Rueda de la fortuna
Gira, ha girado la rueda. Sus colores me hipnotizaron, me atraparon.
—¿Habías visto algo como esto?
—No.
—¿Qué te hace pensar?
—Nada.
Mentí, los colores me llevaron a lugares a los que no llegaba desde que era niño. No pensé que los recordaría de nuevo. Pero, más que recordar... ¡Ay! Sentí escalofríos, escalofríos petrificantes, escalofríos escalofriantes, escalofríos... La grama verde y caliente dejó mi espalda enrojecida. Con mi mano sostenía un cigarrillo barato que no había podido fumarme unas horas antes, o quizá no era el mismo cigarrillo. ¿Me lo habría fumado antes? ¿Me lo habré fumado después? Me lo estoy fumando ahora. Todos saben igual, pero en momentos como aquél y éste, tienen un sabor amargo, una sensación a fracaso.
Fracasé en olvidar ese momento.
—Me siento emocionada. ¿Tú que sientes?
—Escalofríos.
—¿Estás bien?
—No estoy.
Así es, no estaba, me había ido lejos. Lejos hacia la grama caliente, hacia el humo amargo, hacia la tristeza máxima, la melancolía ruda, las lágrimas incontrolables... inacabables, indeseables, lágrimas cálidas, escalofríos, escalofríos petrificantes, escalofríos escalofriantes, escalofríos... ¡Oh! Colores malditos. Rojo, verde, azul, rojo, amarillo, morado, rojo, negro, rojo. Colores que giran y giran y giran y no paran de girar, no pararon, no pararán, no pararían, no, no, ¡no!
Me había ido lejos. Lejos hacia el recuerdo que creía haber perdido. Fracasé en el olvido. He sido tomado, la fortuna me ha elegido. Nunca volveré a ser el mismo.
Sin zapatos
¿Qué mira el hombre que camina descalzo?
Divagando va. Derecha. Izquierda. Sin rumbo, sin destino. El hombre camina lentamente, el sol se refleja en su frente brillante, las gotas de sudor corren por su rostro y bajan por sus hombros desnudos.
¿Qué lleva en la mano? ¿Un pedazo de pan seco o una botella de aguardiente? ¡Pobre hombre! Camina descalzo sobre la arena, sus pies están enrojecidos. Camina sobre las piedras, los cigarrillos encendidos, la basura y los desperdicios.
¿Qué habrá hecho aquel hombre para merecer su infortuna?
Puede ser él el que mató a una joven la semana pasada, o puede ser él al que persiguen los asesinos.
¿Quién mira al hombre que camina descalzo?
Mira cómo la piel se le pega a los huesos.
¿Será su culpa o nuestra?
Para ese hombre no existe la rutina ni el pan de cada día, no conoce de amor, no conoce de familia. Sólo camina. Camina solo. Somos más los que lo miramos que los que nos acercamos.
—Aquí tiene, pobre hombre, no malgaste el dinero, cómprese unos zapatos.
Cementerio
Cómo olvidar ese momento en el que me encontré sentada en la grama, y para mí, sólo había grama. El sol se reflejaba en mi frente, y para mí sólo había grama. Húmeda y tibia, verde, tan verde.
¿Pero qué significaba?
Antes de eso, me encontré corriendo, exaltada, desesperada, sin saber qué buscaba. Quizá, no buscaba nada y me inventé una razón para correr, o para huir.
—¿Estás bien? —me preguntó alguien. Fue allí cuando noté que, para mi sorpresa, estaba rodeada de gente, ya no era sólo grama. Sin decir nada asentí y esa persona, la cual no recuerdo si era hombre o mujer, continuó su camino. Nunca me había sentido tan solitaria, pero al mismo tiempo tan expuesta. Tomé un cigarrillo y lo fumé como si fuera mi último y, al terminarlo, encendí otro sin darme cuenta.
Me encontré mirándome al espejo, tan sola, tan triste, creyendo estar preparada, segura de que ya venía el momento. Mis manos temblaban. ¡Oh, cómo temblaban! Tan sola, tan sola, sólo yo y mi reflejo, sólo yo y mi otro yo.
¿Por qué regresaste, fantasma? Siempre has sido mi tortura. ¡Déjame en paz por un momento, déjame sola con mi espejo, sola con mi grama! De ti corría mientras me gritabas, me enfrentaste sin misericordia y me dejaste claro que nunca podría despegarme de ti, por mucho que trate, regresarás para recordarme que no te podré olvidar.
Llevo años escribiendo sobre ti, tantos que en algún momento llegué a pensar que eras mi musa, pero tú no eres musa de nadie porque obligas a la gente a llevarte consigo siempre. Eres el producto de mis propios errores, aquellos que cometí sin pensar en sus consecuencias, y aquellos que alguien más cometió por mí. Llevo mi cruz y la de ellos, pues tu cruz es la de todos.
Verde, que no te quiero verde. Grama y nubes. Hacia ellas corrí. No buscaba nada, huía de ti. Fantasma que eres mi pasado y que siempre me recordarás aquellas cartas, poemas e insomnios, aquel hueco en la tierra en el que sobre él ahora hay grama.