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James Joyce. Ilustración: Michael NicholsonJoyce como Proust: los signos de Gilles Deleuze en Dublineses

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El filosofo francés Gilles Deleuze señala al hombre como una “máquina deseosa”. Una de las formas en las que el autor logra describir este concepto es con el apoyo en las artes, como en la literatura y el cine (Enciclopedia Microsoft Student, 2009). En el caso de la palabra escrita, Deleuze en 1970 abordó En busca del tiempo perdido de Marcel Proust con la publicación de su libro Proust y los signos. Aquí, como en toda su filosofía, aparece un elogio al deseo o el énfasis sobre éste en las actitudes o acciones humanas.

La manera en que el filósofo sostiene su teoría en la obra de Proust es a través de los que él llama signos mundanos, signos del amor, signos sensibles y signos del arte (Deleuze, 1970).

Estos signos son emitidos por una materia (objeto o ser) y tienen que ser interpretados para que se lleve a cabo un aprendizaje, y este descifrar, esta explicación que se les da a los signos, es entendida como una “búsqueda de verdad” (Deleuze, 1970). El protagonista de la obra literaria en determinado momento no sabe “algo” y lo aprende después, el aprendizaje va en forma progresiva hasta que, finalmente, recibe una revelación última y es ahí cuando experimenta la decepción. Él, en otras palabras, creía, se hacía ilusiones (Deleuze, 1970).

En la colección de cuentos Dublineses escrita por James Joyce en 1914 pueden encontrarse estos signos que el filósofo señala en la obra de Proust. El objetivo de este trabajo es, precisamente, mostrar cómo estos mismos signos se desarrollan y la forma en que su función llega a ser diferente en algunos de los relatos de Joyce: “Arabia”, “Eveline”, “Un caso lamentable”, “Los muertos” y “Una nubecilla”.

El primer mundo de signos es el de los mundanos. Un signo mundano es el que reemplaza un acto o pensamiento, es decir, sirve de acción; es el hecho narrado. No remiten a algo más, sino que tienen el valor supuesto a su sentido (Deleuze, 1970). Estos signos tienen un valor estereotipado, una perfección ritual.

Todo texto tiene una referencia del mundo real, por esto los signos mundanos son necesarios y por eso no pueden ser llamados lugares comunes dentro de la literatura. Por esa razón, algunas veces los hechos narrados no pueden ser en todos los sentidos innovadores. Por ejemplo, en el cuento “Arabia” en “(...) cuando volvíamos a salir los edificios estaban ya oscuros. (...) El aire frío era picante, pero jugábamos hasta que nuestro cuerpo se acaloraba; nuestros gritos retumbaban en el silencioso callejón” (Joyce, 1994: 25-26). Los signos mundanos son las acciones cotidianas que aparecen aquí, como el jugar en la calle, que es lo cotidiano en la vida de un niño como lo es el protagonista. Los signos mundanos dan la verosimilitud en el texto, tienen que ver con la realidad dentro de la historia, por lo tanto, como en el ejemplo, no son necesariamente sorprendentes.

En ocasiones, según Chatman (1990), debido a la verosimilitud que se logra en el encadenamiento de los sucesos algunos hechos no se mencionan. También en esto radica la importancia de los signos mundanos, que muchas veces tienen una relación de causa y efecto. En el cuanto de “Eveline”, por ejemplo, el lector debe rellenar los huecos con base en los signos mundanos: “[Eveline] ¡Se puso de pie con un impulso de terror! ¡Escapar, debía escapar!” (Joyce, 1994, 35-36).

Después existe una elipsis, pues en el siguiente párrafo se dice: “[Eveline] Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del paisaje (...)” (Joyce, 1994, p. 36).

El hueco que hay entre estas dos acciones (la acción de ponerse de pie y la acción de estar en la estación escuchando a Frank) se rellenan con inferencias. Este hecho que no se narra es el encuentro de Eveline con Frank, que es la persona que la toma de la mano. Como los signos mundanos han correspondido a las acciones “rituales” o esperados de la chica de la historia, se ha podido entender el salto que se dio en el tiempo porque se colocan en el hueco los otros signos mundanos (el suceso de verse en algún sitio, por ejemplo).

Estos signos, las vivencias de los personajes, hacen que los personajes deseen o vayan en busca no voluntaria de la verdad, caminan hacia un aprendizaje, los orilla a actuar de determinada manera. Por ejemplo, las vivencias de Eveline, la muerte de su madre, la promesa que le hace a ésta, es lo que le prohíbe subir al barco con Frank y escapar. La violencia de un signo, según Deleuze, es la que hace que se busque la verdad, es decir, el encuentro con acciones, signos mundanos, hace que comience la duda en el pensamiento de los personajes: Eveline, quien había decido marcharse, decide no hacerlo por la acción de recordar.

En Dublineses en repetidas ocasiones se manifiestan los signos del amor tal como Deleuze los describe en Proust. El ser amado aparece como signo, un alma que expresa un mundo posible desconocido, que está formado por pluralidad de los mismos y el cual debe ser descifrado por quien ama. Los gestos, preferencias y caricias del ser amado expresan el mundo desconocido, por lo tanto ayudan a la interpretación. Amar es entonces, de acuerdo con el filósofo, explicar o desarrollar el mundo del amado.

En el cuento de “Arabia”, el niño está enamorado de una chica, en la cual encuentra los signos que la muchacha emite, como gestos: “(...) Mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como dedos que recorrían mis cuerdas” (Joyce, 1994, p. 26).

El protagonista se enamora de la joven contemplando aquellos signos que ella emite y él comienza a explicar ese mundo de signos aunque ha hablado solamente muy poco con ella. Es una interpretación silenciosa, como en Proust: “(...) Nunca había hablado con ella, excepto circunstancialmente, y, sin embargo, su nombre era como apremio para mi tonta sangre” (Joyce, 1994, p. 26).

Los signos amorosos engañan y se dirigen al otro escondiendo lo que expresan, es decir, el origen de sus mundos desconocidos, de acciones y pensamientos desconocidos que les otorgan un sentido (Deleuze, 1970). Puede ser por esto que los relatos de Joyce terminan en la decepción. Por ejemplo el cuento “Un caso lamentable”, donde está el protagonista, Mr. Duffy, quien se decepciona al saber que la mujer que posiblemente amó murió alcoholizada: “(...) Pero ¿cómo imaginar que [ella] pudiera haber llegado tan bajo?, ¿era posible que él se hubiera engañado tanto a su respecto?” (Joyce, 1994, p. 104).

Cuando Mr. Duffy la conoció jamás dio señales de que podía llegar a ser alcohólica. El mundo que él creyó encontrar en Emily no existía, los signos que ella emitió lo engañaron pues jamás expresaron en totalidad el mundo que era desconocido para Mr. Duffy. Él vivía en una ilusión y cae de ella con la revelación, es decir, la noticia de la muerte.

La pluralidad de mundos o almas que existen en el amado se han formado lejos de la persona que lo ama, por lo que el amante siente la necesidad de pertenecer a ellos (Deleuze, 1970). El que ama intenta conocer los mundos del amado, saber lo que piensa, su pasado, etc. Se forma entonces la imagen de un mundo posible en el que otros podrían ser los preferidos y de esta forma se originan los celos, que son, según Deleuze, más profundos que el amor. Esta profundización en la interpretación de los signos del amado a través de los celos se manifiesta en Joyce en el cuento “Los muertos”. Aquí Gabriel, el protagonista, comprende que no puede saber lo que su esposa Gretta piensa, qué guarda en su mundo:

Temblaba, molesto. ¿Por qué estaría ella tan abstraída? No sabía por dónde comenzar (...). A él le hubiera gustado dominar su extraño estado de ánimo.

(...) Tal vez sus pensamientos fueran paralelos a los de él (...).

(Joyce, 1994, pp. 196-197).

Gabriel quiere saber qué es lo que su esposa piensa, qué es lo que siente; desea que sean los mismos pensamientos que él tiene. Pero a pesar de los años juntos los pensamientos de Gretta aún llegan a ser un enigma. Gretta está triste, su esposo le pregunta la causa y ésta se relaciona con una canción que han escuchado en una reunión familiar, es entonces cuando los celos se hacen presentes de la forma que el filósofo señala:

—Porque pienso en una persona que hace muchos años acostumbraba cantar esa canción.

(...)

La sonrisa se desvaneció en la cara de Gabriel. Una ira llena de tristeza comenzó a juntarse en el fondo de su pensamiento, y el melancólico ardor de su propia sensualidad comenzó a agitarse rabiosamente en sus venas.

—¿Alguien de quien estuviste enamorada? —preguntó irónicamente.

—Era sólo un muchachito al que yo conocía, llamado Michael Furey. Acostumbraba cantar esa canción The Lass of Aughrim. Era muy delicado.

(...)

—¡Ah, entonces estabas enamorada de él!

(Joyce, 1994, p. 198).

Los celos de Gabriel son suscitados por el recuerdo que su esposa tiene de aquel muchacho, pues éste forma parte de algunos mundos de Gretta de los que Gabriel no, de su pasado, el cual el protagonista del relato desconoce. Él desea profundizar en Gretta, explicar los mundos que se formaron lejos de él y que hasta el momento han estado ocultos. El amante sufre porque quiere compartir todas las experiencias del amado. La frustración de Gabriel es ocasionada por no pertenecer ni poder conocer por completo cada de uno de los mundos existentes en Gretta, por no haber compartido un pasado. Por esto los celos llegan más lejos en la interpretación de los signos del amor porque nacen por el deseo de desarrollar ese mundo: Gabriel ha llegado más lejos en el aprendizaje de los mundos de su esposa por los celos, pues fueron éstos los que lo llevaron a investigar. Él, al encontrarse con los signos del amor, indaga para conocer la verdad. Se ha buscado la verdad por esa especie de violencia de la que Deleuze habla: la que un signo ejerce al azar de un encuentro. Gretta, como signo, manifiesta otros como los gestos o actitudes, lo que lleva a Gabriel al desconcierto.

Gabriel cree que el amor de Gretta hacia él desaparecerá al recordar amores pasados. Los celos ven el acercamiento del fin del amor pues el amor como signo llega a preparar su misma ruptura, repite ese momento (Deleuze, 1970). Éste es el sentido de lo que se denomina una escena de celos (Deleuze, 1970).

Antes de que llegaran los celos, el protagonista quiere hacerle recordar a Gretta esos mundos de los que él sí forma parte. El pasar de los años no ha eliminado algún signo de preferencia hacia Gabriel ni eliminado algún rasgo de Gretta, por lo que él la sigue amando.

Una ola de felicidad todavía más tierna escapó de su corazón e inundó tibiamente sus arterias. Como la suave luz de las estrellas, algunos momentos de su vida matrimonial, que nadie sabía ni nadie sabría nunca, iluminaron su memoria. Él ansiaba recordar esos momentos con su esposa, hacerle olvidar esos años de existencia oscura, y que sólo recordara los instantes de éxtasis (...).

(Joyce, 1994, p. 193).

El amante, Gabriel, se alegra de formar parte de mundos que sólo corresponden a ellos dos, mantener alejadas a otras personas de esos recuerdos. El sueño del amante es que en el amado sólo existan mundos duales, así él conocería todos esos mundos que lo forman (Deleuze, 1970). De esta forma sucede en el relato, Gabriel busca un mundo privado, sólo compartido por él y su esposa y en el que no interfiera alguien más, que no se inmiscuyan personas correspondientes a los otros mundos.

El envejecimiento del ser amado es una redistribución de sus mundos múltiples de acuerdo con Deleuze, y así sucede con Gretta, según lo visto. Pero el signo del tiempo que se ha perdido para siempre lo emiten con mayor claridad los signos sensibles (Deleuze, 1970).

Los signos o cualidades sensibles son aquellos que aparecen en un objeto pero que son signo de algo distinto que se debe descifrar (Deleuze, 1970). Son signos materiales. La cualidad no aparece como parte del objeto que la tiene, sino como un signo distinto que remite a otra cosa, como si la cualidad envolviera el alma de algo más (Deleuze, 1970). Aquí la memoria interviene.

En “Una nubecilla”, Ignatius Gallaher refleja el paso de los años y puede ser considerado un signo sensible en Joyce. Él es amigo del protagonista de la historia, que es el pequeño Chandler. Ellos no se han visto en mucho tiempo:

Ignatius Gallaher se quitó el sombrero y dejó al descubierto una cabezota de pelo muy corto (...). Los ojos, de color azul pizarra, iluminaban su enfermiza palidez, y contrastaban plenamente con el naranja chillón de su corbata. (...) Inclinó la cabeza y con dos dedos compasivos acarició los pocos cabellos de la coronilla. El pequeño Chandler hizo un gesto negativo con la cabeza e Ignatius Gallaher volvió a ponerse el sombrero.

—Lo derrumba a uno —dijo— la vida de periodista (...).

(Joyce, 1994, p. 67).

Aquí, como sucede con todo signo sensible, Gallaher muestra un tiempo que se ha perdido para siempre con su deterioro físico, él se desempeña como signo. Esto sucede porque, según Deleuze, ver gente que nos fue familiar es una revelación y el tiempo se hace visible en los cuerpos.

Las cualidades sensibles son ambivalentes: en un principio producen gozo y después hacen sentir una desaparición dolorosa (Deleuze, 1970). De esta manera sucede en el relato, donde el pequeño Chandler se alegra con la idea de reencontrarse con su amigo al inicio porque los recuerdos de su juventud llegan por medio de Gallaher. Él remite a Chandler a otro tiempo.

El pequeño Chandler recordaba (y este recuerdo coloreaba de orgullo su rostro) una frase que Gallaher usaba cuando se sabía entre la espada y la pared.

—Descansemos un rato, muchachos. ¿Dónde está mi gorra de pensar?

Así era Gallaher en cuerpo y alma y, maldita sea, no había más remedio que admirarlo (...).

(Joyce, 1994, p. 65).

La alegría que los signos sensibles dan es la inmediata, como en este caso lo es; después el sentimiento de pérdida llega. La materialidad de Gallaher hace ver al protagonista que aquel tiempo de su juventud no volverá, que su sueño de ser poeta ha quedado frustrado: la materialidad vence a la sensación que ha venido del pasado por medio de la memoria. Con este vencimiento de lo material llega el dolor, y el descubrimiento o aprendizaje (Deleuze, 1970). Chandler ve a su amigo realizado como periodista y la tristeza se siente al mirar su propia realidad pues él nunca llegó a ser un escritor como lo quería en su juventud; ha quedado, en su visión, en una posición abajo de Gallaher y cree que su amigo no se merece la realización.

El azar de reunirse con Gallaher después de ocho años, de encontrarse con él en Corless’s rodeados de ruido y luz y compartir durante breves instantes aquella existencia errante y triunfal, alteraba el equilibrio de su sensible naturaleza. Sentía agudamente el contraste entre su propia vida y la de su amigo y eso le parecía injusto. (...) Chandler estaba seguro de poder hacer algo que fuera superior al mero e insignificante periodismo (...).

(Joyce, 1994, p. 72).

Al encontrarse con su amigo, Chandler nota el pasar del tiempo y tiene una revelación. Compara las vidas y se decepciona de la suya, de no haber podido triunfar a pesar de tener más talento que su amigo. La violencia de este signo sensible lo mueve a reflexionar, a buscar la verdad: “Sólo necesitaba que se le presentara la oportunidad. ¿Qué lo impedía? Su desdichada timidez” (Joyce, 1994, p. 72).

La revelación que Chandler recibe lo mueve para volver a su camino en el arte. Es aquí donde los signos del arte se notan de manera clara en James Joyce.

Los signos del arte son desmaterializados y encuentran su sentido en una esencia ideal, por eso son también llamados signos esenciales (Deleuze, 1970). Cada uno de estos integra a algún signo sensible, pero le da un sentido estético (Deleuze, 1970). El signo de arte no encuentra su sentido en otra cosa, por eso la memoria no interfiere porque la esencia es la unidad espiritual de sentido y forma (Deleuze, 1970). Como ejemplo Deleuze pone a la canción que se toca en un piano, pues se puede descomponer materialmente: cinco notas muy juntas de dos que se repiten constantemente. El piano queda como lo material, la imagen espacial, mientras las notas quedan como una entidad completamente espiritual.

En el cuento de “Eveline” y en el de “Los muertos” puede verse cómo un signo que tendería a ser esencial no lo es. Una canción en cada uno de estos textos, a pesar de ser música, es un signo sensible porque en él interfiere la memoria: su sentido no está en sí mismo, sino en otra cosa, en un recuerdo.

Eveline tiene un encuentro con un signo que es una canción tocada por un organillo.

(...) Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la canción. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de la enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana (...).

Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final (...).

(Joyce, 1994, p. 35).

La canción que es tocada por el organillo no puede ser considerada como un signo de arte porque no es captada en una unión de signo y sentido. Se trata de un signo material pues la expresión presente, la canción, y la pasada, la muerte de la madre de Eveline, tienen una misma cualidad pero son al mismo tiempo materialmente separadas. En la explicación de este signo interviene la memoria que le trae a la joven el recuerdo de su madre.

En “Los muertos” Gretta recuerda al joven enfermo por la canción que escucha en la casa de las tías de su esposo. El recuerdo que ella tiene el lector no lo conoce de inmediato, sino que sólo se entera en la conversación ya expuesta que ella sostiene con su esposo. El momento en que ella escucha la canción es el siguiente:

(...) Una mujer estaba cerca del primer descansillo, también en la sombra. (...) Era su esposa. Se apoyaba en la baranda y escuchaba algo. (...) Pero [Gabriel] no pudo escuchar más que el ruido de carcajadas y discusión de la puerta de la calle, unas pocas notas del piano, y algo de la canción entonada por una voz masculina.

(Joyce, 1994, p. 190).

El encuentro de Gretta con el signo (la canción) es expresado a través de la visión de Gabriel, desde su punto de vista. Este signo es sensible porque no vale por sí mismo para la mujer, sino que su sentido lo encuentra en una vivencia pasada, en un recuerdo: el de un chico que cantaba la misma canción, como se sabe después en el cuento (y ya mostrado en este trabajo antes en los signos del amor).

Como ya se dijo, en el cuento de “Una nubecilla” es en donde los signos esenciales se manifiestan.

Al atravesar el puente de Grattan, lanzó un vistazo hacia los muelles y las casuchas tristes le inspiraron piedad. Semejaban un grupo de vagabundos apretujados a lo largo de la ribera, con los viejos abrigos cubiertos de polvo y mugre, estupefactos ante el panorama del crepúsculo y a la espera del primer fresco de la noche que les obligaría a levantarse, despedirse e irse. Se preguntó si él sería capaz de escribir un poema que expresara esa idea. (...) ¿Podría escribir algo original? No estaba muy seguro de la idea que quería desarrollar, pero el sentimiento de que un momento poético lo había tocado cobró vida en él como una esperanza infantil.

(Joyce, 1994, pp. 65-66).

De acuerdo con Deleuze, cada signo del arte desvela esencias o ideas, las cuales le dan a la frase su existencia real, independiente de los instrumentos que los reproducen o encarnan. Chandler quiere ser capaz de transformar signos materiales, las casas, en arte para refractar una idea o esencia que lo individualice, pero duda de poder hacerlo. Él se preocupa por expresar “esa idea”, no la imagen, por lo que lo material (las casas) queda de lado y se centra en la esencia, que es el arte.

Cada artista expresa un mundo desde un punto de vista, que es la diferencia absoluta, es decir, la esencia (Deleuze, 1970). Por el arte se ven otros mundos, por lo que hay tantos mundos como artistas originales. Chandler se preocupa por la originalidad porque así se expresaría su mundo de manera diferente, esa percepción que tiene de las casas.

Las esencias tienen una realidad que se diferencia del sujeto que la expresa porque el artista no las crea, sino que las desvela (Deleuze, 1970). Aquí entra la inspiración de Chandler. En el fragmento anterior la encuentra en ese paisaje. Esta inspiración que él toma de las casas le revela un tiempo original. La inspiración llega de su observación de las casas, proviene de lo que percibimos con los sentidos, se toman de signos materiales.

Su preocupación es no llegar a la inmortalidad. Desde que encuentra a su amigo busca desvelar aquellas esencias que han estado sujetas a él: “¡Había tantos estados de ánimo e impresiones que él hubiera deseado expresar en versos! Lo sentí bullir dentro de sí. Trató de sopesar su alma para ver si era el alma de un poeta (...)” (Joyce, 1994: 66).

El alma de un poeta es la que contiene las esencias de forma cautiva (Deleuze, 1970). Si las esencias que constituyen al individuo son eternas el sujeto es inmortal por la estética (Deleuze, 1970). Chandler sabe que si no posee tal alma no podrá tener la diferencia absoluta en sus obras y al mismo tiempo no podrá ser inmortal. Desea tener una obra sobre esos sentimientos y esas casas transmutados para tener una esencia que los relacionara y lograr así el estilo ya que, como lo dice Deleuze, “(...) el arte es una verdadera transmutación de la materia. En él la materialidad está espiritualizada (...) para refractar la esencia, es decir, la cualidad de un mundo original. Y este tratamiento de la materia forma una unidad con el ‘estilo’ ” (Deleuze, 1970, p. 59).

Al final del relato, el pequeño Chandler no logra desvelar la esencia, por lo que su sueño queda frustrado de nuevo. Un signo mundano (la acción del llanto de su hijo) choca con él, y llega la desilusión.

Los protagonistas de los cuentos mencionados viven la mayor parte del tiempo con una ilusión, ellos no saben determinada cosa en determinado tiempo, como Deleuze lo señala en el protagonista de Proust. Los personajes dejan esta ilusión en el transcurso de la historia, es decir, con la experiencia, por eso la decepción llega en el desenlace.

El aprendizaje que los protagonistas logran se obtiene de determinadas materias. Todas estas materias emiten signos. Cuando los personajes descifran los signos de los que Deleuze habla, ellos descubren una verdad y llega la decepción.

Sin los signos mundanos el aprendizaje de algunos personajes de los cuentos de Joyce sería imposible ya que estos signos son los que logran la experiencia en los personajes. Sus vivencias hacen que ellos quieran encontrar la verdad en su pensamiento y en ocasiones que ellos actúen de alguna manera, tal es el caso de “Arabia”.

Este tipo de acciones, los signos mundanos, no pueden ser llamados lugares comunes dentro de la literatura porque su única función es denotar acción y pensamiento, y éstos deben aparecer en una manera de causalidad. Además suelen brindarle al texto verosimilitud.

La búsqueda de la verdad de los personajes surge del encuentro con algún tipo de signo pues así llega la duda en el pensamiento. Puede utilizarse como ejemplo Eveline, quien no sube al barco por su reciente encuentro con el signo sensible que es la canción, la cual le remite a la promesa de su madre. Aquí la búsqueda de su verdad se ensamblaría en su verdadero deber: qué es lo que ella debe hacer.

En cada uno de los signos sensibles de los que se hablaron hay en sentimiento de pérdida, pero sólo en uno aparece la ambivalencia de la que Deleuze habla, esto es el cuento “Una nubecilla”. Tanto en “Eveline” como en “Los muertos” el sentimiento de alegría no se hace presente, sólo existe el dolor de una pérdida. Cuando aparece el doble valor de este tipo de signos, en el caso del personaje de Gallaher, sucede lo que el filósofo menciona: el sentimiento triste se superpone a la alegría.

Los signos sensibles que se desprenden de música y que no entran en los esenciales tienen como particularidad que en ningún momento sienten placer en el arte, o en ese arte en particular. Esta podría ser la razón por la que la memoria involuntaria se activa y remite a la pérdida. En cambio, en “Una nubecilla”, el signo sensible no guarda relación con el arte pues es una persona, mientras que el esencial se desprende de una materialidad que no guarda relación directa con el arte como en el caso de los otros dos cuentos (se trata de música), pues aquí se trata de una visión de casas que el protagonista quiere transmitir en un poema.

Por otro lado, la decepción también llega en el amor. En “Un caso lamentable” y en “Los muertos” ésta llega por el desconocimiento de los mundos del amado. En el primer caso la decepción es completa porque no podrá haber un intento por continuar con el conocimiento, ya que la mujer que fue amiga del protagonista muere. La desilusión se da porque se han emitido signos engañosos, tal como Deleuze señala que la persona amada lo hace en el texto de Proust.

En el segundo caso la decepción se da porque la mujer que el protagonista ama no comparte los mismos pensamientos que su marido: ella piensa en lo que la canción le recordó mientras que el marido tiene pensamientos cariñosos. Al enterarse de por qué sus pensamientos no son paralelos, Gabriel, el protagonista, se encela y de esta manera llega a profundizar más en el mundo de su mujer pues conoce su pasado.

Los personajes en estos cuentos buscan la verdad por la violencia de un signo, como Deleuze lo indicia, no hay una voluntad propia que los mueva. Eveline no busca recordar a su madre, Gabriel no esperaba enterarse del pasado de su esposa, Chandler no busca que Gallaher lo haga sentir su sueño frustrado, etc. Sin embargo todos estos signos llevan a algún personaje hacia la verdad o los acercan a la búsqueda y así se llega con la revelación última a un aprendizaje que da la decepción.

 

Bibliografía

  • Chatman, Seymour (1990). Historia y discurso: la estructura narrativa en la novela y en el cine. Madrid: Taurus.
  • Deleuze, Gilles (1970). Los signos de Proust. 2ª Ed. Barcelona: Editorial Anagrama.
  • Joyce, James (1994). Dublineses. México: Ediciones Coyoacán.
  • Microsoft Corporation (2008). Gilles Deleuze en Microsoft® Student 2009 [DVD].