Artículos y reportajes
Rio, ciudad prefigurada e insospechada

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Rio de Janeiro

“Tú, Copacabana, más que ninguna otra fuiste la arena
Donde el poeta luchó contra lo invisible
Y donde encontró por fin su poesía
Tal vez pequeña, mas suficiente
Para justificar una existencia
Que sin ella sería incomprensible”.

“Copacabana” (fragmento). Vinicius de Moraes.

Uno cree conocer a Rio de Janeiro antes de llegar a ella. Es de esos sitios instalados en la memoria a fuerza de imágenes y sonidos comunes, que se han vuelto familiares. Mi sobrina Sara Lucía, de apenas cuatro años, ya hace parte de la comunidad de millones de personas que saben de Rio, esta vez por cuenta de una película animada (¡aquí el adjetivo cinematográfico cobra todo su valor, pues efectivamente es muy animada!) cuya trama transcurre en la ciudad carioca.

Los lugares comunes están instalados en la conciencia, aunque el orden de preferencia puede variar dependiendo de las prioridades de cada uno, el monumento al Cristo Redentor en el Cerro del Corcovado, el Cerro Pan de Azúcar, las playas de Copacabana e Ipanema, el estadio del Maracaná, el derroche de luces, música y sensualidad del Carnaval y otros sitios más personalizados, como en mi caso, el palacio de Itamaraty o el bar en donde el diplomático de carrera, poeta y bohemio Vinicius de Moraes y el músico Tom Jobim compusieron “Garota de Ipanema” ofreciendo el punto más alto del Bossa Nova, ese género mesurado y netamente carioca, de andar oscilante como algunas caderas, amplias y generosas que se observan por allí.

Rio es, para los latinoamericanos, la ciudad prefigurada, la que puede aparecer en postales de gente que nunca la ha visitado, la más cinematográfica de todas. Todavía recuerdo la escena en la que Roger Moore, encarnando a James Bond, protagoniza una lucha titánica a través de los cables del teleférico en la película Moonraker (1979). Son numerosos los títulos en donde Rio sale a relucir, desde filmes clásicos como Notorious (1946), pasando por cintas infantiles como Saludos, amigos (1942), Herbie goes Bananas (1980), hasta películas de aventuras como Charlie Chan in Rio (1949), L’homme de Rio (1964) y divertidas comedias ligeras como Road to Rio (1947) o Blame It on Rio (1984). Eso sin mencionar grandes películas brasileras como Orfeu Negro (1959), Central do Brasil (1998), Cidade de Deus (2002) y tantas otras.

Me refiero al cine por ser el vehículo más fácil que tenemos los transeúntes de la memoria. Pero si el lector es apegado a otros sentidos más refinados como el oído o el del ojo por la lectura, tendrá reminiscencias de Rio por canciones y melodías inolvidables o por trazos literarios como el del escritor Joaquim María Machado de Assis, quien hace aparecer a Rio en pequeños detalles de sus escenarios y diálogos. Al final del texto acudiré al sentido del gusto, ya que el tacto desde hace varios años lo tengo reservado con nombre propio, aunque hay que armarse de mucha fuerza, pues las tentaciones saltan y juegan descalzas en la playa.

Sin embargo, para el que tiene la fortuna de llegar a Rio, aunque cumpla con el sueño de visitar aquellos lugares comunes, la ciudad se descubre como un lugar insospechado, con un centro que recoge aquel pasado de la capital de un imperio que casi sin darse cuenta se convirtió en república, época reflejada en los palacios, plazas conmemorativas, fuertes, monumentos y el impresionante número de museos que posee.

Rio de Janeiro, la única ciudad imperial en suelo suramericano. Es extraño pero pocos reconocen el hecho fundamental que Brasil nació siendo imperio europeo en tierra americana, por lo cual la aspiración a ser potencia regional en el plano de la política exterior, no resulta ser casual ni novedosa, ese liderazgo que algunos califican como “benevolente” está en los genes brasileros, no es extraño que haya “reyes” en aquellas disciplinas en las cuales Brasil se destaca, como por ejemplo en el fútbol con Pelé y en la música con Roberto Carlos.

Gracias a la invitación de la Fundación Alexandre de Gusmao, filial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, más conocido como Itamaraty, sinónimo de Cancillería fuerte, seria y organizada en una carrera diplomática profesional desde los tiempos del Barón de Rio Branco, quien definió los rumbos por los cuales debían trasegar los diplomáticos brasileros, tuve la gran fortuna de compartir con otros colegas suramericanos durante dos semanas en Rio de Janeiro. Personalmente fue muy grato estar en un sitio en donde privilegian el apellido materno, pues en mi caso nunca me he sentido cómodo con el primer apelativo que me tocó en suerte.

Amén del tema central del curso académico, enfocado en la integración regional y las políticas internacionales de nuestros países, fue una oportunidad sin igual para descubrir esta ciudad que más allá de las postales de turismo, no se agota en las mismas, que tiene tantas posibilidades como habitantes. Que a pesar de evidentes problemas y tragedias imprevistas (durante aquellos días se vivió el trágico episodio de la muerte de varios niños a manos de un desequilibrado, así como se conmemoraba un año del desastre por cuenta de las inundaciones), tiene una fuente inagotable de esperanza. Este último aspecto, es lo que constituye el elemento común con el resto de América Latina y el Caribe, oscilar entre el desastre y la esperanza pero con un rasgo diferenciador, el propósito brasilero de ser líder.

Ahora bien, no todo es perfecto ni ideal y aquí no hablaré del tema de la inseguridad, que aunque no aparezca, suele percibirse cual sombra fantasmal, sino de otra cuestión que puede alejar al turista igual que un delincuente, el alto costo de la vida. Todo se me antojó excesivamente costoso y no es la sensación de un visitante suramericano del tipo provinciano: un reportaje del magazín del periódico O Globo demostró, haciendo una comparación de precios entre Rio y ciudades del primer mundo, lo costoso que resulta el goce de estar en Rio; no es casualidad que en el ranking de ciudades costosas se encuentra en el puesto 18, por encima de Nueva York y París. Alguien dirá precisamente eso, un placer que cuesta.

Pero aparte de las razones materialistas y fútiles del dinero, deseo destacar la experiencia humana que constituyó conocer una favela que está luchando por convertirse en hogar para el trabajo y la creatividad, un grupo de niños y jóvenes en comunión con autoridades civiles y de policía (Unidad de Policía Pacificadora, conformada por jóvenes oficiales), así como por voluntarios voluntariosos, en la comunidad de Santa Teresa en el cerro de Dos Prazeres, luchan contra lo que parecía el único destino posible, el crimen y la corrupción. Aquí hay un grupo de personas que trabajan por hacer cine y otras manifestaciones artísticas, que buscan ser guías turísticos (opción que no resulta descabellada, considerando cierta morbosidad de los afectos al turismo marginal), sino aprovechando una de las vistas más espectaculares de la ciudad.

No puedo terminar sin hacer un elogio a la comida brasilera, tanto por su sabor como por su volumen. Para el brasilero, como me explicaba Rodrigo Oliveira, profesor de portugués en Bogotá, la comida adquiere una importancia social remarcable. Una reunión o una fiesta no resultaría exitosa si no hay una oferta generosa de comida; por más humildes que sean los anfitriones debe haber comida en abundancia, con una buena dosis de carnes, granos como el fríjol, ensaladas, bebidas desde jugos de frutas exóticas hasta aquellas más fuertes como la “cachaça” y una gran diversidad de postres y dulces como los “brigadeiros”.

En resumen, una experiencia deliciosa la que ofrece Rio de Janeiro, ciudad presentida e inimaginada al mismo tiempo.