pasaporte a la ceniza
a Manuel
me voy del pan, del mar, del aguacero
huyo de comer las uvas negras a la orilla de las tardes
huyo de ver las llagas florecer como rosas de agua fúnebre
de entregar en cada polvo un pasaporte de ceniza
gotereando la fe que puse en cada primavera transeúnte de la piel
voy camino a ser un emigrante de la sal de los rosarios
dejo atrás la huella de humedal que nadie habitó sino el deseo
sino quimeras que amenazan con romper el sueño
y con abrir las bisagras de ese confín alado de tu pecho
vuelo de ti y de tu nombre, de tu saliva y de tu axila
de esta hambre de lloverme labio en tus heridas
de estas ganas de curarte lo que hiero con mi historia
historia que es mía y que fue tuya y ahora es de nadie
salvo de un albatros crucificado entre poemas
y es que a veces no me basta decantar la sed de tanta compañía
ni hacer un homenaje a cada antojo de un altar que se apolille
frente al fuego
si mi oración se pudre arrodillada en el desasosiego
si me vuelvo polizón en el cordel de los milagros esperando a uno
uno que me devuelva algo de la vida que entregué e irme con ella
a cabalgar lejos de toda profecía de salvación o muerte
irme sin bandera ni boleto de regreso
hasta hallar un balcón de esos que tienen mecedora
y columpiar en la tarde la memoria y los olvidos
hacerme mapas en la piel, lloverme a gritos la renuncia
y poblar de estrellas mi propia noche a oscuras de nombrarte
de vez en cuando
tendré que dibujar un astrolabio que convulse las distancias
detenerme en la estación de cada verbo y deambular
por la torpeza del deseo que te memoria
sobre esa huella dactilar que es un pasaje de vuelta inadvertido
se me hace imperativo irme de ti, darme todo al viaje sin regreso
y huir nuevamente del pan y huir del mar, del aguacero
de los nombres, las ausencias, las promesas
y aunque no sepa de qué huyo, si es de ti o del miedo de quererte
si es de mí o del miedo de dolerme y de dolerte
huyo del agüero sentencioso, de la pena del silencio
huyo de la posibilidad de ver espaldas
porque eso son las despedidas, un desfile de espaldas que se alejan.
relámpago de agua
déjame advertirte la fragilidad que habita en el silencio
y contarte de su piel de trinitaria anochecida
intacta
como la sed de los recuerdos que se olvidan y se esfuman
previo al llanto de la letra susurrando amaneceres
déjame que te advierta de la furia de los truenos
un látigo de luz se quiebra en la ventana y tú no duermes
hasta ver oscurecer los párpados del viento
que lamen el sudor de los estambres que devienen
en fría hoguera y relámpago de agua derretido
déjame nombrarte la cuenca de tu espalda lastimada
o bautizar la lumbre que oscurece en el esfínter
de la historia sabia de tu piel
de la memoria erizada de tus vellos
de la cicatriz cuajada de otros nombres
créeme la caricia de los dientes
la isla que se yergue bajo el brazo y el abrazo
el puente que se tiende con mi mano y ven a mí
a mí para contarte del silencio de los truenos
a mí para advertirte la furia en piel de trinitarias
a mí para beberte el viento desde el estambre herido
y coronarte cicatriz de todas mis memorias naufragadas.
el salto y la caída
a Luis A. Félix Colón
“al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.
César Vallejo
armar la lucha en el espacio del secreto
buscar un cuadrilátero por cama y sin fronteras
que guarde el olor de nuestras sábanas
que dome el salto y la caída
desde tanta cuerda floja que se tiende
hasta tanto puente lastimando hacia el vacío
todo se ha dolido hasta tu puño
desde antes sin nombrar tus antebrazos
todo
la maroma entre tus piernas lastimada
el sudor abriéndome los poros a tu encuentro
las trampas apenas disfrazadas
todo se me fuga a las campanas
después de reconocernos las máscaras como si fueran rostros
parece que sólo queda el recuerdo de la fuerza con la que nos embestimos.
ley natural
a veces sólo basta embestir el aire en una maroma
para descubrir que el helio es curvo y tiene cicatrices
que anido preso en la soltura de su dermis invisible
que soy una burbuja de otra piel entre su piel
a veces falta saberse con la sed de echar vuelo
y domar la bocanada precisa antecediendo el salto
sentir lo que el peso de los párpados al levantar la brisa
y saberse al borde del precipicio en una escama
que es también puñal sin filo devorando el diente de la carne
falta cristalizar los ojos al ver la vida vuelta escarcha
y como una luciérnaga fugando en velo hacia lo oscuro
no entender en las pupilas la luz que muge entre las alas
dolerse es una ruta necesaria en éste y todo salto
lo digo de verdad
desde los cayos de memoria que habitan en mis manos
desde el álbum de mis pasos olvidados
que arrincono y guardo como a una saeta de lo inmóvil
dolerse la verdad imaginada, la vena de la valentía
la esperanza acumulada y el ímpetu del golpe
que nos fuerza al primer paso que en aire es todo vuelo
el temor siempre antecede las maromas desde su ley natural
que rige tanto la fe de las palomas en los rayos
como las sirenas que naufragan en tiempo de relámpagos
pero ante el temor yo
me abrazo
al vacío
en la caída.
Ítaca profunda
a Kavafis
luego de morar el laberinto oscuro y recto
de poblar el universo de estrellas liquidando
de nublar la vía láctea en un gemido
y descubrirme migrado hasta tu cuerpo
desde el andén tembluzco de la carne
luego de travestir tu pubis de verano
y rodar quejumbroso hasta el latir de tu ombligo
sostenido su hueco desde tu espalda
luego de habitar el infinito viaje
no me sé.