Letras
Tres relatos

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Alfonsito

Nunca te fíes de una mujer que te mete prisa para que te corras. No te quiere, lo prometo. Y menos cuando lo hace exagerando los jadeos o cuando intenta provocar el orgasmo susurrando cosas a tu oído con voz de puta, o de niña. Si la muy zorra hace eso, puedes apostar tu quincena a que no te quiere. Alfonsito, mi interlocutor, no habla demasiado. Quizá porque ha llegado muy cansado a casa, o porque solo tiene cuatro años. Creo que me ha pedido un consejo amoroso, algo así, el chamaco no vocaliza bien del todo, yo voy por la quinta cuba y la realidad es cada vez más apestosa.

Hay poco que saber sobre las mujeres: No hay mujeres feas, Alfonsito, todas tienen algo profundamente femenino que las hace deseables. Casi todas ya saben que si quieren que un tipo se pase la vida detrás de ellas no deben corresponderle del todo. Pero las muy tontas acaban haciéndolo, sobre todo aquellas que dicen: “No me quiero enamorar de ti”. Las mujeres que dicen eso necesitan desesperadamente amar y ser amadas, entregarse a un cuerpo diferente que las proteja y les otorgue un valor y un significado que no poseen. Debes saber también que la inmensa mayoría no se enamoran de ti, sino de la idea que deciden tener de ti. Alfonsito, ¿has entendido eso? Es importante porque podemos caer en la tentación de pensar que nos quieren, cuando lo único que aman es la imagen que se han hecho de nosotros. Una extraña mezcla entre sus carencias y otras cosas que no sería bueno que te dijera. Eso responde muchas preguntas cuando todo acaba y te revuelcas en la autocompasión.

Alfonsito no parecía mostrarse muy interesado, probablemente todo esto ya lo sabía. Pero cuando le dije aquello de que meter prisas era para zorras, el chico me miró como si la señal de la tele se hubiera ido justo antes de que empezara Bob Esponja. Ahora si me prestaba atención. Sí, Alfonsito, la que te quiera aguantará estoica todos tus tropiezos aunque intuya que estás pensando en otra para irte y no regresar. No hay más, aguantará lo que tenga que aguantar porque la imagen que se ha hecho de ti compensa la espera.

Al final tendrás que tomar una decisión entre desearla o vivir con ella, hay quienes dicen que va contra la naturaleza desear algo que tienes, aunque ni siquiera te merezcas ese algo. Si decides vivir con ella hazlo, pero solo mientras sepas que ni la muchacha mas buena de “clase” logrará que renuncies a resolver el enigma morboso de una desconocida. La convivencia es criminal porque mata el misterio. No hay criatura lo suficientemente fascinante sobre la tierra que no se desinfle bajo la bruma cotidiana de los besos que se dan antes del desayuno; ni desconocida lo suficientemente vulgar para que no despierte un cosquilleo de curiosidad en ti.

Ay, Alfonsito, sé que todo esto lo aprenderás más tarde. Además, no siempre fue así y puede que tú tengas más suerte.

El hombre que realmente soy nunca ha seducido a una muchacha. Poco se puede esperar de un tipo que, pasados los treinta, todavía se ruboriza cuando una chica guapa le mira a sus ojos; pero eso no ha impedido que alguna vez se enamoren de mí. Leyeron en mis ojos una esperanza que no existe. Ellas no saben (Alfonsito está empeñado en arrancar un brazo de su juguete de “La Mole”) que hace mucho tiempo que perdí la única batalla que merecía la pena librar. Porque siempre hay un primer carpintero que talla el hueco, su fondo y su forma, y ese punto ciego será la medida celular de todo lo que vendrá después. Ese espacio permanece normalmente vacío y siempre que vuelva a llenarse, con la cantidad exacta del primer depósito, pensarás que habría sido imposible sin ella. De no ser por ella, nunca hubieras tenido ese espacio vacío ni sentido de llenarlo.

Alfonsito me mira entonces a los ojos, sonríe triunfal, me muestra la palma de su mano, sobre ella, un musculoso y naranja brazo.

—Mira, soy más fuerte que “La Mole”.

—Chinga, ¿has entendido algo de lo que te he dicho, niño?

—Sí, te han hecho daño y ahora dices palabras feas.

—Pásame el tequila, Alfonsito.

 

91 centímetros

Vive exactamente a 91 centímetros de donde debería estar. Tiene 31 años, frontera en la que, según Beigbeder, uno es demasiado viejo para ser joven y demasiado joven para ser viejo. Casi nunca le ocurren cosas graves. Nadie se muere a su alrededor. Nunca ha puesto un pie en Egipto, por ejemplo. Tiene demasiados recuerdos dolorosos, tantos que ya no sabría meterlos todos en la bruma apócrifa de la mala memoria. (Quizá solo se pueda tener la conciencia limpia si se tiene mala memoria). Ha conocido el tiempo en el que todos sus amigos bebían hasta vomitar, luego ese otro en el que todos se drogaban hasta sangrar, después la época en que se casaban y defendían el matrimonio delante de los amigos solteros con la saliva llena de condescendencia, y ahora camina por aquella frontera, en la que todos se divorcian antes de morir; sus amigos se separan como si el destino hubiera escrito el significado de sus vidas en la última frase. Nunca ha tenido una idea original, es sólo un buen atracador intelectual. No es mala persona. Lee y escribe todos los días.

Ha conocido el amor, lo suficiente como para saber que los que más aman no son precisamente los que mejor aman, y que el amor de un perro nunca es plenamente correspondido. Le cuesta soportar la torpeza de las emociones horizontales. Vive exactamente a 91 centímetros de donde debería estar y no soporta que lo quieran por lo que fue, por lo que es, o por lo que será; únicamente quiere que lo amen por lo que no fue, por lo que no es, por lo que no será nunca. Hizo todo lo que debía: nació en el seno de una familia bien, hizo la primaria en un colegio de monjes, ingresó a una universidad privada donde coincidió con personas inteligentes, algunas incluso le dieron trabajo más tarde, se comprometió con la chica más guapa que conocía. Todo iba bien, era razonable y previsiblemente feliz, hasta que cayó el meteorito y lo condenó a vivir a 91 centímetros de su cuerpo. Desde entonces, cada mañana se levanta con el insoportable deseo de no hacer nada.

Ahora viste de negro, ya no sonríe, cree que es la persona más triste que ha conocido. Solo 91 centímetros lo separan de donde se supone que debería estar. Una distancia demasiada corta para llamar la atención, suficiente para que el mundo entero le dé la espalda. Está exactamente a 91 centímetros de sus responsabilidades, de tus palabras, de tus labios, de tus insultos, de sus fracasos, de sus victorias, de sus orgasmos, de sus textos, de sus amigos, de su placer, de sus padres, de mis recuerdos, de sus inquietudes, de su lectura, de tu bondad, del olor de tu pelo, de sus manos y de tu sombra, de su conciencia y de tus virtudes, de sus sueños y de tus decepciones, del aire y de la tierra, de lo que odia y de lo que ama, de todas las personas que podría haber sido, de todas las cosas que no hará.

Salvo un cazo con la leche reposando, no existe nada más siniestro que él.

 

Se enamoró

Me contaron que me enamoré de una mujer mediocre, y eso fue como pintar la risa de Dios en un lienzo blanco en el pincel mojado en blanco de titanio. Les aseguro que era precioso, pero nadie más podía verlo, ni siquiera ella. Y cuando pasó el tiempo suficiente olvidé el sonido de esa risa, será porque nunca la oí, en ese caso tampoco yo pude verlo. Me dijeron que me enamoré de una mujer mediocre. Solía disparar con una pistola de fogueo todas las palabras sagradas. Me miraba la camisa mientras me tocaba las piernas como curioseando pero no encontraba los agujeros de bala. Me sorprendía seguir con vida y pensaba: “Quizá solo tiene mala puntería”. Pero no tenía mala puntería, es solo que su pistola era de fogueo y yo no lo sabía. Con ella no había manera de morirse. Cuando le dije que era mejor dejarlo, que con ella no había manera de morir y que yo lo que quería era fallecer. Ella sólo supo mirarme con cara de besugo, es la cara que pone siempre cuando no entiende algo, o cuando lo entiende, no sé, es la cara que tiene cuando le dicen cosas que no quiere escuchar. Incluso cuando pone esa cara es guapa, realmente bonita, se los prometo.

Era imposible estar con ella y no estar desesperado, como colarse en una fiesta y no poder beber tranquilo porque sabes que tarde o temprano vendría alguien y te pedirá explicaciones. Era imposible decirle algo bonito y no sentir que tirabas monedas a uno de esos pozos de los deseos. Le robaba un verso a Casariego y le decía: “Van Gogh quiere pintarte los labios antes de morir”. Pero claro, ella ponía cara de pozo de los deseos, o de besugo, y se compraba un sombrero. Es muy frustrante que no te entiendan, pero tengo que reconocer que estaba realmente hermosa con ese sombrero. Cuando le dije que era mejor dejarlo, me preguntó si lo decía en serio. Le contesté que sí, que con ella no había manera de morirse, y que morir era lo que quería. Entonces me dijo: “Tú sabrás, pero yo creo que te estás equivocando”. Nadie dijo nada más. No hacía falta. Cada uno se fue por donde había venido. Sólo yo iba dejando un rastro de sangre. Esa bala sí me dio.