Letras
Tres poemas

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Hay que tener cuidado
de no tropezar con un domingo,
sobre todo a las siete de la tarde.

Que ese día no te rocen
las hebras de la telaraña,
o la espina flamante
de un antiguo dolor.

No bebas
ni la copa turbia,
ni el café espeso
de la pena arbitraria.

Ni se te ocurra
desempolvar ayeres.

O almorzar pesadillas.

Es terrible el domingo,
con su santificada soledad
y ese desamparo de séptimo día.

Parece que Dios
tiene cerrado su shopping de milagros.

Nunca tropieces con esa jornada feroz,
sobre todo en sus tardes homicidas,
cuando tus ojos se vuelven pozos
que pueden ahogarte para siempre.

Jamás le des la espalda
a la tristeza un domingo,
mucho menos si tras la puerta
viene cayendo el sol.

Te matan sin pudor.

Son días despiadados.

Nunca tropieces con un domingo
                   mucho menos a las siete de la tarde.

                                                  Yo sé lo que te digo.

 


 

Alas al viento
y corazón desnudo,
cantando en las corolas,
zumbándole a la vida
su reclamo de polen y ternura.

Abeja libertad
y dulce desenfado.

Enjambre de colores
frágil anocheciendo,
verbo y agua profunda,
néctar de luz
en la mirada oscura.

Abeja maravilla,
que mis ojos descubren
al filo del destino.

Panal de encrucijadas,
almíbar y aguijón,
mensajera de exilios,
primavera fugaz.

Abeja reina,
dolor de soledad,
matriz y colmenar.

Antes de desvelar
su vértigo y sus ansias,
su laboriosa marcha,
las flores fueron incoloras
porque en su ombligo
funden los matices.

Abeja obrera,
florista desvestida
y abrigo de los grillos.

La noche me hallará
sin tiempo y sin estrellas,
anhelando un perfume de azúcar,
el vuelo a la deriva,
o el súbito vibrar de su cuerpo
en mi almohada.

Abeja de olvido,
que borrará la huella
de frutas y de estambres.

En las  lluvias de abril,
su miel me sabe a ausencia.

 


 

Lo más complicado de la muerte
no es morir,
sino acostumbrarnos a que el mundo
se las arregle sin nosotros,
que ni siquiera perciba
nuestro sillón vacío,
el polvo en nuestros libros.

Lo triste es añorar,
—debajo de la tierra
o zumbando en el aire—
el beso de los buenos,
la taza de café,
la balada de amor,
o el ardid asesino.

Lo maravilloso es
que entre tanto despojo,
nos abriga el recuerdo
de ausencias que sentimos.

Solo algo consuela:

                          el corazón del grillo
                                                            en la palma de Eos.