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Arturo Azuela
Azuela: viví al Rulfo más cercano.
Arturo Azuela concluye una “biografía cálida” de Juan Rulfo
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El escritor Arturo Azuela (Ciudad de México, 1938) acaba de terminar la que ha dado en llamar “biografía cálida” de Juan Rulfo, en la que narra 29 años de amistad literaria y de experiencias compartidas a partir de sus diversos viajes juntos y sus constantes encuentros vespertinos en la librería El Ágora.

Realizado poco a poco durante décadas, según explicó este 4 de marzo, el libro que ha tenido que sortear enfermedades y hasta algunas operaciones de Azuela descubre al autor de Pedro Páramo en su cotidianidad, la relación con sus hijos, sus gustos literarios y musicales y su preocupación por México.

“No era un amigo para platicar de cosas íntimas, de confesiones; pero de pronto sí se le escapaba algo conmigo. Para muchos era un ser un poco huraño, distante, hosco. Yo lo viví más cercano”, detalla el poeta.

“Era muy callado, muy meditabundo, pero también se explayaba de vez en cuando”, agrega quien conoció al narrador jalisciense en 1957 y le siguió los pasos hasta su muerte, en 1986, a la edad de 69 años.

“Empecé a ser su amigo gracias a los fotógrafos Lázaro Blanco y Alejandro Parodi, quien también era actor. Me llevaron una noche a la Zona Rosa a platicar con él. Acababa de publicar Pedro Páramo” (1955).

“Fui profesor de su hija Claudia. Un día me llamó muy preocupado porque ella quería estudiar medicina. Juan pensaba que era una carrera larga y más apta para varones. Quería que la convenciera de que no la estudiara. Yo no le hice caso. Me quedé callado. Pero eso me permitió acercarme más a él. Claro que Claudia es ahora una doctora reconocida”, comenta.

Desde entonces, ambos escritores se veían dos o tres veces a la semana en la librería El Ágora. “Vivíamos relativamente cerca, en el sur de la ciudad. Yo venía de la calle Tecoyotitla, y él de la Manuel M. Ponce. Ya había dejado la bebida. Se había vuelto más tranquilo, más serio, más sereno”.

El nieto de Mariano Azuela, el gran novelista de la Revolución y autor de Los de abajo, a quien Rulfo respetaba, recuerda al también fotógrafo fumando sus cigarros Delicados, envueltos en papel arroz, y tomando Pepsi-Cola o agua mineral Tehuacán.

“Donde estaba yo, estaba él”, afirma al evocar los viajes que realizaron juntos a Praga, Sofía, Bucarest, varias veces a España y a Sudamérica. “Nos reíamos al recordar aquel famoso viaje en ‘avión de redilas’ que hicimos a Buenos Aires”.

El músico y matemático narra que cuando dirigió la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) logró que Rulfo impartiera a los estudiantes varias conferencias y que participara en varias mesas redondas; pero, aclara, nunca quiso ser profesor definitivo.

“También lo invité a la Academia Mexicana de la Lengua, pero no iba a gusto. Era muy reticente a este tipo de organizaciones. En ese entonces, yo aún no pertenecía al Seminario de Cultura Mexicana, si no lo hubiera hecho miembro honorario”, añade el actual presidente de esa dependencia.

Destaca que cuando dirigió la Revista de Bellas Artes, el autor de El llano en llamas colaboró con varios artículos para la publicación; que cuando estuvo al frente de la Revista de la Universidad, lo entrevistó varias veces; y que cuando presidió la Asociación de Escritores, aceptó ser vicepresidente. “Imagínese, qué honor”.

Además, lo visitaba seguido cuando laboró en el Instituto Nacional Indigenista. “Me llamaba la atención su programa editorial, porque era muy atractivo y lleno de fuerza mexicana”, indica.

Azuela tiene aún frescas en la memoria las charlas de Rulfo sobre la literatura nórdica, “que le fascinaba”, y su gusto por la música concreta y dodecafónica. “No sólo se detenía en los clásicos, Bach, Beethoven, Brahms, sino que siempre buscaba las propuestas musicales más avanzadas en su momento. Respecto a sus gustos literarios mexicanos era muy cauteloso. Le encantaba como escribían Rafael F. Muñoz y Martín Luis Guzmán, por ejemplo. Respetaba a mi abuelo, pero no era gran divulgador de su obra”, acepta.

Señala que Rulfo se angustiaba mucho por México. “El país fue una de sus grandes obsesiones hasta el último día de su vida. No era un hombre de extrema izquierda, ni mucho menos; pero sí participó en algunas marchas en 1968. Hizo declaraciones contra los militares y éstos lo amenazaron. Estaba muy preocupado. Pero con su presencia y su prestigio siempre salía adelante”.

El autor de El matemático confiesa que con Rulfo tuvo una especial amistad literaria. “Siempre me estimuló, me ayudó. Me leyó con detenimiento, con paciencia, lo cual le agradezco mucho. No hacía críticas duras a mis trabajos, sólo llamadas de atención sobre ciertos aspectos. Con él aprendí muchas cosas; pero, sobre todo, su lealtad hacia la amistad”, concluye.

Juan Rulfo y sus prodigios es el título tentativo de esta obra de trescientas páginas que editará la fundación que lleva el nombre del jalisciense. “Es una biografía cálida, no crítica, pero sí muy precisa sobre las cosas que él hacía. No estará lista este año, pues me falta hacer precisiones de fechas y lugares que debo ver con su familia, pero espero entregarla en 2013”, adelanta.

Azuela trabaja en dos libros más: una antología de su poesía erótica, que se traducirá al inglés, y una novela sobre el exilio español a partir de la mirada del niño que fue cuando su colonia, Santa María la Ribera, se trasformó de pronto en La Nueva España.

La primera, que “ya casi está terminada”, reúne por primera vez sus textos eróticos extraídos de once de sus libros. “El erotismo ha sido muy importante, tanto en mi literatura como en mi vida personal, porque es algo que no termina nunca, siempre está presente y se renueva. Es una experiencia que se vive, en la medida que pasa el tiempo, desde un punto distinto. Pero siempre es una presencia muy profunda”, detalla.

Esta antología, que entregará en septiembre, será publicada por la estadounidense Universidad de Notre Dame, de Indiana. En la segunda obra narra el arribo de los exiliados españoles a México, su forma de vida, su adaptación al país y las enseñanzas que dejaron en el niño que los descubrió como abarroteros, libreros o amigos.

Fuente: Excélsior