Letras
“El apacible”, de José Gregorio Vílchez MoránEl apacible
Extractos

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Río Momboy

El umbral
adviene junto al descenso de las aguas,
la elevación de la niebla abrupta
sobre la sensación beatífica del musgo,
piedras y labios en el cortejo
de aquello besado por la tierra
del paisaje que dentro en su posada
el cuerpo guarda y aguarda
como una gran verdad,
como un rezado silencio
que en las montañas corónase alboreado.

 

Con-cavidad

La región más bella que aún respira
duerme y amanece en uno
exactamente
donde ventea el sur sus clavicordios
rodeado de tepuyes
al centro de la trémula estrechez
de la galaxia.

 

Absoluto

¡Qué ironía!
que entre tantos edificios y umbrales
nadie perciba
lo que el chubasco vino a decir
tan dentro de septiembre.

En las paradas de tráfico
la gente protesta contra el aroma herbal del firmamento,
mientras los taxis huyen despavoridos
y hay locales que apresuran a cerrar.

¡Qué ironía!
¡Tantos habitantes deshojados,
tan pocos corazones y sentidos
se ofrecen a lo grisáceo reluciente
a despuntar!

 

I de Reyes 19:12

En aquel segundo del trueno más puro
después del temblor
y el fuego contra las rocas de ser,
allí como viéndose,
como golpe de bello vacío,
su sonido:
APACIBLE
en el cruce fugaz de vida y éter
donde alguna vez
pudimos ser tan claros
y, al unísono,
Elías.

 

Post adviento

El cielo desagua
                   dejándonos la vastedad doliente
donde antes algo tejíase
de sentido concernido.

Ahora
                   mar adentro en uno
nada queda, salvo,
                   algunos cirros anclados
y esta sensación
que a veces padecemos
cuando hemos ido quitando
                   —no sin duda—
los adornos de navidad.

 

Sin fertilizantes

En la calibrada observación de la estructura
de algunos musicales instrumentos
cavilé y escudriñé las causas y magias
del por qué
esas flores que a ninguno parecieran perfumar
y esas nubes que no aparecerán
                —en ninguna foto satelital o familiar—
se ofrecen a la lasciva ternura en vaciedad de la bóveda celeste,
al silencio expectante que nos arroja al vilo y a la espera
de la tormenta en la inminencia de una luz
más líquida que el mismo aire naciente.

a José Francisco Ortiz

 

Fe debida

A color y olores;
el universo articula el compás,
su canción oblicua sobre los instrumentos circulares y las borgeanas ruinas.

No obstante,
esa no ha sido la retórica
con la cual nos instruían desde abecedarios ilustrados
con frutas y casitas.

Nadie mencionó estas fechas tan resbaladizas,
esta cascada de tiempo que obnubila pretendiendo delinear apariciones,
elementos que parecieran precipitarse desde el Niágara del cuerpo
hacia el pensamiento calcinado de tanto cotidiano ardor.

Definitivamente, no.
No estuvieron nunca estos adioses y décadas
dentro de las piñatas
y las alcancías con forma de cerditos.

Por eso, el poema,
ante estas evidencias se prolonga,
constriñe,
aun más cáliz,
más patente
arca de irrefutable fidelidad.