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La Máscara de Plata

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—Pues, no sabría deciros.

Él estaba dudoso, porque la pregunta había sido basada en una simple suposición, en una leyenda que no había sido contada previamente. Aunque ambos la conocían a la perfección, pues era imprescindible saberla; y no por el simple hecho de protegerse a sí mismo (porque la historia debe ser conocida para que la vida continúe de forma satisfactoria), sino por el hecho de maravillarse ante su belleza y su horror. Y al instante llegó ella, la que no conocía nada, y había cuestionado a aquel hombre que había hecho esa pregunta clave; pero esta vez con otra pregunta: “¿De qué clase de máscara habláis?”. Y uno de los hombres, el que parecía ser su consorte, la tomó por el brazo y la invitó a sentarse; luego, le ofreció una copa de ese Syrah que se veía bien traslúcido, a pesar de su color granate intenso, que daba unos reflejos violáceos. Y ella lo removió para apreciar las lágrimas, y luego lo llevó a su nariz para evaluar el buqué. ¿Frutas silvestres, pimienta..?

—¿Por qué tanto misterio? —preguntó ella. Tenía esa mirada en la que podía apreciarse su duda recóndita y “lo oculto” que estaba en el rostro de los otros dos—. ¿Por qué me miras así?

Su consorte tenía esa expresión que no lo dejaba quieto, porque podía ser una locura lo que estaba a punto de decir. Pero miró a su compañero y éste asintió, haciéndole saber que todo iba a estar bien con ella, más porque era necesario contar todo, para protegerla.

—¿Creéis en Hombres Lobo? —preguntó ya más amparado en sus palabras.

—¿Hombres Lobo? —repitió ella—. ¿Acaso estáis locos?

—Escuchad esta historia...

Siglo XVI, época en que el Nuevo Mundo era purgado poco a poco de sus imperios antiguos, de aquellos seres que adoraban a múltiples dioses y que contaban con grandes riquezas, las que no merecían; aunque yo no pienso eso, pero los grandes reyes sí lo pensaron, los grandes generales sí. Pero es raro que aquella maldición no haya salido de allí, de la América que fue rápidamente exterminada; de la América a la que se afeitó, dejando una capa de sangre imborrable. La maldición surgió aquí, en la Europa sanguinaria, porque aquellos seres no maldecirían sus propias tierras, las cuales les habían dado hogar y alimento por siglos; no, lanzarían la maldición a la tierra que tanto vieron en sus visiones y en sus estrellas, la tierra que llovería sobre ellos, la que los exterminaría. Y tenían razón en hacerlo, en maldecir, pues la conquista fue uno de los episodios más sangrientos de la historia, y no podía quedar sólo en los registros, en la historia subjetiva que con un simple borrón y un papel nuevo se puede cambiar. Ellos debían asegurarse de que algo malvado quedara, pero no escrito, no; los escritos se pueden quemar, se pueden destruir (no siempre se puede confiar en la buena voluntad del hombre. No siempre); sino que quedara en la voz de la gente, en el pensar de todos, en los cuentos de miedo que se habrían de relatar en reuniones como ésta. En fin, algo que realmente esté allí, en el sentir; algo que pueda ayudar a que la gente se dé cuenta de que realmente el miedo no es la simple emoción que conocemos, no es simplemente cortarse un dedo y temer porque éste se infecte, sino realmente pensar en aquello que no se podrá hacer con un dedo de menos, por ejemplo...

Una fecha clave: 25 de abril de 1524. Era el undécimo cumpleaños de Miguel de Palacios y León, un jovencito castellano que era hijo de un general cuyo nombre es desconocido (aunque realmente el nombre del padre no importa, porque toda la culpa es de él, y de haberse conocido, hubiese sido objeto de una maldición mucho peor... Aunque, tal vez, no fue realmente su culpa). En fin, el chico tuvo una celebración digna de un noble, y sobre todo con muchos regalos: juguetes de todos los tamaños y colores, prendas de exquisitas y suaves telas, joyas, y muchos, pero muchos regalos. Pero hubo un regalo, el cual su padre le llevó horas después de haber finalizado la gran celebración. Rumores dicen que no tenía un envoltorio y que el niño se sorprendió al verlo así, tan majestuoso como era; y otras palabras dicen que había mucho envuelto, que el niño tuvo que escarbar entre la caja y mucho papel para poder descubrirlo. Pero algo es seguro: al ver el regalo, el niño se extrañó, porque no le vio utilidad; no era un juguete, no era un traje, no era un instrumento musical. No. Era una máscara.

—¿Y para qué ese hombre regaló una máscara a su hijo?

Si bien la mujer estaba atenta al relato, también estaba alerta ante sus dudas. Preguntaría cualquier cosa de ser necesario, porque era su personalidad, porque quería saber todo, o de lo contrario su consorte no estuviese contándole el relato, no estuviese respondiéndole al “¿de qué clase de máscara habláis?” que ella había lanzado de manera descortés al entrar a la habitación.

—¿No quería verle más la cara?

Su tono de burla fue frenado de inmediato por él, quien contaba, quien estaba serio, su consorte, ya que sabía que no había que reírse por nada, ni por el hecho que pudiese parecer más raro o más gracioso.

—No riais —imperó él—. Dejadme continuar, y os daréis cuenta del porqué del extravagante presente; ¿o acaso no daríais algo, que vale mucho para vos, al ser al que más queréis en la vida?

Hubo silencio.

—La máscara era hermosa —continuó él—. Era una flamante pieza de plata del tamaño del rostro de su padre. Y se parecía a él, a su padre, parecía que se hubiese quitado el rostro y se lo hubiese obsequiado, tal vez, con el motivo de recordarlo si alguna vez le hacía falta, porque el chico sabía que su padre era un guerrero y que en cualquier momento podría ser objeto de una herida grave, mortal. El regalo significó mucho para él. Pero el niño tenía curiosidad; quería saber el porqué real. Y su padre le había dicho que aquella máscara era un símbolo de victoria, un trofeo de guerra, pues él había luchado contra una poderosa civilización americana, la cual fue exterminada con su ayuda, con la ayuda de su espada de magnífica empuñadura, hacía poco más de tres años.

—Esto significa mucho para mí, hijo —dijo el hombre, y le acariciaba el rostro a su hijo, porque era lo más valioso que él tenía, y lo que tendría siempre. Lo amaba, incluso más que aquel trofeo de una guerra sangrienta. El niño lo cuestionó; le había preguntado por qué le había regalado algo que era tan valioso para él, por qué le había dado su trofeo de guerra sin siquiera luchar un poco junto con el deseo de seguir poseyéndolo. Y él contestó eso, lo que te dije: “¿Acaso no daríais algo, que vale mucho para vos, al ser al que más queréis en la vida?”. Eso lo remontó al futuro; tal vez, diría esas palabras a su hijo al regalarle el mismo objeto; y todo se volvería una tradición familiar, algo que perduraría. Pero también pensó en aquello que podría estar detrás de ese hermoso objeto; lo pensaba cuando recordaba la frase “trofeo de guerra”. Y ¿de qué se compone una guerra?; ya te lo puedes imaginar, ¿no? El chico se encontró en la estela de la imagen de cada batalla; se imaginó a su padre matando y matando hombres. Pero para un chico de linaje militar no debía ser algo fuera de lo común, ¿no?; matar debía ser algo que estuviese dispuesto a hacer sin pensarlo, sin analizarlo, digo, pues la gente estaba acostumbrada a las guerras. Pero el chico no quería ser un militar, quería ser un pintor famoso (o esa es la historia oficial. Existen otras historias que dicen que quería ser un músico, o un escritor). En fin, era un artista nato; en su corazón estaba la belleza del mundo real y el consuelo de la imaginación; y veía las cosas desde otro punto de vista, aun siendo muy joven. Volvió a cuestionar a su padre, esta vez con una pregunta cuya respuesta requería algo de desarrollo: —¿Cómo has ganado esto, padre? —preguntó el niño, y el hombre rememoró todo. Parecía algo heroico contar aquello, aunque fuese un relato que estuviese manchado de rojo sangre y gris humo; de amarillo fuego y de negro oscuridad. Se preparó en sus recuerdos, y vio la masacre, desde su llegada, hasta su triunfante regreso al reino. Hablaré con su voz...

—No trates de darle más drama al asunto —interrumpió ella—. ¡Sólo sigue contando y ya!

—De acuerdo, pero igual hablaré con su voz...

—Buena pregunta, hijo —comenzó el hombre—. Me gusta mucho esta historia, porque siempre soñé de niño en ser una especie de héroe; y en este acontecimiento creo que al fin pude cumplir mi sueño —pero los héroes no son asesinos, ¿verdad?; o tal vez sí, pero sería muy complicado explicar las excepciones. Continuó:—. Bueno, habíamos llegado a la isla de Cozumel, una hermosa tierra de salinas claras y aguas azules, cuyo cielo era tan azul que se confundía con el mar, y daba la sensación de que el mundo había sido diseñado para que sólo existiese ese pequeño paraíso. Yo era uno de los dieciséis jinetes del general Cortés, y era privilegiado, pues yo tenía las mejores habilidades de combate en toda la tropa. Había más o menos setecientos hombres distribuidos en once barcos, y eso sin contar los casi doscientos indios y esclavos que servirían para auxiliar a las tropas. Había un joven; un maya que Cortés llevaba consigo siempre para conocer lo que los indios decían. ¿Cuál era su apodo? ¿Melcochero? ¿Melchochero? Eh... Pues, la verdad es que no me acuerdo muy bien, pero sé que sabía hablar español. Recuerdo que él había sido un buen espía, y Cortés lo apreciaba mucho, aunque no lo mantenía muy adentro para que la confianza no llegase al abuso. En fin, llegamos a Cozumel y allí acampamos, cerca de la playa. Y la primera orden de Cortés fue implantar la religión en aquellas tierras que ahora pertenecían al Imperio Español. Todos debían rezar el Padrenuestro; debían persignarse, bautizarse; y no adorar a esa inútil diosa de la fertilidad, pues, porque era algo pagano.

Fuimos tierra adentro; lo que pudimos. Era un bosque algo denso, mucho más que aquel con el que nos habíamos topado en la isla en la que capturamos al chico que tendría la misión de traducirnos. Luego, venían caminando cuatro mujeres; tres llevaban niños en sus brazos, y la otra llevaba un canasto vacío. Eran diminutas, para mí era como verte a ti con un poquito más de altura. ¡Imagínate lo pequeñas que eran! Y esos bebés tenían sus rasgos: morenillos y de ojos muy alargados; caras redondeadas y cabellos muy, pero muy negros. Nos acercamos, y pudimos saber que una era la madre y las otras sólo cargaban a sus hijos. Sólo muchachas que servían a la señora. Luego vimos al marido, y Cortés le habló con esas palabras convincentes de él. Ellos se hubieron impresionado. Pero es que no tenían nada de qué preocuparse, había indios con nosotros, y para ellos éramos como dioses, como heraldos de un mundo mágico en el que creían. Eran una especie de nobles, porque nos dieron joyas y un banquete exquisito, refrescante, dulce. Nunca había probado esas frutas; era como comer el invierno de duraznos en aquella suave y amarilla pulpa de hilillos suaves. Y seguía sin parecerle incómoda nuestra visita. Allí fue cuando Cortés aprovechó; pudo ideologizar sus mentes felices. Les dijo que había un dios más hermoso, más omnipotente que aquellos a los cuales ellos estaban acostumbrados a ver en sus templos. Un dios que los haría verdaderamente felices, que no los dejaría en una espera y que les garantizaría un mundo bello después de la muerte (obviamente olvidó mencionar el factor “infierno”, el lugar de los condenados).

Cortés se levantó un instante y comunicó a uno de los negros que fuese a buscar las imágenes que se habían traído por órdenes de Juana la loc... —ah..., lo siento. Continúo:—, por órdenes de la reina Juana. Mientras tanto, Cortés mostró la cruz, el crucifijo aquel que siempre cargaba consigo, como si aquellas grandes carnicerías fuesen su boleto al cielo. Los indios lo vieron y se maravillaron, porque era algo diferente, y la pintura magnífica que hacían las palabras de Cortés en sus mentes era algo difícil de ignorar. Pero mi mirada se fue en dirección a una de las muchachas, una que estaba apartada. Ella cargaba con esa mirada extraña, como perdida, como si sospechara nuestras verdaderas intenciones. Como si la conquista y la sangre se presentaran ante sus ojos en el momento en que posaba éstos sobre mi imagen erguida. Vi cuando cerró los ojos y salía por un pasaje un tanto oculto. No le hice mucho caso, al principio. Igual no importa —¡puaj! Sí. Claro...

—¡Hey! Dejad de hacer eso y continuad. Esto es lo más interesante que he escuchado en mi vida.

—Bueno, bueno. Continúo...

—Esa noche —continuó el hombre—, dormimos más cómodos; pues, por lo menos nosotros, los de más rango, porque los demás siguieron durmiendo en sus camarotes, todos amontonados. Al día siguiente, entramos en aquella ciudad de los mayas, y Cortés fue caminando tirante por la calle principal, la que llegaba a la edificación altísima que tenía tres entradas en la cúspide. Él fue a hablar con el gobernador de aquel lugar, al que los nativos llamaban “Batab”; y éste nos recibió de manera grata, o eso fue lo que a mí me pareció. Pero yo sabía que ellos nos conocían. Nos habían visto en sus visiones, en sus estrellas; porque aquel misterioso pueblo conocía al cielo mejor que cualquier astrólogo de nuestras tierras. Pero dejarían al cielo por nuestro Cristo, que nos amaba, que no nos exigía sacrificios de sangre (como sus dioses). Vieron las imágenes de nuestro dios clavado en una cruz y se enamoraron de él; era un dios que sufría por sus fieles seguidores, en cuyo rostro estaba el amor reflejado, en su expresión sufrida y apuntada hacia un lugar que un hombre no podría ver en vida... Pero esa mujer, la que me había parecido extraña, me tomó por el brazo y su expresión era de “no temáis”. Yo la seguí, pues ella me hizo señas para que lo hiciera. Ya en la oscuridad sacó de su vestimenta esa máscara hermosa, que me dejó totalmente ensimismado; parecía que el oro era sólo una roca sin valor ante ello. Pero luego me di cuenta de que era de plata; la plata más perfecta que alguna vez haya visto.

Cuando partimos, tomé ese obsequio como un amuleto para la buena suerte, ya que en nuestra travesía nos esperaban batallas extremas, como unos días después en Centla, y luego en Tlaxcala. Pero fue en Tenochtitlan en donde pude apreciar su verdadero poder: fue luego de la Noche Triste, la del 30 de junio de 1520, aquella noche lluviosa que me recuerda a pura muerte, exactamente el día 14 de julio de ese mismo año, cuando el ejercito marchó por los llanos de Otompan. Éramos, aproximadamente, ochenta mil hombres (entre tlaxcaltecas y españoles)... Y vimos su ejército, que no era tan grande como el de nosotros. Pero era igual de impresionante ver cuánta gente estaba dispuesta a morir en un solo día, por sus creencias. Y amaban a su Cuauhtémoc, a su nuevo emperador, pues Moctezuma fue asesinado por su mismo pueblo, que lo consideraba un mal gobernante... ¡Qué vergüenza! Un emperador que muere por una simple pedrada... En fin, ese día vimos a sus guerreros adornados con oro y plumas. Realmente me causó indignación ver cómo el oro se malgastaba de tal manera... Es que, para ellos, lo brillante no daba impresión, no era valioso. ¡Su moneda era el cacao!

Cortés demostró su genio militar cuando empezó la batalla. Yo peleé con aquella máscara guindada al nivel de mi pecho y los mexicas corrían al verme, como intimidados por la magia que aquel objeto parecía echar. Un hombre cayó, y yo vi su mirada fija en la máscara, no me temía. No. Temía a la máscara. Fácilmente clavé mi bayoneta en su pecho y le di muerte. Pero su mirada muerta seguía en la máscara. Impresionante. Muy impresionante. En fin, con cada guerrero fue de la misma manera: morían mientras veían la máscara de plata, desde muchos ángulos, pero su muerte llegaba al verla. Por esto creo que este objeto que ahora tienes en tu mano, hijillo, fue algo de mucha ayuda para la victoria de Otumba, lo cual significó la caída de los mexicas y lo que garantizó la conquista de gran parte del territorio mesoamericano.

El niño quedó conmovido con la historia; no era sólo el hecho de imaginarse el renombre de su padre en la boca de los guerreros españoles; todo un héroe; sino saber, de la boca de un adulto, que la magia es algo que no está sólo en la fantasía. Su padre le hizo creer en la magia.

—Vaya. Qué interesante lo de los mexicas y todo. Pero os lo hubierais ahorrado; yo conozco toda esa historia, porque la vi en la escuela, ¿lo olvidáis? Y además, ¿qué tiene que ver eso con los hombres lobo?

—Muy bien. Muy bien. Dejadme continuar...

Pasaron los años. Mientras crecía, evaluaba, siempre antes de dormir, la historia que su padre le había contado. Y veía su máscara sobre el estante, que parecía hacerse más atractiva. Al cumplir la edad de dieciséis años, el chico empezó a escribir, un diario; y no pudo faltar en cada página aquello que cada noche sucedía. No tuve oportunidad de leer el diario, pero creo, según lo que me han contado, que él veía a la máscara mientras ésta movía su boca, y le hablaba, le ordenaba que la tomase y que la pusiera sobre su rostro. Pero la historia dice exactamente que el chico no entendía realmente lo que la máscara le decía, sino que eso era lo que deducía por la manera casi sensual con la que lo llamaba. Aparte del placer de escuchar aquella voz, estaba el miedo, como si la máscara fuese un espectro burlón. Cosa de magia. Cosa de brujería de la antigua civilización que fue esclavizada por la espada de la tierra que lo vio nacer. Y el chico trataba de dormirse, de no hacer caso a las plegarias del objeto... Pero era casi imposible ignorar aquel llamado.

Y se colocó la máscara. Luego, al día siguiente escribió su memoria en el diario: “No podía aguantar esos llamados; se parecían a los de la joven que me zafó de mi castidad cuando apenas tenía catorce años. Era tan irresistible que era como ver una copa de agua sobre la cima de una de esas altas dunas de arena en el desierto; anhelada como la brisa fresca en el verano, como lo es la sangre para un vampiro. Y yo necesitaba poseer aquella máscara, hacerla mía como lo hice con la chica en esos segundos en los que mi hombría se apoderó más de mí, y me dio éxtasis. Tenía que poseerla. Y lo hice. La tuve en mi rostro y luego desperté en un claro en la mañana, desnudo y todo ensangrentado. Pero mi cuerpo no dolía, y pensé que ya pisaba el Edén. ¿Muerto? No. Pronto me daría cuenta de que los muertos eran otros. ¿Estaba yo en el infierno? No. Yo estaba vivo. Yo había matado. Pero esas mordidas en los cuerpos. ¿Cómo los hube matado? ¿Por qué mis recuerdos no me lo dicen? ¿Cómo supe que el asesino era yo? Lo supe, sí. Y lo sé.

Dicen que el chico se fue consumiendo en su imagen cambiante y se fue al bosque. Muchas leyendas dicen que aullaba en la noche, y su sonido se iba haciendo más grueso, más áspero. También hablan sobre sus características: ojos amarillos, un hocico grande, que ya no es humano, sino... perruno. Sus colmillos desmembradores...

Pero lo más aterrador de todo fue su último discurso, el cual fue escrito en el diario que había dejado junto a la máscara de plata encima de la cama, el día en que desapareció, como legado maldito para la humanidad: “Poneos esta máscara en el rostro y observad cómo pasan los años sin que el hambre por carne humana cese por completo. Aunque se sacie muchas veces, nunca acaba, nunca. Pero es un consuelo que se sepa que uno se hubo puesto la máscara de plata. No quiero que los demás sufran como yo sufriré por el hecho de vivir una vida que será eterna. Por eso quiero que mi historia sea contada, sea sabida; y me amarraré la boca ante aquel que me la cuente cuando le caiga encima. Al que no la sepa lo he de desmembrar y luego me lo he de tragar”.

El hombre caminó por la habitación, miró a su consorte y la vio hermosa; luego, su imagen cambió: ahora se imaginaba al monstruo desmembrándola. Y su cabeza por un lado, y sus manos por el otro, y sus piernas en trocitos. Engurruñó sus ojos y luego se relajó.

—No sé dónde está ese monstruo, y mucho menos sé en dónde está la máscara de plata. Reitero lo que os he dicho antes, amigo mío —dirigió la mirada a su amigo que estaba sentado junto a la ventana y que antes lo había cuestionado sobre el mismo tema—. No sabría deciros. Es imposible. Muchos la han buscado por todo el mundo, y tal máscara no aparece... Pero es cierto. Yo puedo escuchar cada noche el aullido lobuno. Y tengo miedo de que ese lobo venga a buscarme. No sé si esto que les estoy contando es lo correcto, lo exacto. No sé si me matará por omitir algún detalle. Me aterra ser desmembrado.

—Vaya. Realmente os veis asustado —dijo la mujer—. Y, ahora que lo habéis comentado, yo también he podido escuchar ese aullido en las noches y me parecía extraño, porque era muy gutural como para ser de un lobo común. Y pensé en un hombre lobo. También me asusta.

—Es un hombre lobo, os lo aseguro, así que estudiaos esta historia que os he contado. No le agreguéis nada u omitáis nada. No sé si, inconscientemente, yo la he modificado. Pero vos no lo hagáis. Puede ser que yo realmente no la haya modificado. Debe ser exacta. No os dejéis matar. Y él de verdad necesita que la historia se sepa. Si, en algún momento de vuestra vida, llegases a ver una máscara de plata, enterradla. Deshaceos de ella. Pero no la pongas sobre vuestro rostro, o vagareis como ese pobre muchacho, Miguel de Palacios y León.