Letras
Tres poemas

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Raza campesina

Es el amanecer y, al blanco río,
llega el viento que baja la montaña;
como niños que juegan en el trigo,
corre la luz del sol a la mañana.

Abren los campesinos en la tierra
los surcos de la vid y de la vida,
espiga y pan y flor de blanca viña,
es la mujer la tierra amanecida.

Es la savia del hombre que la habita,
fecunda la tierra en su raíz viva,
en las rosas abiertas de los senos,
que nutren a la raza campesina.

Canta la tarde una canción de niños,
en la oración los olmos susurrantes,
entre la piedra silencioso el río
busca los pechos de la ría madre.

Los pájaros del viento tejen nidos
cincelan cuencas en el espacio azul
y cuelgan desde el cielo florecidos
los dorados racimos de la luz.

La Tierra y Hombre y Mujer, montaña y río...
La misma arteria de la sangre pura
que alimenta la entraña, con sus hijos
y en panales de miel nutre la vida,
la simiente que Dios ha bendecido.

 

Alfonsina amada

Dedicado a Alfonsina Storni

Tus rosas, Alfonsina Amada,
tus sublimes rosas,
donde el alma tuya
florecía blanca.
¡Blanca!

No tuvo la Tierra un rosal
como el que tu alma
celosa guardara.
Y no tuvo ¡rosa más pura,
más blanca!
¡como blanca y pura la rosa de tu alma!

Alfonsina Amada,
¿Qué rosal ocultaba el mar?
Que fuiste con alas de nácar
¡anhelante!
A cortar la rosa más negra y fatal.

Alfonsina Amada,
entre resplandores celestes,
del cielo contemplando estás.
¡Este mar que amaste y cantara tu alma
en tu poesía inmortal!

¡Alfonsina Amada!
Al nacer tú, una aurora susurró a la brisa alada:
—Ved, y cortad rosas en los florecidos valles del mar
¡y en conchas de plata recoged las rosas más blancas!
Que la niña tiene en sus pupilas castas,
¡dos rosas de mar!

Alfonsina Amada
¡qué blanco rosal se cubrió de rosas,
que Tú nos dejaras para ir a cortar!

(del libro Luz de estrellas)

 

Niños

Los días de mi vida                                                                                         
tienen nombre.
Un nombre amado,
sin límites,
sin cielo.
Un nombre que pronuncio
en mi desvelo;
está cerca, está lejos...
¡Niños! ¡Niños!
¡Oh! No alcanza
el corazón
para este amor inmenso.
Qué no diera por no ver sombras
en sus rostros angélicos;
por volcar en sus almas,
un puñado de trinos
y tornarlos alegres,
y secar con un pétalo,
de sus ojos, el río.
¿Por qué lloran los niños?
Por qué, un llanto
más allá de sus fuerzas
los quebranta,
y les dobla la frente,
en un gesto de olvido.
Y se van... como sombras,
por un largo sendero.
Y de pronto se vuelven,
como fieras, heridos.
El adulto se asombra,
ajusticia,
a ese joven que equivocó
el camino.

Es muy tierno el capullo,
está solo...
Un umbral es la cuna.
¡Una madre perdida...
ha dejado su sangre
que se agosta en la vida!
Ved, aquél, que sus manos
en plegaria se elevan.
No, no reza
¡por un pan que no come
hasta el cielo protestan!

Y allí están, con la mano
extendida... —La limosna, señor...
Una flor que se corta,
y temprano marchita.

¡No los ven, se arrinconan!
Temerosos, huidizos.
Un regazo muy tibio,
un regazo...
sí, para un lirio dormido.
¡Para un niño con frío!
Dónde tienen el alma
los que siembran de muerte
paisajes de delirio.
¡No los ven!
¡No les parte la entraña
el grito
de esa carne que se abre
como flor de martirio!

Los días de mi vida
tienen nombre
¡Niños!... ¡Niños!

(del libro Luz de estrellas)