De los cuarenta y tres cuentos que conforman Cuentos en el exilio de Víctor Montoya, once de ellos —y catorce si estiro la definición— hacen a la pesadilla y a la experiencia vívida de la muerte.
Son cuentos muy bien manufacturados y justifican por qué el título del volumen se refiere no al exilio sino en el exilio. Es importante insistir en la diferencia porque creo que lo mejor del libro no son los relatos sobre el exilio como experiencia política sino más bien la vivencia de diversos destierros, confinamientos y desarraigos de nosotros mismos. Estados todos en los que nos sentimos expulsados de nuestro centro y en los que la sinrazón y el horror son la norma.
“Quise salir del sueño, pero...”, “Pesadilla III”, “Escritor suicida” y “Asesinato en invierno” son relatos que recuerdan a “El hombre muerto” de Horacio Quiroga, pero a diferencia de éste, en que la narración tiene como base la incredulidad del personaje ante el avance de la muerte en el territorio de su cuerpo, los personajes de los relatos de Montoya pasan de la vida a la muerte sin corte alguno; es decir, parecen cumplir aquello de que la vida y la muerte son una misma cosa, parte de una sola escena. El efecto es interesante porque se crean biografías que incluyen la vida cotidiana del sujeto, los aconteceres que dan lugar a su muerte y los hechos posteriores a su deceso. Sin embargo, estos hechos posteriores no son reflexiones sobre la muerte tal como hace María Virginia Estenssoro en “El occiso”, sino más bien son relatos de lo que sucede alrededor del ahora cadáver. El efecto, decía, es interesante, y añadiría que otra de las razones es el narrador en primera persona (también usado por Quiroga y Estenssoro). Entonces, estos cuentos narran, de corrido, hechos al estilo de “corrí, alguien me apuñaló, sentí la sangre y el asesino echó mi cadáver en una fosa...”.
En cambio, “La riada”, “Los caballos”, Pesadilla I”, “Pesadilla II”, “Pesadilla IV”, “Crimen y castigo” y “La fuga” son relatos sobre la pesadilla. Muy bien escritos, son los que mi lectura y relectura privilegiaron.
Montoya extrema un recurso sobre el que Borges discurrió en su memorable conferencia, precisamente sobre la pesadilla, publicada luego en un volumen denominado Siete noches.
En dicha conferencia Borges hace referencia a Groussac, quien describió como “asombroso el hecho de que cada mañana nos despertemos cuerdos —o relativamente cuerdos, digamos— después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños”. A eso, Borges añadió algo central que es la sensación de horror de la pesadilla, que es la diferencia de ésta con el sueño. Esto quiere decir que despertar de una pesadilla no es lo mismo que despertar de un sueño ya que, si ambos son laberintos, los de la pesadilla son horrorosos, de ahí que el espanto y el pánico acompañen al día que sigue a una pesadilla. Y este es, precisamente el artificio del que se vale Montoya para confeccionar estos relatos.
Más aun, en la citada conferencia Borges trae a colación el concepto de Addison de que en el sueño somos el teatro, el espectador, los actores y la fábula. Y creo que Montoya ha hecho de este concepto una técnica en estos cuentos de buena factura.
En tal sentido, estos relatos no son fantásticos, en el sentido estricto del término, porque no hacen a situaciones que no se dan en la realidad —como algunos de los cuentos de Cerruto—, ya que lo fantasioso sucede en escenarios —la muerte, la pesadilla— que no aceptan las diferencias entre real e irreal y tal vez eso es lo que asusta de ambos territorios. Precisamente por eso, la muerte y la pesadilla sólo pueden ser fabuladas; esto es, creadas. Pero, al ponerse en texto literario, todo relato sobre la muerte y la pesadilla no puede escapar al requerimiento de verosimilitud para ser leído, precisamente, como texto literario. Y creo que este es el trabajo más destacable en Montoya que, repito para concluir, ha creado estos cuentos de buena factura.