Sala de ensayo
Collage: John LundReflexión histórica y subjetividad

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

¿Por qué guardamos en la memoria ciertos aspectos de los hechos en que hemos participado y olvidamos todo lo demás? ¿Se recuerdan sólo los que dejaron alguna huella afectiva o síquica en nosotros, que luego, más adelante, o mejor más tarde, sólo se podría reconocer su influjo o resultado en nuestra vida síquica actual? ¿Es la memoria un trabajo de selección de tal modo que al recordar ciertos hechos y prescindir de otros, lo hace en beneficio en última instancia del estado actual del yo, para que éste esté lo mejor estructurado posible para que exista el mejor equilibrio entre los diferentes elementos constitutivos de su estructura síquica?

Esta selección mnémica debe ser entonces un proceso complejo del que —como en los demás procesos síquicos— no somos conscientes en su efectuación o elaboración. Se podría pensar hasta qué punto esta memorización es efectuada por un yo que estaría trabajando más allá del yo consciente, por un yo previo al racional, con procedimientos oníricos, inconscientes o en concreto no racionales y que por lo tanto no se rigen con los parámetros o criterios de racionalidad o estructuración del yo consciente. No es el cogito el que rige este proceso mnémico sino el facio (vivo): ACTÚO (funciono, vivo) luego, EXISTO. Mi existencia se demuestra por mi vida no sólo consciente que estoy realizando, que se está efectuando en este momento, ya, en el ahora, resultado de todos los procesos racionales, síquicos o biológicos previos y que se siguen realizando en este mismo momento presente, sin que tenga que ser consciente, o sea, sin que yo tenga plena conciencia de su estructuración o elaboración.

Resalto en este análisis (o apreciación) el que estos procesos metarracionales se realizan sin la plena conciencia del yo, es decir, que para su efectuación no tienen que ser atribuibles (o imputables) a un yo consciente. Es como si este yo consciente no fuera plenamente autónomo o autoridad (o causalidad) de todo lo que yo hago o pienso. En el sueño es cuando se revela más directamente este estado de cosas. Uno sueña, pero podría decirse también que los sueños ocurren en mí, yo sólo recuerdo cuando despierto algún o algunos sueños, o en otros casos, queda un estado mental (o una sensación) de que se ha soñado, aunque en este caso no se recuerde en forma nítida qué fue lo que se soñó (el tema o las escenas que se soñaron) —como sí se recuerda luego de otras noches.

En el sueño, entonces, o mejor, después de despertar, tengo la convicción de que no soy plenamente consciente de todos los procesos —que se siguen llamando mentales— que me ocurren o que se desarrollan o efectúan en mí. Por eso se puede decir muy bien que se elaboran en mí, porque yo no los planeo o pienso para realizarlos. (No los planeo u organizo previamente para que se den lo mejor posible) No, simplemente ocurren en mí, y luego, sí, me detengo a analizarlos, a examinarlos para ver si hubo algún error, si cometí alguna falla, si ofendí, con lo que dije o dejé de decir, a alguien con quien estaba actuando o hablando, etc.

En general, cuando nos referimos a los estados mentales, siempre tenemos algunas reservas. Nos queda la impresión de que algo se nos oculta, de que no podemos comprender o alcanzar a captarlo todo. Lo mental siempre va a tener ese carácter de oscuridad, de ser un mundo inextricable, del cual no se ha dicho ni se podrá decirlo todo, porque siempre va a ocultarnos todos sus secretos aun a nosotros mismos. No nos comprendemos completamente: por eso a veces actuamos como actuamos, sin comprender del todo por qué adoptamos tal o cual actitud, por qué respondimos o hablamos como lo hicimos y, aunque lo intentamos remediar después, no lograremos corregir del todo la falta o el daño que hicimos con algún acto nuestro no pensado que realizamos y del que sólo después, en la calma que sigue a la actividad cotidiana, tenemos conciencia de sus implicaciones morales o síquicas y podemos ver en un contexto objetivo diferente.

Tal vez haya que tener en cuenta que ésta es realmente la condición humana: no podemos conocernos plenamente, aunque en toda su historia el hombre ha tratado de todas las formas posibles de lograr este autoconocimiento y autocontrol sin conseguirlo como quizás se pretendió en un principio. De todas formas seguimos actuando o tenemos que seguirlo haciendo aun sin tener este autoconocimiento, porque en última instancia no se lo necesita para poder vivir o actuar, o aunque se sospeche que teniéndolo orientaríamos la vida o las acciones de otra forma más efectiva o menos lesiva, por lo pronto, para nuestros propios propósitos, pero al no poder lograrlo tenemos que resignarnos a no contar con dicho autoconocimiento. O tenemos que vivir con la pretensión o la ilusión de que sí nos conocemos aunque en el fondo sabemos que no es así, que en lo más profundo de nuestra siquis hay un yo oculto, o una dimensión desconocida que algunos han llamado inconsciente, superyó, daimon, mi otro yo, mi lado bueno, pero no lo podemos decir muy clara o nítidamente. De pronto se revela en nuestros sueños o en algunos recuerdos o ensoñaciones que tenemos en el momento más inesperado: vienen a la memoria presente un conjunto de recuerdos o momentos de la vida pasada, aun de la más temprana infancia, que sin saber cómo y por qué, están de algún modo grabados o guardados en algún resquicio oculto o muy profundo de nuestra mente o entendimiento.

Deben estar guardados de alguna manera en la mente para poder ser recordados en el momento presente. Deben estar registrados física o biológicamente en el cerebro para poder ser actualizados y volver a, o permitir, revivir todo ese mundo o contexto existencial que ya ha pasado o ha sido vivido. Por haber sido vividos es por lo que se recuerdan. Al haber sido vividos es por lo que dejaron esa, alguna huella, un rastro, que quedó registrado y por eso podemos volver a ellos por alguna relación inconsciente que aún mantienen con el presente. (¿Sería el mismo procedimiento informático por el que se puede activar, por ejemplo, algún dato determinado que estuviese en el disco duro de un computador?).

Habría que pensar si lo que hace revivir algún recuerdo es un motivo (podemos llamarlo estímulo) del presente, que tiene alguna relación afectiva o imaginativa con eso que se está reviviendo. Quiere decir esto que el presente está, también de algún modo, en relación con el pasado, que todos los hechos del presente, o lo que vivimos ahora, lo que estamos viviendo en el presente, proviene del pasado, tiene su entidad desde el pasado, o sea, que se han estructurado en el tiempo y sin este transcurrir no se hubiesen podido constituir. Venimos del pasado, o tenemos una relación con ese pasado, de una manera incomprensible o que aún no hemos indagado como se debiera haber hecho, dada su importancia para la estructuración del actual estado de cosas. (Esto podría ser interpretado como puro historicismo, en el sentido de que se estaría afirmando que no somos sino en la medida en que provenimos de un pasado, o que somos sólo en cuanto que hay un pasado atrás que nos estaría definiendo en cuanto sujetos existentes en el presente. No seríamos, entonces, más que resultado del desenvolvimiento temporal de una serie de acontecimientos —si no se hubiesen dado éstos, entonces, no seríamos, no existiríamos, seríamos el resultado de un desarrollo histórico impensado, no predeterminado, pero que ya se dio, como se tenía que haber dado y no de otra manera, porque ya quedó fijado como tal en el pasado y por esto ha dejado las huellas que dejó y quedan grabadas en nuestra subjetividad, y por eso, y sólo por eso, somos lo que somos.

Podemos cambiarla o superarla —si no estamos de acuerdo con ella o no la aceptamos como nuestra carga ancestral, familiar o histórica— pero esa determinación histórica ya ha marcado, ya ha caracterizado de tal modo ésta, nuestra subjetividad, que por eso podemos decir, que por esto somos lo que somos: somos en la medida en que nos venimos constituyendo desde el pasado. Desde un instante del presente nos podemos asomar a ese pasado que ya quedó definitivamente vivido como efectivamente lo fue y por eso, porque ya pasó, porque ya se vivió, ya no lo podemos cambiar, porque no podemos devolver la película de nuestra vida y corregir lo que habría que corregir de ella. Ya ha quedado fijada así, como se vivió, y la única recuperación que podemos hacer de ella es mediante el recuerdo, la rememoración que se hace más por razones artísticas, literarias que por otras más rigurosas, científicas o teóricas podríamos decir. Porque qué sentido tiene volver al pasado, retrotraer lo que se vivió, si no es por razones históricas, en el sentido de determinar o esclarecer la ocurrencia de un acontecimiento (por ejemplo, en el caso de un delito o accidente de los que habría que investigar o determinar fielmente cómo fue que ocurrió, quiénes intervinieron en él) cuando hay alguna confusión o desconocimiento de los mismos.

Pienso la vuelta al pasado como una recuperación de una dimensión de la vida que ya ha quedado definitivamente determinada o fijada en el tiempo: ya se vivió, ya ocurrió, y por tanto no se puede volver a tener, a vivir. Tuvimos unas experiencias, realizamos unos hechos o participamos, con cierto grado de actividad o compromiso, pero ya no queda de ellos más que un rastro, el recuerdo en la mente de lo que o cómo lo hemos vivido. Rehacer dicha dimensión perdida o superada definitivamente mediante el texto escrito tiene un efecto terapéutico, señalado —según casualmente lo he escuchado en un programa de radio— por sicólogos que lo emplean como parte de su trabajo de asesoría a personas que presentan alguna problemática, como depresión o baja autoestima o pérdida del sentido de vivir. Destacaban en dicho programa que recuperar desde el pensamiento ese pasado ya vivido, mediante el relato biográfico era como recrear un espacio interior en el que era posible volver a revivir las experiencias subjetivas vividas y por esto mismo, al poderlas visualizar, se tenía una objetivación sobre aquellos traumas o problemas que estarían perturbando el estado actual o presente de la vida. Al realizar esto, al objetivar lo que frenaba o sujetaba al yo, manteniéndolo encadenado o fijado en un pasado, se conseguía una especie de liberación o de superación que hacía que el yo actuara con una libertad como la que tiene quien se ha liberado de una opresión o yugo que impedía que levantara vuelo. Por medio de la escritura se tiene una fuerza para mirar hacia el pasado, de tal forma que éste ya no sea oprimente o determinante. No es que se consiga olvidar el pasado, sino al contrario, se recuerda precisamente para comprenderlo o retrotraerlo. Así se le estaría quitando lo negativo a dicho acontecimiento biográfico ya vivido y el efecto, inconsciente, en el presente sería de una liberación con efecto de superar un estado traumático manifiesto en una depresión o pérdida del sentido de vivir.