Tomás había alcanzado sus sesenta y siete años en soledad y sin otra posesión que el mal carácter y la casa familiar. Sus padres habían muerto y su hermana se había ido del hogar treinta y dos años atrás. Vivía con tres perros que lo habían seguido en sus pasos solitarios mucho tiempo. Una chica venía una vez por semana a traer algunos comestibles, pero Tomás no la dejaba ir más allá del viejo zaguán. Nadie sabía cómo vivía este hombre, nadie lo visitaba.
El tiempo hacía su trabajo, su tarea perversa de borrarlo todo. Había terminado con las glicinas del patio y con el amarillo vibrante de aquellas paredes. Las grietas de los años hicieron un caprichoso mapa sin tesoro que ahuyentaba toda esperanza. Los techos demasiado altos habían quedado en propiedad de las arañas y el sótano se lo habían agenciado las cucarachas. La casa estaba bien repartida.
Tomás no necesitaba demasiado. Esperaba a la muerte con esa mezcla de impotencia y ansiedad, con el espíritu con el que se espera a la chica más linda del barrio, con la esperanza de los milagros y la certeza del fracaso. ¿Qué se puede hacer cuando ya no queda nada?
En otros tiempos ellos eran una familia prestigiosa, eran las épocas del cultivo de la moral y las costumbres buenas. El padre de Tomás era escribano. Llevaba siempre sombrero y se descubría unas veinte veces por cuadra, todos lo conocían y todos coincidían en el mismo comentario: “Qué excelente persona”. Su esposa era una señora de puntillas y enaguas, de perfume y pañuelito blanco alojado en la manga. Tenía veinte años menos que su marido y cumplía con todas las destrezas de las agujas. Los objetos de la casa llevaban su huella en punto cruz, las almohadas tenían los nombres bordados en hilo perlé y la ropa interior se conservaba mezclada con hojas de menta.
En el invierno acostumbraban a colocar los frutos de los pinos en el horno y llenar la casa de calor y de aroma a bosque. En ese clima nació Tomás que traía el más difícil de los temperamentos, esa oscuridad irascible que no lo abandonaría ni siquiera en la muerte.
Cuando los hijos llegan tarde a la vida de sus padres, de tal modo que más que padres parecen sus abuelos; se les mima de tal modo que le quitan toda posibilidad de lucha. Pronto Tomás se convirtió en un niño enfermizo y deprimido. La tristeza lo abrazó desde temprano y la escuela no consiguió que lo abandonara. Cuando llegó a los catorce, sus padres se vieron invadidos por la necesidad de una hermanita para el niño que estaba totalmente entregado a la melancolía. Adoptaron a Rosita, una niña que buscaron el día de la virgen de los milagros del orfanato más grande de la ciudad. Tenía dos años y no era buena candidata para la adopción por tener su pierna derecha notablemente más corta que la izquierda. Era hija de una adolescente de trece años, perteneciente a una de las familias más ilustres de la ciudad. Al parecer el padre no era otro que un tío de la joven. Todos interpretaron el defecto de la niña como un castigo de Dios. Fue dejada en el orfanato sin más pertenencia que su desgracia.
La bautizaron con el nombre Rosa de los Milagros en honor a la virgen y fue colmada por la desesperación de todos.
Durante once años Rosa fue sometida a treinta y dos operaciones para corregir su defecto. Paulatinamente pasó de usar aquellos coturnos negros a las sandalias normales, incluso a la coquetería. Nunca le refirieron su origen incestuoso, pero como si tuviera una memoria oculta, su corazón empezó a agriarse. Miraba a Tomás con la furia de la hija ilegítima. Terminó por volverse ciega al amor y todo su cuerpo tomó la temperatura de los implantes metálicos que tenía en su pierna. Finalmente su madre comprendió que esta niña sólo era un castigo para el triste Tomás, así que la presentó en sociedad, contrajo matrimonio y se fue a vivir a otra ciudad. No regresó nunca más, hasta la mañana en que la policía fue a buscarla.
Tomás sucedió a su padre en profesión y en cartera de clientes cuando éste murió. Se convirtió en viejo antes de tiempo, parecía el esposo de su madre. En las tardes se sentaban en el jardín a tomar el té. Él leía el diario y ella rezaba el rosario, pero ni siquiera Dios acudía a esa reunión tan desolada.
Tomás nunca conoció íntimamente a una mujer, la única lencería que llegó a ver fue la de su madre y la de su hermana. Cuando se quedó solo, se encerró para siempre. El barrio lo olvidó a tal punto que nadie más pensó en él.
La mañana del lunes, la muchacha que traía los víveres golpeó sin recibir respuesta. Sólo se escuchaba el ladrido incesante de los perros. No se preocupó, siguió su camino pensando que él no quería recibirla. Al siguiente día se repitió la escena con una pequeña diferencia, sólo un perro lloraba. Estaba un poco inquieta y decidió dejarle la bolsa en el zaguán. Al tercer día, sólo recibió silencio tras los golpes en la vieja puerta y la indiferencia de la bolsa que aún estaba allí. Decidió pedir ayuda a los vecinos y pronto la policía estaba en el lugar.
Al abrir la puerta se encontraron con un cuadro terrible. Tomás llevaba varios días de muerto. El perro más fuerte había comido a los dos más pequeños y cuando ya nada había, empezó a alimentarse del cadáver. Esa fue la noticia que conmovió al barrio aquella mañana. Esa fue la noticia que hizo regresar a Rosita después de treinta y dos años.
Se la vio molesta dirigiendo al personal de limpieza, se la vio fastidiada arrojando todos los libros de Tomás en un contenedor público. Dos días le bastaron para vender la vivienda a una empresa de construcción que procedería a su demolición. Sólo dos días necesitó para deshacerse de las viejas sábanas que llevaban su nombre, de la colección de agujas de su madre, de la ropa que sobrevive a los muertos, de los sombreros de su padre, de la carne mutilada de su hermano.
Para acelerar la evaporación del tiempo, fumaba desesperadamente. Envuelta en humo cerraba las puertas para siempre, sepultaba a la familia ajena, enterraba definitivamente un pasado rancio.
Se fue con la certeza de no regresar jamás dejando atrás una casa vacía con un perro aguardando en la puerta.