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“Pequeñas bestias”, de Naudín Gracián PetroPequeñas bestias o la asfixia como recurso literario

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Naudín Gracián, escritor nacido en Montelíbano, Córdoba, nos sumerge (o arroja intempestivamente) en una serie de cuevas en las cuales el lector, entre la ficción y lo real dentro de la ficción, descubre cómo aquellos turistas en apariencia apacibles se despojan de sus máscaras y demuestran cuán miserable puede llegar a ser una persona. Porque en Pequeñas bestias no hay salida frente al monstruo que llevamos dentro. Por lo menos el detestable Javert, enemigo acérrimo de Jean Valjean en Los miserables, decide suicidarse al tener que reconocer, muy a su pesar, que su enemigo es bondadoso.

Un grupo de turistas ha quedado atrapado en su recorrido por las grutas que visita. Desde el comienzo el personaje principal, Gilberto, va desplegando sus miserias hasta encontrarse con el monstruo que es. Pero no sólo Gilberto (¿se llamará así?). Cada uno carga sus miedos, prejuicios, rencores y frustraciones. El narrador observa cuidadosamente a cada una de las personas que lo rodean, les pone pensamientos y sentimientos. Este es precisamente uno de los aspectos más interesantes de la novela. En Pequeñas bestias todo es real y ficticio a la vez. El narrador cuenta lo “real” al mismo tiempo que despliega sus ficciones. Incluso, se plantea hipótesis para luego rechazarlas:

Repensando la idea, mejor la desecho porque me parece demasiado cinematográfica y truculenta, y temo no ser capaz de hacer creíble esa clase de argumentos. Así que mejor sigo por un camino más natural, menos complejo, a ver qué se me ocurre (p. 16).

En esto Naudín recurre a la metanarración, recurso que ya observamos en el mismo Cervantes, así como en José Saramago. Esta estrategia le va a dar a la obra un toque humorístico en determinados momentos (lo que parecería imposible en este relato): “Para entretenerme en algo voy a solucionar el misterio del ruido que nos asustó...” (p. 35). O cuando expresa: “Miro en derredor, pues, por absurdo que parezca, temo que alguien pueda vislumbrar a semejante personaje que me ha nacido en la cabeza. Hasta me da un poquito de escalofrío y aun de vergüenza” (p. 92).

Esto le da frescura al texto porque la novela, en el buen sentido de la palabra, es asfixiante. Y esta asfixia se genera por el relato en sí, pero más que todo por su estructura. Pequeñas bestias se desarrolla en un solo capítulo. La posibilidad de leer un capítulo y dejar otro para mañana le es negada al lector, el cual también está atrapado en la galería y busca, como Gilberto, la manera de encontrar una salida. El libro mismo es una galería que nos permite ir descubriendo o redescubriendo lo miserables que somos. Tenemos la esperanza de hallar un ser puro en la novela (porque ya sabemos que nosotros no lo somos) y esa esperanza creemos encontrarla en un personaje como Beatriz, pero su fortaleza espiritual será aplastada por su incapacidad física. El bueno de Juan de Dios, guía de la expedición, huye de las bestias que ha visto surgir.

Juan de Dios experimenta un gran asco, no sólo hacia Maritza sino también hacia el resto de turistas. Por las difíciles condiciones para avanzar con ese grupo de seres sin esperanzas, hace rato viene reprimiéndose unas crecientes ganas de insultarlos y abandonarlos para que por sí mismos encuentren en las profundidades de la tierra la salida que no han buscado en sus propias vidas. En un ataque de histérico desprecio se incorpora lo poco que permite la gruta, se aleja casi pisando a los que están en su camino y emprende una subida vertical, sin preocuparse por la suerte de los que deja atrás (p. 120).

Como ya decíamos, lo real en la novela se funde con lo ficticio. ¿Lo narrado sólo es producto de la imaginación del escritor que está buscando elementos para escribir? ¿Realmente ha ocurrido todo lo que nos narra? Él mismo expresa su sorpresa al respecto cuando ve salir de las cuevas al protagonista:

Sí, señor, es él. ¡Qué barbaridad! Un escalofrío me recorre el cuerpo por la coincidencia de que sea precisamente él quien acaba de salir, y por la enorme probabilidad de que haya hecho todo lo que me he imaginado. Lo miro ya de cerca. ¡La madre si no tiene cara de haber hecho todo eso! ¡Uuuffff, hombre! Soy capaz de apostarlo (p. 126).

Hay un momento en que llega a expresar: “Como si el interés de la realidad fuera contradecir la fogosidad de mi imaginación, acá afuera no ha pasado más nada” (p. 50).

Precisamente porque nos muestra lo que somos y podríamos ser, la literatura es el discurso que mejor nos permite comprendernos en nuestra complejidad. El catolicismo de Gilberto no es más que un abrigo que le han colocado. Sus dudas acerca de su posible homosexualidad, su cobardía y su amor por una niña lo convierten en un ser inescrupuloso, capaz de asesinar a quien sea con tal de salirse con la suya. Por su parte, Jaidith se regocija en su propia belleza hasta que alguien (supuestamente) se suicida por ella. Maritza, quien sorprende a Juan de Dios con su discurso, se refugia en el sexo para, en medio del fango, ser feliz por lo menos con el cuerpo.

¿Somos pequeñas bestias? Se preguntará el lector. Claro que lo somos. Pero no tengo la menor duda de que escribir y leer textos como el que nos presenta Naudín Gracián, nos purifica. Nada más que eso hace la literatura.