Dentro de las acciones que, desde su modestia, viene haciendo el Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca (Ceias) con la finalidad de difundir el trabajo de escritores de ambas orillas del castellano y el portugués, está el publicar o coeditar libros de autores valiosos por la decantación del idioma o por los mensajes profundos que legan para el bien común del espíritu.
Pues bien, acabo de llegar de un largo viaje por tierras peruanas y bolivianas (también di algunos pasos por suelo brasileño) y, entre la ingente correspondencia acumulada en mi apartado postal, florece reluciente un libro de aforismos llegado desde Caracas: La llama incesante (coedición del Ceias y la editorial venezolana La Diosa Blanca), purísima obra tallada por la escritora Carmen Cristina Wolf, a quien mucho aprecio por su propia obra y por su desprendimiento y generosidad extrema ante la obra de los demás. Un espíritu sin mediocridades ni envidias merece ser reconocido, máxime en estos tiempos, pletóricos de egoísmo y avaricia hasta en el ámbito inmaterial.
Y es que mucho bien para el espíritu se puede obtener leyendo aforismos, máximas o sentencias. Leer a Confucio o a Eclesiastés nos pone en el camino correcto para saber lo que es la decantación del pensamiento y del sentimiento humano. La escritora caraqueña, seguidora de Jesucristo, no puede (ni quiere) aislarse de esa impronta marcada de forma indeleble por el Maestro. Así, podemos leer en la página 14: “Llevo sembrada en el alma la bandera de la esperanza”.
Y es que bastan pocas líneas, una o dos, para decir bastante. A ello se entrega con fervor: “El misterio tiembla en todas partes y sobre todo en lo más simple”; “Siento la eternidad en un instante. Pretendo asirla y se ha ido”; “No me alabes si vas a exigirme algo a cambio”; “Qué débil es aquel a quien los otros temen por causa de sus amenazas”; “Vivir sin miedo comienza por no aferrarse a las cosas”, “Al dejar de contemplarme veo al otro”; “Si vivo lo cotidiano como sagrado, lo transformo en sagrado”; “Eleva tu voz en nombre de los que no pueden defenderse”; “Somos los invitados a la comunión del Verbo: amar por el amor de amar y ser por la pasión de ser”. Magnífico libro de Carmen Cristina Wolf y acertado el prólogo de Edgar Vidaurre.