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Orhan Pamuk. Fotografía: Boris RoesslerOrhan Pamuk y el aviso a la mujer ausente

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Cuando Orhan Pamuk entró en la sala de conferencias —lo hizo por un costado, casi rozando la pared como un gato— todo el mundo guardó silencio. Llevaba una chaqueta azul, de buen corte; y su rostro tenía ese aspecto de cantante juvenil que hace rabiar a los vejetes de envidia. En la trastienda de algún lugar escondido, muy probablemente en el sótano de su vivienda, las facciones de algún retrato suyo envejecían. Era la primera vez en mi vida que yo veía a un Premio Nobel de Literatura y supongo que la emoción que sentí es solo comparable a la de un fanático del futbol que se encuentra de golpe en una esquina con Messi o Cristiano Ronaldo. Nada prepara a nadie para verse cara a cara con su ídolo. Pamuk caminó hasta la mesa de enfrente, ajustó el micrófono y saludó en un inglés que a mí me pareció —no sé por qué; o quizá sí, porque yo hablo un inglés a lo colombiano— demasiado perfecto para un turco. Y comenzó a perorar largamente de su reloj de muñeca, de cómo, de tanto usarla, la manilla iba adquiriendo ese olor a magneto —el olor agrio que sólo los que usamos reloj con manilla de cuero sabemos—, y que produce una panguea salina en la prenda, pero que con todo y eso, o más bien pese a eso, él prefería conservarla hasta que la banda reventara. Entonces y solo entonces, se dignaba a cambiar la manilla. La audiencia al escucharlo rompió en risas y voces, y yo no entendí puesto que no había nada cómico allí. Aquella era una situación trágica. En verdad se me vino a la cabeza mi primer reloj, un Cornavín, y esa manilla que se iba esponjando de tanto usarla, hasta que un día, cuando menos lo esperaba, y por más cuidado que tuviera con ella, se quebraba en dos. Primero la bandita que ajustaba la correa se luía en un primer aviso, y luego —como la ratificación final de una condena— la abrazadera entera se partía y reventaba. El problema es que justo se echaba a perder el día que no había plata para reponerla de inmediato, y había que usar el reloj de muñeca, diseñado exclusivamente para la muñeca, como una leontina por varios días. O semanas. Y cuando uno quería consultar la hora, metía la mano en el bolsillo, hurgaba dentro, y del fondo salía el reloj con toda su majestad herida. A veces la situación era tal que uno terminaba consultando la hora a escondidas.

Pamuk habló también de cómo había dejado de fumar. Un día, contó al auditorio, tomó un taxi en Estambul y el chofer, que iba tranquilamente fumando, le preguntó si debía apagar el cigarrillo. Pamuk le dijo que había dejado de fumar, pero que no se preocupara, que podía seguir chupando el veguero las veces que quisiera, puesto que ahora se consolaba aspirando las migajas de humo que dejaban los otros. La audiencia guardó silencio. Entonces, durante ese momento solemne, como si dejar de fumar fuera lo contrario a morirse, noté que alguien me miraba. Estoy tan acostumbrado a mi papel de pieza de museo para las mujeres bonitas que, claro, pensé que era un error. Un error garrafal. O lo que era peor, una ilusión mía. Eché un último vistazo a la mesa, y vi que Pamuk seguía hablando ya no sé de qué, puesto que en ese instante dejé de prestarle atención. Algo increíble estaba ocurriendo en mi vida: por primera vez una verdadera belleza fijaba sus ojos en mí. Había esperado aquel momento durante tanto tiempo, que ahora que estaba sucediendo, lo único que yo hacía era abrir el libro que tenía entre mis manos —libro que Pamuk debía firmar— y pasaba las hojas como un zombi, suponiendo que los zombis leyeran. Tanto imaginar la situación, tanto dotarla de infinitas variables con sus laberínticas soluciones, que justo cuando llegaba el momento, terminaba haciendo precisamente lo contrario de lo que había planeado: nada.

Y así, mientras Orhan movía los labios sin yo siquiera enterarme de lo que él estaba diciendo, la discípula de Gisele Bundchen seguía mirándome. A veces de reojo. A veces, volteaba el cuello tan delgado como el de una jirafa y sus ojos quedaban imantados con los míos. ¿Era cierto todo aquello? ¿No estaba de nuevo, como era mi costumbre, alucinando? En el metro ya me había ocurrido tantas veces el error, y cuando justo empezaba a emocionarme, todo el asunto resultaba ser con mi vecino de asiento. Como el viejo Vincent con su oreja magullada, estaba más que acostumbrado a la derrota. Sin embargo, verifiqué (o peiné para usar una palabra casi del género policial) el área, y vi que estaba escoltado por una señora con una pamela de flores y un señor serio, de pelo blanco. Tenía que ser yo y no ellos, carajo, me dije, a quien esa beldad mira. ¿A quién si no? Estaba ocurriendo un pequeño milagro, Jesús, el primero en mi vida.

A unas cuantas sillas de donde yo estaba, de perfil, estaba Gisele (porque así la bauticé), de modo que tampoco es que resultara para mí fácil hablarle. ¡Vaya fábula de perdedor! La suerte —como las uvas verdes a la zorra— siempre me había sido esquiva. Parte de culpa ha sido mía, desde luego no voy a entrar en detalles, pero tampoco hay que venir a cargarle toda la responsabilidad de la suerte a la suerte. Hemingway decía que todos los errores de la vida son culpa de uno si es que uno vale algo: y el hombre lo probó dándose un escopetazo en la cabeza. No obstante, si yo hubiera estado más cerca de ella, me dije, si mi parálisis mental no me hubiera tullido, por ejemplo para dar el primer paso, tal vez la mujer, Gisele, sí que lo hubiera hecho. Casos había, ¿o no?

La cabeza del señor serio seguía interponiéndose entre mi felicidad y los ojos de la mujer que no cejaba en su empeño de mirarme, o a lo mejor era la pamela con flores de la señora adusta. Susurrarle a la pareja que intercambiáramos puestos era todavía peor, exigía un arrojo kamikaze del que yo adolecía, e incluso era preferible ir directamente a hablarle a la mujer. No recuerdo si dije que había olvidado la mesa donde Pamuk hablaba, pero la voz de Orhan era, para ese momento, como la música de un ascensor: agradable, pero aburrida. Cloroformo puro, capaz de anestesiar el cerebro más agudo. Sin embargo, yo apostaba toda mi fe a esa voz. Una vez que la musiquilla cesara, acabaría la magia, la mujer volvería a su mundo y yo al mío, dos antípodas en este universo. O comenzaría otro mundo —como dicen los terapeutas de los programas de televisión— cargado de potencialidades. Quién sabe.

Hay veces que uno está cerca de una persona, pero está más lejos de ella que una galaxia de la otra. Por más que uno viaje a la velocidad de los neutrinos —y la persona esté al alcance de la mano, solo con estirar un dedo uno llegue a su destino— se le podría ir la vida y nunca alcanzarlo. Me temía que estuviera viviendo uno de esos momentos que nada de trascendentales tienen, todo lo contrario. La mujer y yo tan cerca y tan lejos a la vez. La relatividad del tiempo y el espacio probada sin necesidad de ninguna fórmula matemática. Pamuk, había olvidado por completo a Pamuk, que seguía hablando como una grabadora descompuesta aunque yo no lo escuchara.

De golpe, el sonsonete cesó en un silencio que se lo tragó todo, y el auditorio comenzó a moverse. Se formaban filas de lectores —cada uno con su libro en mano como aplicados escolares— para que el escritor se los firmara.

La señora de la pamela recogía su abrigo, y el señor serio se demoraba una eternidad arreglándose la pajarita. Excuse me, dije con mi mejor voz, aunque en verdad las dos palabras estaban cargadas de dinamita. Excuse me, repetí, mientras la urraca de la pamela me lanzaba una mirada de desconcierto. Había dejado caer uno de sus aretes, o el anillo de matrimonio había resbalado de su dedo, o algo más grave le ocurría, pero el asunto era que no me podía dar permiso. La miré con odio y salí como pude del otro lado de la sala, buscando como un loco a la belleza.

La belleza. ¿Cómo describirla? Si de algo sirve decir, si el voyeur nos mata y no hay más remedio que complacerlo, diré que tenía una cabellera color nuez moscada y unos ojos tan intensos como el mar. Es una descripción un poco cursi, lo admito, pero qué descripción de la belleza no lo es. Debería hablar ahora de su trasero, de otros asuntos más importantes —sus piernas, por ejemplo, largas y hermosas—, pero creo que me desviaría del tema. Además, Valéry decía que la belleza es lo que desespera.

Vi que Pamuk firmaba libros y los hombres de la seguridad no permitían que el escritor se detuviera mucho tiempo conversando con sus lectores. Era un juego protocolario. Lo mucho que podía hacer el escritor era preguntarte el nombre y colocar alguna tontería. Desde luego, yo no iba a comprar su libro que me resultaba tan caro y que por lo demás ya había leído prestado de la biblioteca. Lo que quería era acercarme a él con el pretexto de la firma —mi libro volvería una vez firmado a algún estante de Barnes and Noble para algún comprador suertudo que se lo encontrara. Y, claro, el usuario no se lo iba a creer. No se iba a creer que aquel libro hallado al azar estuviera autografiado por su propio autor, algo para contar a los hijos o a los nietos. Pero la vida es así.

Cuando me acerqué a la mesa, le dije a Pamuk, en su novela Nieve, la nostalgia es el personaje principal. Él alzó la vista y me sonrió. Fue todo.

Esperé que la belleza hiciera lo mismo en la fila, y obtuviera su codiciado trofeo: el garabato con la firma de Pamuk. Un libro que, muy seguramente, colocaría en su biblioteca personal, y que enseñaría con orgullo cuando diera una fiesta. Ya me la imaginaba en la reunión rodeada de amigas: mira, y este libro me lo autografió Pamuk. Y de pronto el asombro, el mar de caras de sus invitados acercándose al pequeño fetiche. Pamuk, incluso, podría susurrarle a la mujer algo al oído, impregnarle el cuello de su aliento turco, y por qué no, hasta invitarla a salir. Si uno es un escritor famoso, para algo ha de servir eso, ¿no? Escribir por escribir no tiene ningún chiste, me parece una tontería, es más, puede resultar convirtiéndose en una manía peligrosa, una nueva fobia a catalogar. Si yo fuera escritor, lo más seguro es que escribiera relatos para seducir. Incluso, para seducir después de muerto.

El trámite demoró menos de lo esperado. La mujer abrió el libro y Pamuk lo firmó. Ni siquiera el escritor se detuvo un instante a observarla. Algo que nunca le perdonaré, y desde luego, en ese momento, escribiera la maravilla que escribiera, tuviera el premio Nobel que tuviera, comenzó a ser para mí un pobre diablo. Un pésimo escritor. Pamuk y toda su fama se derrumbó ante mis ojos como un castillo de naipes. Como si Messi o Cristiano Ronaldo hubieran botado el gol decisivo en el partido de fútbol decisivo. Algo para nunca olvidar.

A veces leo en los periódicos anuncios que me dejan desconcertado. Pueden ser claves secretas, lo admito, de alguna de las muchas logias que garantizan hoy día la eternidad a precio módico; o en el caso más vulgar, anagramas de algún servicio de espionaje comunicándose con sus agentes, aplicando el viejo método de “La carta robada”. Pero también esos avisos pueden obedecer a la desesperación de un hombre que intenta reencontrarse con una mujer que solo vio un instante. Hay uno en especial que me retumba en la cabeza, y que una vez leí en el Village Voice: “A la mujer que ayer me miró desde la ventanilla del metro, yo soy el tipo con el panamá blanco que estaba en la estación de Union Square, ¿me recuerdas? Si lees esto, por favor estaré allí mañana a la misma hora”. Anuncios angustiados. Y no solo eso, es fácil imaginar al tipo del sombrero yendo al mismo sitio, el corazón seco, situándose justo en el mismo ángulo visual que daba a la ventanilla del vagón anterior, a la espera de que la mujer volviera a estar allí, mirándolo, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el mundo se hubiera congelado en un instante.

La mujer, eso. ¿Dónde dejé a la mujer? Seguía allí, frente a la caja registradora, pagando el libro autografiado. ¿Qué debía hacer yo? Tenía un mundo de probabilidades por delante, todas a mi favor. Podría iniciar la conversación utilizando a Pamuk como carnada, o el libro de Pamuk, o lo que Pamuk había dicho y yo había escuchado a medias; o tal vez si no queríamos hablar de Orhan el tonto, ése que había desperdiciado la oportunidad de su vida, comentarle yo mis impresiones sobre la mujer con pamela —esa urraca que me había estropeado la noche—, y el señor serio que no me había permitido mirarla a mis anchas. Coños, tenía todo para romper el hielo, tenía toda una historia para contar por delante. Y no me explico qué pasó.

La vi salir de Barnes and Noble, y ni una palabra. ¿Leo bien lo que yo mismo escribo? Ni una sola palabra. La vi desaparecer entre la multitud neoyorkina que no es una multitud cualquiera, sino un conglomerado de esqueletos en traje y corbata que la prisa del trabajo diario devora hasta el polvo. La vi desaparecer, coños, y yo no me atreví a hablarle. ¿Y de qué me sirve ahora con venir a darme golpes de pecho? ¿De qué me sirve escribir esta historia en un periódico? El recuerdo de esa vieja indecisión es ya mi castigo.