Sala de ensayo
Julio CortázarEn torno a un capítulo de Rayuela, de Julio Cortázar

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Todo es escritura, es decir fábula. ¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto? Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella...

Julio Cortázar. Rayuela. Capítulo 73.

 

1. Si todos terminamos como el napolitano, ¿Qué será del tornillo? ¿No representa la única victoria posible sobre la Nada?

Yo pienso que si todos terminamos como el napolitano, el tornillo dejaría de ser. Asimismo creo que no representa la victoria, la única victoria posible sobre la Nada. Quizá el napolitano pagó con su vida y gastó sus años viendo y pensando las formas y las apariencias de la realidad. Pero, a pesar de que murió, yo me inclino por reflejar al napolitano como el inventor de un mundo. Quiero decir, no murió vanamente.

El tornillo fue en un principio “risa, tomada de pelo, irritación comunal”... Pero creo, como el mismo napolitano lo hizo, en la necesidad de todos por objetivar eso llamado “verdad”. La verdad objetivable y el sujeto que la objetiva. O, al menos, intenta hacerlo. Pero sabemos cuánto hay de verdad en lo huidizo de nuestro objeto: valga decir todas las turas de este mundo.

Pero si no somos nosotros quienes contemplamos el tornillo, ¿quién lo hará? El problema planteado es el siguiente: la creación del Universo y su representación; la división de lo cognoscible en diversas categorías, a veces antagónicas y no sinérgicas; el nacimiento de la filosofía, de las artes; la imposibilidad de hacer objeto o asir la belleza, por ejemplo, o el amor o los valores, ideas éstas y conceptos abstractos, invenciones y riquezas humanas.

La verdad como una invención meramente humana le es propia a cada hombre y a cada mujer. Cada cual lleva su verdad. En este sentido, la verdad debe ser producto de búsquedas individuales, sean de carácter espiritual, intelectual o emocional o de otra índole. ¿Qué pasaría en el mundo si todos conociéramos una verdad única e irreprochable? Me refiero a una tal doctrina o principio general que gobierne todas nuestras acciones.

Quizá el resultado de conseguirnos con una verdad dura como una nuez podría ser la eliminación de lo diverso, de las identidades, de lo subjetivo, de lo inherente al Ser humano. La ciencia y la escritura de invención serían como dos fuerzas en conflicto. Se nos propone la segunda: es decir, la verdad como una invención que necesariamente es en el mundo de la escritura y, más particularmente, en el mundo de la literatura.

La literatura viene a ser como escritura de la invención humana. Es ella que hace del tornillo una risa, tal como si hiciera risible nuestro orgulloso poder sobre “la verdad”. Nos dicen que la literatura debe ser efecto de la invención, no de la certeza ni de tesis concluyentes. No página cerrada sino puerta abierta. ¿Por qué habríamos de contentarnos con la paz del objeto conocido y apropiado? Creo que es fácil contentarse. Sin embargo, la tarea que impone la literatura, por otro lado, es de dimensión prometeica.

Creo que el napolitano era un filósofo. Lo que a nosotros toca es la conciencia de nuestro valor. Nuestro valor no es otro que ver el tornillo como una primera creación, como decía Morelli: un dios o algo así, pero visto por una representación posible de la creación, de la invención, entre tantas otras, ciertamente disímiles. Somos nosotros, personajes de literatura, criaturas mismas de la invención, los portadores de la llama literaria, que debe, como poco, balancear el mundo totalitario de verdades precisas y archivables; así, sin más.

Hemos sido llamados a litigar, no por la posesión de la verdad, pero sí como comunicadores de lo incomunicable, lo posible inverosímil o al revés, lo imposible verosímil, lo inenarrable, lo indecible. En fin, todo aquello que es recreación de la realidad o de la imaginación. Todo eso que siempre ha estado ahí, sobre nuestras estúpidas narices, y no hemos siquiera mirado contemplativamente. Pero esta vez no como el napolitano sino para un fin distinto y más emocionante: el ver el eterno girar del tornillo y darnos cuenta de lo mismo. Eso mismo es el principio y el final, nacimiento y muerte, con una “y” inclusiva. Dejar ser al tornillo, no aprisionarlo con nuestros razonamientos ad infinitum.

 

2. ¿No serán “la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie” las que ponen en evidencia la ironía y la incongruencia misma de una rayuela que no sirve para nadie y no lleva a ninguna parte sino al vacío? Sin embargo, queda el juego que —con un guiño travieso o un golpe zen en la cabeza— triunfa de la Nada.

Yo creo que sí queda un juego que triunfa de la Nada. En Rayuela parece como si las cosas fueran eso: un juego, algo lúdico. Me parece que “la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia”... se justifican por ser ellas mismas la gran ironía de un lugar literario ficcional, azaroso. Por otra parte, Cortázar nos propone una lectura “antinovelística” de Rayuela. Dar brincos de un lado a otro, ahí está el juego: la rayuela. Para mí, como lector de esta obra cortazariana, supuso un esfuerzo colosal y casi antinatural, algo como un mecanismo complicado pasar de la obra propiamente dicha a los capítulos prescindibles o hacerlo en sentido inverso. Pero sabemos que la intención de Cortázar es que seamos sus cómplices.

“Rayuela”, de Julio CortázarEntre otras cosas, Cortázar señala en el capítulo 79 tres tipos de novela: romántica, clásica y Rayuela. A este libro Cortázar lo trata de antinovela, siempre teniendo como referencia lo caótico de su modo de lectura y no tanto por su estructura u organización. Él también nos presenta dos tipos de lectores, el lector-hembra y el lector cómplice. Para Cortázar la creación se une a la interacción entre autor y lector. El lector cómplice como sujeto al juego del autor. Jugar este juego es resultado de una invitación a participar en él.

El juego de Rayuela está íntimamente ligado a la decisión del lector. El lector tiene la decisión acerca de seguir el juego de la mano de Cortázar o conformarse a ser un lector-hembra. Más allá de los malabares de Oliveira, Traveler y Talita, está el gran acertijo de la Nada. En la composición de Rayuela estos personajes se hallan “Del lado de acá” o de este lado y “Del lado de allá” o del otro lado. No obstante esta relativa organización las conexiones están ausentes. Unas parecen ser conexiones de la vida de Julio Cortázar en Francia (de este lado) y las otras de la vida en Argentina. Parece obvio a simple vista pero es importante que lo digamos aquí.

Cortázar nos convierte en lectores copartícipes de su creación. Allí quizá esté el motivo suyo al escribir. Él afirma en el capítulo 79 que quiere simultaneizar el tiempo del autor con respecto al de su lector. Hacer que el lector viva el tiempo del autor puede ser una experiencia atractiva y poco usual, dado que el autor de novelas clásicas sólo quiere dejar un mensaje, educar, formar. En estos términos más o menos redondos habla Cortázar acerca de las intenciones de los autores de novelas. Podemos apreciar su idea expresa acerca de su intención con respecto a nosotros los lectores. En este ideal, el capítulo 79 es bastante autobiográfico y demuestra el plan general o el bosquejo cortazariano. Él tiene una expectativa también por parte de sus lectores, sea con un guiño travieso o un golpe zen en la cabeza.

Yo diría que el 79 es el capítulo donde se explica mejor Cortázar acerca de qué está buscando y procurando de nosotros. Es una especie de revelación oriental, como si fuera un satori o despertar del ser. Nos está diciendo qué papel está jugando él en todo esto y cómo debemos asumir nosotros la seria empresa de vivir la rayuela como si fuera él quien jugara con nuestra persona.

Cortázar habla de complicidad y copadecimiento. Nos refiere que existe un misterio tras el cual debemos ir en búsqueda. De allí la complicidad. Ahora, el copadecimiento estaría más asociado al lector-hembra, quien se conforma con la fachada que, como dice el mismo Cortázar, las hay muy bonitas. Es copadecimiento porque el autor también se decepciona y padece si alguno de sus lectores no halla lo que debía estar buscando. De allí copadecimiento, pues es de ambas partes implicadas.

Los recursos utilizados en Rayuela, como la ironía, la autocrítica incesante, la imaginación al servicio de nadie, conllevan a un plano confuso en la lectura de esta obra. Yo tengo la idea de que Julio Cortázar nos hace jugar la rayuela con el mismo proceso de lectura. Esto para aquellos lectores que, como yo, intentamos deshacernos de nuestros hábitos usuales de lectura y aceptamos las reglas del juego, acaso por una buena parte de los capítulos prescindibles. Sin embargo, si no hubiera intentado esta lectura desordenada y errante no hubiera entendido el sentido del juego, o hacia dónde gira el reloj, por ejemplificar con un símil más práctico. No hubiera yo comprendido que la rayuela es el juego que salva de la Nada a la novela de Cortázar.

 

3. ¿Cómo resolver el dilema del salto al abismo donde otros permanecen en sus casillas ilusorias? Tal vez la risa o, tal vez, el humor manifestándose en esa “inmediatez vivencial” (cap. 79)

Yo creo firmemente en la respuesta psicológica para resolver el dilema del salto al abismo. Pienso que el tratamiento psicológico puede crear alternativas o enfrentar el salto al vacío. La risa es una de esas alternativas. La confianza genera también cambios positivos. La ubicuidad juega aquí un papel fundamental. El jugador de la rayuela en la vida común o en su casilla ilusoria debe tener noción clara sobre su situación y ubicación en el plano temporo-espacial. Debe asimismo conocer a qué casilla le corresponde llegar, con sus ventajas y limitaciones, suponiendo de antemano dónde está esa persona parada.

A veces pensamos que estamos ante un abismo y no es así. Sólo es así cuando no queremos o nos sentimos en franca incapacidad para continuar el juego, la rayuela, la vida. Pero si uno se detiene y fija su posición en un marco objetivo, la cosa cambia un poquito. La cosa no es otra que aprender a movilizarse ante una situación y no quedarse paralizado. La acción produce variación de nuestro entorno. Como reza un pasaje de la Biblia: la piedra que despreció el constructor, ésa es la piedra angular. La realidad es más tranquilizadora que nuestras reflexiones y cavilaciones más hondas. A veces hurgamos demasiado en nuestra mente en búsqueda de algo que ya está en uso, que ya tenemos, que forma parte de nuestras facultades. Dentro de nuestras facultades están las opciones y si nos detenemos un rato siquiera a explorarlas conseguiremos el remedio a nuestras angustias y malestares.

Opino, de esta forma, que carecemos en nuestra sociedad de ritos iniciáticos. Como podemos aprender, sabemos que en otras culturas, incluso en la nuestra (aunque parezca contradictorio), se cuenta con ritos de iniciación. En estos ritos o rituales el hombre o la mujer jóvenes entienden y comprenden cómo enfrentar una situación de estrés como puede serlo un cambio o una nueva adaptación a un medio social adverso o amenazante. Pero el ser humano cuenta con la ayuda de otros que, como ellos, han pasado por tales experiencias de cambio.

La inmediatez vivencial es sólo aparente, creo yo. Pero explota al máximo su potencialidad, eso sí. Pues resulta claro que ubicarnos en el mismo plano donde está ubicado el autor de Rayuela puede ser un tanto embarazoso. Pero no dejamos de sentir cariño para ese ser humano que, como una gran travesura, se atrevió a hacernos partícipes de un juego infantil del que su memoria no se hubo desligado jamás. Sentir el vacío que siente Horacio o Traveler proyectados sobre el cuerpo de Talita, éste sostenido por el azar o el destino, nos hacen revivirlo de una manera tensa aunque esté matizada con el humor típicamente argentino. Todo el malabar hecho por Talita tan sólo para alcanzarle unos clavos y una carga de mate a Horacio Oliveira. Yo diría que el grado de tensión alcanzado en esos capítulos de Rayuela se parece a “La autopista del sur”, cuento que encontramos en Todos los fuegos el fuego.