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Préstamos de sofá

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Sí, vinieron. Te pones pesado con los correos. Ya están aquí desde el lunes y duermen en el sofá cama. Nos contaron sus vicisitudes innecesarias —porque dinero de casa se nota que no les falta— para atravesar Europa, con ese aire inspirado de las experiencias reveladoras que tanto emboba a la Patri. Se pasaron sus tres horas comentando sobre las figuritas de nuestros viajes, diseminadas por la casa, aquel tentetieso bailarín con faldones turco, la máscara nariguda del Sudán, los platos austríacos, los quipos peruanos. Se fliparon con las alfombras marroquíes. Desplegaron dos entre el dormitorio y la salita y se entretuvieron en clasificar el número inexacto de formas repetidas o aproximadas en el tejido lo menos tres cuartos de hora. Luego su valor esotérico posible, por lo que entendí en inglés. Yo me muero si no es que me pongo la tele tan normal a mirar el fútbol y a hojear la novela de Paul Auster que empecé y parece que me tira. Bueno, la Patri me la aconsejó, la tía más leída de la tierra. También me entretuve en producir no siempre de reojo un hilo que iba revistiendo el culo de cachetes alargados de la americana. También las tetas son del tipo calabazas despendoladas. En general es un modelo físico de tía muy desaforada y reventona, casi obscena a pesar de toda su educadísima afabilidad. Se ríe con carcajadas explosivas, medio ahogadas y regurgitantes. Así se ríe mi tía la del pueblo, yo qué sé, no una chavala de 24. Por otra parte, te parece estar viendo una película cuando cuentan algo: no hay expresión, no hay gesto que se ahorren y de forma expansiva, aunque dolorosamente melificada. Sonríen a las interrupciones habituales en una charla con una cortesía que a lo primero parece de cartón y resulta si te quedas con la cara que es intrínsecamente carnal, visceral. Y al mismo tiempo, tócate los cojones, de un finísimo compromiso. Dice la Patri que soy gilipollas y ya estoy sorbiendo los modos de la gente como si fueran cabezas de langostino. Que eso es porque son americanos, que les sale la independencia y la civilidad por cada poro de la piel. Que nosotros los de Puerto Urraco no entendemos de libertades más que la anarquía bestial, ni siquiera ideológica, o la de la iglesia. A mí la verdad es que me la suda.

Estuve luego hablando con él. Voy a ir cortando. Con mi inglés parecía una operación en vivo en que el cirujano insensibiliza al paciente por la palabra. Es la misma hipereducación que te he dicho antes. Y el interés interpretado. Le conté sobre el curro en el banco y luego otras aficiones. Me miraba con unas pupilas enternecidas que afloraban desde bosques de secuoyas, claro, olorosamente inclinadas y vírgenes. Las mejillas suaves se paraban al callarse como si estuvieran acostumbradas a recibir la tibieza inmediata de siete caricias visuales patrocinantes (la hermana, el abuelo...) y no quisiera estorbarlas. Angustiosamente, casi irrealmente estáticas y seguras. El jersey se le recoge cuando va en busca del vaso, descubriendo la muñeca, como traicionero. Me hace gracia que para él una mirada o palabra o evolución de los gestos y la postura que le descolocan, y me entretuve en producir varios a posta, no son cosa mía, o de él que se ponga nervioso sin razón, sino como fallos incomodantes en el programa de la conversación que alguna negligencia ha permitido que se filtraran. En todo caso no corresponde a nosotros, y mucho menos a él, corregirlos, como mucho soslayarlos.

Venga. Vaya viaje. Dos mails ha hecho falta.

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Hola.

Estoy por el capítulo cuatro y me he dado cuenta de que hay una novela dentro de la novela. Además cuenta crímenes contra niños y gente indefensa que se ve que se basan algunos en casos reales. Es rabioso que puedan pasar cosas así. Me he estado un rato solo en el balcón, pensando. Los americanos se irán el martes, dice la Patri, que es la de las amistades traspilladas por Internet. Para luego ya se alquilan algo.

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Han sido días inconexos y como desparejos. Yo reposaba del esguince, pero me iba un rato con el Ricard, ya sabes, a jugar con la play, la pava se quedaba en el cuarto hasta las doce o más, luego pululaba dos minutos y volvía a encajarse, la Patri trabajando, y el chico con sus siete u ocho libros que trae en inglés, porque es filólogo, creo que dijo. Los hojea rondando por la salita con una liviandad de animal abstraído y lector. Se sienta en el sofá cabalgando una pata en el brazo, sin preguntarme si puede. Abre el balcón y se acomoda así en plan guarro en el suelo sin apartar un momento los ojos del libro, o como mucho mira con vaguedad expeditiva, planeadora sobre el piso, como el recóndito sosiego con que pasa esos ratos. Yo le miro, me deja, forma parte de su rol, digamos. Lo digo porque yo me pongo el eurosport, aunque en silencio, como un primer regalo no rehusado, sino agradecido sin palabras en la blandura de sus mejillas, y me dedico a fijarme en sus rasgos bostonianos, que respiran confiados a este aire del Clot por el tesoro de una familiar protección eficaz (no es que tenga que estar bragado, pero...); y yo así hurgando cada vez con menos manías y él inamovible, terminando y pasando sus páginas. “Qué es”. “Cummings”, me ha dicho o algo así. “¿Lo has leído?” (todo en inglés). “No, no”, le he contestado haciendo rebotar la palabra como sorprendido e interesado, con un parpadeo bobo. Me parece que cree que admiro sus hábitos.

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Bueno... Ayer a la madrugada me levanté por una cerveza.

Pero, mira, las noches nos hartamos a conversaciones en plan selecto y reflexivo. Citan a dios y a la madre. Yo les sigo por encima, porque fuera de mi carrera paso de flipadas, y la Patri, que se funde de correspondencia cultural-espiritual, me va aclarando, mientras ellos nos miran como escudriñando en nuestra compenetración o hablan aparte. La charla iba entrando en directores de cine. Tres caladas al ducados y la americana levanta una pierna, encogiéndola, con serenidad felina, y planta el pie en el asiento. La piel se estira sudorosa y también algo grasienta. La carne del muslo se pone a reventar, con un celador triangulito rosáceo propuesto por el pantalón donde la ingle. El pie furioso de sinuosidades. El tío justo entonces, medio de un salto, se levanta.

Y es que antes a la tarde la chavala se había largado, a la Patri le tocaba esta semana la limpieza del piso y yo forzaba los fallos en el programa de nuestra conversación con él. Dejaba la vista muerta en el bajo vientre, en los muslos, disimulaba mal haber estado mirándole el culo si me daba la espalda un momento, la cara con ese relajo plano, indicativo, luego, como el que nada, un rascamiento-masaje en la polla, que ya la tengo hinchándose de sangre y al mismo tiempo pensando en cómo aportaría yo también con ella mi grano de seguridad a esas mejillas que ahora apenas disimulan el abandono de los nervios a mi iniciativa. Ya parece que los fallos han resultado ser otro programa, quizá más coherente que el anterior. Separa las piernas como en guardia y sé que en el fondo entrañable del recto está ya temiendo tanto como necesitando el fogonazo incógnito que le comentaba Burroughs a un Ginsberg frustrado en ese detalle de su mariconería (me lo había contado él hacía dos horas, chaval más tonto).

Pensé por un momento que ya. Me centré en los labios, la erección fue casi completa. Imaginé que entonces él iría al balcón (la Patri en la otra galería) o al lavabo (pretexto mío cambiarle la toalla) o a su cuarto (mejorar mi inglés con su W. Irving de americano en Granada) y meneo sin contemplaciones y tendría que responder bien, al menos para diferirlo a un momento más seguro. Pero no se mueve. Al final va al lavabo y vale, tío, ya está, pero el cabrón arruga bestialmente aquellas mejillas a mi mirada aceleradamente voraz. Y me corta, joder. No me atrevo a desclavarme del sofá. Me paso el segundo artejo del dedo índice en horizontal por los labios. ¿Más tarde?, pienso. Puede, pero te aseguro que ya estaba en el extremo y se ha negado atentando contra todo lenguaje, inhumanamente. ¿De qué va? Todavía ha tenido la cara de volver a sentarse y querer seguir, pero ya tenso como un estúpido. Me he largado bastante en seco, me le he pegado a la Patri y nos ha faltado tiempo para meternos a follar en el cuarto. Con los viajes que le he metido esperaba que gimiera, pero se ha empeñado en contenerse.

El caso es que a la noche el tío se ha levantado, un gesto más pensado que reactivo, cuando ella ha encogido la pierna. Creo que ha sido porque me ha visto un salto simultáneo en el tenor de los ojos, que él entendía que era para sí, aunque en verdad era para su novia. La Patri, que no es nada tonta detrás de las gafas, se me ha vuelto, pero yo la he conformado manteniendo fríamente de perfil un dejo discreto de deseo comprensible, aunque ya con la vista en otra parte: el muslo de una tía bastante buena, me lo miro un momento y nada más. Pero ya digo que él ni siquiera lo ha cogido por ahí. De hecho la americana se ha quedado igual, así a simple vista. Lo que le pasaba a él es que se ha acordado de la tarde y luego, bueno, de un roce con el pecho que he forzado un pelín al cruzarme a las ocho por el pasillo, ya ves tú. Ha preferido centrarse en los directores. Estaban con un tal Peckinpah. He murmurado un bueno medio irónico cuando me han dicho los años en que filmaba. Alguien ha comentado, puede que haya sido la Patri o el americano, no sé, porque ella parecía despertar de un somnoliento raciocinio sopesador, mirándome las manos, con ojos insoportablemente inteligentes, se ha dicho que siempre anda por sus películas la infidelidad de la mujer como una comadreja ominosa, sórdida, denigrante para ella y humillante al máximo para el hombre, y también más enrabiadamente vital de lo que puede entender él con sus valores algo lentos de reflejos, aunque acaben prevaleciendo. El tío, inocente y galante con moderación, ha contradicho una visión tan descalificadora, uniéndose a la chica con una sonrisa desde sus dos metros de distancia y abofeteándome a mí un poco en mis intimaciones. Ha apostillado que ese director más bien trataba el sexo y la infidelidad como otra forma más de violencia y no el fondo turbio de la mujer. Me ha parecido que disimulaba suplicarme, queriendo hacerme razonar una tregua. Dos tazas (de infusión) ha traído justo entonces la Patri. Me he sonreído como sin darme cuenta.

Cuando iban por Los otros y Todo sobre mi madre la chavala notó que se había quedado fumando ella sola. Yo le aseguré que no pasaba nada, que podía estar fumando toda la noche. Entonces ha sacudido la ceniza ladeando edulcoradamente la cabeza un poco como si le doliera algún músculo íntimo del cuello o lo que yo le he dicho.

Bueno, hostia, tío, son las seis y tengo que ir a trabajar. Ya a la tarde.

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Sí, aquella misma noche, luego a las dos de la madrugada, saqué la cerveza de la nevera, ya media. Me había zafado bastante bien de la pierna de la Patri, que se me trenzaba al tronco, caldeándose en el sueño enfurruñada. Antes de meternos en la cama, mis ojos habían recibido una llamada súbita hacia el doble volumen apretado de las tetas (qué atracción por ahí siempre), que me pedían, afiladas por la ración reciente de costo (de porros, quiero decir), que las amortiguase. Como fuera, otra vez, que las amortiguase con el pecho o contra el colchón. Sé cuánto significa ese tirón de ojos, podría creer hasta en la telepatía, una telepatía de feromonas y gelatina de cariño partida. No, yo también estoy mareadillo, le pienso y ella, por disimular mi desaire, busca otra cosa en la habitación que le atraiga creíblemente la mirada: los pomitos del armario o las cortinas. Y no quería (me le callé) porque esta abstención me iba a dar esa pesadez del deseo, medio torpeza, que podría servirme un rato más tarde en la salita como falso reflejo de una pasión más delicada, más inocente. Si es que hacía falta, porque veía acceder a la americana con una actitud dubitativa y traviesa que crecía en abandono consciente y adulto. Mientras él, durante la emporrada, seguía teniendo suficiente con evitarme, ella se había ido decantando como si solo me tomara el pelo.

Coloqué definitivamente luego, a las dos de la madrugada, en la estantería la novela, con sus miserias y sus puñaladas inhumanas entre unos y otros. Me afectan esas cosas. Sabía, sentado en penumbra en el sofá, que alguna salida tenía que hacer. Al final la puerta, un chispazo en la aorta, un goloso asomo medio olvidado de timidez paralizante. Ahora estaría bien que fuera él. Soy capaz de no tener miramientos. Pero es una cara más dulce, más azucarada en rasgos. Husmea el pasillo y nos chocamos plácidamente las miradas. Sonríe, con la normalidad sencilla entre invitada y huésped. Farfullamos las recíprocas lenguas. ¿Water? Yeah. Yo te ayudo. Sé que, al precederla, me convierto de pronto en carne fragante, entre sombras, para comer. Bajo la luz filosa, casi de quirófano, de la cocina, las formas de los dos, con la ropa justa y casual, son obligadas a producirse en crudo, chillando silenciosamente la intención. Las hormonas del páncreas, horrorizadas y punzantes, mezclándose con las reproductivas, sugerentes y relajadas, bombean por el cuerpo una lava de inseguridad, de deseo descarnado y extremo. Yo también, a dos metros de ella, que estaba junto a los vasos, he querido agua. Entonces sí, he sabido que su naturaleza me esperaba ancha, descarada y ovulando. Me la morreé contra el mármol, fundiéndome en la media sonrisa gutural con que me acabó de recibir. La repasé toda ya, usurpé lo antes posible el derecho que se me daba a tocar esa carne, empujando el sujetador hacia arriba, metiendo la mano hasta bañarla por debajo del pantaloncito de algodón. Ella para conformarme por entonces me dio un apretón en la polla, también consumando su derecho. Porque Pete (su novio, el amigo), me dijo, está levantado y seguramente salga. (¿Qué me importa?) Sí, vale... Sí, joder, último morreo.

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Ya ves, ser estudiante de posgrado en filosofía y conversar bastante bien en dos o tres encuentros casuales de escalera es suficiente para dar el pego de legal a una tía de la misma cuerda, como es la Patri, que por su lado también ha hecho de las suyas. Casa del Ricard, dos pisos arriba, sagrado de iglesia. La Patri no sospecha y el americano qué va a subir.

Un galope sacudido de agallas renales, el penúltimo día antes de irse. (Prolongan.) El sol caído y marginal. La obra vista del edificio de enfrente que se pega hasta dos metros de la ventana del cuartucho suficiente que el Ricard nos deja. Y respirar como un canuto ese ahogo vital momentáneo que sugiere. Qué manera de apurar la coordinación de movimientos, de beberse el sexo empapándose. Sí, alegría, hasta podría usar casi en broma la expresión alborozo hipi. Pero la carne flotando autónoma de la cara y de ella misma, como un tercero o un cuarto que se añadieran, que fueran entrando en el cuarto sobre nosotros. Se comporta un poco como una asesinada, una asesinada que se resistiera a lo bestia, más allá de la vida, ese jadeo en silencio en medio de una normalidad cachonda de follada a escondidas.

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Él aún está en la fase de continuar esquivándome. Ahora tengo contra su gusto un gran interés en sus libros. Carlos Williams, la gramática generativa de no sé quién, el más reciente, etc. Ondea menos por el comedor.

Hemos hablado un poco de sistemas de enseñanza, vete a sabe por qué. Puede que haya sido de verdad fortuito, a la vista desde el balcón del patio del instituto. Me ha sugerido las consabidas estrategias pedagógicas, como la propuesta eterna de otras tantas conciliaciones que le gusta dejar caer en su conversación. Me debe de considerar un cavernario. Yo pienso que el fascista es él por resistirse a la homosexualidad como lo hace. Un hipocritilla de familia evangelista reconvertido en progre, sin tener ni idea. Hemos alcanzado charlando incluso la serenidad y la confianza, muy amistosos. Cuando nos reíamos a la vez, me indagaba en las comisuras de los párpados algún rasgo temido de cierta intimación sexual. Nada, hombre. Subterráneo sí, pero menos acuciante.

Co, que es el nombre de ella, ahora sale más de su cuarto. La verdad es que se están pegando unas vacaciones aquí en el piso. Ella dice que ya la ha contratado una academia. Él es un poco fantástico y visita la universidad central, la Pompeu Fabra... Ya ves. Chavalillo, sólo cinco años menos que yo.

Ella se debería cortar algo más. A la Patri no le llegará nada porque yo me encargo de que como mucho la Co se ponga solita en evidencia. Pero cuando no está la Patri este chacho ya está sintiendo esos roces volados en los vértices de la cabeza (y en él tan lastimoso con su forma adolescente y puntiaguda, remolino y todo), fricciones de otras comunicaciones que no le incluyen, y que insuflan un vago furor contenido de desorientación. En él una intelección retardada de laberíntica respuesta. Una nuance, como repite en su inglés para referirse a muchas cosas.

Ahora ya qué más contar, follando mucho, amigo.

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Me salgo a la calle, a meterme una cerveza por el bar del Joan, allí en el Borne. Otra vez vacaciones. Las tías por la calle, el verano, como un logradísimo esfuerzo sin esfuerzo de intimidad pública (te contracito a Pla —la tesina de la Patri—, ya flipado del todo con las lecturas y lo que sea). Este chaval se ha enterado mucho antes de lo que yo creía. Ya le está bien. Ayer otra tarde entera de calentamientos, insinuaciones, charlas hundidas en una cocción calmada y posterior. Otra vez me esquiva cuando solo falta poner la guinda, se complica mucho y se empeña en negarse cuando ya está corrido casi. Si será facha a fin de cuentas. Un niñito estricto. Y aún anda abrazando a la Co delante nuestro, en la salita, como si metafísicamente la perdonara sin necesidad de perdonarla, un decaimiento de brazos rellenos de algodón. De hecho estoy seguro de que, por mucho que la duda ya le rehíle en las entrañas como una verdad, como solo saben hacerlo cuando no pueden fallar, dolorosas cuanto menos evidentes, y a pesar de ese algo en las omisiones respetuosas entre ella y yo, sin necesidad de renovar códigos fríos (para la comida, los utensilios del lavabo, ventanas abiertas o cerradas), fácil de disimular en el grado justo en que también es una confirmación, todo eso; igualmente estoy seguro de que todavía se conformaría con un parche irreal si ella se lo ofrece. Ya sabes, por tapar el hueco y no porque lo vaya teniendo claro. Creo que incluso evita descubrir indicios.

Esta misma mañana me lo he visto de refilón al cruzar por delante de su cuarto, en la cama, mirando en el portátil una película de Dustin Hoffman, muy joven, del setenta y algo, con una rubia cañón, en un ambiente rural, como inglés. La Patri me ha mirado levemente escrutadora, así de pasada, cuando me ha dado la gana de comentárselo, diciéndome que la película se llamaba Perros de paja. Le he mantenido la mirada desde el otro lado de los cristales: en mí no puedes penetrar, ya lo sabes, no soy uno de tus libros, tía.

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Me mira torcido, pero muy de reojo. Está gracioso. No sería capaz de encarárseme pero sí de juntar lo que él cree la fuerza para darme veinte puñetazos. (Que estás en mi casa, imbécil.) Sé que le ha dado a ella un último día para irse, sin tampoco reprocharle ni aludirle a nada. Y es que ellas dos se entienden muy bien. Hace dos horas escasas he sabido que se lo seguirá guardando todo, si he podido pensar que estallaría ahora me conozco bien el grado de rumia medio literaria e inactiva que puede alcanzar alrededor de cuestiones palpables, coercitivas a reaccionar. Yo estaba en el balcón, todo muy quieto, las cuatro de la tarde, friéndose todo en su media brisa. Desde ahí la ventana de su habitación queda a un metro y medio y mi inglés mejora. Le oigo decir, muy suave, con perfilada dicción cinematográfica, contenido y contundente: Si no te comportaras como si fueras una herida, una herida que supura, escuece y tienen que calmar, esa forma de feminidad degradada... Me ha parecido de un despecho grandilocuente e irrisorio. He bufado una risa de pura pena, como el tiro de fogueo con que se asustaría a un caballero de hojalata que asistiera hace dos siglos a un duelo sin arrestos para disparar. Supongo que me ha oído. Pero es que ha sido todavía peor. Mientras yo pensaba que ahora ella, con quien lo pagaba teatralmente, le aleccionaría, después de una disculpa de nada, con una buena puesta al día sobre libertad sexual, de elección y la competencia en la vida si hacía falta, me la veo salir de la cocina tan pausada como siempre, cruzando la salita. Ahí sí que ya me he tenido que poner la mano. La Co se ha sonreído simpática no entendiendo nada y yo sofocándome muy mal las carcajadas me he ido a la galería de la cocina.

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Ahora ni la toca. Tiene un aire místico, con el halo incierto del que mantiene unas condiciones irrevocables, exigentes, pero pacíficas. Este tipo de tíos son cíclicos, predecibles. No sé ni me importa hasta qué punto le ha manifestado a ella su conocimiento. La Patri lo mira, la mira, respeta infinitamente esa ruptura, con el cuidado medio religioso de quien comprende sin falta los posibles recovecos, vacíos y trasvases del fondo humano en una disyuntiva así. Es tan naíf, y sospecha tan poco nada. Yo sé que nuestro amigo será lo bastante rastrero como para empezar a vocear en gestos y miradas melosas la situación (¿pero qué situación, si lo piensas? Solo haría falta que se dejara llevar por las ganas que sé que tiene, cuatro morreos, nos masturbamos, se la meto o no, nos corremos y ya está, la cosa sigue igual, no pasa nada); aunque cree encallecerse, soportar sin dar un paso atrás (y tantas lecturas bíblicas de sus ancestros floreciendo dentro de él ahora, aunque sus mismos padres las desecharan y lo libraran de ellas, esa trasmitida resistencia espiritualmente granítica contra el mal), aunque me hable casi como si fuera un mueble, desafiante, yo sé que, sin quererlo, le clama lo que pasa a la Patri, en atenciones, en afecto, en distinciones del trato, habiendo medio roto con la Co e impersonal conmigo.

Pero la Patri como mucho lo malentiende (aunque tampoco sé si lo malentiende: ¿cuánto tarda este en enamorarse?, ¿media hora?). Y si es que se le cocina algo por ahí abajo cuando se repantingan en el sofá a hablar de literatura, si es que le haría gracia, ya lo sé, follarse a un tipo tan Jisas Craist, tanta franqueza y pista libre la dejan igual después de todo.

Y para otra cosa, lo nuestro de la Co y yo, la pobre, siempre tan lista, ahora está ciega.

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No era la última vez. Lo sabíamos los dos, por lo menos nos quedaban 18 horas. Ni yo había dejado de advertir ese rasgo en ella desde el principio. Esa hambre agónica que bebe en aguas ya masticadas, inexistentes como un reflejo.

Apareció en casa del Ricard cuando él se fue y estuvimos en el sofá en plan tranquilo, mirando la tele, besándonos muy lento, jugando con los dedos, pasándonos los labios ardidos por el cuello y la hoyuela. Evitaba mirarme a los ojos. Entonces me di cuenta de que siempre lo había hecho así. En medio de los preliminares levantaba la vista, o hacía un amago de levantarla, buscando fijarla en la mía, pero antes la dejaba caer sin llegar siquiera a cruzarla, sino sólo la rozaba un instante, justo el que necesitaba para sí misma, sin contar conmigo. Que sinceramente tampoco me hacía falta, pero esta vez fue un amago tan fugaz que pareció un pellizco, un manotazo de desprecio y me llamó la atención.

Poco a poco fue resbalándose. No te voy a explicar detalles como si tuvieras que aprender algo. Me palpaba y me estrujaba bastante, yo también como correspondiendo un poco. Luego se ha puesto a chuparme, sí, como otras veces. Le miraba la frente, echaba la cabeza hacia atrás y los ojos se agarraban a las estanterías grises y a los cuadritos de marco fino y negro con motivos de ningún autor. La tele colgando de un soporte en la pared. La casa tan huidiza de cualquier característica acogedora, tan delgada. Ella apoyaba las manos en mis muslos como en la mejor coreografía. La hice sacarse la camiseta. Me obligó a tumbarme. Y entonces fui notando que esa felación ya no era o no iba a ser nunca un juego periférico. No sé. Siempre follando era entregada, más honda, pero ahora, aun conformándose con esta postura, iba todavía más lejos. Sentí una repugnancia excitante y afilada. La miré, naturalmente me estaba arrastrando hacia su extraña innovación. Como un rosado calcetín inmenso que se diera la vuelta solo encima de nosotros y que al mismo tiempo fueran sus caderas rubias mojando de sudor la mesita, percibí ya más claro que de hecho ella se comportaba como si estuviera reproduciendo un polvo completo, pero con mucha mayor amplitud. No, porque sea una mamada no tienes que entender que sugiero extrema sumisión dándome importancia ni nada parecido. Si había sumisión prescindía de mí, me utilizaba, su felación mutada en todo el acto sexual se postraba, escarbaba, sorbía el aire de oquedades más vastas, de donde se la había alienado hacía mucho tiempo, antes de que conociera a su novio o incluso a sus padres. Se atragantó dos veces. Yo era el trasmisor de una carencia abisal o de un rito.

Se salió el condón con la vehemencia y continuó así haciendo el amor (y esta expresión, claro, no la uso nunca, pero ahora es más justa, porque efectivamente parecía haber sabido enlazar el amor con esta unión que llaman sexo, pero como si en verdad fuera la unión de cuerpos una categoría aparte de él, que más abajo discurriera en una depredación de órganos y sentimientos). Mucho antes de explotar los dos al final, noté en el culebreo ralentizado de su torso y sus costados primitivos forcejeos interiores, desplazamientos, grietas abriéndose en un hiato rojo y sellándose. Me sentía compelido a experimentar un aletazo continuado y como falso de tardes pálidas, veraneos latos, vivencias ahora tan a trasmano, dispersiones mecánicas después de encuentros, y de esquivos, compenetraciones totales y efímeras que creí oler en su poblacho y alrededores o de donde viniera, muchas imágenes no mías me cruzaron la mente, toda una trituración de circunstancias y gestos, sólo gestos sin rostros ni brazos, que la habían dejado al borde de estos días no me importa cómo, y a mí también, y yo también perdido, seguramente desentendido y ausente pero comprendiendo. O buscando a la carrera con ella, aunque detrás, en sombra, diminuto, nadie. Y ella corría no en una queja, al contrario, todo lo contrario a una queja, sino en una acción de un egoísmo dolorido, malsano y devastador.

—Ei, girl —le susurré (violentado, con medio rictus en la cara), como un dulce amante de Los Angeles o de la costa este. Le cogí la mano que me palpaba el vientre, le acaricié la cabeza con los dedos crispados, huidizos. Quise que parara: yo no estaba ya allí, ni en mi piso, ni siquiera en mí mismo, era agua gris y onírica, fácil de borrar de la mente, de beber con un pensamiento. Ella, que estaba ya sola en la habitación, nada más se aquietó un momento, haciendo únicamente caso de mi caricia, de su propia caricia.