Artículos y reportajes
Jesús en el cine y la literatura
El evangelio según Scorsese y Kazantzakis

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Tratándose del primer mito occidental tornado religión, la vida de Jesucristo no ha escapado de las particulares versiones literarias, biográficas, artísticas o cinematográficas parcializadas o exageradas, para absorber de modo esquemático toda clase de clisés y estereotipos. Hollywood ha creado para él todo un arsenal de películas, entre las que destacan Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray; La más grande historia jamás contada (1965) de George Stevens y David Lean (con Max von Sydow en el papel de Cristo); Jesús de Nazaret, de Franco Zeffirelli (1977) —donde Robert Powell logra transmitirnos una admirable interpretación de Jesús—y la muy efectista La pasión de Cristo (2004) de Mel Gibson, entre muchas otras. De las obras que escapan a lo previsible se sitúa La última tentación de Cristo (1989), de Martin Scorsese, justamente porque se sale de cualquier modelo previo. Se sirvió Scorsese de la novela del gran escritor griego Nikos Kazantzakis Cristo de nuevo crucificado para realizar una obra sobre la vida de Jesús, abordándolo como un hombre lleno de contradicciones; observando su relación de amistad con Judas, y de amante con María Magdalena.

Jesús se marcha al desierto a hablar a los desposeídos acerca del amor, a enfrentar y tratar de aclarar espiritualmente buena parte de los problemas morales y religiosos que acosaban tanto al pueblo israelí como al pueblo romano.

Lo más resaltante de la película de Scorsese es su estilo duro, despojado de la pátina sobrenatural que rodea a la mayoría de las producciones que se han realizado sobre el tema. Nada de nacimientos predestinados anunciados por Reyes Magos, revelaciones angélicas, o de presentar a un Jesús adolescente que sabe más que sus maestros. Nada de eso. Nos presenta Scorsese a un Jesucristo de carne y hueso (caracterizado por Willem Dafoe), muy humano y enfrentado a preocupaciones morales, que estimulan en él una responsabilidad hacia sus semejantes, hacia un pueblo oprimido por las fuerzas imperiales de Roma.

Willem Dafoe como Jesús (al centro), flanqueado por Víctor Argo, como Pedro (izquierda), y Harvey Keitel, como Judas (derecha)
Willem Dafoe como Jesús (al centro), flanqueado por Víctor Argo, como Pedro (izquierda), y Harvey Keitel, como Judas (derecha).

Jesús se halla acompañado de un grupo de humildes pescadores (en ningún momento presentados como apóstoles destinados a salvar a la humanidad) que le siguen porque ven en él a un líder que habla de cosas distintas, entre ellas el amor y la piedad, llamándoles a observar la autoridad de un nuevo dios (cuya naturaleza no se entiende muy bien), y discute siempre sobre estas preocupaciones con su amigo Judas Iscariote (interpretado por Harvey Keitel), quien lo interroga y cuestiona todo el tiempo, hasta convencerle de que sus ideas pueden brindarle reconocimiento en su comunidad y su país.

¿Por qué la última tentación? Porque siendo Jesús un hombre con vocación de fe, debe resistir a las tentaciones “mundanas” de la carne, el dinero y el poder; y por otro lado obligado a privarse de goces de la vida terrena como bailar, beber, tener sexo, poseer bienes o tener familia. Primero, Cristo se presenta a solicitar el perdón de la que había sido su mujer, María Magdalena (interpretada por Barbara Hershey), y debe abandonarla para cumplir su misión principal: el llamado a predicar amor espiritual. La última tentación se produce cuando Cristo, antes de morir, es inquirido por un ángel al pie de la cruz, y cede ante la propuesta que éste le hace.

La historia se desarrolla con la mayor sobriedad, a través de diálogos precisos y nada artificiosos (se les despoja de la artificiosidad retórica de lo religioso), una fotografía soberbia y una música de Peter Gabriel inspirada en el paisaje árido de Judea. La música es ejecutada en instrumentos como el violín doble, la flauta, la trompeta, címbalos, flauta, guitarra, bajos y una percusión de tabla hindú y tambores de enorme sobriedad que presentan todos una sonoridad seca, muy alejada de la música almibarada de violines y orquestaciones recargadas —de esas que solemos escuchar en tantas producciones hollywoodenses—, la cual sirve de apoyo perfecto para ambientar una historia ciertamente fuerte, de gran patetismo, pero que logra tomar distancia de tremendismos sangrientos como los que se aprecian en una película como La pasión de Cristo, de Mel Gibson, en la cual el acto de la crucifixión (un acto común en la época, practicado a ladrones y asesinos menores) se vuelve particularmente grotesco, por la enorme cantidad de azotes sangrientos que inspiran en el espectador una mezcla de lástima y repulsión. En el filme de Scorsese estos azotes no tienen mayor relieve; se llevan a cabo por el conocido desacato de Jesús a la endeble autoridad de Poncio Pilatos (interpretado por David Bowie).

Willem Dafoe como Jesús en “La última tentación de Cristo”No dejan de estar presentes aquí las conocidas acciones de Jesús de defender a María Magdalena cuando se la señala y se le agrede como prostituta; o la de descalabrar a los mercaderes del templo; enfrentar a las autoridades en Israel; entrar a Jerusalén y ejecutar esos hechos excepcionales que llamamos milagros, que justamente a partir de la aparición de Cristo la iglesia católica oficializó a través de su santoral. En efecto, aquí vemos cuando Jesús convierte el agua en vino, devuelve la vista a un ciego y resucita a Lázaro. Hace además votos de castidad frente a María Magdalena, luego de haberla visto recibir a numerosos hombres en su lecho de prostituta, en una de las escenas más osadas de la película.

La última tentación de Cristo no está basada en hechos sobrenaturales de la relación de Cristo con Dios, ni interesada en dar de Cristo una imagen de mesías redentor. Más bien apreciamos en ella a un hombre lleno de dudas que mira hacia adelante, guiado por la fe y por los sabios consejos de Judas, con quien hace un pacto secreto para planear su propia crucifixión, y expandir así la nueva fe a través de la sapiencia de los antiguos profetas. De modo que Judas no es ningún traidor (como nos lo presenta la versión católica de los evangelios), sino el mejor amigo de Cristo. Otras versiones de los evangelios —llamados evangelios gnósticos, apócrifos, o perdidos, supuestamente expurgados de la Biblia por la iglesia católica a través de las conocidas reescrituras de los llamados padres de la iglesia— han sido hallados posteriormente, y han puesto en jaque muchos prejuicios del cristianismo ortodoxo. Estos evangelios gnósticos son el de Felipe, el de Tomás, el de María Magdalena, el de Pedro y el de Judas. Este último, el de Judas, fue oficialmente presentado a la comunidad religiosa y científica mundial por un grupo de investigadores especialistas en el año 2006, y al cual pareciera estar asociado esta película. En este sentido Kazantzakis se adelanta, como buen visionario, a estos descubrimientos, y se agregan de modo irrebatible a las versiones conocidas de los evangelios de Mateo, Juan, Marcos y Lucas.

Pero volvamos a la película. Una vez planteado el pacto entre Judas y Cristo, Jesús se apresta a someterse al debido juicio y a la debida condena. Judas —por mandato de Cristo— va a decir a las autoridades dónde se encuentra Jesús, a fin de que vayan a apresarle. Jesús sufre de los debidos castigos, latigazos y humillaciones del caso, lleva su pesado madero hacia el Gólgota (sin atravesar el pueblo ni protagonizar el Via Crucis católico) y, una vez crucificado, ve desde la cruz a un ángel que lo mira desde abajo y le ofrece de nuevo la salvación.

El ángel extrae entonces los clavos de sus manos y pies, lo baja de la cruz y lo conduce a ver el mundo placentero que se extiende ante sí, mundo que incluye el derecho a tener una familia: ahí viene ya, se acerca deslumbrante María Magdalena, su gran amor, con quien se desposa. Pero Magdalena muere al poco tiempo y el ángel que siempre le acompaña le recomienda casarse con una hermana de Lázaro llamada María. Él así lo hace, para poder disfrutar de su prole.

Un buen día, ya muy viejo, Jesús se prepara para la muerte. Ya en su lecho de moribundo es visitado por los apóstoles, entre ellos Judas, quien decepcionado le reclama a Jesús su antiguo compromiso no cumplido; le hace ver que ha abandonado su juramento de morir en la cruz para poder encarnar la imagen de Dios; le hace notar el error de haber aceptado la oferta de aquel ángel, un ángel perverso; sin duda Satán que le tendió una trampa cuando estaba agonizando en la cruz.

Entonces Jesús se arrepiente; reconoce su error, se levanta del lecho, implora el perdón de Dios y le ruega le permita ser el Cristo de nuevo. Dios le escucha y entonces Cristo regresa a la cruz a cumplir con el papel para el que estaba predestinado. Al serle concedida esta gracia, Jesús experimenta la alegría mayor, el supremo goce, y éste queda expresado en ese preciso momento de profundo agradecimiento, antes de expirar en la cruz.

Willem Dafoe y Martin Scorsese
Willem Dafoe con Martin Scorsese, durante el rodaje de La última tentación de Cristo.

Después no hay nada más, ni resurrecciones ni transfiguraciones posteriores. Esta ha sido la propuesta de Kazantzakis en su novela, quien nos ha aclarado desde el principio que su obra no está basada en evangelios fantasiosos. Y es también lo que recoge y expresa magistralmente Martin Scorsese en su brillante película.

Después de calibrar una obra así, uno no puede dejar de reflexionar acerca de los monoteísmos seculares de occidente, trocados en poder económico y político, y del daño que han venido haciendo a través de sucesivas y perversas guerras, basadas en fundamentalismos religiosos como los que exponen el islam, el judaísmo y el cristianismo, creando una suerte de absolutismo religioso, precisamente frente al cual reaccionan, creo, el escritor griego y el cineasta estadounidense, empleando ambos una soberbia cualidad narrativa que hacen de estas obras algo único en la cultura del siglo veinte.