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PetróleoCien años de Elvia, de Daniel Rojas

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Comentar la petronovela Elvia, de Daniel Rojas, a cien años de su publicación (1912-2012), significa asumir dos líneas sesgadas por el tiempo, la del lenguaje, que se va desarrollando sobre sí misma, con matices del evidente modernismo de finales del siglo XIX; y la otra, la de esta comentadora, arropada, inevitablemente, por las dimensiones humanas y sociales del siglo XXI. Creo que será difícil imbuirme de aquel álgido periodo en el que desaparece, para siempre, la palabra “mene” con sus significaciones primitivas, para hablar sólo de petróleo con su complicada semiótica económica, social y cultural.

Petróleo sí, ya no el “venero del diablo” sino el poder mundial creado por unos fósiles que, al surgir transformados del subsuelo de la tierra, desconocen dueños, ideas, derechos e identidades. Es lo que tenemos en Elvia, la gran metáfora de un “realismo mágico” que, sin cambiar estructuras literarias con trasposiciones de tiempos y espacios, se adelanta trece años a la frase inventada por Franz Roh, con la cual el crítico designaría, en 1925, la realidad transfigurada del arte expresionista alemán. Daniel Rojas inscribe por primera vez la magia transformadora de la palabra petróleo en la narrativa latinoamericana.1

La literariedad de Elvia se expresa asumida con la intelectualidad de un escritor preocupado por las controversias que los arrebatos del codiciado producto podían manifestar en una Venezuela aún semirrural. Rojas desidentifica las coordenadas económicas del país en el espacio geográfico petrolero, a sabiendas de que el aire social del acostumbramiento al atraso y represión política de la dictadura de Juan Vicente Gómez serían un escollo para una correcta posición sobre la explotación del petróleo. Para ello acude al sueño del anciano Roberto, quien le otorga valor literario al onirismo junguiano, haciendo de él una abstracción simbólica al soñar el petróleo con multiplicidad de lenguajes: excluyentes, poderosos, dependientes, ordenadores y formales, que constituirían el sistema de explotación que el imaginario del escritor vislumbraba para el país, en el campo de significaciones de un petróleo codiciado por todos. La “Cámara oscura” de Roberto le sirve a Daniel Rojas para fijar su posición de intelectual comprometido y definir el negocio del petróleo como el lugar donde, desde el ahora, y en adelante, se irían a formular las ideologías económicas mundiales.

La ambivalencia de la modernidad que traía consigo el petróleo, el modernismo estético de la novela y las variables costumbristas expresan, intencionalmente, la desarticulada sociedad que aún conservaba reminiscencias del vivir campesino y urbano del siglo XIX, dentro del extraño sincretismo del marco referencial en el que el petróleo iniciaba su carrera de codicia y poder.

Cabe pensar que a partir de 1912 el logos de ser poseedores de petróleo marcó un hito que enriqueció el panorama cultural venezolano, cuando se crea el Círculo de Bellas Artes y el maestro Vicente Emilio Sojo presenta en el Teatro Municipal la Romanza sin palabras. El clasicismo artístico dejaba sus puertas abiertas a nuevas tecnologías y atrevidas propuestas estéticas; mientras Daniel Rojas escribía una novela que hoy leemos como memoria, la cual con la permanencia de la lectura se actualiza para crear la dimensión de una verdad histórica. Desde una visión diacrónica el fluir del recuerdo de los inicios del petróleo no será sólo el paso del tiempo, sino el de los cambios estructurales que Rojas vaticinaba.

Leer Elvia es algo más que acercarse al espacio inédito que creó el nuevo producto, es también imaginar la indeterminación a apropiarse y conquistarlo, encontrarse con nuevas grafías, cambios de paisajes en los arquetípicos pueblos venezolanos, la inserción de lenguas extrañas. La importancia de reconocer que era indispensable nombrarlo para que comenzara a formar parte de todos sus habitantes. Hoy, después de cien años, la metafísica que se esconde tras su negrura y viscosidad expresa cada día nuevos y codiciados conceptos que se siguen sustentando del sueño de Roberto.

La novela Elvia y el petróleo, a pesar del tiempo transcurrido, sugieren lo que dice Fernando Ainsa cuando habla de los cambios que el inicio del siglo XX estaba produciendo en los países latinoamericanos: “Forjar un camino en una naturaleza inédita pone en evidencia, pues, las dificultades que ha encontrado el logos para adueñarse del topos”.2

 

Notas

  1. Rojas, Daniel (1912). Elvia. Caracas (sin P de I). Lilia, publicada en 1909 por Ramón Ayala, aborda el tema sólo superficialmente. Las primeras novelas mexicanas, país prolífero en la narrativa sobre este tema: Oro negro, de Francisco Monteverde, y Panchito Chapopote, de Xavier Icaza, se publican en 1926.
  2. Ainsa, Fernando (2006). Del topos al logos. Frankfurt: Iberoamericana. Pág. 39.