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Textos ganadores del I Concurso de Relatos Cortos y Microrrelatos “José Antonio Lago Formoso” (Turmero, Venezuela)
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El primer Concurso de Relatos Cortos y Microrrelatos “José Antonio Lago Formoso”, convocado por el Instituto Pedagógico Rural “El Mácaro”, de Turmero, Aragua (Venezuela), nace de la incesante demanda de sus estudiantes de constituir un espacio permanente para la discusión de sus producciones literarias a la luz del criterio de profesores y compañeros; especie de talleres de creación donde presentar sus textos y nutrirlos del juicio de terceros. Luego surge la idea de abrir un concurso literario. De la mano de la cátedra Unesco Upel-Iprem, y el apoyo de los docentes de lengua y literatura, no parecía difícil llevar a cabo este proyecto. Un vistazo a los intereses de los estudiantes arrojó un hecho notorio: la narrativa breve era leída ávidamente; en cambio, no corrían con la misma fortuna el género lírico, el ensayo o la dramaturgia. Faltaba sólo un nombre y quién mejor que nuestro entrañable José Antonio Lago, que ha dedicado tantos años a cultivar el amor por la palabra. Los ganadores que aquí presentamos han seguido escribiendo y asistiendo a talleres, lo que nos hace creer que el objetivo se ha cumplido. Esta es una oportunidad para reconocer su talento, sobre todo ahora que faltan pocos meses para una nueva edición del concurso.

Prof. Luis Azuaje

 

Microrrelatos

El chico con una bufanda...

Jéssica Martínez

El chico con una bufanda parecía un aviador. Era de noche, una noche fría caraqueña del ‘95, los hippies ocupaban la mayor parte de la acera. Mientras avanzábamos en sentido contrario, por la calle de los bohemios —la obra del momento acababa de estrenarse, malabaristas y artesanos por todas partes—, de repente un fuerte disparo dispersó la atención de todos, justo el que nos acompañaba cayó tendido en la acera con un agujero rojo y delicado en la frente, ella lloraba sobre él y yo sólo observaba incapaz de entender. Seis meses más tarde nací, nunca he visto a mi papi, pero mi mami es muy hermosa.

 

Flor de narciso

Yohanna Martínez

Siempre me encantó su cuerpo: pálido, con pechos pequeños, perfectos, del mismo tamaño, rosados... o verdes, su transparencia asomaba las corrientes de sangre que palpitan por su carne.

Si bajaba la mirada, encontraba la aparición de unos rollos, que se alargaban, que se encogían en aquella imagen tan bizarra. Sus ojos eran tan comunes: marrones, así como los troncos de los árboles que se encuentran en todas partes del mundo, pero si te acercabas y veías con firmeza, en sus ojos encontrabas oro, unas líneas doradas o tal vez amarillas que rodeaban la negrura de la pupila. Sus labios daban la apariencia de una muerta, ¡eran tan pálidos!, sin embargo, más de uno quería retornarlos a la vida. Mirar su cuerpo era un deleite, parecía una de esas pinturas donde están las musas más hermosas, que inspiran paz y placer sin necesidad de tener una perfecta silueta.

Podía dar vueltas y vueltas con ella, y siempre encontraba algo nuevo en su carne. Uno de estos días, mientras disfrutaba de la belleza común de sus ojos, noté su rostro, imperfecto: de pronto aparentaba que una mitad se derretía de tristeza y la otra permanecía en su lugar. Jugué con esa horrenda imagen por muchas horas.

¡La imperfección es divertida! Ya no sólo podía fascinarme y filosofar de su silueta —sí, porque yo veía una línea parecida a un grafito, que rodeaba todo su cuerpo, así que reía al pensar que era una caricatura—, sino que ya hasta jugábamos juntas.

Un día mientras seguía disfrutando del placer de tener su cuerpo en mis manos, mi madre me sorprendió con su presencia, su cara de horror fue tan humillante que caí en cuenta inmediatamente que debía dejar de mirarme en el espejo.

 

Tierra mojada

Leonardo Yoris

Cuando la vi lloré. La extrañaba tanto, había pasado mucho tiempo y hoy la tenía ahí a pocos metros de mí, noté que sus ojos, esos que me idiotizaban, que me hacían sentir un sinfín de emociones, hoy no me miraron igual, algo pasaba, tenía esa mirada como perdida, como asustada, su boca la que en diversas ocasiones besé con desesperado amor y esos labios que me mordían y me decían las palabras de las cuales se alimentaba ese mutuo sentimiento, hoy estaban en silencio, sólo una sonrisa un poco forzada, no sé por qué el tiempo te pudo cambiar tanto si fueron unos meses y verte así me rompe el alma y el corazón, pero debo disimular o lo notará, ¿lo notará? Estaba confundido y molesto. ¿Acaso no se alegrará de verme? ¿Pasamos tantos momentos juntos y hoy ni siquiera me puede mirar a los ojos? ¿O serán cosas mías? Me acerqué un poco más para tratar de ver sus senos, ese par de amigas que me acompañaban en aquellas noches, pero incluso hoy parecían no estar ahí, tenía tanta ropa encima que me dejaba mucho a la imaginación, y hasta su olor estaba distinto, no llevaba la fragancia que se ponía cada vez que nos veíamos, definitivamente había cambiado, cerré mis ojos para imaginar que no estaba pasando aquello, mi Elizabeth ya no era la misma, la sentía fría, sola, con esa maldita sonrisa forzada y vacía, volví a llorar, mis lágrimas caían, esta vez sobre la tierra mojada, éste será nuestro último encuentro, cerré la tapa y dejé todo como estaba antes, adiós mi amor, prometo nunca más volver a exhumar tu cuerpo.

 

Relatos

Tú no naciste gemela, como diría mamá...

Mía Miralles

Pasar el día entero en la peluquería y que nadie se dé cuenta de que te cortaste el cabello, como respondiendo un saludo en la calle y resulta que no eras tú sino el de atrás, por fin atreverte a llamar a ese número y resulta que lo tenías anotado mal, bajo la lluvia en tus sandalias favoritas, una mujer sin gracia, un hombre sin sonrisa, un beso sin ganas, una canción sin melodía, una noche sin luna, una playa sin cielo, circunstancias temibles, sentimientos equivocados, una excusa perfecta, una mirada pendeja, temas incompletos y despedidas que duelen. Unas lágrimas que fingen no salir y una sonrisa fingiendo ser natural, así defino yo la tristeza, pero no te dejes engañar, todo es relativo, y dando vuelta al universo de la vida, por qué no condimentar mis letras con una exquisita definición de lo que significa para mí la felicidad, un lado opuesto del día, un orgasmo inesperado, un cállate y bésame, un menos mal no te fuiste, una disculpa sincera, un poema apasionado, un amor adictivo, una comida con hambre, una cama con sueño, un niño con perro, un jardín con rosas, mojarse en la lluvia, llegar cansada a tu casa y que te reciban con una sonrisa, es impregnarme de todo, es aferrarme a un mundo, es aparecer en la oscuridad, es convencer a una duda, es que sigas aquí, es darme una oportunidad, es construir y llegar al final, enmendar un error, sanar una herida, es un no te vayas nunca, es apostar una risa, es divertirse como niño y sorprenderte día a día, es el placer de vivir, es besar sin palabras, es tener sin pedir, un pecado el cual no quieres discutir y un mensaje fácil de trasmitir.

Yo soy así, una chica distraída, a veces torpe, a veces ágil, es mi manera de ser, mi forma de actuar, mi transmisión perfecta, soy el canal que quiero ver. Esa chica que ríe cuando otros desean verla llorar, la que se cae y dice “tranquilos, no ha pasado nada”. La que parece perfecta porque sus lágrimas nadie ve derramar, me entiendo en mi desorden, en mi apariencia superficial, soy lo que quiero ser. Como verás soy muchas cosas a la vez, contradictoria, incoherente, absurda, pero soy yo, no tengo un letrero en la cabeza con una lamentable definición, no soy como tú ni como ella, no tengo un prototipo, ni un test puede definir mi personalidad, no puedes saber quién soy ni yo escribir cómo eres, todos aprendemos a construir nuestra definición de tristeza y de felicidad, aprendemos a definir la amistad pero no a los amigos, sabemos definir el amor pero no a quien está con nosotros compartiéndolo, es cuestión de tiempo aprender a definir la verdad que nos lleva más de un suspiro saber comprenderla. Me gusta el chocolate caliente y odio que me toquen los pies, no sé qué tiene que ver una cosa con la otra pero fue lo que imaginé inmediatamente, comúnmente relaciono escenas que no tienen nada que ver, empiezo hablando del clima y termino hablando de una película que vi cuando tenía trece, aquí estoy, llenando el ambiente de incansables bostezos que hacen mi cara inquietante, pienso, escribo, leo, borro y vuelvo a escribir, y me doy cuenta de que escribí lo mismo y pienso “para qué quiero cambiarlo si es lo que realmente pienso”, y lo dejo así, por segundos movilizo mi pie izquierdo como si tuviera un tic nervioso, no sé, es otra de mis extrañas manías, recojo mi cabello y pruebo las gotas de un caliente café, escucho una canción sin letra, lo que todos llaman instrumental, tiendo a odiarte cuando te pareces a mí porque no sé qué decirte, y tampoco que dirás, odio cuando eres yo, o cuando yo soy tú porque tus pensamientos pueden traicionarme y los míos evitar tropiezos. No soy nada fuera de lo normal, soy como todos... diferente a los demás. Cambio radicalmente y siempre digo la verdad, me condeno como culpable porque odio tener que explicar. Siempre pensé que las autobiografías no tenían sentido, o por lo menos la mía sería aburrida, y en algo tengo razón, lo es.

Pero aun así escribo sobre mí, pues no me interesa mucho la vida de los demás, o quizá sí, es difícil comprenderme, pero la verdadera razón de estas líneas es porque no conozco a nadie tanto como a mí, o no sé la historia de nadie más y hay que hablar sobre lo que uno sabe, pero lo que me tiene realmente preocupada es que ya voy por la tercera cuartilla y no hablo de nadie, no corto mis venas ni paso días sin comer, y la idea de que hay poca acción en mis letras me angustia, no porque no haya asesinos en mi flexible escritura, es más bien esa sed inhumana de alertar a la ciudad. Hace meses fui al circo. De pequeña odiaba a los payasos pues me parecía que eran esos de los que sufrían en silencio, pero al pasar los años sentí admiración y vi sus risas desde otra perspectiva, el show siempre debe continuar y si caemos nos levantamos. Bueno, retomando el tema, ¡fui al circo!, inesperadamente salieron tres payasos, cantaron, brincaron y un globo gigante suspendido en el aire hacía que el público se conectara brevemente con el espectáculo, pero el ánimo desvanecía frecuentemente, colores invadían las miradas inocentes pero nada les sorprendía, sólo hasta que se presentaron dos jóvenes en motos que se jugaban la vida ambos en una cúpula de metal y estaban al borde de la muerte, tenías que ver sus miradas concentradas sintiendo fuertemente sus latidos, suspiros de asombro y movimientos efusivos demostrando la excitación de contemplar el peligro. Y ahora inspecciono y no está pasando algo grave de mi entorno personal, digno de publicar en sucesos del diario matutino, bueno, entonces ya tengo muy claro que si eres de quien prefiere los chicos en las motos cuando vas al circo, desecharás mis letras cruelmente. Y no sólo es una deducción, más bien se puede tomar como una aclaración, si buscas un crimen policial, una suicida bipolar, o un adolescente anoréxico creo que decepciono tus expectativas. Ya lo dije anteriormente, soy una persona común, a veces demasiado aburrida, y otra indiscretamente atrevida.

Con un corazón grande, digo yo, no sé usar muy bien el término modestia, pero lo que debería tener el corazón es una opción como la de algunas redes sociales tipo facebook, o msn, “Eliminar contacto” porque eso de olvidar espontáneamente es un poco difícil, es como meter el pie en una alcantarilla y cuando logras sacarlo darte cuenta que también se te partió el tacón, entonces empiezas a caminar apurada con los pies descalzos y te rompes los pies, de manera similar reacciona el corazón, cuando terminas con alguien, te apuras tanto en olvidarlo que terminas con el corazón hecho pasita, arrugadito como sin ganas de volver a amar. Y no es que yo tenga muchas decepciones amorosas, pero sí me he atrevido a correr y me estrellado contra una gran pared, pero ya lo decidí, el próximo amor en mi vida: que me quite el flequillo de la cara y se atreva a decirme que estoy despeinada, que no me diga mami, bebé, chiquita, ni menos muchachita, a mí me encanta mi nombre, y siento que no hay nada malo en él, pues sí que sea normal, que haga muchas expresiones en su cara sin perder la cordura, como llaman “espontáneo”, estoy cansada de lo mismo, ya no quiero más Ken, de todas formas yo no soy Barbie. Además Fiona se la pasa mejor con Shreck y no tiene que usar tacones todos los días, el Ken nunca ha estado de moda, sólo que la belleza que atrae rara vez es la misma que enamora, y siempre nos sentimos atraídas por la sonrisa de tan superficial ser. Pero si lo pensamos bien, Shreck siempre ha sido el boom del romance, sólo que antes lo llamábamos osito de peluche o Sr. Dinosaurio, o por lo menos ese fue mi caso, siempre odié a Ken, y ahora se encarga de perseguirme en la vida cotidiana (cara de tristeza). Cuando somos niños, nos acostumbramos a ver el alma de las personas, y cuando crecemos nos olvidamos de que aún conservamos ese hermoso don o nos volvemos miopes de espíritu.

Y caigo en lo que empecé, la felicidad, la tristeza, la construcción de ese cielo que todos debemos tener, confundimos un gesto, una acción, una realidad, con una definición barata, y ¿cómo consigues en el diccionario una emoción que sólo tú puedes sentir?, es una mentira, no puedes, pero después que algo es mencionado por mucho tiempo deja de ser cuestionado, cuestiónate, mírate, critícate, mímate, que no se te vaya la vida queriendo recibir algo de los demás, conviértete en tu mejor compañía, dibuja tu paraíso que no está en ninguna parte sino dentro de ti, eres tu Dios y decides si llueve o no en tu cielo, si te caes, ríete, no querrás volverte viejo y amargado, y mira que lo primero indiscutiblemente llega, no construyas un infierno para juzgar a los demás, cuando quieras destruir a alguien, obsérvate pero no seas cruel. Yo suelo observarme, pero mi espejo cree que salió del cuento de Blanca Nieves, sí, Mía, tú eres la más bonita, no soy nada vanidosa, pero lo siento, ya dejé claro que estamos hablando de mí, o sea, yo soy la protagonista, y como esto no es una telenovela, no me secuestran, no pierdo la memoria, ni tengo una gemela, esto es un poquito más de lo mismo, de la vida real, lo que escuchas en el supermercado, o cuando vas en el autobús, sólo que yo digo que es literatura y ellos no, me gustaría poder agregar gestos a un texto, en estos momentos estaría guiñando el ojo derecho. Bueno ya, en serio, ahora hablemos de ti, los niños, tu familia, el perrito ese que tanto querías. Realmente me gustaría saberlo, pero me tengo que ir. ¿Te han dicho alguna vez eso? Cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia, que no se te escape tu vida en los problemas de los demás, no pierdas tu tiempo en alguien que no quiere compartir el suyo contigo. Y como yo tampoco quiero, me despido sin tanto protocolo, sinceramente odio las despedidas.

 

Halo. Una memoria perdida

Leonardo Yoris

Caminaba por la noche pasiva y tuve una rara sensación.

Como un escalofrío que recorre todo mi cuerpo...

Y que me aproxima a una fortuita mala jugada del tiempo y del camino, me aproxima a un par de piernas torcidas que sobresalen de un arbusto, un cuerpo sin vida...

¿Realmente será un cuerpo sin vida?... o se tratará solo de una visión de mis ojos cansados, de mi cuerpo agotado, mi cerebro exhausto, de mi psique exprimida... empecé a sudar...

Entre mareos y raros pensamientos vacilé en seguir, el miedo de un posible cadáver o una extraña locura emergía desde mis adentros, giré mi vista algunos grados y la vi ahí detrás, a unos 30 metros, su hermosura sospechosa y su vestido ensangrentado me ofrecían una clara hipótesis de lo ocurrido, si es que ocurrió algo. ¡Era como un ángel mortal!, su macabra aura aterrorizaba el lugar, y vi, creo que un cuchillo en su mano izquierda...

Por un momento pensé en correr, huir de aquel lugar, pero me vi envuelto por los recuerdos de pérdidas pasadas, de peleas que se repiten en mi mente tantas veces como se repite la muerte en un suicida, cerré mis ojos y al abrirlos me encontraba en un cuarto

Y allí se encontraba ella... con el vestido ensangrentado. Sentí que me mareaba... vomité... había cabellos en mi cama y ella cual maniquí yacía calva... aún no sabía si muerta.

Una horrible imagen. Traté de irme pero las paredes parecían alejarse. Su mirada intrínseca y fría me pulverizaba el alma, me observo y mi desnudez se mancha con un objeto metálico en mi mano izquierda, la daga punzo-mortal con restos del vestido de flores de Amanda, y claro mucha sangre y cabello.

Un recuerdo se me asoma y tomo mi rostro en señal de desesperación. Escucho pasos, ¿algunos pasos?, o ¿cientos de ellos?... no lo sé, ¡atormentan mi cabeza! Ella duerme como si no supiera lo que hizo, pagarás algún día esto.

Huía... o al menos pensaba que lo hacía. El vestido, las flores, ¿eran girasoles?, ¿eran margaritas? más recuerdos. ¡Sí, eran margaritas! El olor del pasto, mis pies humedecidos por el rocío del alba... la luz del sol que me cegaba... esa misma luz que bañaba sus hombros desnudos y le daba matices dorados, brillantes.... ¿Era realmente el sol lo que me cegaba? ¿O era ella?... qué sé yo... los pasos me alcanzaron, estaban justo detrás de mí, los escalofríos y el sudor ya jamás me abandonarían, era más fácil notarlo así desnudo como... desnuda se encontraba mi alma... volví a despertar en la habitación... Giré mi vista temiendo encontrarla, el cabello, el vestido, las flores, la sangre...

Pero nada vi... solo un cuarto inhóspito y una mente perturbada. Ella no estaba, pero ¿habría estado?, solo puedo recobrar imágenes sexuales y masoquistas, la cuchara y el fuego, su silueta vistiendo ese vestido, la maldecía por no comprender, por subestimar mi honestidad... pero nada más, ¡no recordaba nada más!, mucho menos porque aún tengo el cuchillo en mi mano pero esta vez completamente limpio. Ella no está, pero llegará... en cualquier momento llegará...

Escondí el cuchillo... sonó el teléfono... escuché ladridos lejanos, una sirena, una puta borracha gritando en la calle. Me asomé a la ventana, el teléfono seguía sonando... no lo contesté... de repente vi las cicatrices. En mis muslos, en mi costado... algunas estaban sanando, otras sangrando... quería salir de allí, pero ahora de verdad y no despertar de nuevo con la mente balbuceando imágenes. Volví a mirar mis cicatrices, seguía sin recordar. Me vestí. Unos jeans, un sweater de rayas... Amanda habría odiado ese atuendo. Por alguna extraña razón solo podía recordarla a ella... el vestido, el pasto, las mañanas... ¡Toda esa mierda, solo alimentaban mis lagunas mentales! Salí, no tenía ni un centavo, no sabía a dónde diablos ir... de nuevo la maldita extraña sensación se apoderó de mis sentidos.

Al principio pensé que era el frío, creo que el sweater no fue suficiente, 4 grados... Me entretenía con el vaho producto de mi respiración, me recordaba el humo del cigarrillo emergiendo de su boca después de casi matarnos de placer...

Recordé las cicatrices...

Recordé cómo las obtuve...

Una risa macabra, unas cuerdas, una vela y una daga, la música estúpida, la cama, mis asesinos pensamientos y mi enérgico masoquismo. Continúe caminado... sentí que me miraba.

Su olor, ese olor tétrico a cabello quemado lo sentía tan fresco. ¿Dónde está el utensilio de muerte? ¿Dónde está ella? ¿Dónde estoy yo?

Seguí mi rumbo sin destino, el frío congelaba la sangre y acentuaba el dolor, pero aún su retórico recuerdo me mataba poco a poco. ¿Qué hice?

Me reprochaba haberla perdido... pero ¿cómo habría podido ir más allá? Tanta sangre no me causaba ya placer... paré y ella no pudo... ¡PARA! y ella no me escuchó... ¡BASTA!... y siguió... Se revolcaba en las manchas de sangre sobre la alfombra. Su imagen evocaba una criatura mítica maligna que se alimenta solo de carne y dolor humano. Rasgó su vestido... ¿cortó sus cabellos? Se penetró con la daga... Volví a vomitar... pero seguí caminado.

El frío acrecentaba el dolor... o ¿el dolor me hacía sentir más frío? Más confusión.

Vi un claro en el bosque, estaba entrada la noche y la luna formaba un círculo perfecto en el cielo. Por macabra que pareciese, el ambiente estaba sereno. Con ganas de morir, la sangre que vomitaba estaba llena de culpa y violencia.

Drogas, Amanda y locura... dolor, mucho dolor.

Ya no percibía mi vaho... ni mis manos... ¿el corazón? nunca lo tuve. Se lo llevó, se lo tragó... se masturbó con él... ya ni sé... deseaba tanto un cigarrillo.

Por fin la vi... la sensación había desaparecido, lo supe porque volví a sentirla. A unos 30 metros ella, con su vestido de flores y los ríos de sangre que bajan por sus rodillas, detrás de mí unas piernas torcidas sobresaliendo de un arbusto.

Vi sus ojos, y su mirada me empuja hacia atrás.

Me llamaba, me seducía... no lo entendía.

Camina de manera perfecta, serena y maliciosamente empuñando el cuchillo, se acerca. El frío, el dolor, cerré los ojos, me atravesó, su cuerpo lo sentí como esas noches de sexo maldito: su calor, su olor, esa decadente sensación que me dejaba y se alejaba al salir por mi espalda. Tomó el cuerpo sin vida del arbusto, un cuerpo con jeans y sweater de rayas, más dos cicatrices horribles en un costado. Lo abrazó... me abrazó. Yo solo observé.

Ahora no sé dónde estoy.

Amanda... ahora no sé dónde estoy...

 

Extraña inconformidad

Jéssica Martínez

Sentado, hurgándose la nariz, semidesnudo, pensando en nada, pues tenía todo lo esencial para vivir y ninguna preocupación que pasara por su mente, un chico exitoso que por chicas nunca tuvo que preocuparse. Así dirán en los periódicos: que me encontraba yo en mi habitación el día que pensé en escribir esta carta y dirán, por ejemplo, cómo es que un chico con becas de estudio y un futuro brillante por recorrer llegaría a esas condiciones si era perfecto. ¡Ja! Patrañas. Así pensó Alexander el día más eufóricamente triste de su vida, al ritmo del rock, fumando su pipa, pensando en el sabor amargo que sentía en su boca y llegaba al corazón recorriendo su cuerpo a través de las venas, sentía un vacío en el cuerpo, y es que nadie lo conocía realmente, todos decían que era el amigo perfecto y la pareja perfecta, todo el mundo se sentía feliz cuando llegaba, pero, ¿él se sentía realmente feliz?, y es porque no demostraba lo contrario ni un segundo, siempre se mostraba feliz aunque su sonrisa irradiara las penumbras más extensas de cualquier pensamiento. Y se encontraba allí, a un paso del abismo, cayendo de soledad a pesar de siempre estar rodeado de un mar de almas ciegas que no eran capaces de ayudarle ni del más mínimo modo.

“Una vez conocí el amor”, expresó Alexander en diálogo con su mente alucinada. Era perfecta, su sonrisa lo era. Subió por las escaleras hacia el techo de su casa a mirar la fabulosa luna llena y las estrellas que titilaban desde la lejanía del infinito, mientras enciende un cigarrillo y coloca un poco de música, continuando su monólogo:

—...y es que hasta su olor era perfecto, combinaba con la playa, su cabello suavemente ondulado simulaba las olas del mar, sus ojos expresaban un atardecer soñado, recuerdo la primera vez que observé de cerca esos ojos color caramelo, los dos quedamos conectados. Ese día entró a mi corazón como una estaca, poco tiempo después nos besamos debajo de un árbol, una noche estrellada, pero se marchó, un día desapareció. Mi felicidad se marchó poco a poco detrás de ella y me quedé vacío, nunca conocí a otra igual, pero nunca perdí la esperanza de que volviera, nunca, pero hoy, hoy la perdí.

Suspiró, sus ojos se enrojecieron aun más y entró de nuevo a su habitación, donde se sentó en el sofá y comenzó a escribir en un papel que preparó especialmente para su carta, quería una hoja digna para enmarcar sus lágrimas, sus últimas lágrimas:

“Querida mamá, para el momento que leas esto yo debería estar en el infierno, si es que existe peor infierno que este mundo, quién sabe. Tenía deseos de confesarte lo miserable que es mi vida, vida que tú desconoces. A mi corta edad he recorrido casi todos los límites, te preguntarás la razón de por qué hice esto, y la razón es porque ya estoy muerto. Vivir como zombi no es mi estilo, ya no tengo esencia, vivir sin vivir no me interesa. Quiero que estés feliz, madre, y al momento de leer esto, sonrías, porque tu hijo Alexander fue feliz. Viví con pasión cada segundo y hoy moriré con esa misma pasión que dejo impregnada en mis letras. Comenzaré por contarte que nunca fui demasiado correcto, he probado drogas y he volado al infinito, donde nadie pudo tocarme. Mis amigos nunca fueron malos, yo era la influencia baja para ellos. Siempre seguí adelante y no me importó demasiado nada. Sonrío al recordar esos extraños momentos, pero no los juzgo, sólo sucedieron y ya. Mamá, déjame aclararte, ahorita la vida de los adolescentes es muy diferente a la que una vez tuviste tú; no presiones tanto a Laura para que sea igual que yo, deja que viva su vida un poco, no todos poseemos los mismos talentos, y con tantas materias extracurriculares enloquecerá, créeme, yo estuve a punto, sólo que jamás te lo dije. ¡Ah! ¿Sabes?, una vez estuve jugando dentro de tu habitación con mi primera novia, esa chica sencilla pero hermosa que arrancó la virginidad de mis pantalones. Creo que ya debes estar asustada con todo lo que te estoy diciendo, pero no lo tomes así, porque yo también, aparte de tu hijo, soy un ser humano, un humano con emociones, sentimientos, ganas de experimentar, con miedos, virtudes y por supuesto errores. He aprendido mucho a pesar de mis pocos años y me siento satisfecho, pero hoy, hoy decidí morir, esta noche decidí cruzar la línea, mi última aventura, jamás regresaré para contarla y eso me emociona.

”La vida transcurre en momentos, momentos que he perdido y he ganado incesantes”.

Un golpe en la ventana lo sacó de su concentración, fuera de órbita, volteó desinteresado, era un gato negro que en su ventana se posó. Lo observó por un minuto y exclamó:

—¡Oh, bestia oscura, llegas de la nada,
de la infinita y constelada noche,
de los rincones espeluznantes de esta ciudad,
con tus enormes patas. Tus ojos grises resaltados
por esas enormes pestañas, clavando tu presencia
a mi miserable ventana.
Al rincón de un solitario que hoy llora por un amor
intangible!

El gato negro como la noche sin luna no dejó de observarlo. Su mirada se encontró clavada en la de Alexander, hasta que de repente, de un salto, llegó a sus pies y comenzó a frotarse contra sus piernas mientras maullaba. Alexander sorprendido se quedó inmóvil y de repente suspiró y se alejó de la criatura. Se levantó de la silla, algo extasiado, pues no había recibido una muestra de cariño desde hacía ya tiempo. De su habitación no había querido salir últimamente. Su madre se encontraba muy ocupada en los sitios de moda para darse cuenta de que su hijo se estaba perdiendo a sí mismo en un abismo infinito y que ya no tenía retorno. Lloraba de dolor mientras observaba al gato negro y expresaba:

—Gato, sólo somos dos solitarios en este mundo de escoria. Esta noche mi amor salió a bailar con otro, otro que la besará y la tocará frente a todos, irá con él de la mano y seguro fingirá muy bien que le gusta, como lo hizo conmigo, pero tal vez se encuentre mejor con él que con un cobarde como yo, un cobarde que se la dejó ganar, y es que en sus ojos no vi más esperanza, y hoy, esta noche, mi único sueño es morir, entregarme con los brazos y el alma a ese vacío desconocido de la muerte.

Alexander deseaba morir lentamente, sentir el dolor de morir en cada parte de su cuerpo y disfrutar del túnel del principio hasta el final, por eso decidió tomar un veneno.

Ya el reloj apuntaba las 11:45 pm, Alexander se encontraba bajo una fuerte dosis de drogas, no dejaba de observar al gato, quien se convirtió en su acompañante misterioso. “Encontré a mi mejor amigo antes de morir, qué gracioso”, replicó, y lo acariciaba como si fuese un bebé. Se encontraba maravillado pues nunca había sido tan tierno con animal alguno. Sentía una enorme conexión con sus ojos y no dejaba de mirarlos.

—Te llamaré Jon —pensó—, así solía llamarse mi mejor amigo, a quien pronto espero ver. Cuando esta noche muera, sé que no iré al mismo lugar que él, pero me conformaría con verlo de paso. Qué diferente sería si él viviera, más que mi amigo era el padre que nunca tuve.

Se incorporó nuevamente a escribir la parte final de su carta, colocando a sus pies al gato y a un lado la botella de veneno. Inhaló un poco de aire y sintió un olor extraño pero no le prestó atención, y pensó que por un momento se encontró en la feria donde solía ir desde pequeño. Tomó el lápiz y continuó:

“Madre, sé que hoy llegarás tarde como siempre, y será tarde para verme morir. Moriré pero estoy feliz de que así sea, moriré porque espero ver a Jon. Por favor, encárgate de que a mi muerte nadie esté hablando de lo ‘bueno’ que era, ni del futuro brillante que me esperaba, justo como el de mi padre. Recuérdales a todos que soy un cobarde, y haz un funeral breve y barato. Dile a Nathaly que le dejo mi amor, ese que ya no quiere, pero que jamás tendrá su falsa existencia mi corazón, porque él hoy muere, dejará de latir. Mi alma volará, ya no podré recordarla o, al menos eso espero. Por favor alimenta a mi nuevo gato, pues junto a mí vivió los últimos momentos de mi existencia”.

El olor había penetrado ya toda la habitación, Alexander se sintió nuevamente en la feria. Pensó por un segundo estar alucinando, por eso poco le importó. Dejó la carta abierta, se disponía a encender el cigarrillo, su último cigarro. Destapó la botella de veneno, el gato lo miraba, el olor ya le fastidiaba. A lo lejos una sirena de policía escuchó, luego el silencio de la avenida, cerró los ojos, pensó por un segundo en el silencio y la soledad que envolvía la casa y que tal vez tardarían días en descubrir que estaba muerto, resopló, sacó un fósforo y frotó por el borde de la caja, no enciende, intentó nuevamente y con más fuerza frotó el fósforo, la llama se le vino encima, oscuridad, silencio, se fueron las palabras y las letras.

Los periódicos lo decían en primera plana: “Fuerte explosión, causada por fuga de gas, deja al borde de la muerte a brillante estudiante”.

“El techo era blanco, o más bien ¿era la luz blanca?”, pensó Alexander, intentando abrir un poco los ojos, una silueta femenina en el fondo y una voz lo confundían, allí comenzó a sentir dolor hasta en la última parte de su cuerpo. Su cara, todo, le dolía respirar, un aparato parecía ayudar a hacerlo. “¿Ya morí?”, intentó decir entre llanto y rabia, ya que los dolores se agudizaban cada segundo más, una voz en el fondo le dijo:

“Hubo una fuerte explosión, todo se quemó, tus libros, todo. Fue Nathaly quien se encontraba cerca y salvó tu vida, pero sus pulmones no aguantaron y ahora ella también se encuentra al borde de la muerte. Sólo dijo que te amaba y que la perdonaras, que esa noche iba a pedirte que te quedaras con ella, pues había descubierto a tu lado el amor, aunque tardó en darse cuenta”.

El dolor se hizo más fuerte, comenzó a convulsionar. En medio de eso logró preguntar por su gato, nadie supo responder, nadie había visto o sabido nada de algún gato en esa explosión. Todo oscureció de nuevo, el dolor desapareció, lentamente...

Y nuevamente el techo blanco, esta vez todo más tranquilo, un poco de dolor. Abrió lentamente los ojos, observó los de su gato, sintió alegría pero incapacidad de demostrarla, murmuró un sonido, y sintió el gato sobre su pecho, se sentía pesado, no podía moverse, escuchó nuevamente una voz, esta vez sí reconoció a su madre:

“Tienes tres meses dormido, Nathaly murió, los padres te culpan, tus heridas aún no sanan, tuviste fuertes quemaduras, los médicos están completamente extrañados de que resististe todo esto, es un milagro, conozco tus ganas de vivir, hijo”.

Sintió en su pecho que algo se abría, sintió dolor, desesperación. Tampoco podía hablar por el enorme tubo que atravesaba su boca. Intentó levantarse con cuidado de no tumbar el gato negro pero no pudo, ya no tenía piernas, ni brazos, dentro de sí gritó. Lágrimas salieron de la masa deforme en la que se había convertido su cara. Un dolor le penetró el alma y un pensamiento renació en su cabeza adolorida.

“Ahora solo soy una bestia, incapaz de comunicarme, una masa deforme incapaz de vivir y de morir, ni siquiera apta para suicidarse. El silencio es mi condena. Sólo tengo un gato que me observa. El recuerdo de mis confesiones en una carta perfecta, que el fuego consumió en segundos. El suspiro perdido de un adolescente deprimido por un amor impaciente y ocultamente correspondido. Con el deseo de quitarse la vida en su habitación solitaria a las sombras de la ciudad pecadora.

”Soy un monstruo egoísta e inconforme, siempre lo he sido, sólo que ahora lo parezco...”.