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El ascensor

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Se metió en el ascensor como todas las noches. Dio al botón de su piso, un tercero, casi sin mirar, entrenado por la costumbre de la rutina más memorizada. Se miró en el espejo para verse las ojeras y el mal olor de una de sus muelas, los cabellos alborotados —apenas ninguno de ellos se mantenía ya en el sitio original en el que habían sido cuidadosamente dispuestos temprano por la mañana. El cansancio dormitaba a sus anchas en su rostro. Se dio la vuelta para salir, sabiendo que en décimas de segundo el ascensor pararía para darle paso a su salida: un mecánico movimiento que lo llevaba metido dentro, milimétricamente grabado, incrustado de manera extraña en sus cromosomas. Pero algo inesperado tomó las riendas de su ritual danza inconsciente. La cabina siguió ascendiendo. Pasó el cuarto piso, el quinto, el sexto, el séptimo..., y, lo más insólito, el octavo. El edificio no tenía más que ocho pisos y, sin embargo, el ascensor continuó su camino vertical como si fuera lo más normal y esperado de la existencia. Un piso más, otro, otro... El pánico lo invadió mudamente, le paralizó el rostro, le empalideció la piel. Las palabras quedaron enganchadas en algún desconocido lugar entre los pensamientos y la garganta, sin emitir sonido alguno, sin mojar los labios. La boca cual barro agrietado. De repente, una parada súbita, seca, inesperada, que debía haberse ejecutado largos segundos antes. El temor de empujar la puerta. La decisión inevitable del proceder. Demasiado tarde. Alguien había llamado ya al ascensor desde un piso inferior. Alivio temporal. Pero una inmensa perplejidad ante los acontecimientos que se deslizaban ante él sin el menor control comenzó a anegarlo, impávidamente. Justo en ese instante, la cabina paró con una lentitud viscosa en el segundo piso. No se atrevía a abrir, pero decidió empujar el frío metálico de la puerta roja. Las palabras “quien o lo que llamara al ascensor no está” saltaron a su mente, como en una especie de ascenso físico, palpable, que le dejó la piel rojiza y caliente, temblona... Salió sigilosamente, con la respiración ásperamente acelerada. Alguien hablaba unos pisos más arriba. Conversación intrascendental de vecinos que se cruzan, a pesar de sus deseos, al ir a bajar la basura: “Qué frío más condenado”; “Sí, pues parece que esto no es nada, que nos viene un temporal de muy Señor Mío en un par de días, con nevada y todo”; “Hala, a casita, que este frío se nos va a agarrar a la garganta y verás mañana. A cuidarse”. La conversación le calmó temporalmente por lo cotidiana, o, lo que es lo mismo —reflexionó, en una especie de arrebato filosófico inoportuno—, por su cercanía a lo absurdo de la normalidad.

Pero ese pequeño instante circense —o así lo calificó él en sus pensamientos— se quebrantó por el ruido seco y amenazador de lo que se sentía como unas enormes piernas bajando la escalera a una velocidad amedrentadora. El miedo lo invadió nuevamente. No sabía si bajar, subir o esperar... Quizás los pasos se detuvieran, quizás fueran a uno de los apartamentos situados antes de llegar al piso donde él se encontraba, el piso que se había convertido en su único confidente temporal. Los pasos estaban ya a la vuelta del rellano. Una especie de adolescente, embuchado en una enorme sudadera con capucha de igual tamaño y que cubría su rostro, pasó como una exhalación, saltando los escalones de tres en tres, levantando aire al paso de su velocidad pavorosa, emitiendo un sonido brutal de deportivas inmensas que machacaban el suelo. Igual que apareció, desapareció vertiginosamente de su campo de visión, y con él, gradualmente, los sonidos de sus zancadas sobrecogedoras.

La luz se apagó y el sonido martilleante del contador se fue con ella. Pese a la cerrada oscuridad, decidió subir al tercer piso, su piso, tanteando el pasamanos, guiado por la familiaridad de una escalera que, pese a la penumbra, había subido y bajado tantas veces. Una ascensión lenta, medida, eterna. Llegó a su rellano y reconoció su puerta, a la que llamó tímidamente. La eternidad de la espera más breve. De pronto, se dio cuenta de que la puerta estaba ligeramente abierta. La empujó gradualmente, con una impresión híbrida de miedo y lentitud. Nadie. La oscuridad que lo enfrentó hizo que su corazón latiera a una velocidad que se hacía nueva entre sus sensaciones hasta el momento experimentadas. Sus piernas se atrevieron a emprender el primer paso, largo, lento y tembloroso. Desde su posición nueva vislumbró, sobresaltado, que los muebles no estaban. Igualmente, y para su estupefacta extrañeza, su preciado parqué era ahora una vieja y polvorienta moqueta gris que, además, estaba agujereada por lo que parecían colillas de cigarros que había tirados por todas partes.

Un deseo inmenso de salir corriendo de aquel horrendo lugar que no podía reconocer lo llevó al portal y a salir a la calle. El aire frío y puro de la noche le despejó la cabeza. Fue entonces cuando advirtió que las tiendas de alrededor no eran las que él acostumbraba a ver todos los días. Pero reconocía los edificios de alrededor... Por fin, alcanzó a leer el nombre de la calle, “Avenida de los Recuerdos”... “Espera”, acertó a decir en su mente todavía aturdida por el alcohol de la noche, “Esta calle es justo la anterior a la mía... Menudo susto...”. Por fin, aunque con dificultad, logró enderezar el paso hacia su calle. Llegó al portal, entró, no sin antes ver salir de él a un adolescente encapuchado en una ancha sudadera, lo que le cautivó la atención por unos momentos sin poder saber o recordar exactamente por qué. Llamó al ascensor, pero esta vez optó por subir como pudo las escaleras que lo separaban del tercer piso. Al llegar, jadeante, abrió la puerta; esta vez usó las llaves. Los muebles donde tenían que estar, el parqué donde tenía que estar... Encontró una nota en la mesa del comedor: “Alberto, al final he decidido salir con mi compañera de trabajo. Hablamos mañana. Por cierto, cuidado con el ascensor, alguien se quedó encerrado esta tarde durante un buen rato... ¡Usa las escaleras y haz ejercicio, que no te vendrá mal..! :0). Besos”. Un impulso inconsciente lo condujo a salir del apartamento y llamar al ascensor. En la neblina de su aturdimiento, pudo comprobar que... ¡la cabina del ascensor tenía trece botones! El edificio también tenía trece pisos. ¿Otra vez? ¿Cómo podía ser? ¿Adónde se había ido el edificio de ocho plantas en el que él había vivido todos estos años? ¿Qué pieza del “rompecabezas” había trastocado supuestamente el alcohol aquella noche? Juró y perjuró no volver a beber nunca más. Decidió darse una ducha fría y meterse en la cama. Se quedó dormido, la habitación girando a una velocidad insoportable...

Al día siguiente, su novia le dijo que el vecino del octavo había fallecido durante la noche. Aparentemente, un muchacho forzó la entrada, robó el piso y el anciano murió de un ataque al corazón durante el proceso. Aún trastornado por la ingesta de alcohol de la noche anterior y por la noticia que le acababa de dar su novia, se asomó a la ventana. Vio su imagen reflejada en los cristales de las ventanas del edificio de enfrente, aturdida, incrédula. Sobre ella, en las ventanas superiores, podía distinguir el reflejo amenazante y asfixiante de diez pisos que se hallaban por encima de él. Tras una precipitada y embriagante sensación de vértigo, le asaltó la necesidad de mirar atropelladamente hacia abajo, como arrastrado por una extraña fuerza gravitatoria, certero de que algo lo reclamaba. Entre el bullicio de la gente de la mañana, su mirada quedó suspendida y petrificada en un corpulento adolescente cuyos ojos, ensombrecidos tétricamente por una enorme capucha gris, lo observaban fijamente mientras que su imponente torso, al que envolvía una inmensa sudadera, dejaba entrever un extremadamente desmedido y como quimérico número ocho.