistentes al bar y a esa discusión alcoholizada necesitan que el campeón de natación sea vencido y que su soberbia, su gloria niña y su reciente donjuanismo caiga de una buena vez:

—Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar —dijo Rubén—. ¿No quieres que te dé unas clases?

—Ya sabemos, maravilla —dijo el Escolar—. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas mueren por ti. Eres un campeoncito.

—Este no es campeón de nada —dijo Miguel, con dificultad—. Es pura pose (p. 71).

Dice Luz Aurora Pimentel que “cuando hablamos del espacio en el relato, nos referimos más bien a la ‘ilusión del espacio’ que se produce en el lector...” (El relato en perspectiva: 26). Nada en el mundo de la literatura sobrepasa los límites de ella misma. Los mares de palabras no dejarán por ningún motivo de ser ficción. La mentira, para la narrativa, es un bien necesario. Pocos verían en la realidad, en un bar de mala muerte, a dos borrachos insultándose de una manera tan diplomática; donde incluso presentan argumentos y dan la posibilidad al otro de que conteste de acuerdo a la pregunta propuesta, casi como en la mayéutica de Sócrates:

—No estoy borracho —aseguró Miguel—. Y tú eres pura pose.

—Estás picado porque le voy a caer a Flora —dijo Rubén—. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto las cosas? (p. 72).

La narratología que hace Luz Aurora Pimentel nos explica cómo es que vamos ocupando poco a poco todos esos espacios que van quedando vacíos con el formidable uso de la imaginación humana (¿acaso imaginarán los peces?). Y de esta manera las cosas toman forma, vida, color y hasta parecieran las sombras más cálidas:

—Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón —dijo.

—Pura pose —dijo Miguel.

—Si ganas —dijo Rubén—, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano, tú te vas con la música a otra parte (p. 72).

Sabemos que el mar, “asociado con el simbolismo de las aguas, comparte con ellos algo de su significado; origen de la vida, todo sale de él y hacia él vuelve...” (http://arteysimbolos.blogspot.com/2009/03/mar-oceano.html).

Ahora bien, la siguiente cita considero que representa bien el espacio del mar, misma en donde éste cobra un valor simbólico dentro del cuento de Vargas Llosa: “Luego surge de improviso una superficie calma, conmovida por tumbas inofensivas; el agua es clara, llana y en algunos puntos se divisan las épocas piedras submarinas” (p. 77).

Por nuestra cultura sabemos que cuando el mar está tranquilo se trata de paz, en donde todo puede ser visto, es por eso que digo que el mar tiene un valor simbólico, aunque ya por ende se sabe que goza de excedente de sentido. ¿Quién no sufrió los martirios marítimos de la vida como Prometeo? ¿Acaso la infancia no imaginó nuestra etapa adulta en un barco lleno de amigos y aventuras? ¿Cuánta poesía no surgió para el mar y éste sólo reclamó algunos hombres y algunas botellas con palabras hermosas? Así, pues, el mar funciona como uno de los principales espacios dentro del cuento “Día domingo”.

Es de esta forma como, gracias a los conocimientos que nos entrega nuestra cultura, intuimos muchas cosas. Simplemente bastaría decir que le damos significado a los acontecimientos cotidianos (miradas, tactos, saludos, etc.). El agua ya nos dice algo. Cristalina o sucia, verde o con muerto flotando en ella. Suciedad, peligro o muerte según nuestra interpretación y nuestros juicios acerca de eso que nos dejaría vivir tres días sin alimento. Y por ende, con el agua cristalina imaginamos una clara limpieza, tranquilidad, paz y recuerdos que nos remiten a la infancia donde todo era más simple y más sencillo.

Pero el mar al que se sumergirán Rubén y Miguel para dar fin a la apuesta y a las habladurías tiene una pisca de maternal y otra de apocalíptica. Casi podemos sentirnos dentro de un vientre asesino, abortivo.

Estaba en el centro de un círculo de agua oscura, amurallada por la neblina. Trató de distinguir la playa, o cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su paso no era trasparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzca. Y un manto de nubes a ras del agua (p. 79).

Ahora bien, como dije anteriormente, el mar tiene cierta relación con los personajes de “Día domingo”, en especial con Rubén y con Miguel, puesto que son ellos dos los que desafían las aguas bajo el efecto del alcohol solo para tomar una decisión acerca de quién sería el que tendría el derecho de pretender a Flora, sin imaginar que dentro de todo este conflicto (¿renacería la amistad que había entre ellos?) y de igual forma vendría a la luz su más íntima condición de solidaridad y humanidad, pues ambos estuvieron a punto de ahogarse.

El hecho de que el mar represente ese renacer, una forma más de volver a la vida, pues el mar no sólo simboliza esa feminidad por la que inicia todo, los desafíos, es una Ella y no un Él (Eva líquida). El agua es la vida misma a la que tienen que volver, es como el rito de iniciación a la que se está sometido para ingresar a lo desconocido, o a ese grupo al que deseamos pertenecer a toda costa, como la mar a la arena. En este caso la sociedad que escogerá a su héroe de acuerdo a sus méritos:

Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra raspó uno de sus pies y él dio un grito y apuró. Un momento después podía pararse y pasaba los brazos en torno a Rubén (p. 82).

Todos sabemos que el mar es el origen de la vida, origen primario que fue microbios. Ese origen en donde la conciencia del ser se revitaliza y pone a prueba su propia conciencia, el hecho de concebir el mundo, esa cosmogonía ante el resurgir y la renovación de ese ser, en este caso sería la propia reencarnación de Rubén y Miguel, el héroe que pierde su infinito y el nuevo hombre transformado en héroe. Ambos se transforman ante su peligrosa situación de enfrentarse a las aguas turbias que comenzaban a subir, el riesgo de levantar el vuelo para convertirse junto con los demás en pajarracos. Vemos a Miguel en una actitud de Abel perdonavidas:

—No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel. No me hagas caso.

—¿Crees que soy un desgraciado? —dijo Miguel—. No diré nada, no te preocupes.

Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos (p. 83).

Sin embargo, como ya vimos anteriormente, el mar es aquel símbolo de renacimiento de la humanidad, porque, gracias a ese enfrentamiento que tuvieron Rubén y Miguel, es el mar el que los vuelve a unir con la condición de que sean como hermanos, u optará por tragárselos dejándolos para siempre en el inevitable anonimato. “Estas mismas razones acercan el miedo al goce: el miedo es la clandestinidad absoluta...: el lenguaje delirante no es posible para quien lo escucha nacer en él” (Roland Barthes: 78). Así:

Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a él, un porvenir dorado (Vargas Llosa: 83).

 

Referencias

  • Barthes, Roland (2000). El placer del texto y lección inaugural. Siglo XXI. México.
  • http://arteysimbolos.blogspot.com/2009/03/mar-oceano.html
  • Pimentel, Luz Aurora (1998). El relato en perspectiva. Siglo XXI. México.
  • Vargas Llosa, Mario (1989). “Día domingo”, en Los jefes-Los cachorros. México. Alianza. Págs. 62-83.