Letras
Dos textos de Materia desnuda, en preparación

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Tres atardeceres

Un atardecer rojo sangre sobre los refugios marineros al cabo de siete jornadas por el desierto; un atardecer sobre las casas extendidas más acá de las grúas, bajo el vuelo de las gaviotas. Los que llegarán, en un momento, tendrán, como todos, hambre y sed, los ojos casi blancos y las carnes quemadas. Y, como todos, insultarán y fumarán tabacos, contarán historias reales o imaginarias, devorarán cuanto habrá en los platos, beberán con avidez el vino.

Un atardecer blanco sobre una costa festoneada rozada por la espuma; un atardecer sobre un ámbito vasto y vacío que pareciera aguardar la génesis: moho en alguna roca, luego del moho, una planta y en la planta una flor y después el fruto y una y otra boca, la de él y la de ella, mordiendo y saboreando el jugo azucarado.

Un atardecer gris, mezcla de llovizna y ceniza, sobre un montón de tumbas dispersas; delante de alguna tumba alguien preguntándose: ¿Y tu garganta, tu voz, tu presencia de gracia retejida, de salmo?

Todos dormirán, dentro de un rato, cuando se haga de noche. De regreso al útero, al vientre de una ballena hacia el lado izquierdo del mundo, envueltos en piel de manzana, en muselina.

 

Segunda edad diluvial

...las narices henchidas como copas,
sin porvenir, sin recuerdo...

Nietzsche, Ecce Homo.

A la hora del azafrán servido en jarra lunar, justo en la renuncia de todo clero. A la hora del toque largo, la cámara dispuesta en sucesivos filtros tendidos hacia el rojo. A la hora de la figura por mano alzada, nerviosa, feliz con su vanidad que no es vanidad sino modo de la sed. Entonces hay brindis al borde de la sábana, tapiz con nenúfar, metal fundido que se derrama en el fondo y sube por las raíces. No queda yo fui, yo pude ser, yo seré, el inmenso cartel sostiene yo soy y cada uno es, tumbado o vertical, médula de un sueño, con rúbrica.

¿Dos? ¿Más de dos? ¿Quiénes? Se amplían en intensidad, se reducen a alas de langostas frotadas como música. Pero se amplían y por el ancho canal acuático envían cartas sin grafismos, sónicos silencios bruñidos por un Cellini que ansía vender su arte por un vaso de vino, un bizcocho.

Quisieran exponerse así, tal como están, en el mercado de frutos, en claustros aligerados de ciencia, invadidos de pronto, sin previo aviso, por bestias arrogantes, enjoyadas.