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A la hora de la cena

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Aquella mañana, Penélope se cansó de esperar. Luego de tejer el velo y antes de deshacerlo por ya no sabía cuántas veces, decidió salir a dar una vuelta por el jardín y sentarse a la orilla de la fuente, a remojar sus manos marcadas por el telar. Atrás quedaba el ruido del festín de sus pretendientes y las quejas de Telémaco por ser un adolescente y no poder enfrentarlos y no entender la ausencia de Ulises luego de tanto tiempo acabada la guerra de Troya.

Sentada a la sombra de un manzano, Penélope miró la luz de la tarde entre las hojas y vio una manzana madura y, tendiendo la mano para cogerlo, se dijo: “Y pensar que por una como ésta, empezó toda esta historia de guerra y ausencia”.

—Era de oro —oyó a sus espaldas.

—Claro, eso justifica que las tres diosas más poderosas del Olimpo arrastren a los hombres a la guerra —dijo, mordiendo la manzana antes de volverse y encontrarse con Atenea, Afrodita y Hera.

—Los hombres fueron a la guerra porque quisieron. Si Helena decidió irse con Paris, fue asunto de ella —dijo Afrodita, con una sonrisa pícara.

—Y tú los ayudaste a escapar —comentó secamente Atenea.

—¡Claro que lo hizo! —clamó Hera—. Poco le importaron los votos matrimoniales ni sus hijos. Tú la sedujiste y abandonó todo por irse tras un pastor venido a más.

—Debo decir que los méritos de la seducción fueron sólo del pastor —declaró Afrodita con desparpajo—. Mala suerte si Menelao no tenía los mismos atributos. Claro, como tú tienes a Zeus, seguro te complace... igual que a todas las demás.

—Bueno, como sea, Menelao recuperó a Helena y ahora están muy felices en Esparta... así que puedes dejar de preocuparte por ellos, Hera —dijo Penélope, lanzando lejos el corazón de la manzana, cansada de la discusión de las diosas y sin entender por qué la incordiaban con eso—. Si tan preocupadas están por los matrimonios ajenos, deberías decirme dónde está Ulises, que no está aquí.

—Bueno, por eso estamos aquí —carraspeó Atenea, al tiempo que se acomodaba su yelmo—. ¿Has oído las últimas noticias?

—No...

—¡Ulises está con Calipso! —dijeron al unísono Hera y Afrodita, si bien enfurecida la primera y jocosamente la segunda, mientras Atenea y Penélope se ponían rojas como una manzana; de pena, la primera, de rabia, la segunda.

Pues bien, al terminar la guerra de Troya, en la emoción del pillaje y el saqueo, Ulises había tenido a bien rescatar a Casandra de las manos y otras partes de Áyax, tal vez un poco tarde, pero pudo haber sido peor. La pitonisa, agradecida por el gesto, le recomendó irse derechito a casa, sin mirar a los lados o, de lo contrario, se las vería negras. Por supuesto, no le creyó. Nadie le creía a Casandra, a pesar de haberse demostrado que siempre tenía razón, como la situación de caos en la ciudad amurallada demostraba ampliamente.

El caso es que Ulises tomó sus tesoros recién saqueados, sus prisioneros de guerra y sus guerreros y embarcó... rumbo a Ismaro, a completar el pillaje. Luego de diez años de guerra, debían llegar a casa con un botín que justificase tanta ausencia en casa.

Una cosa llevó a la otra y Ulises, queriendo o sin querer, conquistó la enemistad de buena parte de los olímpicos quienes, por turno, lo hicieron naufragar de isla en isla en el mar Egeo, que tiene bastantes. Finalmente, había llegado a la isla de Calipso, quien regentaba un burdel, pero que se dejó conquistar por el aspecto desvalido del náufrago musculoso y barbado que había traído la marea hacia sus costas.

Luego de unos cuantos caldos de ánade y asados de jabalí para recuperarlo de la prolongada inmersión en el reino de Poseidón, la madama consideró que ya era el momento de calentarle los pies, antes que la hipotermia se le adelantara... y así durante unos cuantos años en los que el guerrero se dedicó a una vida sibarita. Hay que admitir que la isla de Calipso no sólo era un reconocido burdel del Egeo, también era famoso por sus caldos y asados, que hacían que más de un guerrero se perdiera en sus costas.

Volviendo a Ítaca, Penélope no se tomó muy bien la noticia de que su esposo tenía unos cuantos años de juerga en el burdel más afamado de la antigüedad, mientras ella lidiaba con pretendientes abusivos, un hijo adolescente y los problemas propios de un reino sin rey y con leyes machistas que no la reconocían como reina. Así que entró bufando a su cuarto mientras daba un portazo que habría hecho temblar los cristales, de haberlos habido.

Caminó de un lado al otro de la habitación, hasta tropezar con el telar que, todo hay que decirlo, resultó ser el chivo expiatorio ideal para la furia de la reina. Cuando se sintió un poco más relajada, miró los restos de madera, clavos y tejido que la rodeaban y se sintió satisfecha de su obra.

—De todas formas, no me gusta tejer —se dijo.

—Una lástima, porque lo hacías y deshacías muy bien, que te lo digo yo —dijo Atenea, apareciendo repentinamente en medio del desastre y mirando reprobadoramente a su alrededor—. De todas formas, es cierto, eres más del tipo pensador... Si no, no te hubieras imaginado ese plan.

—¿Y tú qué quieres ahora? No me siento muy respetuosa en este momento, te lo advierto.

—Pues es una lástima, porque, la verdad, venía dispuesta a ofrecerte mi ayuda —dijo la diosa, mientras se sentaba en la ventana y se quitaba el yelmo.

—¿Ayuda para qué? ¿Para que regrese Ulises? Fíjate que no estoy muy segura de estar interesada en eso.

—Pues no. La verdad ya el astuto Ulises no es de mi predilección. He estado viendo tus acciones y me parece que estaba patrocinando al que no era. Vengo a decirte que, si decides tomar las riendas del reino, te apoyo.

—Sí, claro, porque la sociedad lo va a aceptar.

—¡Mujer de poca fe! Si la diosa de la sabiduría te apoya, ¿por qué no habrían de hacerlo los hombres sabios de tu reino?

—Porque no son muchos, me temo. Basta con ver a los pretendientes que asedian mi palacio y mi reino... aunque es cierto, siempre fui yo quien llevó las cuentas del país.

—Y por eso no se ha hundido, como el resto de los países sin rey que nos rodean. Bueno, como tú quieras, si estás interesada, un sacrificio en el templo y hablamos —y con una nube de humo, desapareció, dejando a Penélope ahogada y en su mar de maderas astilladas.

—¿Ya se fue la mojigata? —preguntó Afrodita, saliendo del armario de la esquina.

—¿No tienen los dioses otros mortales que confundir hoy? —respondió Penélope entre toses.

—¿Confundir, yo? —rió la diosa—. ¡Ay, Penélope! Qué poco me conoces.

—Lo suficiente...

—No, no, no... si así fuera, no seguirías tejiendo —miró los trozos de madera y los jirones de lana regados por el cuarto—, aunque ya veo que lo has dejado. No, Penélope, has pasado mucho tiempo en las garras de Hera y el amor matrimonial, teniendo todos esos pretendientes guapos a tu disposición. Ya me he pasado un rato jugando a ser una criada y te puedo asegurar que hay más de uno que vale la pena...

—Empiezo a creer que me fastidian los hombres, la verdad —fue la respuesta seca de la reina.

—Muy bien, pues para eso, hay unas cuantas amazonas que estarían encantadas de ayudar a una cuarentona de buen ver como tú a olvidar a su marido. No es algo desdeñable, déjame decirte, puedes preguntarle a Artemisa, si quieres... Pero preveo que se acerca la señora del Olimpo, mejor me voy. Piénsalo, podrías divertirte y ser reina a la vez.

—¡Fuera de aquí, casquivana! —rayos y truenos acompañaron la llegada de Hera, a la vez que Afrodita se desvanecía en un suspiro de amor dentro del armario del que había salido.

—¿Sabe tu marido que usas sus rayos cuando no está o es una venganza por los cuernos que te pone? —preguntó Penélope con un absoluto desprecio a la muerte, mientras se recostaba del armario, para cubrir la huida de la diosa del amor.

—No deberías hablar de los cuernos ajenos, querida, sino aprender a llevar los tuyos con dignidad.

—Si sabrás tú de eso...

—Los hombres son así, Penélope, pero poco a poco aprenden. Ya verás, sé que Ulises te extraña.

—¿Desde hace siete años o cinco minutos?

—¿Importa eso? Lo que importa es que está construyendo una balsa para volver a ti. Y cuando llegue, sólo será reconocido por sus amigos de infancia, matará a todos tus pretendientes, que también fueron sus amigos de infancia y abrazará a su hijo y saludará a su perro y, finalmente, te abrazará a ti, lleno de sangre y pelos de perro. ¿No es eso suficiente?

—Pues... ¿sabes qué? NO. La balsa la debió construir hace diez años para llegar a casa. Debería dar gracias porque yo no soy Clitemnestra, que le puso los cuernos a su marido y luego lo mató. Pero por lo menos, él se apresuró en regresar y no se entretuvo en burdeles de playa.

—¡Pero Penélope! Espera un poco y serás recordada en la historia como la mujer fiel y la muestra del amor y la fidelidad conyugal.

—¿Y eso cómo se vive en la actualidad? ¿Y por qué nadie le dijo a Ulises que fuera él también un ejemplo de eso? ¡Pues no! Si él quiere una esposa fiel, más le vale que llegue a cenar esta noche.

—¡Pero eso es ya!

—¡Correcto! Y, ahora que lo pienso, deberías ir a hacerle la cena a Zeus, que ya debe estar por llegar.

—Pero la isla de Calipso está muy lejos —dijo Hera, bastante insegura.

—Seguro que tu esposo hace el mismo recorrido más rápido que el mío. Pero tienes razón. Le daré hasta mañana a la cena —dijo, mientras Hera se desvanecía entre nubes, lluvia y relámpagos, dejando el piso hecho un charco donde flotaban los restos del telar.

A la mañana siguiente, Penélope decidió que no iba a tejer. Tampoco tenía dónde hacerlo, de todas formas. En lugar de eso, se puso unas ropas sencillas y salió por la puerta de atrás del castillo, dejando atrás el escándalo de la juerga que empezaba temprano. “Dejémoslos tranquilos, sea como sea, hoy es el último día de farra para ellos, llegue Ulises o no. Me cansé de ser el botín de los guerreros”, se dijo, mientras caminaba rumbo a los templos.

En la plaza central de los templos, encontró a varios dioses, que la miraron como preguntándose qué iría a buscar ella ahí, y a dónde se dirigiría primero. Sin mirar a los lados se acercó a Atenea, que se hacía la desentendida, mientras conversaba con Artemisa y la miraba por el rabillo del ojo.

—¿Vienes a corroborar algunos comentarios de Afrodita, Penélope? —preguntó con una sonrisa la diosa cazadora.

—Otro día te preguntaré unas cuantas cosas, pero no hoy. Vengo a hablar con Atenea.

—Me debes un escudo nuevo, Artemisa —rió la diosa de la sabiduría—. He oído que Hefestos tiene un nuevo modelo que me gustaría probar.

—Con lo bien que me hubiesen caído las sandalias nuevas que aposté, Penélope —dijo Artemisa, antes de encaminarse a su templo, donde una sacerdotisa la miraba con adoración, dejando a Penélope y Atenea mirándose con picardía.

Mientras tanto, Hera había esperado que Zeus descendiera del Olimpo y, tomando prestado un cúmulo último modelo, con rayos llameantes saliendo en todas direcciones, se dirigió a hablar con Calipso.

La encontró concentrada en un nuevo tipo de guiso de jabalí, que, esperaba ella, tuviera efectos afrodisíacos para volver a convencer a Ulises de abandonar la idea de una balsa para volver a un reino que, luego de veinte años, lo más probable ya tuviese un nuevo rey que no aceptaría gustoso que llegase un náufrago a deponerlo.

—Buen día, Calipso —surgió una voz desde una nube.

—Tu marido no está aquí, si es lo que estás buscando... y tampoco sé dónde está —dijo Calipso con desdén.

—¡No busco a Zeus, busco a Ulises! —un relámpago cayó en la cazuela que movía la madama, rompiéndola en pedazos y regando guiso de jabalí por toda la cocina—. Libéralo y déjalo volver a Ítaca, o te hago cerrar tu puticlub insular venido a más.

—¿Volver a qué, oh gran señora? ¿Un reino que debe tener otro rey, una esposa que debe tener otro esposo, un hijo que debe tener otro padre? ¿Por qué no quedarse aquí, saboreando mis guisos y otras cosas?

—Porque el reino no tiene rey, el hijo no tiene padre y como tal se comporta y la esposa... le dio chance para llegar esta noche o lo deja sin reino, sin hijo y con cuernos —dijo Hera, saliendo de la nube, y probando un poco de guiso, que había caído sobre un pan—. ¡Hummm..! Y me das la receta, también.

—Eso sería abuso de poder, Hera. Una de dos: Ulises o el guiso, elige.

—Dfe hafgo derar el buticluf! —dijo Hera, con la boca llena.

—¡Entonces, ninguno! Igual lo quieres cerrar, entonces, nada —Calipso terminó de recoger los trozos de cazuela y agarró una pierna de jabalí ahumada, y con ella, señaló a la diosa—. A menos que estés dispuesta a negociar.

—¿Qué propones? —preguntó Hera, mirando la pierna.

—Ulises y la receta, y dejas de perseguir mi negocio y de hablar mal de mí en las reuniones del Olimpo.

—No pretenderás que te invite...

—Con que me dejes hacer mis fiestas en paz, me conformo.

—¿Y me das la receta?

—Y la del caldo de ánade, si quieres. Pero tendrás que distraer a Poseidón, si quieres que Ulises llegue esta noche —contestó la madama, cortando un trozo de jabalí ahumado y pasándoselo a la diosa.

—Quédate la receta del caldo y distráelo. Ya vi sus hipocampos en la orilla —contestó Hera, agarrando, además, otro trozo de pan.

Esa mañana, Ulises terminó su balsa y, sin despedirse, zarpó rumbo a Ítaca. Tuvo suerte, y encontró en su camino un barco con su mismo rumbo y, Eolo mediante, alcanzó las costas de Ítaca poco antes de la cena.

El porquerizo real, su amigo de la infancia, lo reconoció de un lado al otro de la playa donde desembarcó y, jubiloso, corrió hacia él, seguido de su perro, el cual había huido de los pretendientes. Viéndolo cansado y hambriento, lo llevaron hasta su choza, donde le dieron algo de comida, mientras el porquerizo le ponía al tanto de lo que ocurría en su reino y su palacio.

Cuando Ulises se enteró de que una horda de pretendientes tenía cercados a su trono y su esposa, decidió ponerse en marcha, no sin antes hacer un plan: iría de incógnito, para ver lo que ocurría con sus propios ojos y tomar las acciones necesarias. Era un héroe y no temía a unos cuantos pretendientes ahítos de vino y comida. Además, quería comprobar la fidelidad de Penélope y llegando de sorpresa se enteraría realmente de cómo estaban las cosas en casa.

Y allá se fue Ulises, ya de noche, vestido como un mendigo y preguntándose cómo haría para reconocer a su hijo luego de veinte años. Cuando llegó a las afueras del castillo, oyó un gran escándalo, lo cual le hizo sospechar que la fiesta de los pretendientes se estaba saliendo de madre. Su preocupación aumentó cuando le pareció oír al fondo la voz de su amada Penélope, lo que interpretó como que la reina participaba en el jolgorio. “Esto no puede ser, no lo permitiré”, se dijo, apretando el paso y entrando al salón por una puerta secundaria, apretando su espada, dispuesto a hacer justicia a su título de rey.

Sus viajes y experiencias no lo habían preparado para lo que encontró. Los gritos sí, pertenecían a los pretendientes, más no eran de placer, como tampoco lo fue el grito de Penélope que había escuchado antes. Frente a él, Penélope sentada en el trono, mientras un ejército comandado por la propia Atenea ponía en fuga a los pretendientes, matando a aquellos que no corriesen lo suficientemente rápido. A los pies del trono, los sabios y consejeros del reino observaban todo con satisfacción, mirando de vez en cuando a su inmutable reina.

Ulises contempló estupefacto cómo la sala quedaba vacía de pretendientes, y el ejército ponía sus armas a los pies de la reina, y los sabios le rendían homenaje, al tiempo que la misma Atenea la reconocía como reina de Ítaca y ella, regia, se erguía en el trono. Ulises salió de la penumbra donde se ocultaba y quedó paralizado cuando sus ojos se encontraron con los de la reina.

—Llegaste tarde —le dijo ella—, me cansé de esperarte.