Sala de ensayo
Fotografía: Alejandro Ruiz
Fotografía: Alejandro Ruiz.
Una mirada a través de El Quijote

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El Quijote, en fin, es una síntesis extraordinaria del individuo y de la sociedad. Por otra parte, El Quijote inicia la novela moderna, lo cual bastaría para definir su grandiosidad. Todo lo que hoy nos deslumbra, conmueve o encanta en una novela moderna, todo, de una u otra manera, viene de El Quijote.

Alexis Márquez Rodríguez

Podemos afirmar que si bien Miguel de Cervantes no fue benigno con don Quijote en la primera parte de la obra, parece que en la segunda esto cambia un poco debido al tono desde el que escribe. Es un tono más grave, si se quiere más triste. Esto que afirmo queda patente en el prólogo de la segunda parte, donde prácticamente Cervantes adula intensamente al Conde de Lemos, protector y mecenas suyo. Allí podemos notar la excesiva necesidad de Cervantes, cuya hacienda se ha venido a menos con el tiempo. Su juventud estuvo ligada, paradójicamente, con el ideal heroico por medio de las armas. Cervantes fue un héroe, no hay duda de ello. Basta ver cómo Cervantes no ve con buenos ojos el verso de un mozo que dice algo como: “A la guerra me lleva mi necesidad, si tuviera dineros no fuera en verdad”. Quizá es el último escrúpulo de dignidad que le queda tras luchar por el Estado de España y por su Rey. No en vano don Quijote falla a favor de las armas, representación viva del pensamiento de Cervantes.

En esta aproximación que hago del Quijote, tomando como referencia el título del libro Aproximación al Quijote de Martín de Riquer, cabría señalar capítulos memorables como el de los galeotes, donde queda patente el ideal de la justicia y la reivindicación social del individuo. Debemos tener en cuenta que Cervantes pasó cerca de cinco años en presidio y conocía, mejor que muchos, los rigores de los calabozos. En su caso, de los calabozos argelinos. Su continua beligerancia a favor de los españoles y en contra de los turcos hizo de él un héroe dos veces probado. Una vez por la Batalla de Lepanto, donde queda manco; y otra, después de muchas negociaciones entre su familia y los raptores y carceleros de Argel, terminando éstas con éxito tras varios años de intentos de fuga y demás. Parece mentira que después de la experiencia de Cervantes, a raíz de años de vida valiosos y no del todo perdidos, éste llegue solamente a expresar como literato a través de su personaje más famoso, que los moros son sólo falsarios y embaucadores. 

Sin embargo, hay otros tantos capítulos los cuales, según mi primera lectura de la primera parte de El Quijote, son un tanto burlescos y paródicos, como el de la quema de la biblioteca de don Quijote y cómo sus amigos, el cura y el barbero, le sacan nuevamente el tema de las caballerías andantes después de que ha culminado una de sus primeras salidas. No podemos pasar por alto que en la época de Cervantes estos temas y libros de caballerías formaban parte del día a día, además de que todos se aficionaban a ellos. No obstante, todos sabían que eran ficciones, no más. De aquí que Cervantes tome el tema de la ficción, la verosimilitud, la hilaridad, tan en serio a lo largo de El Quijote.

Cabría mencionar algunos de los libros de caballerías que el cura y el barbero le censuran, a pesar de don Quijote, tales como: Don Belianís de Grecia, el Palmerín de Inglaterra, Tirante El Blanco y, por supuesto, el Amadís de Gaula. Digamos que aquí y a partir de estos libros comienza la falta de seso de don Quijote y el torcimiento de su sano juicio. Esta situación de locura de don Quijote será central en el libro cuatricentenario que lleva su mismo nombre.

A pesar de que don Quijote es un hidalgo, quiere superarse socialmente a través de la locura a un nuevo estrato social como lo es el de la nobleza, el de los Dones, como para igualarse o parecerse en algo a los Doce Pares de Francia, a quienes admira tanto. Quizás sea la representación de la situación particular, sobre todo económica, de Miguel de Cervantes.

A mi parecer es bastante interesante el asunto de la ficción literaria en El Quijote. Nos dice el narrador y hasta algún personaje que la historia de don Quijote fue vista y oída por el bachiller Sansón Carrasco en un mercado o bazar de tipo morisco, en plena calle. Según esta versión, se hallaron manuscritos varios folios o cartapacios en los que aparecía la historia, la verdadera historia, que así nos lo enfatiza el narrador, de don Quijote y hasta de Sancho.

El asunto del ser y del parecer juega un papel muy importante en El Quijote. A veces, a don Quijote le parece que los molinos de viento son unos Briareos o gigantes, muchos de ellos. Otras, le parece el yelmo de Mambrino una bacía de barbero. Recordemos también cómo Sancho saca a su señor de estas quimeras y le señala que son dos manadas de carneros los que don Quijote confunde con dos ejércitos en batalla. Esta cuestión del ser lo que se parece es fundamental para entender un poco el libro de Cervantes. En sus tiempos, el hábito sí hacía al monje. Es decir, como uno se presentaba y representaba nos daba la realidad acerca de nuestro verdadero ser. 

Mención aparte merecen los capítulos dedicados a la novela El curioso impertinente. Anselmo decide, a pesar de tener a una joya como esposa, fiel, casta y amorosa, tramar junto con su amigo Lotario su propia perdición; es decir, la suya y la de Lotario, juntamente con la de Camila, la esposa de Anselmo. Los tres terminan con la muerte, como cualquier otro mortal. Pero bajo circunstancias psicológicas extremas como la sorpresa, el voyeurismo, la psicología del trío, la traición, el fingimiento, la intriga, la deshonra y, por último, la fama. Fue la fama de Anselmo la que lo precipitó a la muerte, al suicidio. Igualmente cabría decir de Camila por la culpa de haber engañado al marido con su mejor amigo y haber actuado de manera tal que el esposo le haya creído su desvergüenza. Creo que, como un añadido a esta historia, está la sinventura de Leonela que, una vez que se entera de que su señora anda de aventura con Lotario, comienza a atropellar todo lo que de ella queda, como el recato, la posición social, la fama y la dignidad de señora, con bajezas tan sutiles y tales que la misma vileza queda corta para describir su actitud. 

La verdad es que no deja de asombrar el hecho de cómo El Quijote juega con la ficción. Sin embargo, es bastante verosímil, asunto éste que sirve para distraer y hacer más realistas las incongruencias entre la realidad y la parodia del imaginario caballeresco. Nos dicen que el manuscrito de El Quijote fue creado por un moro llamado Cide Hamete Benengeli, que suena como berenjena, cosa curiosa y seguro alusivo a algún símil gracioso que se ha perdido en el tiempo. Además nos dicen que Cide Hamete escribió la historia de don Quijote y Sancho Panza, luego otro moro fue quien tradujo del árabe las andanzas de don Quijote y su escudero. Entonces nos preguntamos, ¿quién ha escrito la historia de don Quijote? ¿Cómo será verdadera esta historia cuando nos dice el narrador que todos los moros son falaces y mentirosos? ¿Por lo tanto, qué no nos deja saber Cide Hamete o quienquiera haya sido el creador de la historia? ¿Bajo qué criterio de edición llega hasta nosotros la historia de don Quijote? ¿No es ésta la historia que nos dice el narrador fue conseguida en los anales de La Mancha?

Otro aspecto del libro que yo veo es que don Quijote y Sancho siempre terminan molidos a palos. Esta situación se da principalmente en las ventas y en las peligrosas andanzas de aquél con su escudero, siempre fiel a don Quijote y dispuesto a lo que sea por la promesa de su señor por una ínsula o condado. La forma en que don Quijote es armado caballero me resulta graciosa y de cierto modo grotesca. Asimismo, ambos resultan siempre, como se dice coloquialmente, con las tablas en la cabeza. Sea velando las armas o acudiendo a una venta, tanto don Quijote como Sancho terminan las más de las veces golpeados a porrazos, cuando no Sancho manteado. El manteamiento de Sancho me parece como una cicatriz psicológica o trauma, con la cual Sancho le estará recordando a su señor el peligro existente en sus aventuras o desventuras, como se quiera ver.

También conviene recordar la forma como don Quijote hace su primera salida. Sin que nadie lo sepa, a oscuras, éste sale por el lado trasero de la casa de su ama y su sobrina. Esto nos remite a una realidad anacrónica del caballero trasnochado, que sale a desfacer agravios y enderezar entuertos ante la pérdida de la razón del personaje central de esta tan gloriosa y grande historia. Además, le pone Rocinante (Rocín-ante) a su caballo, cosa ésta curiosa y, por supuesto, paródica, ya que un rocín era un caballo de buena sangre y ante significaría preexistencia, proveniencia y preeminencia. En este sentido, el nombre de su cabalgadura hace de don Quijote alguien de mayor linaje, puesto que un buen caballo era obviamente una posesión importante para un caballero. Yo veo aquí un paralelismo con aquello de ser o no don Quijote un cristiano viejo. Además, esto de la genealogía limpia de enturbios moros y, sobre todo, judíos, era motivo de regocijo, nobleza, honra y hasta buena fama en la época de Cervantes. Aludía sobre todo a los abuelos y bisabuelos de épocas anteriores a la de Cervantes, debido a que en 1492 fueron expulsados definitivamente los judíos de España, y era entonces motivo de honra tener un linaje y una sangre “limpia”.

Pues bien, ahora permítaseme hacer algún breve comentario acerca del capítulo en que don Quijote se prepara para hacer su tercera salida. El cura y el barbero van donde la casa del ama y la sobrina de don Quijote y allí, siempre para comprobar el estado psíquico de su amigo, le hablan acerca de la caballería andante, tema en el cual se siente don Quijote a sus anchas, tal como si fuera pez en el agua. El barbero, al escuchar de don Quijote tantas y tan nobles razones acerca de la política de su rey en cuanto a los turcos se refería, comienza a echarle un cuento que según él, va como de molde, como si a don Quijote no le gustaran los cuentos. Este capítulo de El Quijote asombra por la comparación a la que se ve sujeto su protagonista, ya que termina el cuento con un loco licenciado, licenciado menor y no por Salamanca precisamente, que logra engañar al capellán diciendo que él ha sido recluido en un sanatorio o casa de locos porque las muchas riquezas que él tiene son el objeto de la codicia de sus familiares y amigos. Lo cual, como se verá más adelante, es muy gracioso pues gracias a las cartas de este licenciado dirigidas al arzobispo, éste accede a llevar como embajada a su capellán, hombre que a su vez y al igual que el mismo arzobispo es engañado por los muy discretos razonamientos de este licenciado. Termina el cuento ya cuando éste persuade al capellán y así, de este modo, persuadido de sus razones tan lógicas y sobrias, el capellán termina hablando con el jefe del sanatorio para que le dé de alta. Pues no bastaba con que el licenciado fuera a despedirse de sus compañeros locos, ya casi de salida, sino al despedir a uno, sale otro bastante iracundo y lo interpela de manera inquisidora, sorprendido porque el licenciado fuera objeto de esa gracia de Dios, que era la de salir del sanatorio y por cuerdo además. Le dice el interno al licenciado algo como esto:

—Si tú has de salir de aquí por cuerdo, yo que soy Zeus el altitonante, dejaré de llover desde el mismo momento en que pronuncie estas palabras.

A lo cual el licenciado, cayendo a su verdadera condición, o ahora sí pareciendo quien es, se puso a decir también:

—Que si tú eres Zeus el que truena y no quieres llover pues yo que soy Poseidón le daré órdenes a la naturaleza para que se desate una tormenta, llueva a cántaros y no pare más, a ver quién es más poderoso.

De esta forma el capellán decidió conjuntamente con el jefe del sanatorio dejar el alta de este licenciado para otro momento. Digamos que éste es un capítulo de mucha gracia e ingenio donde Cervantes sabe cómo parodiar a su propio personaje. Casi es motivo para que don Quijote se sienta ofendido.

En otro capítulo, el de la Cueva de Montesinos, don Quijote tiene la ilusión de haber pasado tres días con sus noches dentro de ella. Sin embargo, Sancho y el primo le creen por haber estado encantados con el mismo Montesinos, amo de la cueva y de quien toma ésta su nombre. No obstante, para Sancho Panza y el primo ha pasado poco más de una hora. Don Quijote, mientras está unos doscientos metros debajo del suelo, que son cien brazas, logra percibir un palacio y a un hombre, Montesinos, con una barba más baja de la cintura, y les cuenta a sus amigos a la subida, todas estas cosas vistas y oídas por él, como por ejemplo una tumba majestuosa con un hombre de carne y hueso y cómo le han impresionado sobremanera las danzas de las doncellas en actitud de luto ante el reposo mortal de Durandarte, y cómo, a través del encantamiento de Merlín, Montesinos había cumplido su última voluntad, que constaba de sacarle el corazón, salarlo y entregárselo a la amada de Durandarte, Belerma. Todas estas locuras de don Quijote de leer tantas novelas de caballerías.

Nos faltaba comentar brevemente el capítulo de Dorotea y cómo se ve desengañada, buscando que se le restituya su honra, perdida por los ardides de don Fernando, quien a su vez le quita la mujer a Cardenio, Luscinda. No cabe duda de que el culpable de toda la situación es don Fernando; sin embargo, Cardenio y Dorotea, quien será conocida paródicamente como la princesa Micomicona, entrecruzan algunos datos y se dan cuenta de que han sido burlados por la misma persona. Creo que éste es un momento de verdad fantástico en El Quijote, pues Sancho, sacando provecho de él, le mete a ella por los ojos a don Quijote, quizá dudando de la existencia de Dulcinea, que todos sabemos es una más de las alucinaciones paródicas y burlescas de don Quijote y de la obra homónima de Cervantes.

A pesar de esto, tiene que recurrir a ella, pues siendo caballero le faltaría una dama si no recurriera a Dulcinea del Toboso. Invención suya o no, Dulcinea es el motor de don Quijote ante el peligro y las adversidades del camino y aventuras caballerescas.

A continuación un fragmento del capítulo III de la segunda parte, donde queda manifiesta la intención de Cervantes, tanto de hacer historia como de cantar las hazañas de su protagonista don Quijote.

—Ahí entra la verdad de la historia —dijo Sancho.

—También pudieran callarlos por equidad —dijo don Quijote—, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. [Nota mía: creo que si siguiera con una extensión mayor en este ensayo redundaría, como dice don Quijote, en menosprecio del señor de la historia, que no es sino él mismo]. A fe que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.

—Así es —replicó Sansón—, pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.1

Por último, conviene hacer breve comentario del capítulo del barco encantado, en el cual, una vez más, don Quijote confunde, entre la creencia de encantamientos y sabios encantadores, las aceñas con una fortaleza, y piensa de esta manera que le ha sido reservada la suerte de dar con el oprimido, el débil o desvalido que allí se encuentra para rescatarlo. Aquí hay dos cosas que señalar: una, la exasperación de don Quijote y su resignación ante lo que él cree no puede hacer más. La otra, el peligro de muerte en que se ven don Quijote y Sancho. Al menos yo, no había visto a don Quijote lamentarse tan triste y resignadamente diciendo: no puedo hacer más. Parece como una colisión entre su mundo fantasioso e idealizado y la realidad o el mundo que le rodea verdaderamente.

Tras una larga retahíla de conceptos propios de astrónomos y navegantes, don Quijote le recrimina a Sancho su gran cobardía, que no es otra sino el temor a la muerte. Le dice: “Cobarde, ¿por qué tiemblas?, mente de mantequilla”. Sancho se encomienda a Dios, haciendo plegaria y santiguándose ante la locura de su señor don Quijote. Sancho le dice a éste: “¿No ve vuesa merced que no son palacios ni fortalezas sino aceñas, las que dice que han trocado en apariencia?”.

 

Nota

  1. De la Poética de Aristóteles. Sin embargo, parece que Cervantes también compartía esta idea.