Letras
Vagamente, un peruano

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Para Miguel Ángel Torres Vitolas, quien llegó primero a París.

To the Happy Few
Stendhal, La Chartreuse de Parma

Tú, que no me conoces, dirás que yo no tenía razón para acercármele. El vuelo ya había terminado, todo el mundo estaba recogiendo sus maletas, llamando a sus seres queridos o esperando en el estacionamiento a los pasos conocidos, el rostro y la voz que acudieran a recogerlos y cuánto tiempo, qué alegría volver a verte, te extrañé demasiado: las catorce horas que separan Lima de París, pronto se convertirían en el trámite de un regreso, para unos, o el inicio de un viaje inolvidable, para otros. También me dirás que ocurre a menudo (todos los días y en todas partes) que un extranjero llegue a un aeropuerto sin conocer la lengua, ni tener idea de qué hacer apenas pisa tierra y se pregunta qué demonios, adónde ir a esa hora, sin dinero ni alguien a quién llamar, ya no en caso de urgencia sino de simple supervivencia. Esas personas, hombres y mujeres, que son las últimas en salir del aeropuerto, cuando ya no hay más gente afuera ni más carros que esperan, cuando todos aquellos parásitos del turismo, hoteleros, guías y taxistas, ya se fueron con sus letreritos de bienvenida, son quienes llegaron sin quererlo pero necesitándolo a Europa, precisamente a París, de noche y con lluvia.

El destino y la aerolínea quisieron sentarlo a mi lado en el vuelo. Yo ya había abierto un libro cuando la aeromoza llegó con él y lo ubicó a mi izquierda, antes de perderse sin más trámite, esbelta, impecable y sonriente, en el fondo del pasillo. De inmediato entendí la razón de ese rascarse la cabeza, ese mirar a todas partes, ese estarse sin decir una sola palabra pero dándolo todo a entender. Bastaba ver la piel de su rostro, seca y curtida, muy distinta a la que tenemos nosotros los limeños, para imaginar de dónde venía y, con algo de suspicacia, entender su falta de medios a la hora de instalarse. La sensación de extrañeza y confusión que me transmitía era cimentada por su rostro, uno de esos rostros gastados e insomnes, que me hizo pensar no sé por qué en un ídolo de barro o piedra. “Una divinidad del desarraigo maltratada por la intemperie”, me dije en ese momento, ya sin discreción alguna para mirarlo. Pese a la inseguridad y la timidez de sus ojos, había en su mirada algo como un orgullo que lo enaltecía. Se trataba de una mirada serena y decidida, de quien mira seguro del salto que da, aunque en ello se le vaya todo sin segundas oportunidades.

Me di cuenta de que no era del tipo de individuo que preguntaría o pediría ayuda, por eso lo dejé hacer y fingí seguir leyendo mi libro. Cuando la situación era insostenible —la tripulación anunciaba el inminente despegue— le sonreí y ayudé a ponerse el cinturón de seguridad; eso sí, como quien pide un favor en lugar de darlo, con esa discreción que se debe tener hacia un superior descubierto en falta. En sus ojos, quiero decir en su mirada, creí reconocer algo parecido al agradecimiento que sus labios se negaron a darme. Cuando las luces de Lima se apagaron en lo hondo del cielo, la gente retomó las conversaciones, las aeromozas se desengancharon para circular por los pasillos, me dije que ya estaba, regresaba a casa dejando a mi país detrás. Una vez más pensé que era la última vez que había regresado al Perú, ese país que de lejos me daba nostalgia pero que una vez en él me enterraba de mierda, sin treguas ni concesiones.

Conversamos algo durante el vuelo aunque, para ser sinceros, fue muy poco. A diferencia de sus ojos, bastante expresivos, sus labios apenas se movían y cuando lo hacían era para soltar algún monosílabo, balbucear silenciosamente un par de frases y nada más. Con todo, mi curiosidad y las horas del vuelo me permitieron acercármele poco a poco, rodear sus recelos, penetrar en sus escrúpulos, ganarme finalmente su confianza. Me dijo, le entendí, que era de Cajamarca, no recuerdo el nombre del pueblito, uno de esos tantos que extravían sus nombres en la Cordillera de los Andes pero también en la memoria. También me contó que había sido agricultor y que después había trabajado para la municipalidad de su caserío. Entre otros trabajos, había participado en el asfaltado de la carretera que llegaba al pueblo, también ayudó en el techado de la parroquia y la limpieza de las acequias. Entonces, sabía hacer un poco de todo, a lo mejor eso le ayudaría a la hora de encontrar un empleo, ¿no?

Yo tenía suficiente experiencia como para imaginar su destino en un país como éste. Recordé a los peruanos, bolivianos y ecuatorianos que, disfrazados de indios, con sus zampoñas y ponchos y charangos, pero también con su tristeza apátrida, ocupan los andenes del metro. Siempre los mismos, vestidos igualitos, con las sonrisas cosidas en las bocas y la desesperanza incrustada en los ojos; la carta postal, exótica y barata que los franceses cruzan cada mañana cuando van a sus trabajos. Imaginaba que vivían en el mismo vagón de metro, que compartían un único par de guantes durante el invierno, distantes del terruño al que la distancia había enseñado a querer con la misma intensidad con la que el huérfano, solo y lejos de casa, tiene nostalgia de los golpes de una madrastra. Yo los había cruzado miles de veces: primero con curiosidad, después con ironía y al final con la misma indiferencia que tenían quienes pasaban al lado suyo en el aeropuerto, a la hora de recoger los equipajes.

Pero no sé qué me dio verlo parado más tarde en el andén del metro, fingiendo esperar a alguien que jamás llegaría, buscando en su reloj una hora improbable por lejana. Lo mismo que tú, yo siempre pasaba por delante de ellos, precipitaba mis pasos para alcanzar a Claire, quien me hacía adiós desde lejos, me sonreía, qué tal había estado el vuelo, ya era hora de que llegara. Pero esa noche Claire no estaba, ni yo precipité mis pasos rumbo a nadie, simplemente miré alrededor y me dije que él también todavía seguía ahí, proyecto de músico folklórico, esbozo de vagabundo sentimental. Por eso, cuando le propuse venir a mi piso, me miró como se debe mirar a quien en último momento te arroja un chaleco salvavidas que te saca de las simas abisales. Por toda respuesta, se puso la maleta al hombro y entró conmigo en el vagón, ¿vivía lejos de aquí? Atiné a darle la mano y a preguntarle su nombre, qué demonio, aún no lo había hecho. Me respondió, con una voz que apenas escuché, que se llamaba Juan. “¿Qué importaba dónde viviera si él no conocía nada de la ciudad?”, me dije, de repente y sin saber fastidiado por los pasos que daba.

Ya en mi piso, le conté que debía viajar a Lyon para una entrevista de trabajo. Mientras nos servía un par de copas, le conté que necesitaba dejar París lo más pronto posible, por eso había postulado a un puesto en esa ciudad. Después de haber evaluado mi candidatura, me habían convocado a una entrevista que determinaría si me daban el cargo o no. Contaba quedarme algunas semanas en Lyon, por eso le dije que podía quedarse todo el tiempo que le hiciera falta mientras buscaba un trabajo o, simplemente, encontraba un lugar donde instalarse. Al menos tendría un lugar para dormir mientras que por mi lado yo contaba con alguien que ocupase mi piso. Así que le di un duplicado de las llaves y le dejé algo de dinero para que se las arreglara los primeros días. “¿Conoces a alguien en Francia?”, le pregunté sin medios para intuir el sentido que esta pregunta tomaría días después.

—Sólo a ti —me respondió y le dio un sorbo a su bebida.

**********

Durante el viaje en tren, tuve ocasión de continuar con el libro que había empezado e interrumpido en el vuelo, los ensayos de Luis Loayza. Encontré uno en particular que me cautivó desde sus primeras líneas. En él, el escritor peruano plantea una lectura original de dos novelas francesas: Le Rouge et le Noir de Stendhal y À la recherche du temps perdu de Marcel Proust. Digo original porque no se trata de una lectura realizada a partir de lo que podrían ser los grandes temas de ambas novelas, asuntos ya recorridos por numerosos críticos y académicos, cada cual más talentoso que el anterior. Al contrario, Loayza escoge resaltar un detalle menor en ambos universos novelescos para iluminarlo de manera única, resaltar el significado latente que éste encierra. Me refiero a la aparición efímera, brumosa, sesgada de dos personajes cuyo rasgo en común no es otro que la nacionalidad peruana. ¿Por qué razón dos novelas centrales en la literatura francesa presentan escenas en las cuales aparecen individuos venidos de tierras tan lejanas, los límites del mundo?

En la novela de Stendhal se trata de uno de los caudillos que lucharon por las independencias americanas, un individuo que concita la atención de los franceses por su actitud idealista e combativa, mientras que en Proust se trata de un joven mundano furioso porque no fue invitado a una soirée en uno de los mejores salones parisinos. Lo que busca Loayza no es, como puede creerse, rastrear y detallar la aparición de peruanos en ficciones que, de un modo o de otro, han transcendido las épocas y las generaciones. No, el objetivo de Luis Loayza es otro, más inteligente y al mismo tiempo más elíptico. Entre uno y otro personaje, se cifran momentos particulares de la historia peruana: la que va de la promesa de un país recientemente independizado a la frivolidad de una república sumida en sus contradicciones, incapaz de afrontar la historia, más preocupada por parecer francesa que por ser americana. Derrumbada la ilusión de un país distinto, los peruanos que llegamos después nos repartimos por el mundo para encontrar otras tierras, otros horizontes, donde poder formular, tímidamente, el sueño que gente como esos dos peruanos se dedicó, de un modo o de otro, a despilfarrar. La maestría de Stendhal y de Proust radica en haber insuflado a esos dos personajes de una verdad literaria tal que incluso sin pretenderlo (dudo que conocieran siquiera dónde se encontraba el lejano Perú) cifraron el destino del exótico y lamentable país sudamericano del cual venimos Loayza y yo.

Cuando bajé del tren casi no tuve tiempo de pensar en todo esto pues tenía un día agitado y difícil, durante el cual se decidiría mi futuro laboral en este país, pero antes que nada, mi oportunidad para olvidar, para hacerme de otro destino. Recuerdo, como si fuese ayer, el corredor universitario, las escaleras empinadas e interminables, y la puerta detrás de la cual me esperaban. Eran los miembros del comité de selección quienes, lo mismo que a los otros candidatos, me interrogaron acerca de mi trayectoria pero también mis planes y proyectos (como si fuese posible prever no ya lo que pasará dentro de un año sino aquello que ocurrirá en el segundo siguiente). Cuando me preguntaron si vendría con mi familia a instalarme en Lyon, me escuché mentirles que lo habíamos discutido, la idea nos gustaba, tal vez para el próximo año y eso era todo, muchas gracias. Por la noche, me llamaron por teléfono para darme los resultados, decirme que me habían seleccionado para el puesto, comenzaría dentro de un par de meses, y felicidades.

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Aproveché del resto de la semana para conocer Lyon: conocí las librerías del centro, cuando no me enteré de los cines dónde ver buenas películas. También tomé varios cafés en la terraza de los coquetos bistrós a orillas del Ródano. Más tarde, me entretenía recorriendo las callecitas empedradas y estrechas del casco antiguo o subiendo al teleférico que me llevara a la parte alta de la ciudad. Desde ahí se podía ver Lyon entero, con sus torres y sus dos ríos, la misma ciudad en la que horas después buscaría hundirme, ahogarme, pero que en ese momento le entregaba una tregua a mis pesares y culpas al tiempo que, una a una, las luces de la ciudad empezaban a encenderse a la noche.

Apenas caía la luz del sol, un ardor particular me poseía, era el deseo de olvidar mi humanidad en cualquier lugar de la periferia. Encontré un fumadero de opio donde me anestesiaba o enajenaba con otros hombres, argelinos, croatas, senegaleses, turcos o cualquiera nacido en la orilla del mundo. Me sentaba también en la barra de un bar junto a marinos, desempleados, oficinistas y toda clase de individuos que contaban en voz alta historias parecidas a la mía, solo que en otro idioma. También, busqué el calor de una puta en alguno de los camping cars que se estacionan en las afueras (una rumana que apenas hablaba francés pero con quien me entendí muy bien). Cualquier motivo para dejar de recordar era suficiente en ese entonces cuando, poco a poco, la luz del amanecer entraba sucia y mortecina por entre las ventanas y algo parecido a una araña entumecida se replegaba en mi estómago.

Con todo, después de cada vaso de cerveza, en cada silencio de conversación, detrás de cada página, me asaltaba el recuerdo de Claire, sus miradas entusiastas del inicio, los gestos desconcertados que siguieron y, en última instancia, sus palabras desengañadas, duras y crueles del final. Aquel final que ambos nos resistimos a creer pero hacia el cual nos precipitamos con nuestros silencios y también con nuestros gritos. Una mañana cuando regresé del trabajo ya no las encontré. En lugar de ellas, encontré una nota en la que muy escuetamente me decía que ya no podía engañarse más tiempo, me dejaba el piso, se llevaba a nuestra hija. Inútil buscarlas o llamarlas, esta vez no habría segunda oportunidad.

Cuando subí al tren que me regresaría a París me dije que sería muy difícil apartar su recuerdo a los márgenes, como si fuese algo accesorio que uno arrima sin fastidios ni remordimientos. Al contrario, había compartido ocho años de vida con Claire, ocho años durante los cuales nos hicimos de un ritmo y varios rituales, nos acostumbramos a nuestros humores, compartimos proyectos y viajes e incluso tuvimos una niña, la pequeña Sophie. Recordé la sensación de vacío que me dio su partida, esa incertidumbre que debe tener quien ha sido amputado de un brazo o una pierna sin dejar por ello de sentir el miembro perdido. De ahí la posterior necesidad de viajar a Perú, siquiera por unas semanas. En mi país tendría la distancia necesaria para curarme y, al mismo tiempo, me ocuparía de otros asuntos, volvería a encontrar a la familia y los amigos, me sentiría menos solo, acaso querido. Con algo de suerte y determinación, volvería a Francia dispuesto a hacerme de una nueva vida. Sin embargo, después de algún tiempo, terminé por convencerme de que me era imposible. Cuando alguien busca dejar atrás el pasado, de nada sirve la distancia física, los miles de kilómetros que separan a un continente del otro, si el recuerdo de esa persona nos perseguirá, al final de una calle, en el perfil de una desconocida, en nuestros sueños. Apenas subí al avión, me senté y vi a Juan por primera vez, me dije que cargamos tantos muertos como días tenemos, era mejor dejar que el tiempo se encargase de envolver los recuerdos, llevarlos ahí donde nadie transita ni nadie busca o espera, tan solo acoge sin murmullos ni palabras; mientras tanto, el avión seguía cayendo en las alturas.

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No bien llegué a la estación de trenes, me apresuré a mi piso con una preocupación en la cabeza. Había llamado al fijo varias veces sin que nadie del otro lado descolgara el teléfono. Al inicio, me dije que Juan estaría aprovechando para familiarizarse con la ciudad y buscar, como lo hicimos todos, ser adoptado por su indiferencia. Acaso ya había empezado a buscar un trabajo o, en el mejor de los casos, había terminado por encontrar uno que le obligaba a ausentarse todo el día y dejar, por lo tanto, mis llamadas sin respuesta. Con todo, el escepticismo me convenció de lo imposible que resultaba esta última posibilidad. No conocía una sola palabra, no tenía el menor sentido práctico para ningún asunto cotidiano, ni estaba familiarizado con las convenciones, invisibles e inevitables, que rigen cada uno de los gestos franceses. ¿Qué podía hacer, por lo tanto, un tipo con sus características en una ciudad como París que no fuera más que rasguñar en el bienestar de los demás, mendigar un gesto de reconocimiento, replegarse cada día más en la certeza de su desgracia?

De repente, en esa decisión de venirse a vivir tan lejos creí encontrar un gesto que me acercaba a él, yo que también había decidido en su momento venirme a estas tierras, abandonar definitivamente el país en el que había nacido y buscar integrarme a esta ciudad, furiosa e inclemente, donde se reunían los destinos de parias y huérfanos como nosotros. La nacionalidad puede ser un accidente pero, en ocasiones, nos entrega a los hombres algo parecido a la camaradería, una excusa para engañar a la soledad. Por eso, muy pronto mis ganas de conocerlo mejor le dieron paso a un sentimiento parecido a la amistad. Con él, por ejemplo, había cosas que estaban sobreentendidas, cosas que tanto uno como otro no necesitábamos explicarnos ni justificarnos pues formaban parte de nuestro idioma hecho de palabras sí, pero sobre todo de costumbres y eventos cuyo significado residía en algo tan etéreo y, al mismo tiempo, determinante como el ser peruanos. Me haría bien conversar con un compatriota, por más desconocido que éste fuese.

Por eso, cuando abrí la puerta del edificio me dije que lo sacaría a tomar unas cervezas en cualquiera de los bares solitarios de la noche, donde los hombres abren sus desesperanzas a esa solidaridad hecha de colillas de cigarros. Con una buena borrachera nos acercaríamos más, pero también nos entregaríamos un reconocimiento mutuo, el mismo que la ciudad, las personas y el idioma nos rechazaban. No obstante, a medida que subía las escaleras del edificio, un olor, mejor dicho una pestilencia, me invadió las fosas nasales y, pese a nunca antes haberlo conocido, me hizo sospechar lo peor. Mientras buscaba desesperadamente las llaves en la puerta de mi piso, Madame Arnoux salió del suyo y me clavó sus ojos. Sin decirme una sola palabra entendí lo que mi vecina pensaba al tiempo que yo hacía girar la llave en la cerradura, una, dos y tres veces, sin querer encontrarme el cuadro que encontré tras empujar la puerta y expulsar el aire.

Estaba tendido en mi cama con la misma ropa con la que había viajado, ni siquiera se había quitado los zapatos. Había en su expresión algo como un indolente cansancio que me llamó la atención. De no ser por el olor, cualquiera habría pensado —sus ojos a mitad abiertos, los labios crispados— en alguien dormido que se olvidó de sacar la ropa por culpa de la fatiga o la premura. Un instante, me dije que no tardaría en abrir los párpados, reconocerme y pedirme disculpas por no haberme escuchado entrar en el piso. Después, le escucharía contarme que había encontrado un trabajo bien pagado, que pensaba poder instalarse poco a poco en Europa, adonde todos llegan para inventarse, aspirar a una nueva vida. Sin embargo, ni abriría los ojos, ni me hablaría, muerto como estaba después de no sé cuantos días. Recuerdo que apenas lo vi, tuve el reflejo de cualquiera que se encuentra en una situación similar; es decir, me precipité a cubrirlo con las sábanas. Es curiosa la manera cómo reaccionamos frente a un cadáver, entregándole a un amasijo de pellejos y huesos un pudor que no le corresponde más. Ni siquiera me di cuenta de que no estaba solo en la habitación: un ruido seco, detrás de mí, me rescató de mis pensamientos. Madame Arnoux estaba arrodillada y vomitaba en el pasillo. Extemporánea testigo de todo ello, la mochila de Juan, cerrada y a medias vacía, parecía esperarlo no en un andén sino en una esquina de la habitación.

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Te confieso que lo primero que se me ocurrió una vez que Madame Arnoux se retiró no fue seguir tapándolo —le había dejado los pies descubiertos— sino levantarle la sábana. “Valiente servicio que me has hecho”, le dije no sé por qué a sus orejas ya sin oído, por lo tanto, sin comprensión. “Pudiste haberme esperado para decirme que te morirías”, culminé antes de pasear la mirada por el lugar. Sonreí al ver nuestros dos vasos sobre la mesa, el suyo todavía con unas gotas de pisco. Aquel había sido nuestro primer y último brindis. Quién iba a saberlo en ese momento, mientras chocábamos nuestros vasos, ni sospechar más tarde, cuando su cuerpo pestilente me recibiera en mi cama, que me tocaría no sólo terminar la botella sino también ocuparme de mi inquilino, convertido en un difunto que no se invita a salir sino que se hacina en cualquier lugar.

Busqué en su mochila y en los bolsillos de su pantalón algún indicio de su muerte. Encontré fotos suyas con una familia y en un pueblo que imagino era el suyo. Eran imágenes tomadas en la plaza de armas de cualquier caserío andino, con las banquitas de colores y las flores de retama por aquí y por allá. Alrededor de la plaza, algunas casas, la comisaría, la iglesia y el teléfono comunitario le daban, con sus colores, sus techos a dos aguas y sus balcones rústicos, ese toque tan andino que yo conocía bien de mis viajes fuera de Lima. Lo mismo que el árbol —largo, antiquísimo y orgulloso— en el medio de todo, figura tutelar del pueblo alrededor de la cual se desarrollaba toda la vida. Me llamó la atención que en varias de las imágenes apareciera siempre una mujer joven (supuse que tendría la edad de Juan si es que no menos). En una de las fotos posa divertida para la cámara, en otra se le ve mirando al horizonte, ese cielo azul que tiene la sierra. En una tercera, parece que está de la mano con Juan (digo parece porque un personaje en primer plano les tapa las manos ahí donde las dos manos deberían unirse). Las otras imágenes eran fotos tamaño carné de una anciana, dos niños, una mujer y un hombre. De más está decir que también había un retrato de esa mujer, un retrato que todavía conservo. Detrás, alguien había escrito a mano lo único que se podía encontrar en los retratos: “Clarissa, Chungal, 8 de enero del 2009”.

También había una libreta en la que una ortografía menuda y vacilante había garabateado algunas páginas. Encontré, por ejemplo, direcciones limeñas a las que imagino Juan acudió poco antes de venirse a Francia. Me llamó la atención lo heterogéneas que éstas eran. La misma mano había escrito las coordenadas de un abogado, también las de un ginecólogo y, finalmente, de una imprenta donde se podía conseguir “todo tipo de documento”. Había, finalmente, un recorte de una revista que se me cayó mientras hojeaba la libreta. Era la foto de la Tour Eiffel, vista desde los Champs Elysées, tomada una mañana de sol y verano. Abajo, la leyenda precisaba que se trataba del símbolo europeo de la cultura y la civilización.

Llamé al consulado peruano para que hicieran algo con mi compatriota. La voz de quien me contestó se mostró consternada, dolida y solidaria: era necesario actuar lo más pronto posible, era inconcebible dejar el cuerpo de un conciudadano sin sepultura y lejos de su familia. “Ya había ocurrido que un peruano se suicidara a comienzos de invierno”, escuché decir del otro lado. No entendí por qué asumía tan categóricamente que se trataba de un suicido, pero no dije nada. “Qué se iba a hacer, muchos sucumbían al frío y a la soledad”, continuó la funcionaria lanzando una explicación de orden antropológico y psicológico que nadie le pidió. Añadió, diligentísima, que esa misma tarde comenzaría los trámites para repatriar al desgraciado. Pero todo cambió cuando me solicitó el número de pasaporte. Les respondí que no lo tenía, que de hecho no había encontrado ese documento. No era un problema, señor, ¿tenía el número del documento nacional de identidad? Les volví a responder que no. Fue en ese momento que un largo silencio se interpuso entre mi interlocutora y yo. “Señor, qué tal si su amigo es un ecuatoriano, un colombiano o un chileno?”, culminó con un tono que no aceptaba cualquiera de los sentimientos altruistas que antes me había manifestado sino un ligero fastidio.

Entonces se me ocurrió darles el nombre completo de mi muerto (nombre que encontré apuntado en la libreta). Ella no tenía más que buscarlo en el registro civil de la Embajada. ¿Cuántos peruanos existirían con el mismo nombre? Con algo de suerte, Juan no tendría a ningún homónimo; por lo tanto, en cuestión de segundos podríamos dar con sus datos. De ahí a encontrar a la familia solamente había un paso.

—Señor, no tenemos inscrito a ningún peruano con ese nombre.

—¿Usted está diciendo que el cuerpo que tengo aquí en mi habitación no existe? —le respondí mortificado.

—Mire, lo que le digo es que aquí nadie puede hacer nada por usted —escuché la voz de la funcionaria ahora sí sin nada de cortesía.

—¿Pero y yo qué hago con el cuerpo? —les pregunté.

—Ese problema es suyo, señor —me respondió la empleada, antes de cortar la comunicación.

**********

La putrefacción puede ser cruel con los cuerpos que se abandonan a ella. Ella avanza silenciosa, lenta, pero también corrosiva e inexorable, sobre el cadáver que la acoge o, más bien, que se rinde a su ocupación. Aquel cuerpo que en algún momento sonrió y se enamoró, pero también increpó y odió, se convierte en un territorio abandonado a su suerte, invadido por hordas salvajes que reclaman derecho de ciudadanía ahí donde ya no queda más vida. Poco a poco, los últimos bastiones se rinden a la invasión que reivindica ese territorio, no a un señor en particular sino a la dispersión perentoria y total. Con todo, quien ha visto un cadáver, lejos de ser testigo de esta batalla invisible y perdida de antemano, en la cual fuerzas invencibles se desesperan por destruirlo, hacerlo polvo, tierra, nada, cierra el féretro, lo atornilla y lo entrega a la tierra, seguro de que sus recuerdos servirán para darle al muerto esa trascendencia que jamás tuvo. Como si la memoria y el recuerdo no fuesen más que el anverso del olvido, ese apagarse definitivo que empieza debajo de la tierra, entre las encías de parásitos y bestias diminutas pero letales que desmoronan cualquier unidad o coherencia. Mientras tanto, caminamos de espaldas a la muerte, seguimos nuestros caminos por la ciudad, hacemos como si mirásemos en el mapa, sonreímos a los otros transeúntes.

Si a mi regreso ya había encontrado el cuerpo de Juan bastante descompuesto, los días siguientes fueron una lucha contra la muerte que pugnaba por hacerse cada vez más con mi compatriota. Al inicio lo limpié como pude, con una esponja y una loción; también le cambié de ropa, mejor dicho le puse mi ropa, e incluso le corté las uñas y lo peiné. Esta decisión solo me resultó efectiva y práctica un par de días; además, me obligaba a ocuparme sin reposo de mi invitado. Decidí, por lo tanto, asumir medidas más serias: compré formol y procedí a embalsamarlo de la mejor manera posible. No sabía cuánto tiempo viviríamos juntos, lo mejor era ocuparme de él, que se sintiera a gusto conmigo como anfitrión.

De tanto en tanto, Madame Arnoux pasaba por mi piso para preguntarme si “mi invitado” seguía por allí. Pese a lo inútil de su pregunta —el hedor era acusador— ella entraba con el engañoso desinterés de quien, a los ochenta años, todos los amigos y familiares desaparecidos, la vida solitaria, apacible pero desesperada de una anciana, encuentra una oportunidad para existir. A veces traía algo de café, galletitas, unas magdalenas. Después de enterarse de que Juan todavía no se iba, se olvidaba de él y tomaba asiento en mi salón. “Qué se iba a hacer”, comenzaba Madame Arnoux con un mohín de asco, “ahora era tan difícil encontrar un lugar dónde quedarse en esta ciudad”. Yo la dejaba hablar, contarme que París ya no era el mismo desde que su marido desapareció. Uno ya no podía apoyarse en los demás, todos andaban siempre tan ocupados en lo suyo que nadie tomaba siquiera un instante para preocuparse por su vecino... Pese a los ancestros francos, galos y godos que se podían rastrear en lo más recóndito de su código genético, Madame Arnoux era también, a su manera, otra extranjera en París.

El que me ocupara del cuerpo de Juan, medida urgente pero provisoria, no quiere decir que abandonara la búsqueda de una solución. Intenté con el hospital de los estudiantes de medicina pero me dijeron que estaban copados, podía probar de nuevo en un mes. Para la morgue necesitaba un certificado policial que, la verdad, preferí no tramitar, mientras que la solución más evidente, acudir a un cementerio, era quizá la más delirante. En París uno debe inscribirse en una interminable lista de espera antes de optar a un par de metros cuadrados donde amontonar los huesos. Por lo demás, una vez que se tiene la aprobación es necesario contar con el presupuesto para pagarse un entierro digno. En ocasiones, los nichos pueden costar más caro que los mismos apartamentos en los que hacinamos nuestras existencias. ¿Qué hace la gente extranjera, sin recursos con sus seres queridos? ¿Cuál es la manera para liberarse de tanto cadáver que los días aglomeran debajo del cielo parisino?

Pasé varias noches con el cadáver de Juan. Le conté de mi vida, las razones que me habían traído a Francia y también las que me hicieron quedarme. Se enteró de lo de Claire, le dije la verdad, es decir que todo había sido culpa mía, ella tuvo demasiada paciencia conmigo, y yo no supe reaccionar a tiempo. Puedo jurar que un rictus de malestar y de empatía se dibujó en su rostro. No era para menos, pasamos los días agitándonos por inquietudes y ocupaciones que nos distraen de aquello y de quienes deberían ocuparnos en verdad. Cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde, todo ha terminado, es imposible darle nuevamente vida. Se hizo mi íntimo, nunca nadie me había escuchado con la entereza y la atención que me dedicó (incluso ahora cuando escribo me estremezco de pena y nostalgia al pensar en mi amigo perdido).

También le quise preguntar por él, por su vida, todo aquello que no me atreví a interrogar, por falta de confianza o ignorancia, durante nuestro viaje en avión. Me hubiese gustado saber por qué, teniendo una novia, recordaba a la Clarissa de la foto, había decidido venirse a París. ¿Cuál era la razón que traía a un peruano que jamás había salido de su pueblo a esta parte del mundo para morir en un lugar ajeno y hostil? Recordé que me habló de buscar un trabajo, de hacerse algo de dinero. Pero para eso pudo haber viajado a Lima sin necesidad de alejarse tanto de sus seres queridos. A lo mejor tenía también una hijita como la mía que esperaba a su padre, tener noticias de él, volver a verlo, tocarlo otra vez sin saber que él ya no existía y que por lo tanto nunca más le hablaría ni la tomaría en sus brazos. También pudo haberse ido, como lo hacen otros peruanos en su caso, a Argentina o, en última instancia, a España, cualquier país en el que la lengua no fuese una barrera sino una ayuda. Tal vez una circunstancia extrema le había obligado a tomar esa decisión, dejar un vacío con su partida o, lo que es lo mismo, morir para los demás. Había algo de desesperado, incompleto y misterioso en su trayectoria que no se explicaba con la necesidad de tener un trabajo y salario y que yo nunca llegaría a entender.

Fue durante ese periodo en el que Juan y yo comenzamos a intimar que apareció el hombre que se encargaría de desaparecer el cuerpo de mi amigo. Una noche, mientras me encargaba de limpiarlo, escuché que alguien llamaba a la puerta. Me molesté con Madame Arnoux quien, me pareció, se estaba tomando demasiadas libertades últimamente, esas ya no eran horas de visitas, ni menos aún de cafecitos. Por eso, me quedé de una sola pieza cuando abrí la puerta y me encontré con ese homúnculo que me miraba desde el fondo del pasillo, como quien evalúa a su eventual cómplice o víctima. Llevaba un abrigo largo que le llegaba hasta los tobillos, tapándole el cuerpo pero al mismo tiempo delineando su forma. Acaso ese abrigo no era suyo, se lo había robado a cualquiera de los cadáveres con los que traficaba. Más tarde, ya en la calle, me daría cuenta de que cojeaba de un pie, en ese momento lo que me llamó la atención fue una joroba tan grande que parecía hincharle los hombros. También la piel lívida, casi transparente, que daba la impresión de nunca haber conocido el menor rayo solar o de estar frente a alguien solo acostumbrado a la luz lunar. Cada vez que sonreía —con esa suficiencia que se me hizo antipática a lo largo de la noche, esa noche interminable— un diente de oro relucía en sus encías, siempre dispuestas a soltar una lisura o una blasfemia: me había estado buscando, quería proponerme un pacto...

**********

La idea era aprovechar la hora tan avanzada para descender al metro, buscar alguna zona sin uso y poder abandonar el cuerpo. Gracias a la complicidad de algunos empleados de la línea, a quienes les entregaba una parte de sus ganancias, mi guía contaba con las llaves para abrir las rejas que impedían la entrada a la estación. Después, todo era cuestión de deslizarse con sigilo por debajo de los andenes, penetrar en las vías, empujar alguna puerta clausurada y encontrar cualquier lugar dónde depositar a Juan. Era posible que la policía o los empleados encuentren el cuerpo, pero la descomposición, la falta de papeles y la desidia de las autoridades y los funcionarios terminarían por hacer su trabajo. Con algo de suerte, dijo “M” (prefiero no conjurar su nombre, no vaya a ser que termine apareciéndose otra vez), mi amigo acabaría en una fosa común junto a otros cadáveres, niños, mujeres y ancianos de distintas nacionalidades que se quedaron ahí donde todos llegaban para cumplir sus sueños pero se resignaban a fermentar su derrota.

Apenas entramos en el metro, lo primero que me llamó la atención fue el olor. Era una pestilencia que, conforme nos introducíamos en las galerías clausuradas a los usuarios, se hacía cada vez más concreto y denso, por lo tanto más insoportable. Por lo demás, el poco aire que había, en lugar de aligerar la atmósfera, la cargaba aun más. Así, muy pronto me vi obligado a llevarme la mano a la boca, detenerme cerca de cualquier toma de aire e intentar respirar, buscarle una tregua a esa pestilencia para llenarme los pulmones. A mi lado, “M” avanzaba con la tranquilidad del paseante que atraviesa el campo, bajo un cielo blanco y despejado, lleno de pájaros. Era él quien cargaba el cuerpo sin vida de Juan: quien quiera que se lo hubiera cruzado habría creído que, lejos de llevar una pesada carga, traía sobre sus hombros algo liviano, un soplo, un hálito. “Vamos”, me decía cada cierto tiempo, “todavía debemos ir más al fondo”, culminaba antes de seguir sumiéndose en la oscuridad sin fondo.

Poco a poco, conforme me iba acostumbrando a la penumbra que nos rodeaba, descubrí, con sorpresa, perplejidad y horror, que no éramos los únicos a esa hora en la línea del metro. Al contrario, una agitación silenciosa nos rodeaba. A cada instante numerosos pares de ojillos nos apuntaban; eran las ratas, los gatos, los murciélagos, las cucarachas y cualquier bicho de la noche que había escogido su morada en ese inframundo. Pero también eran los seres, esas sombras que se deslizaban sin dejar huella, almas en pena de la noche, que reconocían en mí a un extranjero; por eso, se ponían en guardia, me miraban con ese recelo que se tiene hacia lo desconocido, hacia aquel cuya sola presencia transgrede un orden. Había escuchado, pero nunca le había dado crédito, que muchos individuos ocupaban, sin permiso ni tolerancia, las instalaciones del metro. En ellas, establecían sus vidas de manera alternativa a la de la superficie, es decir, se organizaban en sociedades que les entregaban una identidad y también la posibilidad de enamorarse, fundar familias e incluso terminar sus días. Era completamente improbable darle crédito a estos rumores, siempre me habían parecido una de esas insípidas leyendas urbanas con las que los burgueses de una ciudad alimentan su imaginario, necesitado de mitos para poder asustarse sin consecuencias. Pero ahí estaba, la vida de los subsuelos parisinos, sus ciudadanos, sus tribus y sus clanes, desplegada delante de mis ojos con toda su unanimidad y vehemencia.

Se me ocurrió preguntarle a “M” acerca de los muertos por los que vivía. Claro, él entendía que nosotros los de allá arriba, dijo y señaló al cielo, viviésemos indiferentes a los destinos de esta parte olvidada, culminó antes de escupir uno de esos gargajos que se pegan al suelo. Si yo conociera tan solo un poquito de lo que ocurría aquí por las noches, entonces nunca habría querido nacer. En una esquina creí ver a un puñado de seres, entre los cuales había un niño, buscando entre los restos de lo que me pareció un cadáver. Mas allá se escuchaban los gritos desesperados de un recién nacido pero ahí donde debería estar no se veía más que a un perro negro enterrando los colmillos, raspando con sus garras, hurgando con su hocico. Me estremecí pensando en lo que estaría atravesando con sus mandíbulas antes de voltear la mirada lleno de miedo y asco. Imaginé, de repente, una legión de árabes, africanos, europeos del este y latinoamericanos ocupándose de sus cadáveres de esa manera. Reverso de la vida luminosa de la superficie, ésta era la región donde todos los viajes parecían terminar, donde las quimeras se convertían en pesadilla y los hombres revelaban su verdadero rostro: el de bestias huérfanas de esperanzas. París estaba muy hacinado, París necesitaba dedicar su espacio a la cultura, el arte, la bohemia y el cosmopolitismo: que la indiferencia se encargase de entregarles un final, cualquiera sea éste, a los invasores caídos en mortífera y anónima batalla.

Dejamos a Juan en uno de los corredores subterráneos que desembocan en el desagüe. Que los días, las ratas y los hombres le entregaran un final complaciente y solidario, distinto al destino que tuvo sobre la tierra. Me juré que desde ese mismo momento lo olvidaría. Todo lo que había vivido no pertenecía más que a un mal sueño. El viaje en avión y la noche en mi apartamento fueron errores que cometí y que terminé pagando. Apenas llegara a mi casa arrojaría a la basura las pocas pertenencias de Juan, sus camisas, sus fotos y su mochila. No serían nada más que rezagos de la ficción desesperada e insomne de un hombre abandonado. Después, ni siquiera eso, el recuerdo de Juan no existiría más; por lo tanto, él tampoco, se habría integrado a la nada desde la cual venía. (En ocasiones, es mejor deshacerse del recuerdo para sobrevivir, dejar atrás a quienes compartieron una parte de su vida con nosotros. Los personajes que se revelan secundarios no deberían tener mayor lugar en el relato de nuestras vidas; de otro modo, viviríamos atados al ayer, cargados con existencias ajenas, invasivas y también dolientes que, desde sus márgenes, pugnan por invadir tu espacio y tu vida.)

Una vez que regresamos a la boca del metro, tuve la impresión de volver a nacer. De hecho, sentí alegría al respirar una vez más el aire parisino que, en otras ocasiones, tanto me había fastidiado por sucio. Quien me hubiera visto en ese momento me habría creído en el medio de la Cordillera de los Andes, hinchando los pulmones con ese aire azul de las alturas. Mientras subía los escalones, advertía que esta vez era yo quien dejaba rezagado a mi guía. Desde sus profundidades, “M” levantó la mirada y me clavó sus ojos sin decirme una sola palabra. Hubo un momento de vacilación que no supe cómo interpretar. Se me quedó mirando a la espera de algo, un gesto de mi parte. “¿Qué, no piensas pagarme, mierda, hijo de la gran puta?”, me gritó. Entonces, busqué en mis bolsillos y me di cuenta de que había salido sin mi billetera o la había perdido en alguna parte. Fastidiado, avergonzado, molesto, encontré sin embargo con qué pagarle. Dudé un segundo pero al final de cuentas me dije que ya no iba a utilizarlo más, era la ocasión para deshacerse de él.

Era mi aro de matrimonio.

Un instante, “M” osciló su mirada entre el aro y yo; después, satisfecho con su paga, me hizo un gesto de despedida y, tras un estremecimiento de metales, regresó al metro. Me quedé solo a esa hora y con ese viento en París. Algunos empleados municipales barrían ya las calles antes de que los turistas las ocuparan y se tomaran fotos, escribieran cartas postales y jugaran a ser parisinos, cualquiera sea el sentido que se le dé a esta expresión a esa hora en que las farolas apagan, una a una, sus luces.

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Muchos años han pasado desde aquel entonces. Entretanto, me mudé a Lyon, dejé el trabajo y regresé una vez más a París, ya no al piso en el que todo ocurrió sino a otro mucho más pequeño pero al mismo tiempo más mío, lejos del centro, es decir, más accesible para el presupuesto de un hombre solitario, sin mayores pretensiones en la vida que ocupar en las fronteras. También regresé a Perú, durante los veranos, único momento que el trabajo universitario me permitía; sin embargo, cada vez me sentía más extranjero en Lima, como si de pronto, mi ciudad natal me hubiese declarado un foráneo, sin más conocidos ni familia. Desde hace cinco años, no he regresado y tanto mejor así, la ciudad había cambiado, ya me quedaba poca gente conocida —todos con familia y asentados en una vida que me es desconocida y que, por lo tanto, me excluye— y este tiempo afuera había terminado por darme otras costumbres, una manera distinta de ver las cosas. Lo mismo que Madame Arnoux, yo terminé por ser un desconocido en la misma ciudad donde había nacido. Por lo demás, nunca más le propuse a un desconocido, por más compatriota que sea, quedarse en mi piso. Cada vez que subía a un avión y veía a todos los Juanes del vuelo que, impertérritos y solitarios, miraban al vacío, yo decidía esquivarlos, negarles la conversación; entonces, abría mi libro y me zambullía en la historia que me contaba la novela con la que subía al avión hasta que la voz del piloto anunciaba el aterrizaje en Charles de Gaulle, París, veinte grados de temperatura. Regresaba a esta ciudad ya no con el entusiasmo de la primera vez, sino con la sincera y triste sensación de haber perdido algo en ella sin saber qué.

Hace poco abrí de nuevo el libro de Loayza con el que viajé. Se lo había prestado a Sophie, mi hija, quien viene de tanto en tanto a pasar algunos días (no conmigo sino en París, una ciudad que le encanta). Me lo devolvió con el gesto displicente como deplorando, sin decirlo, un gusto literario que no comparte, pero no le dije nada, estaba en su derecho de no disfrutar de Loayza, otro peruano como yo, ya no como ella, una chica a medio camino entre dos nacionalidades. A medida que avanzaba en la lectura me dejaba capturar una vez más por ese espíritu inquisitivo propio a Loayza y con el que desarrolla un tema en apariencia insignificante, hasta banal. La prosa de Loayza me dio la impresión de seguir siendo la misma que yo recordaba, un lenguaje sugerente, hecho de claroscuros en los que nada estaba dicho de manera perentoria sino formulado de modo tal que le tocaba al lector sacar sus conclusiones. Lejos de romper todo vínculo con su interlocutor, Luis Loayza le proponía entrar con él a esa tierra sin fronteras que era la literatura. De pronto, no existía más afuera, todo se había transmutado, gracias al poder del lenguaje, en un espacio armonioso y delicado. Cuando terminé el ensayo lo hice con esa sensación que debe tener quien regresa, después de muchos años, a un lugar determinante para la experiencia, querido por los afectos, dejado detrás por culpa de los azares y las contingencias tan veleidosos como intransigentes.

A diferencia de la primera vez que leí ese texto, en esta ocasión encontraba, detrás de cada línea, un sentido escondido, solamente accesible para mí. Ahora me daba cuenta de por qué ese ensayo me había conmovido tanto. No era por la inteligencia o la fina ironía que exhibía. Tampoco por la perspectiva que había asumido, y que en su momento me cautivó: la de alguien que revela la encarnación de una crisis en personajes que aparecen de refilón en dos novelas. Extraña paradoja la del coronel y la del mundano, esos eran los dos personajes peruanos rescatados del olvido literario por Loayza: sus existencias se restringen a un puñado de palabras, pero sin gente como ellos las ficciones que los acogen perderían capacidad de persuasión, no serían más que un amasijo de frases inverosímiles. Así, si aquellos foráneos desaparecieran de las ficciones, ellas mismas perderían realidad, se convertirían en poco menos que ficciones ilusas, amputadas de genialidad. Sin quererlo, Proust y Stendhal subrayan la fábula de los segundones, aquellos cuyo lugar en la ficción nadie recuerda o ya olvidó apenas cambió de página, pese a que, de un modo o de otro, contribuyeron a darle un sentido al relato o, mejor dicho, a esa vida que necesita de ellos para seguir existiendo, con todas sus injusticias, sus euforias y sus olvidos.

Cuando terminé la lectura, cerré el libro y lo dejé a mi lado, ya era de noche. Por mi ventana se escuchaba la ciudad despertar a la madrugada de un fin de semana. Pronto terminaría el año en la universidad, lo más sensato era quedarse dentro de casa, corregir exámenes, pasar en limpio mis apuntes. Pero esa noche no le daría importancia alguna a la sensatez; al contrario, bajaría de una vez a la noche y buscaría en ella aquello que tendría que encontrar. Un instante, mientras echaba llave a la puerta de mi piso, me levantaba el cuello del abrigo y encendía un cigarrillo, me dije que salía sin documentos ni dinero a esa hora y en un lugar tan peligroso. Pero para eso ya no tendría más tiempo ni oportunidad pues ya había arrojado las llaves a la alcantarilla y ya resonaban mis pasos en los adoquines húmedos de la madrugada.

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Amigo peruano, que acudes a París con tu mujer de la mano, y acaso también tus hijos, para conocer los Champs Elysées, pasear por Trocadéro, disfrutar del Louvre, maravillarte con Versailles y, como es evidente, deslumbrarte con la imponente Tour Eiffel, te ruego que olvides lo que acabo de contarte. Es más, sabes bien que se trata de un cuento, uno de esos relatos que la imaginación ociosa inventa para matar el tiempo o, lo que es aun más retorcido, renegar de la realidad. Por eso, cuando tomes el metro de París y sientas un olor astringente entre una estación y otra no pienses en lo que acabo de contarte. Simplemente, sonríe, mira a tu mujer y comenta lo linda que estuvo la visita, haz como si revisaras tu mapa o tu guía de la ciudad y tápate la nariz discretamente para no exponerte a la pestilencia. Ese es el olor que tiene París por la noche y en el subsuelo, el mismo olor de cientos, miles de personas anónimas que llegaron buscando un sueño pero que nos encontramos con el vacío que te niegas a conocer cada vez que subes de nuevo a la ciudad, y ves de nuevo los edificios y respiras hondo y te dices qué bella que es París de mañana, a esa hora, llena de vida, con tantas nubes y tanta gente alrededor dispuesta a caminar y a levantar los ojos y a sonreír, y decir que sí.