“Es viento de agua”, dicen los que conocen los secretos del cielo. Empieza suavecito como un beso. Poco a poco se les encima a las ramas despavoridas. Las vapulea como si pretendiera arrancarlas de cuajo. Al final nadie sabe qué sucede: un gigantesco turbión va y viene a latigazos entre espasmos y risotadas de huracán. Rompe los cables eléctricos, se lleva a rastras todos los paraguas del mundo, destroza los nidos verticales de las oropéndolas jactanciosas. Es una mezcla de sordera universal y estruendo metafísico. No hay nada qué hacer: el viento de agua, señor terrorífico de los inviernos abrileños, se hace sentir.
Los viejos caraqueños lo nombraban con miedo. Decían que los espíritus justicieros que pueblan el corazón del Ávila, le soltaban las riendas cuando los habitantes de abajo “hacían rubieras”; es decir, cuando propiciaban esos incendios desvergonzados que se tragan la vegetación de galería, insustituible hasta en los penachos de la franja paramuna. “Por eso”, decían, “tienen razón”. Y tenían razón. ¿Qué sería de la ciudad, desmesurada caja de resonancia, donde hasta el aire se volvió una marimba de ceniza, sin el pulmón de este cerro, friolento de Caracas a Barlovento, reventadero de calor en las estribaciones de la costa?
Anoche volvió el viento de agua. Por encima del ruido de las noticias de las nueve, lo oí llegar. Mansamente inició la subida. De repente todo quedó en silencio. Ese caradura es traicionero —me dije—, quizá espera a que estemos dormidos para caernos sin compasión. Entonces las nubes —pesadas desde la tarde— empezaron a llorar. Era un llanto de niño, casi un arrullo entre los algodones de la ciudad amodorrada. Un silencio sospechoso volaba a hurtadillas como pájaro malo. Entonces, como si fuera un tropel de caballos salvajes, el viento se desgajó atrapando y soltando, derribando y hundiendo. ¿O sería el gañote descosido de una jauría de lobos hambrientos? Ni siquiera nos tranquiliza la costumbre de ver cada año cómo se doblan hasta el suelo los árboles más robustos o cómo sube y baja, en la calle relampagueante, un telón de papeles olvidados y hojas enloquecidas.
La arremetida duró media hora. Poco a poco empezó a retirarse la marea. Los resoplidos del fuelle se convirtieron en un hilo de violín oído a media noche. Lejos, más lejos, hasta donde más nunca, se escabulló cerro arriba y entró en la cueva donde dormirá hasta el año que viene.