Por la época del sueño en un mundo futuro gobernado por los trabajadores, los compañeros de la Federación me encomendaron llevar un paquete de propaganda sindical a los campesinos que habían invadido unas tierras bañadas por el caño Carate, cerca del pueblo llamado Tierrasanta.
—Debes preguntar por el compañero Abigail, que es la persona que vino a solicitar ayuda a la Federación —me dijo Carlos Potes, quien era el secretario de asuntos agrarios del comité ejecutivo. Y quien —dicho sea de paso— se moría de las ganas de ponerme a prueba para saber hasta dónde llegaba mi valentía y mi compromiso con la causa de los humildes y al mismo tiempo castigarme, con el mal rato que sabía yo iría a tener, las continuas y mordaces críticas que yo hacía a la línea economicista que el comité seguía en el seno del movimiento sindical.
El viaje lo hice en bus hasta el municipio de Buenavista. De allí hasta Tierrasanta me monté en un campero destartalado que, una vez completaba el cupo de pasajeros, hacía el recorrido por un carreteable en mal estado que a ratos amenazaba con desbaratar el vehículo y que desde una de las colinas se veía como una línea de arena dividiendo los inmensos pastizales abandonados a la buena de Dios por los propietarios de la región. Por esta razón llegué tarde, como a las cuatro, y lo primero que hice en el antiguo puerto fue acercarme a la tienda de misceláneas para comprar algo de beber y de comer y de paso preguntar por la vía y medios para llegar a la parcela del compañero Abigail.
La tienda, a pocos metros de la albarrada, estaba en una casa de mampostería que, no obstante el deterioro del tiempo, aún conservaba la elegancia de su pasado. Los muebles de la tienda y de la sala contigua parecían una exposición de antigüedades y nada, ni siquiera la nevera, que era a gas, tenía el sello de la modernidad. Las demás edificaciones de esa calle y las situadas a la orilla del caño, eran de la misma arquitectura republicana. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese recodo cordobés para testimoniar la existencia de una época de esplendor comercial que empezó a declinar con la carretera.
La señora que me atendió —fiel al entorno— conservaba el vestuario, el acicalamiento y las costumbres de sus mejores galas. De tal vez sus añorados bailes en el club campestre de Ayapel. O de sus viajes bailables por el río en los buques de antaño que hacían el trayecto hasta Magangué. Y pensé entonces en el gran parecido de lo que observaba con las casas y la calle de la albarrada del Calamar que conocí por los años cincuenta y con los vestidos y las fiestas de mis primas Vélez en la Cartagena de esa época, y concluí que la señora de la tienda era una figura de museo que guardaba en vivo para la historia la elegancia, la altivez y el orgullo de esa clase aristocrática y comercial ribereña venida a menos y que en su caso, gracias a su tenacidad, se resistía a desaparecer.
—Usted debe ser sobrino del señor Jana —me dijo, seguramente por mi tez blanca, mi rostro fileño y mi apariencia de buen hijo de familia. Yo asentí con la cabeza para ganarme su confianza y para disimular el temor por estar en tierra extraña tratando de cumplir una misión sindical que no deberían mirar con buenos ojos los terratenientes de la región.
En el momento entró a la tienda un hombre con facha de capataz que respondía a la fisonomía que me había descrito Potes como la del personaje siniestro que perseguía a los campesinos que habían invadido tierras de los arroceros; y la señora le preguntó si el camino para llegar a la parcela del señor Abigail estaba bueno. El hombre le respondió: “Está completamente inundado y solo se puede ir a caballo... y partiendo a esta hora se llega de noche”.
Ambos me miraron de arriba a abajo mientras consumía la Horchata en botella, el pedazo de panela y la galleta de limón que había comprado; y el señor, como si hubiera entendido mi situación, me dijo: “Mire joven: Si usted no conoce el camino de las parcelas, mejor no vaya porque lo más probable es que se pierda o le pase algo peor. Porque aparte de las culebras, que las hay por montones, hay lugares en donde el agua tiene dos metros de profundidad”.
—Lo mejor es que vuelva cuando haya bajado el nivel de las aguas —agregó la señora. Y reparó en el paquete pequeño que yo llevaba debajo del brazo izquierdo—. Pero si usted quiere yo le puedo guardar el paquete a Abigail, él viene cada dos o tres días por acá a comprar las cositas de su rancho.
Sin dudarlo, le respondí: “Como no, señora, gracias. Me hace usted un gran favor y no pierdo el viaje...”. Al entregarle el paquete y para disipar dudas, le dije: “Creo que son los documentos de propiedad de la parcela del señor Abigail que le manda el abogado”. Entonces decidí regresar a Buenavista a esperar el paso de la flota de Medellín no sin antes pasear por la albarrada y recrear en mi mente los buenos tiempos de ese brazo navegable ahora en el olvido, imaginar los tiempos de esplendor de los comerciantes de esa calle, a quienes imaginaba atendiendo sus negocios igual que lo hacía mi tío Luis Vélez en la calle del Arsenal de Cartagena, y a pensar entonces que el progreso, esa meta infinita que todos defienden, era cruel hasta con las personas que lo representan. Finalmente le escuché a un anciano que encontré en una de las escalerillas del puerto, el cuento del buque fantasma que se negaba a abandonar las aguas del caño, y comprendí que las leyendas no eran otra cosa que el vestido que los pueblos le ponen a sus frustraciones para cubrir de misterio y fantasía su desencanto.
Cuando estuve de regreso en Montería, contento por haber cumplido la misión sin necesidad de exponer mi vida, le conté a mi mamá la parte buena del paseo y le escribí al compañero Potes un breve informe en el que le decía que muy a pesar de que no sabía montar a caballo, de que no sabía nadar, de que le tenía pavor a las culebras y de que no conocía el camino hacia las parcelas, le había entregado al compañero Abigail el paquete con la propaganda y las instrucciones de la Federación de Trabajadores.