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Un hombre lamentablemente acostumbrado al fracaso

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Sus manos le temblaban y había comenzado a transpirar. A pesar de que tenía todo perfectamente planeado seguía en su cabeza la incertidumbre.

—Nada sale como lo planeas —se dijo, y aun así, el momento de retractarse había pasado.

El ascensor iba ya en el cuarto piso, dos más y sus piernas tendrían que moverse. Respiró profundamente tratando de mantener la compostura. Metió la mano en su bolsillo y al sentir la frialdad del objeto ahí dentro logró estabilizarse. Al menos por un par de segundos pudo pensar con claridad. Esto era lo que él quería, no había duda. En ese momento el tintineo habitual que avisa que el ascensor ha llegado a su destino sonó. Las puertas de acero se abrieron y él se quedó mirando el largo pasillo con paredes beige que se extendía frente a él. Las puertas comenzaron a cerrarse y se apresuró a extender su mano para detenerlas. Respiró de nuevo y avanzó.

Sus pasos eran lentos. Sus ojos se desviaban hacia los más ínfimos detalles: las flores secas en la mesa al lado del ascensor, el crujir de la madera a sus pies, la luz blanquecina que asomaba debajo de la puerta del primer departamento, el número colocado sobe la puerta. Ese número, el seis. Piso seis habitación seis.

—Y mes seis —completó—. No se puede estar más maldito.

Una gota de sudor rodó por su frente y sacó un pañuelo de su bolsillo delantero para secarlo. Colocó el pañuelo en su lugar y se quedó observando la puerta. Vino a su mente el recuerdo de la primera vez que la vio.

Ella era alta, delgada, cabello largo y castaño, ojos claros y labios delgados. Una mujer increíblemente atractiva caminando por los pasillos del banco. Cuando sus tacones atravesaron la entrada de su oficina él supo que nada le haría olvidarla. Ella se quejaba del servicio de las cajeras y de cómo, tratando de evitarlas, recurría a los cajeros automáticos, lo que resultaba aun peor, pues era la tercera vez que el cajero automático devoraba su tarjeta. Por más que él intentó tranquilizarla no pudo conseguirlo. La mujer le gritó por poco más de media hora. A él se le agotó la paciencia, le ofreció una compensación que ella aceptó gustosa y, a cambio, él se quedó con un dolor de cabeza insoportable. Cuando su supervisor supo lo de la compensación lo despidieron. Definitivamente no olvidaría jamás a esa mujer. Con ese recuerdo logró girar la perilla.

Las luces en el interior estaban apagadas. El corredor blanco en forma de “L” estaba adornado con varias fotografías. Con sus manos aún temblando acarició el rostro de la primera. Ella tendría unos dieciséis años en esa foto, usaba frenillos y, de no ser por sus ojos claros, no se parecía en nada a quien era ahora. Al lado de esa foto se encontraba, en otra más reciente, acompañada de esa mujer rubia que llegó a ver a su lado un par de veces. Ni una foto más, ni una sola de sus padres o de algún familiar. Sólo ella.

Avanzó pocos pasos y se encontró con su dormitorio; una habitación color carmín con una lámpara de pie al fondo. En el centro de la habitación estaba una cama matrimonial con un edredón rojo oscuro. Sobre la cama yacía un vestido de noche negro y al pie un par de zapatillas plateadas.

—Parece que hoy será una gran noche. Habrá cambio de planes —una sonrisa se formó en su rostro. Tomó el vestido y lo sostuvo frente a él.

—Le quedaría precioso —lo apretó contra sí e imaginó su cabello rozando su mejilla e impregnando con su aroma su hombro. Colocó el vestido sobre la cama y se giró para encontrarse con el espejo ovalado a su izquierda. Notó que su cabello estaba largo. Más largo de lo que jamás lo había tenido.

—Demasiados cambios —susurró. Su rostro era distinto, no parecía un jovencito, los años habían dejado huella.

—Ella había dejado huella —pensó. A un lado del espejo había una cómoda sobre la que se encontraba un pequeño joyero azul turquesa. Caminó hacia él y lo abrió, en su interior encontró un par de aretes de perlas. Los reconoció al instante, eran los aretes que llevaba el día del banco. Aretes de perlas, un vestido azul entallado y unas altas zapatillas. Esa era una mujer que estaba terriblemente acostumbrada a salirse con la suya. En cambio él, él era un hombre lamentablemente acostumbrado al fracaso.

Salió de la habitación y caminó hasta llegar a la pequeña sala. Había un enorme sofá esquinero café y una pequeña mesa de centro, sobre ésta una taza con marcas de labial y restos de lo que fue un té. Se acercó la taza.

—De limón —esa era sólo una cosa más de todas las que lo enloquecían. Ella era una mujer desorganizada, seca, irresponsable y quejumbrosa. Eso sin mencionar su poca consideración por la vida de los demás humanos.

—Como la mía —murmuró.

Contigua a la sala se encontraba una pequeña cocina, recordó aquel viejo dicho que versa que todo se parece a su dueño. Este era su departamento. Las habitaciones se encontraban en lugares completamente atípicos. La cocina era la última habitación, la sala parecía diseñada para alojar sólo a una o dos personas, su recamara era lo más cercano y los colores presentes en todas ellas no sugerían nada. Este era un lugar tan vacío como su dueña.

Frente al sofá había unos ventanales por los que se filtraban los últimos rayos de luz del atardecer. Contempló todo el lugar una última vez tratando de decidir dónde esperarla. Por fin, se sentó en el sofá y esperó hasta que quedó oculto entre las sombras. Metió la mano de nuevo en su bolsillo e imaginó la reacción de ella al verle. Su pulso se aceleraba al considerar que ella gritaría y tal vez, si todo transcurría bien, incluso lloraría. Imaginaba cómo cambiaría la frialdad del objeto, que ahora sostenía en su mano, por calor al estar en ella. Fue en ese preciso momento en que se percató de que los temblores habían desaparecido y el sudor había parado.

—Estoy listo —pensó. Ahora sólo restaba esperar.

No sabía con exactitud cuánto tiempo había transcurrido. Su mente regresaba una y otra vez a ese día en el banco. De pronto, escuchó el sonido del ascensor y el de unos tacones acercándose. Rápidamente se puso en esa posición que había practicado millones de veces en su habitación. Escuchó girar la perilla. Sus piernas se debilitaron. La luz del corredor se encendió y él siguió estático. Su cuerpo parecía haberse desconectado y él era sólo un espectador detrás de la cortina. La escucho tararear una canción. No logró distinguir cuál era.

—Pronto ella se acercará a la cocina, necesita beber un poco de agua —pensó. Y así fue. Se escucharon los tacones chocar contra el piso y su andar descalzo sobre la madera. Él apretó el objeto en su mano y aguardó pacientemente. Ahora él cambiaría el transcurso de su vida. Ahora, estarían a mano.

Ella encendió la luz de la sala sin percatarse de su presencia. Tomó un vaso y se sirvió agua. Él se levantó lentamente del sofá. La escudriñó con la mirada, tratando de grabar su imagen para siempre en su memoria: su largo cabello cayendo sobre su espalda, sus piernas blancas, su frágil cuerpo.

—Ya casi —pensó. Pasó saliva. En un instante, con la luz bañándole dijo:

—¡Cristina! —la taza resbaló de sus manos, gritó. Se giró inmediatamente. Él sonrió. Una mueca de asombro apareció en el rostro de ella acompañada de lágrimas a punto de escaparse. Todas las imágenes se aglutinaron en su cabeza, su vestido azul, los aretes de perlas, sus tacones, su cabello. Los frenillos, su aroma. La taza con labial sobre la mesa, el té de limón. Las habitaciones vacías. Ella se quedó petrificada y él supo que era hora. Pondría en práctica lo que invadía su cerebro cada vez que la veía, que la escuchaba o que la pensaba. Alzó su mano acercando el objeto helado hacia ella y lo dijo:

—Cristina, cásate conmigo.