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Isaac Díaz Pardo (el galleguismo humilde)

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Isaac Díaz Pardo

Los Reyes Magos a unos traen y a otros llevan. Hace 76 años lo hicieron con don Ramón del Valle-Inclán, este año ha sido con Isaac Díaz Pardo, que se rendía con sus 91 años en Coruña. Que “hata que morra vou estar no lio” (hasta que muera voy a estar en el lío), solía decir. Y así lo hizo con todos los compromisos que se planteó en su vida: una colección de “fracasos”, como la definió, desde el día que nació en la casa da Tumbona, en Santiago, hasta el día que perdió el control de Sargadelos. Para Isaac Pardo Galicia era lo que era frente a la disputa de términos como “nación” o “nacionalidad”: “los ríos no son nuestros”. Como su posición con la “lengua”, no apoyando la normalización como se hizo, creyendo que desaparecería el gallego coloquial frente al culto; igual que el latín, para su estudio. “Los jóvenes ya no hacen el amor en gallego, lo hacen en castellano”. La viuda de Paz Andrade ha dicho de él que tenía la humildad de los sabios, y el presidente de la Academia Gallega, Méndez Ferrín, que era una persona singular e irrepetible. Un servidor coincidió con Díaz Pardo, en Rianxo, con motivo de las jornadas en la Universidad de Santiago del exilio español, que publicó en la editorial Do Castro sus actas. Y en otra ocasión en Pontevedra, donde se le rendía homenaje y, antes de bajar a la mesa, hablaba con mi esposa y con Domingo García Sabell, diciéndonos que se daban premios y homenajes a cualquiera, siendo él el galardonado. A propuesta del ministro de Cultura, a la sazón recibió la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes, de manos de Su Majestad el Rey. Y la Medalla de Galicia. Solía decir que eran más méritos de los “armadanzas”, como llamaba a las gentes que había detrás, que a sus propios méritos. Era persona austera y humilde: “Soy un limpiamierdas y un soplagaitas”, se definía a quienes agradecía los homenajes que le hicieron. En uno de ellos, en Orense, se le impidió la entrada al no reconocerle y se marchó sin aclarar que era él el homenajeado. Uno de los organizadores le pudo rescatar antes de marcharse. Hoy se han escrito páginas en todos los periódicos resaltando su vida y milagros. A mí, personalmente, me ha cogido de sorpresa. He sentido su marcha. Me parecía un hombre astuto, inteligente, listo como una ardilla, que ha tenido que sortear los avatares de la vida desde los primeros años, recordando el fusilamiento de su padre, su enfrentamiento con él y con Castelao; sus vicisitudes en el exilio. Nunca dejó de implicarse en proyectos, en publicaciones en los que su tierra natal era su referente. Fue un intelectual que entendía la realidad política y social con amplitud de miras, sin la chatez de quien no cree en ello. Desde esa humildad del sabio. (Machado, en un acto junto a Ortega, pronunció unas palabras y hacía que leía en un papel, pero en realidad no lo hacía, para no menoscabar la autoridad de sus ilustres acompañantes). Fue una persona que sin afiliarse en política empujó con sus ideas por su país. En los últimos días de su vida, como relata Xosé Manuel Pereiro (El País, 6/2/12), “pedía a las enfermeras que alejasen las visitas cuando eran muchas. ‘¿Y cómo lo hago?’, le preguntó una: ‘Repártelas’, respondió”. El escritor Manuel Rivas le definió como una de las personas más reconocidas y premiadas en los ámbitos sociales, artísticos y empresariales de Galicia. Que es cierto. A uno le parece que querría pasar desapercibido, luchando por recuperar la cultura y la identidad de Galicia. Quería a su tierra. Y siendo un hombre comprometido con sus ideas progresistas, no por ello dejara de respetar y dialogar con todos. Estuvo hasta el final al lío: un intelectual de talla que entendió el galleguismo desde la humildad. Que para eso hace falta mucha honestidad, mucho conocimiento y mucha hombría de bien. Descansará junto a otros ilustres gallegos de pro (Fraguas, Valle). Uno confía que su legado no se pierda en disputas de despachos y sirva para que, quienes vengan empujando atrás, entiendan esta realidad cultural y humana del Finisterre.