“Un hombre sin compasión es un hombre sin honor” exclama, sabiamente, uno de los medievales personajes del libro Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, cuyo autor es el narrador estadounidense John Steinbeck, al escuchar la negativa de un caballero británico de perdonar la vida a su rival vencido en un duelo, a pesar de las súplicas de este último. La Edad Media ha sido conocida, por lo general, como una etapa en la que predominaban la ignorancia, el fanatismo religioso, la intolerancia, la violencia y, en definitiva, la barbarie y el oscurantismo.
En las postrimerías del siglo XV, según el criterio de algunos historiadores, comienza la denominada Edad Moderna en la que, mediante los viajes de circunnavegación, se da la “colonización del Nuevo Mundo”, eufemismo utilizado para referirse al período de exterminio y esclavitud a los que fueron sometidos millones de aborígenes americanos a manos de aventureros españoles, ingleses, portugueses y franceses que impusieron el imperio de la espada y la cruz europeas.
En 1637, René Descartes da a conocer su libro El discurso del método, obra en la que este filósofo francés restablece a la subjetividad del individuo como punto de partida del conocimiento epistemológico. El cogito ergo sum, el pienso, luego existo, sería la antesala del siglo XVIII y el axioma que inspiraría a los ilustrados y jacobinos que, en plena efervescencia de la Revolución iniciada en 1789 (año que inauguraría la Edad Contemporánea), cortarían la cabeza del rey Luis XVI y la de su esposa María Antonieta, que gobernaban, despóticamente, a Francia por una supuesta voluntad divina.
El siglo XX, en el que se llevaron a cabo la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española (contienda fratricida en la que murieron aproximadamente 500.000 personas de ambos bandos, nacional y republicano, durante los tres años que duró dicha guerra; esto sin contar con los represaliados durante la larga dictadura del general Francisco Franco), el Holocausto (en el que murieron seis millones de judíos de toda Europa), la Segunda Guerra Mundial (en la que dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki, fueron arrasadas por el bombardeo nuclear norteamericano), entre otras atrocidades; es el paradigma de la escasa evolución, propiamente, humana de los hombres.
El tan exaltado progreso del hombre ha sido, por un lado, tecnológico, es decir, la invención y fabricación de objetos, herramientas, prótesis y adminículos destinados para el confort de quienes puedan comprarlos; y por el otro, científico, con un conjunto de disciplinas, enfocadas desde una perspectiva meramente positivista, que se dedican a estudiar al hombre con la exclusiva finalidad de conocerlo para, así, poder dominarlo y perpetuar el sistema de injusticia y exclusión en el que vive. En estas circunstancias, no hay espacio en el que el hombre pueda pensar y cuestionar la realidad ignominiosa en la que se encuentra. Como lo expresó en Ser y tiempo (1927) el pensador alemán Martin Heidegger: “La mayoría de los hombres viven en calidad de interpretados”, es decir, se someten al poderío de los otros, hacen lo que desean los demás, renunciando a su libertad y a su dignidad.
Este progreso material y externo, a mi entender, es una de las causas por las que la filosofía, otrora madre de todas las ciencias, vive horas malas, siendo desdeñada y hasta eliminada en los centros de estudios superiores de países atrasados como el Ecuador. Esto es algo muy grave, algo que debería preocuparnos, debido a que en un país como el nuestro, en el que la corrupción y la impunidad están entronizadas, es una necesidad imperiosa generar un pensamiento autónomo y crítico para que éste, a su vez, engendre una acción que combata y derrote a estas dos lacras que corroen a la sociedad ecuatoriana. Sin escuelas de filosofía no habrá pensadores, y sin éstos no existirá la acción necesaria que cambie la oprobiosa realidad en la que nos hallamos sumidos.
A lo largo de su presencia en la historia, el hombre ha dado múltiples muestras de su crueldad y de su capacidad de destrucción, pero también ha dado ejemplos de nobleza y de altruismo. Quizás por esto, filósofos como el inglés Thomas Hobbes, en su libro Leviatán (1651), y el francés Jean Jacques Rousseau, con su obra Discurso sobre el origen de la desigualdad de los hombres (1755), han cavilado sobre si la naturaleza del hombre es mala o buena. El debate continúa. Hasta tanto debemos emprender en la construcción de un mundo mejor, en el que todos y todas tengamos el derecho real, auténtico, a la salud, a la vida, a la educación, y en el que esté abolida la explotación del hombre por el hombre.
El filósofo francés Jean-Paul Sartre explicaba, en su maravilloso y difícil tratado de metafísica del ser titulado El ser y la nada, que el hombre, al ser un ser para sí, tiene durante toda su existencia laposibilidad de cambiar, deser distinto, de agotar todas sus posibilidades. Por ende, el hombre, a pesar de la triste y hostil situación en la que está inmerso, no debe renunciar al pensamiento y a la acción, que lo transformarán a él y a la sociedad.