La artista y poeta catalana Felicia Fuster, que vivía en París desde 1950, falleció el pasado martes 6 de marzo en la capital francesa a los 91 años.
Fuster pertenecía a la generación de autores y autoras que nacieron entre 1920 y 1930 y que quedó difuminada por las circunstancias históricas que les tocó vivir, en la que figuran voces poéticas como Vicent Andrés Estellés, María Beneyto, Blai Bonet, Ricard Creus, Ràfols-Casamada o Jordi Sarsanedas.
Cuando en octubre de 2011 se inauguró en Barcelona la Fundación Felicia Fuster, se exhibió una muestra significativa de su obra plástica y de sus publicaciones.
Fuster (Barcelona, 1921) ingresó en la Escuela de Bellas Artes y Oficios Artísticos de la Llotja para ampliar sus estudios de arte, y en los años 40 expuso en la Galería Syra como uno de los novísimos valores del momento. Poco después ganó el tercer premio de la exposición del Museo de Artes Decorativas de Madrid, donde calificaron su obra de “claramente experimental”.
Pero la situación de España y la necesidad de Fuster de ampliar su mundo artístico la hicieron trasladarse a Francia en 1950, a los 29 años. Allí trabajó en agencias publicitarias y obtuvo una diplomatura en ciencias económicas.
La marcha aceleró, por un lado, la ruptura de lazos con los que deberían haber sido sus compañeros generacionales pictóricos o literarios, como Blai Bonet, Màrius Sampere o Jordi Sarsanedas y, por otro, acentuó la ausencia, la introspección, el vacío, la experimentación formal y los influjos de Paul Valéry. “Necesito libertad”, respondía sobre su abandono de la pintura figurativa en favor de referencias cósmicas en sus lienzos, con algún pespunte surrealista.
Su obra se interrumpió en los años sesenta, pero veinte años después retomó su trabajo con una perspectiva inesperada y con una línea formal y conceptual de abstracción pictórica que añadía una nueva visión cósmica enfocada en las filosofías orientales.
“A veces, la vida te envía una ventolera que te deja fuera del camino; y así me pasó a mí, el viento me sacó del camino que llevaba y me apartó de todo”, dijo entonces, agregando que quería que su obra fuera recordada “por el mensaje de libertad que da y de la superación de la soledad”.
Traductora de Marguerite Yourcenar y creadora de una fundación para ayudar a jóvenes huérfanos, en 1984 publicó el poemario Una cançó per a ningú i trenta diàlegs inútils (Una canción para nadie y treinta diálogos inútiles). Tres años después publicaría Aquelles cordes del vent (Aquellas cuerdas del viento) y I encara (Y aún), este último ganador del único premio que obtuvo, el Vicent Andrés Estellés. Siempre vanguardista a pesar de su poesía con un punto confesional, abordó la guerra de los Balcanes (Versió original, 1996) y entró en los haikus de la poesía japonesa contemporánea, de la que hizo una antología.
Fuentes: EFE • El País