Sala de ensayo
Gioconda BelliEl infinito en la palma de la mano, de Gioconda Belli
La invención de la libertad

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I. Deslizamientos

Gioconda Belli reescribe el primer relato sobre la Creación del hombre y la mujer desde una escritura tan transparente y sutil que logra no sólo “recrear” poéticamente el espacio edénico sino también plantear interrogaciones sobre la tensión entre la libertad y la obediencia.

Las figuras de Eva y Adán, el papel de Elokim (Dios o “El Otro”, como aparece en la narración) y la Serpiente y la concepción de lo natural y lo cultural, entre otras muchas perspectivas, convierten a la novela en texto emergente de los muchos intertextos entre los cuales el Génesis es el nudo gravitacional pero no el único. El infinito en la palma de la mano1 logra amalgamar todos los textos que lo generan y cruzan2 para originar, en el doble sentido que ese verbo adquiere en esta obra, un texto nuevo, que propone miradas laterales, transgresoras del sentido instalado y de vigorosa convicción argumentativa.

El capítulo inicial dice el primer instante:

Y fue. Súbitamente. De no ser, a ser consciente de que era (p. 17).

El relato agrega sentido al entrecruce de relatos bíblicos y apócrifos cuando Adán nombra sin conocer palabras, cuando descubre verbos para cada acción, cuando al nombrar ve que lo nombrado se reconoce. La palabra, en la versión de Belli, ocupa el lugar que tiene en la Biblia cuando Dios es el que nombra. Un primer deslizamiento, significativo ya: el lenguaje modela el mundo desde la palabra humana, no sólo desde la divina. Adán sostiene su existencia en la obediencia a Elokim, el “Otro”, a quien sus palabras no logran convertir en presencia, sólo en voz. Sabe de prohibiciones, de destinos y de tareas, pero se siente solo. Hasta que llega el nacimiento de Eva, descripta como un bello sueño de sus costillas. Con Eva aparece el segundo deslizamiento que propone Belli: ella es quien interroga, quien duda, es el deseo de saber. No acompaña al hombre para que no esté solo, como en el relato bíblico; aquí, impulsa las ansias de entender y de ser: inaugura, en el Edén perfecto, la imperfección que propone la libertad...

—¿Qué hacemos aquí? —preguntaba.

—No sé.

—¿Quién nos puede explicar de dónde venimos?

—El Otro.

—¿Dónde está el Otro?

—No sé dónde está. Sólo sé que nos ronda (p. 20).

Eva inquieta las soledades del Jardín, desarticula las respuestas conocidas y se pone en marcha para conocer lo que se ve más allá. Adán, sorprendido, acompaña y sostiene (como si fuese el revés del texto bíblico):

—¿Qué hay más allá?

—Nubes.

—¿Y tras las nubes?

—No sé.

—Quizá habite quien nos observa. ¿Has intentado salir del Jardín?

—No. Sé que no estamos supuestos a salir más allá del verdor.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

—¿Igual que sabías los nombres?

—Sí.

Lo que podría entenderse como tercer deslizamiento de sentido es el papel de la Serpiente como vocero del “Otro”, como relator de los enigmas de la historia que Adán y Eva desconocen. El Diablo, en la piel de la Serpiente, no encarna la esencia del Mal, sino que aparece como la presencia atormentada pero comprensiva del plan del invisible Elokim.

La incitación a transgredir el Orden Perfecto, comiendo los higos del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, halla en Eva otro sentido deslizado: para ella no es transgresión herética sino la sutil manera que encuentra Elokim para que la Historia comience, para dar inicio al tiempo histórico humano; el paso necesario estará en manos de Eva, su decisión y fortaleza para romper la dirección del plan divino. El instante más trascendental de la libertad humana en manos de una mujer que no traiciona por ambición personal sino por la elección racional de saber y de ser. Adán, en esa instancia, no es el acompañante traicionado sino quien decide comer la fruta para no volver a estar solo. El relato “oficial” se deconstruye en su semántica más profunda pero conservando la “arquitectura original”, apoyada en una trama poética que la cobija y sostiene...

Desde las primeras páginas es evidente que el tejido tradicional de la historia bíblica y sus textos satélites, apócrifos o legendarios, son desplegados en la estructura novelesca pero sobre esa forma narrativa (que de por sí constituye un nudo de historias) Belli disemina su propia palabra, sus planteos propios, su mirada personal. En el siguiente fragmento, donde la voz de la Serpiente repite inicialmente la historia “conocida”, es posible advertir ese procedimiento:

Él prefiere que ustedes sean pacíficos y pasivos, como el gato y el perro. El saber causa inquietud, inconformidad. Uno cesa de aceptar las cosas como son y trata de cambiarlas. Mira lo que él mismo hizo. En siete jornadas sacó del Caos cuanto ves... Al final los hizo a ustedes, hombre y mujer (p. 27).

Pero sobre esa descripción, la añadidura que descoloca el sentido, que lo remite a la invención novelesca que trabaja las grietas que le interesa insertar: un Diablo cansado del plan de Dios y un Dios olvidadizo de sus creaciones:

Hoy está descansando. Después se aburrirá. No sabrá qué hacer y de nuevo seré yo quien tendrá que apaciguarlo. Así ha sido desde la Eternidad. Constelación tras constelación. Las crea y luego las olvida (p. 27).

 

II. Los sueños de Eva

El capítulo segundo, uno de los más logrados del libro por el cruce de invención poética y tensión filosófica, ofrece una variable no demasiado trabajada por los textos tradicionales sobre el origen del mundo humano, salvo en la forma de visiones proféticas o anuncios divinos: los sueños, en su noción más freudiana, es decir, como síntoma más convincente de lo real y no como escape fantástico, aparecen una y otra vez en las noches de Eva. El primero y más fascinante de ellos, además de ser el más revelador, es el que le muestra, como en un aleph borgeano, la Historia que sucederá cuando haya mordido el higo prohibido...

hombres y mujeres efímeros que se multiplicaban, se esparcían por paisajes magníficos... los vio ocultos y confundidos arder y contorsionarse, crear y dominar terribles conflagraciones de las que emergían una y otra vez (p. 35).

Eva sueña y ve. Como una artista, una escritora, contempla lo por venir y decide lo que Elokim parece no estar dispuesto a decidir: el comienzo del tiempo real, el final de la Eternidad del Edén. ¿Quién puso ese Árbol allí? ¿Quién la hizo ver, en el sueño colosal, la historia completa? ¿Quién si no aquel que necesitaba su desobediencia, su aparente traición, su libertad puesta en acto por primera vez?

La tensión entre la obediencia al plan y la libertad que implica la transgresión preside el planteo global de la novela; esa tensión, a su vez, se focaliza en Eva, en la mujer como llave magistral de la Historia. Rescatada del estigma de la traición que subraya el relato tradicional, Eva es, en esta narración, la valentía y la inteligencia puestas al servicio del deseo de saber.

En realidad, es el concepto mismo de mujer el que Belli, a través de Eva, resematiza. El lugar de la mujer en la historia novelada y en la Historia, la puesta en presente de la mirada sobre lo femenino, vinculándola a la tierra de un modo existencial:

Ella estaba conectada a la tierra, como un árbol sin raíces (p. 120).

El hombre, más cerca de los animales, ella del mundo vegetal; esa dicotomía dispara, como puede entenderse, dos universos semióticos distintos y distintivos que perfilan la noción inaugural de hombre y mujer.

“El infinito en la palma de la mano”, de Gioconda BelliEl texto despliega esos signos como perfiles de Eva, pero se leen como modos de ser y sentir de lo femenino universal, por ejemplo, en la mirada sobre lo (otro) masculino y su afán de dominio:

Admiraba la tenacidad dulce de Adán, la dedicación con que se aplicaba a los oficios... la satisfacción que le producía dominar (p. 178).

Pero también en la descripción de lo (propio) femenino, en donde subrayará la sensualidad con la que entiende el tiempo por venir y la intuición para multiplicar miradas sobre el mundo, aprendidas en el oficio de multiplicar vidas desde el fecundo vientre...

...en el tiempo que les tomó a los gemelos madurar hasta la pubertad, le pareció que su piel se había llenado de oídos y su vista de tacto... Salirse de sí misma, multiplicarse, le abrió misteriosamente los lenguajes secretos de la vida (p. 178).

Eva, además, explorando territorios más cercanos a la búsqueda de la libertad verdadera y al saber más allá de lo conocido y entrevisto. Adán, más próximo a la fortaleza de la superación, la conservación del espacio y la prudente obediencia. Quien decide comer higos es Eva, quien mata animales para comer es Adán. La relación con la exploración del saber es de ella. La obsesión por sobrevivir y tener, de él. La novela se deja atravesar por una construcción constante de lo femenino como inclinación por el riesgo y la relación con la tierra como cultura, como diseño humano. Adán, en todo caso, más cerca de lo natural, de la conservación de lo recibido, indicado y cuidado. Ambos apostarán a la multiplicación de la especie, pero desde distintas sensibilidades que una y otra vez remitirán a la obediencia a Dios o a su elusión, que, en el acto inaugural de Eva, es ni más ni menos que la invención de la libertad.

Una suerte de teología “local” propone el texto de tanto mirar sesgado en las escrituras sagradas: Dios-Elokim-El Otro, no puede dar espacios para ninguna libertad porque pone en contradicción su plan preciso, único, preconcebido y perfecto. Pero su benevolencia puede concebir ese espacio de trasgresión, si es que “otro u otra” lo asume y lo dispara como “traición” al plan. Eva intuye esa posibilidad, avanza y decide saltar al abismo infinito de lo insondable: la historia que soñó, será por su arrojo. La historia de la mujer y del hombre habrá comenzado porque Eva ha decidido inaugurar el primer respiro fresco de la libertad, contra todos los riesgos. Adán acompañará, como dijimos, ya no como traicionado sino para no estar, como antes de Eva, en la plenitud del Jardín pero en la inmensidad insoportable de la soledad.

Los hombres iniciales sueñan con otros hombres, y desde el sueño se interrogan:

Adán, ¿adónde vamos cuando dormimos? ¿Quiénes son esos hombres como nosotros que habitan nuestros sueños? (p. 119).

En otra visión que media entre el sueño y el desvanecimiento, Eva vislumbra el fin del Paraíso. Una lluvia acaba con el bello Jardín, y la escritura da cuenta del imaginario final de la Eternidad desde la poesía, ese tejido en el que Belli deja atravesar el imaginario narrativo del texto, único continente posible para esa disolución...

...como si de pronto el Jardín cediera a una confusa vocación de arco iris... una lluvia que ascendía vibrante y temblorosa conteniendo en sí todos los tonos del verde... (p. 122).

Esa mirada poética sobre la totalidad se reproduce, como en espejo, cuando la mirada contempla lo mínimo, el cuerpo propio, y lo redescubre como “otra totalidad”, haciendo circular lo que Belli parece insinuar como “mirada femenina”:

Sé que dentro de mí hay un mar que la Luna llena y vacía (p. 98).

Desde esa visión, Eva entiende tempranamente la totalidad del plan. Ella y Adán no son el principio sino el final, el punto final de la Historia, el lugar adonde la raza humana debía llegar; para eso, en algún punto se debería retornar en el tiempo y empezar de nuevo. Eva comprende todo aunque no sabe cómo. Su culpa, su decisión trascendental, su transgresión colosal, son entendidas ahora como parte del plan de Elokim. Acaba de intuirlo, de presentirlo y soñarlo, es decir, de saberlo.

Este conocimiento no detiene la insistencia interrogativa de Eva. Cuando comprende la transparencia total del plan, ese saber produce lo que la Serpiente supuso: la necesidad de nuevas preguntas:

Si ella hubiese sido más dócil, ¿los hubiese dejado Elokim en el Jardín? ¿Por qué actuaba tan ofendido si todo aquello era parte de su plan? (p. 87).

 

III. Esta tierra nuestra

Caído el Paraíso, Eva y Adán acaban por comprender que la tierra propia es la que pisan, que del Edén quedará la nostalgia de lo perdido. Signos que remiten a la ausencia, como todos los signos, quedarán en el imaginario colectivo humano para todos los tiempos: la poesía será el tejido que mejor cobije esos signos para decir lo inicial, lo primero, lo perdido.

Conscientes ya del definitivo destino terrestre, Adán y Eva otorgan el sentido más pleno a la acción libertaria de Eva, cuando supo cómo se deshacía el higo en su boca. La perfección del Jardín imposibilitaba la duda, la incerteza, los miedos, pero también la libertad, que es esencial a esas interrogaciones y a la posibilidad de saber. En el plan divino, sólo cabe obedecer y cumplir; en el plan que inicia Eva al morder los higos, aparece la instancia del riesgo de hacer y de ser, entre sufrimientos y júbilos. Eva comprende esa nueva situación pero haciéndose, otra vez, nuevas preguntas:

Ver a sus críos reaccionar a sus consuelos y caricias y reconocerla, ver el jolgorio de sus ojos... hacía que le fuera cada vez más difícil continuar pensándose víctima de un arbitrario y desproporcionado castigo (p. 172).

Pero a esos planteos Eva agrega otro más visceral, más hondamente humano, cuando Caín se cruza con Adán en la primera tragedia fratricida de la Historia.

Inaugurando también la interrogación más conmovedora del texto, reescribe la frase de Jesús en su agonía (“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”):

¿Dónde estabas, Elokim, cuando mis hijos se mataban? (p. 229).

En ese instante crucial, en medio de esa pregunta que hace temblar al mundo y a la Historia, la designación de Elokim como “El Otro” vigoriza su relieve simbólico: es otredad por su ausencia, pero también lo es por la imposibilidad de comprender acabadamente sus designios, por la lejanía del sentido incognoscible, por la incomprensión de la limitación humana del dolor, del desconocimiento, del fallido intento, de la humana sensación de ser para la muerte.

La escena final de Eva desvaneciéndose en la lluvia del tiempo que ya no le pertenece, dejando lugar al inicio de la Historia nueva, en la que Aklia será clave cuando pierda belleza humana y lenguaje y vuelva a vivir entre los monos para dar comienzo al proceso de la evolución, es el símbolo “circular” que cierra la resemantización del relato bíblico. Abrupta y sorprendente quizás esa resolución final, como bien ha señalado Lilian Fernández Hall:

el intento un poco forzado de encajar el relato bíblico con algo así como un preludio a la teoría darwiniana de la evolución.3

Con Adán ya alejado del final de la Historia, Eva ocupa las páginas finales del texto, hasta ser lluvia, poesía, final y libertad. Detrás de ella, ingobernable, sigue el relato que todos los hombres y mujeres escriben haciéndose las mismas preguntas que ella y él se hacían desde los intensos días del Paraíso perdido.

 

Referencias

  1. Belli, Gioconda, El infinito en la palma de la mano, Seix Barral, 2008.
  2. Entre los textos que la autora enumera como fuentes del libro: los libros de Enoch, los Evangelios de Nicodemo y los Libros de Adán y Eva, los Pergaminos del Mar Muerto, los Midrás y otras “numerosas interpretaciones arcaicas” de esos relatos.
  3. Fernández Hall, Lilian, “Morder la fruta prohibida”, Diario Hoy, El Salvador.