Letras
Leo

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Leo. Acabo de descubrir que puedo leer caminando por la calle y que puedo leer en la ducha, me dice algo indignado consigo mismo Leonardo Iglesias. Leo es mi paciente desde hace unas semanas y ya ha venido tres veces a mi consultorio por la forma progresiva en que encuentra nuevas formas de leer. Yo insistía en decirle que leer no tiene nada de malo, que más bien la gente debería leer más, pero ese argumento no lo tranquilizaba en lo más mínimo.

Leo bajo la lluvia, leo antes de dormir, leo al despertarme, leo con poca luz, leo entre lecturas, leo mientras como y leo cuando una pesadilla me sobresalta a mitad de la noche, doctor, me decía recostado a pedido suyo en mi viejo diván (no sabe que ese mueble ya no se usa, que no puedo deshacerme de él porque no cabe por la puerta). Tranquilo, le digo mientras tomo un cuaderno de notas y trato de pensar en cómo decirle que esa manía suya no representa el menor riesgo.

Pero él insiste. Dice que en el trabajo le prohíben que lleve esas voluminosas novelas clásicas, tipo Hugo, Proust o Dostoievski, de las que tanto gusta, que los amigos lo molestan porque va a las reuniones con un libro, que en su cuarto hay más libros que ropa y más polvo que libros, y que ya no sabe qué hacer porque últimamente está olvidando asuntos importantes por pasársela leyendo en lugares remotos o por recordar argumentos de libros.

Y no es cuento. Más bien novela. O una que otra revista literaria, o de crónicas de viaje, que no es lo mismo que los folletines turísticos. Por su trabajo en un centro de investigación, debe leer tres periódicos al día, un boletín especializado en economía mundial, un manual de legislación laboral y semanalmente dos publicaciones con el acontecer científico de los países del primer mundo. Además de la investigación que esté asesorando en ese momento.

Pero Leo siente que el problema no pasa por su trabajo, sino por la quijotesca broma del destino que lo deja caer atrapado en cuanta lectura llega a sus manos y lo que es peor, que lo hace leer caminando, esquivando peligrosamente a los transeúntes y vehículos. Cruzo esquinas, les doy la vuelta, acelero el paso y no pierdo el párrafo, dice tocándose la frente como si tuviera calentura. Me detengo en los semáforos, subo escaleras, las bajo y el hilo conductor de la historia me mantiene atado.

Subo a un autobús y sigo leyendo. Parado, sentado, apretujado entre la gente y en ocasiones sin luz alguna. Es increíble. Y en la ducha es peor. Lo que hago es arrancar la página y la sujeto a la cañería con esos imanes de refrigerador. Antes usaba cinta adhesiva pero con el vapor pierden su pegamento. Esta mañana leí una crónica sobre los bares y clubes nocturnos de Caracas. También un ensayo sobre Madame Bovary. Con Madame Bovary en la ducha, ¿se imagina doctor?

Y yo le digo que está bien, que sí es una exageración lo suyo y que el problema está en si se vuelve un dependiente de la lectura. Por qué no prueba dejarlo, le digo como si fuera una idea nunca antes pensada. ¡Porque están en todas partes, doctor! En los puestos de periódico, en los supermercados, en las salas de espera, en los cafés, en las peluquerías, ¡en las bibliotecas! Ahora hasta regalan pasquines a la salida de los teatros y los cines, me dice con resignación.

¿Y tolera que lo interrumpan cuando lee? No, doctor, no concibo una traición así. Por eso prefiero leer en lugares apartados, donde no tenga conocidos o lugares donde a nadie le importe lo que esté haciendo. El baño está descartado, siempre hay alguien que quiere entrar en él cuando tú lo ocupas con tu lectura. Últimamente prefiero los parques de distritos que no frecuento, en las mañanas y en días de semana, porque los niños están en la escuela y sólo algunos ancianos pululan por ellos.

También me gustan los ómnibus llenos de extraños que no molestan para nada (de preferencia de noche, cuando viajan todos cansados, durmiendo). O la cola de algún banco, donde la espera puede ayudarte a terminar en un solo trámite las novelas de Vargas Llosa. En mi rutina diaria he incluido caminatas que me permiten adentrarme en los cuentos de Cortázar, o paseos a media tarde en los que siempre está Chéjov, Kafka o Hemingway.

Así descubrí que cuando uno camina es cuando menos lo interrumpe la gente. Y si a eso le añades un libro entre manos, pues prácticamente la gente te hace invisible. Y no sólo porque no te interrumpen (quizá sus conciencias les dictan esa conducta al recordar que ellos abandonaron la lectura por desidia, a temprana edad) sino porque literalmente no te ven. Me ha pasado que, entre línea y línea, he levantado la mirada y he estado a punto de estrellarme contra una persona.

Es como cuando esos conductores ebrios se quedan dormidos al volante y de pronto se despabilan y ya tienen un roble encima. En esas ocasiones me siento como aquel videojuego muy antiguo que funciona a fichas y que me encantaba de niño. La ranita que cruza la calle sorteando autos que van en ambas direcciones. Ahora me molesta que la gente, en su distracción, olviden que yo estoy distraído. ¿Y todo eso no le trae problemas en el amor?, le pregunto repentinamente. Si supiera doctor, me dice.

Es cierto que las mujeres quieren ser lo primero en tu vida, pero lo malo está en que detestan que se les postergue por un enfoque social geopolítico o una crítica literaria. Sencillamente no lo toleran. Y menos cuando uno deja sonar el teléfono sin contestar porque está en lo más interesante de la novela policial o cuando uno les dice que esa película, que ellas tanto quieren ver, es la adaptación de un libro, que por qué mejor no lo leemos juntos. Sinceramente, creo que es error de ellas. ¿O me equivoco?

Lo cierto es que a mí no me preocupa Leo, aunque lo primero que haga al entrar en mi consultorio sea revisar mis revistas de sicología o fisgonear en mi librero. ¿Alguna vez ha robado libros? Lo pienso, doctor. Lo pienso mucho y muy, muy seguido. Creo que es como cuando un asaltante, o una banda de asaltantes, trama un golpe. No se pueden permitir el menor error. Eso hago yo. Planeo un golpe letal en la librería del centro, inclusive tengo identificada la ubicación de los libros que me interesan.

De pronto empiezo a entender la conducta de Leo. Está obsesionado con acarrear conocimiento. Y quién no en estos días. Al menos en mi círculo de amistades todos comentan lo último que leyeron con no poca vanidad. Sacan cara y alzan la voz cuando se toca un tema que dominan, y se dan el lujo de citar a algún personaje célebre como si fuera un mérito. Seguro con las amistades de Leo esto debe ser aun peor. Los investigadores y periodistas ven la información como una presea dorada que lucir y resguardar.

Ya le dije que no, doctor, si no no leería tanta literatura. Son los cuentos, relatos y novelas los que están copando mi mente como un tumor virósico. ¡Basta!, le digo con tono enérgico, no necesito saber más. Usted tiene el Síndrome de la Mancha. ¿Y qué carajo es eso, doctor, y por qué no lo he leído en mi vida?, replica Leonardo. No se preocupe, en sicología muchas enfermedades se presentan en una sola ocasión. El reto del médico está en reconocerlas y formular el diagnóstico, bautizarlas.

Le hago saber a Leo que no será fácil superar su síndrome, que lo mejor que puede hacer es convivir con él hasta que sienta el alivio de no tener remordimientos. Pero eso significa no más libros, nada de revistas, ni lecturas por un tiempo. Y cuando vea una palabra aléjese de inmediato. Leo empieza a anotar todo lo que digo pero pronto cae en la cuenta de su error, tendrá que leerlo. Vaya a su casa, tómese un calmante y duérmase.

A la mañana siguiente Leo está muy temprano esperándome. Me dice que no leyó nada, que tomó el calmante, se fue a la cama y durmió placenteramente. Pero usted no contó con que sueño, doctor. Y ahora sueño que leo, sueño que paso páginas, que reviso el diccionario, que hago anotaciones en un cuaderno rojo como el suyo. Sueño que me despierto y que voy a comprar libros. También compro revistas. Lo raro es que los libros los compro en los quioscos y las revistas en las librerías.

Luce calmado aunque en sus manos estruja una bolsa de bolitas y las revienta una a una. Haga algo, doctor, haga algo. Ya no se me cansa la vista pero tengo unas ojeras enormes. Mi vecino dice que por las mañanas, cuando sale a trabajar, escucha que declamo a Shakespeare en voz alta, y me grita desde fuera “¡Vecino, buenos días!”, y yo le respondo con voz solemne que guarde silencio, que el Rey Lear está a punto de entrar en la sala.

Sueño que me levanto a consultar un libro y que me río. Sueño que vengo a este consultorio y hablo con usted, y que sigue sin encontrar una cura efectiva para el Síndrome de la Mancha. Entonces me acerco y veo sobre su hombro las anotaciones de su cuaderno rojo, y usted me dice ¡no le dije que no leyera!, y yo le digo leer qué, doctor, si su cuaderno está lleno de garabatos y tiene un dibujo de un tipo flaco, de mirada desorbitada, acostado en un diván y en la nube de pensamiento dice “quiero leer, quiero leer, quiero leer, quiero leer...”.

Leonardo Iglesias fue el caso más extraño de mi carrera profesional. A veces pienso que su manía de leer se ha trasladado a mí, porque extrañamente he vuelto a los libros de cuando era estudiante como si acaso en ellos pudiera encontrar el origen de su locura literaria. Una tarde recibí una llamada de un desconocido que me decía que Leo estaba hospitalizado. Finalmente, un auto lo había atropellado cuando cruzaba la calle leyendo una novela mastodóntica que salió disparada con el atropello y rompió la luna parabrisas.

Contrario a mis costumbres decidí ir a visitarlo. Cuando llegué a su habitación, una dulce enfermera le sonreía, le estaba leyendo la novela que había dejado inconclusa cuando le echaron el carro encima. Tenía la cabeza vendada, las piernas rotas y uno de sus brazos colgaba de un armatoste. Él estaba feliz, sus anteriores visitas habían dejado sobre su mesa de noche muchos libros para que lo acompañaran durante su lenta recuperación. No me atreví a prohibirle esas lecturas, estar lisiado por un buen tiempo ya me parecía bastante tortura. Eso sí, no le dejé el libro que iba a regalarle.