Sala de ensayo
Lectura cosmogónica en Pedro Páramo, de Juan Rulfo

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Juan Rulfo

La lengua desempeña un papel decisivo en la comprensión del medio ambiente; en especial, la metáfora nos sirve para construir e interpretar los discursos acerca de lo que sucede en nuestro entorno natural (González, 2009: 101).

Lo que determina el uso de la lengua y sus formas es la profundidad natural en que se encuentra instaurada; esta particularidad nos lleva a buscar el misterio que alberga y nos hace sensibles.

El propósito de estas páginas es mostrar elementos que hacen posible la lectura de la novela Pedro Páramo como imagen cosmogónica de su naturaleza. Esta obra muestra más allá del empleo de las formas artísticas, nos proporciona una visión especial del mundo, la naturaleza y sus fenómenos.

Juan Rulfo nació en Apulco, en el estado mexicano de Jalisco, en 1918, y murió en la ciudad de México en 1986. Inició su trascendental producción literaria en los años cuarenta, publicando relatos recuperados en el volumen El Llano en llamas (1953). En 1955 publicó la novela Pedro Páramo, considerada uno de los hitos de la narrativa hispánica del siglo XX. En 1983 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (Rulfo, 1993, p. 2).

En Pedro Páramo, Juan Rulfo acapara en el texto elementos simbólicos de la cosmogonía. Históricamente aluden a rasgos de identidad de las culturas prehispánicas que formaban parte del ritual consagrado a la deidad y a manera de control religioso, político y social. De esta manera podemos deducir que en la intimidad del autor está la presencia de identidad cosmogónica que lo implica como parte de este mundo; un rasgo de herencia cultural transmitido de generación en generación.

Adentrándonos a la novela Pedro Páramo, se desprenden palabras clave de un cosmos espacial y temporal sumergido en los cuatro elementos de la materia: aire, agua, tierra y fuego. “De los cuatro elementos de las cosmogonías elementales, el aire y el fuego se consideran activos y masculinos; el agua y la tierra pasivos y femeninos” (Cirlot, 2007, p.74). También vemos que se relacionan características de muerte, dimensión y energía: lo alto y lo bajo, el cielo y la tierra; la luna y el sol; y por último la proporción del maíz como centro de necesidad. Pasando esos elementos al plano simbólico nos revelan la expresión de una visión ideológica de la realidad como concepción del mundo.

El símbolo es, en igual medida, un mediador entre la sincronía del texto y la memoria de la cultura. [...]. En el símbolo siempre hay algo arcaico. Toda cultura necesita de una capa de textos que cumplan la función de la época arcaica. La naturaleza simbólica se remonta a la época anterior a la escritura y que se ha conservado en la memoria de la colectividad (Lotman, 2003).

De esta manera, los símbolos prometen ayudarnos a revelar las formas en que se encuentran sumergidas las imágenes cosmogónicas del texto narrativo y sus metáforas. Para entender la cosmogonía primero hay que definirla en concreto.

La palabra cosmogonía es una voz latina tomada del griego, formada de kosmos, que significa “mundo y raíz”, y gégona, que significa “nacer”. El Diccionario de la lengua española (2001) refiere el significado de cosmogonía como “relato mítico relativo a los orígenes del mundo” y la añade como “teoría científica que trata el origen y la evolución del universo”.

Ahora pasaremos a definir los símbolos de los cuatro elementos de la materia:

Aire:

El aire se asocia esencialmente con tres factores: al hálito vital creador y, en consecuencia, la palabra; al viento de la tempestad, ligado en muchas mitologías a la idea de creación; finalmente, al espacio como ámbito de movimiento y de producción de procesos vitales. La luz, el vuelo, la ligereza, así como también el perfume y el olor (Cirlot, p. 74).

Agua:

Se considera a este elemento como el mantenedor de la vida que circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, savia, leche, sangre. Ilimitadas e inmortales, las aguas son el principio y fin de todas las cosas de la tierra (p. 68).

Tierra:

Imagen de la vida, expresa la manifestación del cosmos y la aparición primera de formas. Especialmente simboliza el carácter naciente de la vida. La fertilidad de la tierra se ofrece como la imagen más poderosa de la fecundidad cósmica, material y espiritual (p. 444).

Fuego:

Agente de transformación, pues todas las cosas nacen del fuego y a él vuelven. Es el germen que se reproduce en las vidas sucesivas. Asociación a la idea de vida y salud (calor en el cuerpo). Para la mayor parte de pueblos primitivos, el fuego es un demiurgo y procede del sol, es su representación sobre la tierra; por esto se relaciona, de un lado con el rayo y el relámpago; de otro con el oro (Cirlot, p. 215).

Con estos símbolos definidos, ya podemos relacionar nuestro presente análisis para entrar en profundidad con la lectura de Pedro Páramo. Ahora, la teoría elegida para entrar en profundidad con el análisis estructural y las metáforas en Pedro Páramo, es la de “El cajón, el cofre y los armarios”, de Gastón Bachelard. Un estudio en La poética del espacio. En principio nos dice que “La metáfora viene a dar un cuerpo concreto a una impresión difícil de expresar” (Bachelard, 1965: 113). De esta manera el texto de la obra nos ofrece una visión del mundo, del hombre y de sus relaciones humanas. Desprende de ella ramas o caminos que se desdoblan al momento de concebir las imágenes de la naturaleza. Al momento de la lectura, se muestran características y descripciones que se desprenden de la cosmogonía, como secretos instaurados en la intimidad que dan vida y fuerza al colorido de la obra, de este modo no son aspectos negativos si así se percibiera, sino como procedimiento artístico que llega a ser forma y que constituye la materia viva de su arte.

“Pedro Páramo”, de Juan RulfoAdentrándonos a la obra Pedro Páramo, Juan Preciado se dirige por primera vez a Comala a buscar a su padre, Pedro Páramo, y se nos describen las percepciones del tiempo y el espacio. “Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias” (p. 7). De este modo podemos percibir dramáticamente una estación de verano, una sensación que quema y da sed. Como fenómeno de la naturaleza nos da una concepción negativa, pero por otro lado cumple la función de un ciclo que acontece y vuelve a repetirse en el cosmos.

La concepción del cosmos se ve como este ciclo, el ir y venir de los fenómenos naturales. “El camino subía y bajaba: sube o baja según se va o según se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja” (p. 7). La realidad es que todos los personajes con los que el protagonista se va enfrentando están muertos y cada uno vive su propia temporalidad. Unos van y otros vienen. En la naturaleza podemos ver cada cierto ciclo regresar efectos físicos de la naturaleza, ello nos da la imagen de la transición del tiempo. Así mismo lo vemos en el ciclo del agua, un constante fluir en la evaporación de los ríos, lagos y mares; la fusión del aire caliente y el frío, y después la lluvia y la tormenta. De esta manera la muerte se presenta como un ciclo de la vida misma. La misma muerte es una especie de metáfora de la vida y de la cosmogonía como elemento de liberación del cuerpo. Así como un volcán en erupción liberando de su interior (lo bajo), el magma, y haciéndolo salir (arriba) y descender (otra vez lo bajo) su lava a la superficie de sus laderas.

Esta imagen de ciclo y transición del tiempo se ve presente cuando Juan Preciado revive en su intimidad el pasado de Comala en los recuerdos de su madre. “Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver” (p. 8). Se puede ver una analogía en la imagen de herencia que se nos presenta con el reconocimiento de identidad cultural. “El acto de ver expresa una correspondencia a la acción espiritual y simboliza, en consecuencia, el comprender [...]. Es muy curiosa la concepción analítica egipcia del ojo o, mejor, del círculo del iris centrado por la pupila, como sol en la boca (verbo creador)” (Cirlot, 2007, pp. 347-348). Dolores, en los pensamientos de su hijo Juan Preciado, describe Comala como penetrando en el baúl de los recuerdos. “Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche” (p. 8). Cuando el protagonista llega al pueblo, se da cuenta de que ya no es el mismo paisaje, notamos un cambio drástico y cósmico en el tiempo y el espacio, pues ahora “Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno” (p. 9).

Todo poeta de los muebles —sea poeta en su desván, un poeta sin muebles— sabe por instinto que el espacio interior del viejo armario es profundo. El espacio interior del armario es un espacio de intimidad, un espacio que no se abre a cualquiera (Bachelard, p. 118).

Las anteriores descripciones son una bella manera de sensibilizar, por la forma en que se comunican los acontecimientos del paisaje donde se desprenden elementos de la cosmogonía en un plano desdibujado. En otro plano también Bachelard nos dice que:

El armario y sus estantes, el escritorio y sus cajones, el cofre y su doble fondo, son verdaderos órganos de la vida psicológica secreta. Sin estos “objetos”, y algunos otros así valuados, nuestra vida íntima no tendría modelo de intimidad. Son objetos mixtos, objetos-sujetos. Tienen como nosotros, por nosotros, para nosotros, una intimidad (p. 118).

Siguiendo esta línea de pensamiento, el cuerpo humano, así como la naturaleza de la cosmogonía y sus ramificaciones con el tiempo y el espacio, es un armario de los órganos vitales que nos revelan la intimidad de nuestra identidad.

Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas, que su boca tenía dientes y una lengua que se trababa y destrababa al hablar, y que sus ojos eran como todos los ojos de la gente que vive sobre la tierra (Rulfo, p. 11).

Nada huidizo ni vago en ese cubo tan bien ensamblado [...]. Lo suficiente para contener todo un mundo bien clasificado de conocimientos positivos (Bachelard, pp. 116-117).

La novela es un constante abrir y cerrar de recuerdos, es un armario que Juan Preciado penetra constantemente. “Lo que se metía en él una vez, cien veces, diez mil veces, se podía encontrar en un abrir y cerrar de ojos” (p. 116). Lo iba experimentando al enfrentarse con la tierra de Comala:

Me acordé de lo que me había dicho mi madre: Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontraras más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz. Mi madre... la viva (Rulfo, p. 11).

Los recuerdos cumplen la función de anunciar un ciclo de la materia que se ha degradado y que apunta hacia un nuevo porvenir, es algo temporal que no sucede todos los días, sino cada cierto periodo.

El armario vive un centro de orden que protege a toda la casa contra un desorden sin límites. Allí reina el orden o más bien, allí el orden es un reino. El orden no es simplemente geométrico. El orden se acuerda allí de la historia de la familia. Lo sabe muy bien el poeta que escribe (Bachelard, p. 118).

Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de yerbas: hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé (Rulfo, p. 9).

Cuando se da a los objetos la amistad que les corresponde, no se abre el armario sin estremecerse un poco. Bajo su madera rojiza, el armario es una almendra muy blanca. Abrirlo es vivir un acontecimiento de la blancura (Bachelard, p. 121).

El lector de Pedro Páramo, al penetrar la obra, percibe un mundo cosmogónico que va liberando elementos del mundo, del ciclo de la vida y de renovación, por la cual fluyen todos los fenómenos de la naturaleza. También el lector se da cuenta de que todos los personajes de la obra están muertos y de que cada uno de ellos refleja algo de la cosmogonía al consumirse sus recuerdos en el pueblo de Comala.

De alguna manera la tierra reclama sus nutrientes, es un proceso natural de su materia; el agua fluye y se diluye en el cosmos, de ahí el sol penetra la oscuridad y las raíces anuncian la vida: un árbol en proceso de crecimiento. Los muertos de la obra han sido sepultados sobre la faz de la tierra para consumirse en ella, dar paso y oportunidad a los nuevos que llegan, pues éstos ya han cumplido su ciclo. También los secretos escondidos algún día salen a la luz para revelar algo.

Tomando como primer símbolo a la muerte: “El suelo está sembrado de restos humanos, pero éstos, como en las leyendas y cuentos folklóricos, presentan los caracteres de lo vivo. Las cabezas incluso conservan su expresión. Las manos que emergen de la tierra parecen prestas a la acción”. El sordo de Abundio es un personaje muerto al que le tronó en la cara un cohete con que espantaban en el pueblo a las “culebras de agua”, así traía mensajes a los vivos, y a los muertos les contaba cómo andaban acá del otro lado, la voz del mismo Juan Preciado fue escuchado por él.

El mismo mundo nos cuenta las transformaciones por las que ha pasado, sus fenómenos naturales los vemos fluir día con día y año con año en sus estaciones. El mismo tiempo de la tierra es una interacción con el hombre desde el pasado hasta el futuro.

Todo en el arcano tiende a la ambivalencia, para remarcar que si la vida, en sí, como supieron Heráclito, los medievales y confirma la ciencia moderna, está íntimamente ligada a la muerte, también la muerte es el material de la vida, no sólo de la espiritual, sino de la resurrección de la materia. Es preciso resignarse a morir en una prisión oscura para renacer en la luz y la claridad (Cirlot, p. 319).

Lo alto es el cielo: lo bajo es la tierra; la tierra es el principio de absorción (la tumba y el vientre), y a la vez de nacimiento y resurrección (el seno materno) (Bajtín, p. 319).

De esta manera la obra está consagrada a la cosmogonía, por su constante movimiento. Los cambios de tiempo, la misma confusión de los personajes y el espacio que los hace difuntos; así como el fluir de las estaciones, la vida de los árboles: sus hojas y frutos, la liberación de magma en la erupción de un volcán apagado, son síntomas cosmogónicos de liberación y renovación, un constante ir y venir perpetuado. Nacemos, morimos, nos fundimos y reencarnamos. “La muerte es, dentro de esta concepción, una entidad de vida en una fase necesaria como condición de renovación y rejuvenecimiento permanentes” (p. 25).

Adentrándonos a los elementos de la materia: aire, agua, tierra y fuego, como trayecto de renacimiento, aparecen repentinamente en varios fragmentos de textos en metáfora, la misma historia y sus diálogos. Ellos mismos conforman y cumplen el ciclo de su naturaleza en el mundo. Por mencionar algunos: el aire caliente de agosto (fluye), el agua de la lluvia (fomento de necesidad y de sed; también fluye), el fuego de las brasas (que se fusiona; el sol, la tarde y el calor también se asimilan al fuego) y la tierra (imagen que nos enraíza). Desde luego una de las propiedades de Pedro Páramo, el rancho La Media Luna, desde ya nos crea referencia al fenómeno del espacio cósmico, que también vemos fluir en el siguiente fragmento: “Llanuras verdes. Ven subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan” (Rulfo, p. 19). Rulfo es profeta de su tierra, es un Dios creador de un mundo en evolución. “Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire” (p. 14). Nuevamente podemos ver una imagen que nos da la música de la cosmogonía, que fluye por Rulfo sobre la faz de la tierra. “Los muebles complejos realizados por el obrero son un testimonio bien sensible de una necesidad de secretos, de una inteligencia del escondite. No se trata simplemente de guardar de veras un bien” (Bachelard, p. 122).

También en la Biblia podemos encontrarnos con una cosmogonía iniciada a partir de un Dios:

1. En el principio creó Dios los cielos y la tierra. 2. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. 3. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. 4. Y vio Dios que era la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. 5. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día. (1998, p. 1).

En Rulfo vemos todo un poder para confluir la cosmogonía renovada de la creación del mundo, en la novela Pedro Páramo surge un misterio que está consumiendo la identidad con la naturaleza, el autor refiere que todo pasa cuanto es un ciclo que se va reordenando con el paso del tiempo, y mucho de la imagen y el paisaje nos sumergen a su intimidad. Podríamos pensar que entre el Dios de la cosmogonía bíblica y Juan Rulfo hay un misterio por descubrir; desde luego nos dice Bachelard que el “misterio prepara un mismo destino. Es preciso todo el talento del novelista para hacer sentir esa identidad de las sombras íntimas” (p. 123).

Los grandes mitos y leyendas se refieren siempre a los génesis cosmogónicos mediante los cuales se explica la existencia, se encuentra un orden y un sentido en la inestabilidad del devenir.

La cosmogonía es siempre actual, al igual que el tiempo, y se regenera continuamente; en la eternidad del presente, el pasado y el futuro son abolidos (González, 1989, p. 208).

El poeta vive un ensueño que vela y, sobre todo, su ensueño permanece en el mundo, ante los objetos del mundo. Amasa universo en torno a un objeto, en un objeto. Helo aquí que abre los cofres, que amontonan riquezas cósmicas en un exiguo cofrecillo (Bachelard, p. 125).

La ciudad celeste y los antepasados son aquí y ahora, y el hombre un vínculo permanente entre dos realidades, o mundos. Por la reiteración ritual del mundo ancestral y por medio de los símbolos que lo revelan se puede efectuar el pasaje de lo conocido a lo desconocido. Este es el propósito de toda enseñanza y la razón de los secretos del oficio (González, p. 208).

Finalmente pasaremos al símbolo del maíz que ha tenido mucha referencia y significado en las culturas prehispánicas, sobre todo como símbolo de identidad en el suelo mesoamericano; y muy resaltante en el libro del Popol Vuh. Lo podemos ver en las culturas maya, azteca y náhuatl; entre otras la más prominente que es la indígena; se ha trastocado mucho el significado del maíz como elemento de sustento. Desde tiempos inmemoriales se ha cultivado el maíz como fuente de alimentación y vida.

En la agricultura, la producción del maíz y la conservación del grano, posibilitó grandes procesos de almacenamiento que facilitaron la disponibilidad de alimentos sin las angustias de la recolección, e instituyó el control ordenado de los recursos, es común a todas las grandes civilizaciones precolombinas (p. 231).

Aprendieron de sus ancestros que el maíz representa un mundo total donde fluyen diferentes relaciones de carácter material y espiritual. En la obra Pedro Páramo el maíz aparece como elemento de prosperidad ya que sólo se menciona en los recuerdos de Dolores sobre Comala antes de su cambio físico y drástico. “La vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro” (Rulfo, p. 8).

El maíz “simboliza la prosperidad y es muy utilizado en el arte ornamental. Casi todos los granos tienen el mismo sentido y son representaciones espermáticas” (Cirlot, p. 299). De esta manera el maíz visualiza la idea de la fertilidad e identidad como sustento de todos, de nuestra propia tierra.

En el cofrecillo se encuentran las cosas inolvidables, inolvidables para nosotros, y también para aquellos a quienes legaremos nuestros tesoros. El pasado, el presente y un porvenir se hallan condensados allí. Y así el cofrecillo es la memoria de lo inmemorial (Bachelard, p. 125).

Podemos concluir que para comprender en profundidad la obra rulfiana, sus múltiples significaciones y la fuerza de los diversos temas de la imagen y simbolismo del su universo, es preciso hacerlo desde el punto de vista cosmogónico, fuera de sus elementos, los temas se vuelven unilaterales, anodinos y débiles. Pedro Páramo es un lindero de identidad y renacimiento. Un rompecabezas con varios ciclos de vida y naturaleza. El elemento material, terrenal y espiritual que nos hacen ver que la vida es una caja de la muerte, un producto de la cosmovisión donde el todo y la nada se fusionan.

 

Fuentes

  • Bachelard, Gastón (1965). “El cajón, el cofre y los armarios”, en La poética del espacio. México: FCE.
  • Bajtín, Mijaíl (1990). La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. México: Alianza Universidad.
  • Cirlot, Juan Eduardo (2007). Diccionario de símbolos. España: Siruela.
  • González, Federico (1989). “Cosmogonía, teogonía y cultura”, en Los símbolos precolombinos. España: Obelisco.
  • González, Gabriela del Carmen (2009). La complicidad de la metáfora en el equívoco acerca de que los fenómenos son naturales. Interpretextos, 4, 101-114.
  • Lotman, Iuri M. (2003). “El símbolo en el sistema de la cultura”, en: Entretextos, Nº 2 (noviembre de 2003). Consultado el sábado 21 de mayo de 2011.
  • Real Academia Española (2001). Diccionario de la lengua española (22ª ed.). Consultado el sábado 21 de mayo de 2011.
  • Rulfo, Juan (1993). Pedro Páramo-El Llano en llamas. España: RGA.
  • Santana, Gabriela, en: Vergara, Gloria, y Mendoza, Jesús Leticia (coordinadoras; 2010). Teoría literaria y hermenéutica. México: UCOL/Archivo Histórico de Colima: Praxis.
  • Sociedades Bíblicas Unidas (1998). Biblia. Corea: SBU.