El amor en los tiempos del cólera es una extraordinaria narración, con un lenguaje embrujado y unos personajes hipócritas, cínicos y entregados al sexo. Las descripciones en el texto son muchas veces en extremo detallistas, para deleite de unos y odio de otros, no se sabe si obedeciendo a las necesidades del relato o por el embelesamiento de escribir tan bien del que sería víctima el propio novelista.
Sin embargo este artículo no es de crítica literaria, con frecuencia pretenciosa, enredada en sí misma y más imaginativa que la obra de ficción que examina. Nuestro interés radica en examinar ciertas ideas que del sexo, erotismo y el amor se desprenden de la lectura de la novela, publicada en 1985. El examen está vertebrado alrededor de tres grandes ejes: sexo, erotismo y sexualidad, sobre los cuales no ofrecemos definiciones, esperando compartir con los lectores el entendimiento usual de los mismos. En conclusión, una historia de un sexo brutal, erotismo depurado y un amor enteco y descolorido.
Sexo más sexo
La primera alusión al sexo (García Márquez, 2008) figura cuando la amante de Jeremiah de Saint-Amour, un artista estrafalario de pasado oscuro, recuerda a la muerte de éste que: “...más de una vez conocieron la explosión instantánea de la felicidad...” (p. 24). Asumimos, por la sequedad de la expresión, que se trataría de una experiencia básicamente fisiológica. Refrendado poco después, cuando nos enteramos de que la relación entre ambos era de tercer orden porque Saint-Amour “...amaba el mar y el amor, amaba a su perro y a ella...” (p. 25). Los primeros son insondables y misteriosos; los segundos invocan una relación asimétrica e incluso falta de reciprocidad. Un sexo detonante de vida efímera. Buen comienzo para los personajes que conoceremos más adelante cuya sexualidad está por lo regular enrejada por vísceras y egoísmo.
Líbrenos la mesura de caer en la ligereza de Palencia Roth (1987) de llamar a todo “amor” y a partir de allí adjudicarle a García Márquez (GM) una nueva taxonomía del mismo, contraria a cualquiera diferenciación hasta del sentido común, y tampoco en la irrisión de convertir al novelista en especialista en vejez como lo hacen no pocos críticos, que en la academia ya hay muchos de verdad, como recuerda Bayer, K. (2005).
Florentino Ariza, uno de los personajes centrales de la novela, en un viaje por barco, fue violado y perdió su virginidad en la oscuridad de la noche. La titular fue una pasajera que él no pudo identificar, quien lo introdujo violentamente en un camarote donde lo esperaba desnuda. Un sexo de incomunicación, desprovisto de cualquier posibilidad de respeto o bondad, pleno de instintividad, sólo un cortocircuito.
A partir de allí, no se sabe por qué y tampoco parece importar al novelista, el personaje se convenció de que “el amor ilusorio por Fermina podía ser atemperado por una experiencia sexual real” (p. 166), llevándolo después por “caminos imprevistos” (p. 172). Tenemos presente que la interpretación de los hechos en base a la fría ciencia sexual puede colisionar con la fantasía al servicio del mejor interés de la novela. Sin embargo una relación sexual anónima, breve, violenta, sin contacto cara a cara, sin interlocutor real, más pobre incluso que el autoerotismo, es impensable pueda modular y más revertir la acendrada pasión de Florentino por Fermina, el otro actor de la aparente historia de amor.
Entonces, la consecuencia deducida por el narrador no guarda relación con el correlato bioquímico cerebral desatado por la pasión y menos con la poderosa fuerza del amor y sus constantes humanas y físicas, al comienzo y en el transcurso del mismo. Los “caminos impensados” que le sucedieron, la promiscuidad, el “amor” convenido y comercial, no pueden achacárseles a una violación en la oscuridad. Los estudios contemporáneos sobre los efectos de la violación en varones y mujeres, además, constatan su debilidad si es de una mujer a un hombre a diferencia de un varón por otro varón.
La violación habría facilitado a Florentino su subsiguiente experiencia sexual en la línea de compensar el amor idealizado. Fue un encuentro circunstancial el que tuvo con una mujer sola: la “Viuda de Nazaret”, con quien, desde entonces, tuvo relaciones sexuales tan impersonales como regulares.
La violencia del episodio sexual vivido en el barco podría, según la teoría de GM, haber de pronto disociado el amor ideal de la parte material sexual y dejado por así decirlo al instinto más libre, absolviendo a la persona de la responsabilidad de entrega en cuerpo y alma al ser amado. Podría de pronto ser una disociación propia de mentes en extremo indiferenciadas o profundamente sensoriales. La cuestión es que en todos esos años Florentino trazó un plan de conquistar mujeres a raíz de la experiencia que había tenido con la viuda de Nazaret, “...que le abrió el camino de los amores callejeros...” (p. 109), según pensaba para mitigar el dolor del rechazo de Fermina.
Con la viuda practicó todo tipo de poses pero ésta, parece, “...carecía de talento mínimo para la fornicación dirigida... y sus orgasmos eran inoportunos y epidérmicos...” (p. 175). GM recoge por completo la divulgación del sexo de las revistas del corazón: el varón, director sexual de la mujer, y el orgasmo femenino al servicio de aquél. Para empezar, un inexperto Florentino no reunía las condiciones para dar clases a nadie, y menos a la viuda que traía consigo un caudal de experiencia. Otra cosa, GM creería que para cosas tan sencillas como los movimientos y posiciones del coito debería tenerse un talento y prácticas especiales, sin tener en cuenta que los seres humanos estamos equipados genéticamente para el coito. Sus variedades son muy pocas, están limitadas por las características físicas del cuerpo y alguna novedad atrevida forzando la anatomía se puede adquirir con facilidad y sin pasar por un “curso” previo. Esto sí podría saberlo el colombiano muy bien hace un cuarto de siglo cuando escribió la obra.
Hablar de la viuda como que “...sus orgasmos eran inoportunos y epidérmicos” daría a entender que la persona tiene control real sobre el momento en que experimenta el placer sexual, y que los orgasmos deben tener unas características determinadas que el narrador no menciona. Los conocimientos del orgasmo femenino son nuevos y ahora sabemos que varían mucho en oportunidad e intensidad, e incluso no hay una correlación necesaria entre la experiencia subjetiva del placer y las expresiones exteriores del mismo. El autor podría haberse beneficiado, pero no tuvo oportunidad, si hubiera leído el trabajo de Kleinplatz (2009) sobre las condiciones que caracterizan al “gran sexo”. Además (¿por qué no?), Florentino podría no haber sido la pareja genéticamente deseable para la viuda, y de allí que esos orgasmos fueran epidérmicos no por culpa de ella sino de él, siguiendo a King (2010).
Florentino practicaba un sexo subordinado a la anatomofisiología, en cualquier sitio, por ejemplo, cerca de la torre de un faro como imaginando “...que algo de sus amores... les llegaba a los navegantes en cada vuelta de los destellos” o en una casa donde se escuchaba el fuerte reventar de las olas y donde “...el amor era más intenso porque tenía algo de naufragio” (p. 200). El faro llevaría en todo caso sus desventuras y la intensidad, no del amor, término usado en un modo extremadamente abarcativo, sino de las primitivas emociones que vivía.
También en la novela GM nos informa de su visión del impulso sexual, el insumo base del erotismo, aunque no necesariamente del amor. Su mensaje propone la necesidad de dar camino libre a la libido, afirmando lo pernicioso que sería “...la abstinencia de la viudez” (p. 175). El escritor maneja una concepción bastante elemental del sexo, contraria a la doctrina erótica de la segunda mitad del siglo XX, por la que la vida sexual se sustenta en las relaciones interpersonales satisfactorias y la fisiología está más bien detrás y a su servicio.
Para Juvenal, otro de los grandes personajes de la novela, llega el momento en que su vida de marido feliz de Fermina se colma de pura dopamina cerebral instigado por la figura exótica y el anuncio de placeres carnales que advirtió en una mulata a la que conoció accidentalmente. Son emociones de alta sensorialidad, verdaderas trampas puestas delante de mujeres u hombres desprevenidos en las que irremediablemente sucumben, pierden la razón y después de vivir las embriagueces del cielo y el infierno juntos, recobran la conciencia cuando por lo general es demasiado tarde.
Pero sucedió lo que tenía que suceder: Fermina descubrió la infidelidad y él en un claro proceso de subordinación la aceptó al comienzo indirectamente para al final terminar contándolo todo, y la decisión de ella de irse de la casa. Un traidor que no sabe mentir está perdido antes de empezar. ¿Cómo Fermina descubrió la infidelidad? GM tuvo acá la oportunidad para llevarnos literalmente de la nariz a través de la historia. Reemplazando las intuiciones de las que por lo general la mujer se vale para develar el engaño, por una habilidad singular: la del olfato de Fermina. Acertadamente el novelista transmuta la impregnación culpable que la traición imprime en el espíritu del infiel a un dato físico: el olor carnal que los amantes comparten por los jugos y sudores que intercambian.
La causa de la desgracia de Juvenal había sido una paciente del hospital, Bárbara Lynch, con la que vivió una gran pasión sexual extramarital con un sexo apurado y angustioso, inevitable a sus 58 años de edad y treinta de casado: “...pero él malgastaba todo... y hacía un amor de pánico con los pantalones enrollados en las corvas, con el saco abotonado para que le estorbara menos, con la leontina de oro en el chaleco, con los zapatos puestos, con todo, y más pendiente de irse cuanto antes que de cumplir con su placer” (p. 279).
Afectado su sistema inmunológico, el sexo culpable lo llevó a sufrir múltiples dolencias y a necesitar alguien con quien desahogar sus temores, y lo hizo con Fermina: “...el ser que más lo amaba y al que más amaba en este mundo...” (p. 281). La enfermedad del sexo en Juvenal se metastasió a otros órganos y sistemas orgánicos con la facilidad de un terreno fértil en declinación psicofísica. Juvenal escogió el mejor médico para estos casos: la esposa, el ser a quien había emponzoñado. Ningún infiel encuentra verdadero alivio en el consultorio del psiquiatra que lo escuchará, aliviará sus culpas con teorías sobre la conducta humana y soporíferos fármacos que no son básicamente diferentes a los consejos psicológicos. El verdadero alivio, sanación y expiación de la vergüenza debe ser frente a la persona a quien se ha humillado. GM identifica muy bien la dinámica del engaño marital pero no se anima a desarrollar este muy rico material psicológico.
En resumen, el sexo, en esta sección, comienza con las relaciones sexuales de un personaje marginal, Saint-Amour, que termina suicidándose, y la mujer con quien establece un vínculo meramente físico. Luego la violación de Florentino, intrascendente en sí misma, pero curiosa por las consecuencias: el sexo como paliativo para el amor apasionado de unos jóvenes inocentes.
A partir de allí la vida sexual de Florentino resulta muy intensa, altamente visceral e impulsiva pero simple, como no podía ser de otro modo, y por eso nunca llega a tomar vuelo literario pese al esfuerzo del novelista. Finalmente, los grandes peligros del estímulo sexual que enceguecen al casado Juvenal lo conducen a la infidelidad y la angustia y, en el mismo plano instintivo, la vigencia del olfato animal explotado por Fermina.
Desde luego, el desconocimiento de la sexualidad por parte de GM, explicable claramente en el caso del orgasmo femenino, lo hace identificarse con las creencias populares del momento.
Erotismo sin duda
El doctor Juvenal Urbino era un médico perteneciente a una muy distinguida familia de la ciudad, de reputado ejercicio profesional, católico y conservador. Tenía 28 años cuando regresó de París luego de completar sus estudios de medicina y las muchachas del pueblo estaban seducidas por su personalidad y fortuna familiar. De él, como recurso estilístico, se citan unas frases cursis: “el bisturí es la prueba mayor del fracaso de la medicina” o “en todo caso —solía decir en clase— la poca medicina que se sabe sólo la saben algunos médicos” (p. 19).
Lorenzo, el padre de Fermina, inmediatamente de conocerlo lo escogió para futuro esposo de su hija. Le aportaría el linaje que él no tenía para ser bien recibido en la alta sociedad. Aprovechó entonces unos malestares de su hija y la visita del médico para examinar a la enferma e intentar establecer una relación entre Juvenal y Fermina. Esta fue ocasión para espectar una escena de la mayor sutileza erótica: cuando el médico examina a Fermina Daza. Durante la inspección se evidenció que: “no era fácil saber quien estaba más cohibido, si el médico con su tacto púdico o la enferma con su recato de virgen dentro del camisón de seda, pero ninguno miró al otro a los ojos...” (p. 137).
El “tacto púdico” no era otra cosa que un tocar el cuerpo de la joven con manos temblorosas y dubitativas porque el objeto de encantamiento le inspiraba necesariamente una mezcla de respeto y miedo a la vez. El “recato de virgen” y el no mirar a los ojos al galeno era natural por el pudor de ella. Pero los ojos del doctor, para quien los exámenes físicos eran una rutina, tenían otro sentido, no quería por nada delatar que la atracción por ella se contaminara con algún rasgo de lascivia. Sin embargo, en esta escena el proceso psicológico de enamoramiento es meramente conductual pues GM no se aventura ni a las comillas ni al monólogo, tampoco al soliloquio, ni a nada más.
También el erotismo se desenvuelve en todo su esplendor y con gran lujo en el relato, que muestra como tantas otras veces la destreza narrativa de GM, de las tres primeras noches de la luna de miel de la pareja de Juvenal y Fermina. En el camarote del barco, los lectores voyeuristas, sentados en los mejores palcos, atisbamos las idas y venidas eróticas: físicas y psicológicas, subjetivas y viscerales, que en ráfagas sucesivas, alternadas y en otros momentos subsumidas, vivieron los recién casados. GM nos dice que “él [Juvenal] era consciente de que no la amaba” (p. 184). En todo caso sexo y erotismo se encontraron por su cuenta, burlaron al novelista y cobraron autonomía en complicidad con el lector.
Las historias posteriores, incluidas las de Ausencia Santander y Sara Noriega, siguen mostrando una sensorialidad desplegada sin rubor pero no añaden nada al sexo ni al erotismo tal como se venía desarrollando en la novela, y parecen ser más bien un alarde de GM. Una ocasión para abrumarnos con el dominio de la narración y la hechicería de la palabra o lo que puede ser la necesidad compulsiva del autor por escribir y encantarse a sí mismo. Aunque, como lo ha declarado el mismo GM, estas y otras figuras son comodines sin mayor pretensión y cuya presencia cumple el papel de preludio de la obra de fondo, el amor de las figuras centrales (García Márquez, G.; 2000).
Puede decirse que en el examen físico de Fermina y en los días de luna de miel de Juvenal y la joven el relato resulta cautivador, con escenas bien trabajadas por la habilidad del narrador. Son unos momentos eróticos a manera de pinceladas que se suceden durante el examen médico que Juvenal le hace a la jovencita, en el que como hemos dicho el desarrollo psicológico cede a la descripción física del hecho. Las cosas son mejor aun en los detalles de la noche de bodas de Juvenal y Fermina, aunque aquí también el vacío en lo psicológico, con vivencias fugaces, inmediatas, sin memorias, temores, dudas o anticipación de la lujuria y entrega próximas. La vocación por el erotismo del escritor tiene sus antecedentes en su defensa del ex presidente Clinton con ocasión del sexo precario con su asistente, cuando se pregunta: “Ahora bien: ¿sería justo que este raro ejemplar de la especie humana tuviera que malversar su destino histórico sólo porque no encontró un rincón seguro donde hacer el amor?” (García Márquez; 2008).
Detengámonos un poco en las tres noches. Los usuales miedos de Fermina, presentes en las mujeres por razones evolutivas, se fueron difuminando sin darse cuenta. Él mintiendo, haciéndose pasar como el médico que la cuidará, protegerá y en lo sexual, será un amigo en el que puede confiar, y entonces en ese trance “se sentían antiguos amigos” (p. 180).
Desde luego que la seguridad de ella empieza a instalarse durante la época de enamorados, cuando él no intenta tocarle “...ni la yema de los dedos antes de la bendición episcopal...” (p. 180). Ya en la cama, los primeros tocamientos fueron con tal delicadeza, y con ella vestida, que la sugerencia de él de que se cambiara y se pusiera la camisa de dormir fue sentida como algo muy natural. Aun así, Fermina no las tenía todas consigo y se acostó acurrucada lo más lejos de él. Juvenal le toma la mano y, con una estrategia perversa de distracción, le empieza a contar de sus viajes por el mar, con voz queda e intimista. Pero ella, al sentirlo desnudo, revivió el temor femenino ancestral, y por eso Juvenal gastó varias horas en acercarse lentamente a ella. Le habló de todo lo que le venía a la mente, siempre para alejarla del tema central de la noche, la inminente penetración. Así, poco a poco, fue acariciando su cuerpo menos en las zonas erógenas, con lo que le dio la tranquilidad necesaria para que ella misma tomara la iniciativa de quitarse el camisón.
Cuando Juvenal astutamente se dio cuenta de que ella estaba preparada, tocó súbitamente pero en forma superficial una zona sensible de su cuerpo: el pezón. Fermina experimentó una verdadera conmoción por ser una señal de peligro pero también del placer que vendría luego. Aun así ella se avergonzó y él como amante diestro la calmó con una mentira contundente, que le dio buenos resultados: soy médico, no te preocupes. Al darse cuenta el marido de que ya había ganado su confianza siguió adelante más activamente, tanto así que ella también empezó a participar en el encuentro. Entonces él, ya seguro de lo que hacía, llevó la mano de Fermina hasta sus genitales: “un animal en carne viva” (p. 182). El lector podrá descubrir entonces toda la intriga que desenvolvía Juvenal controlando todo lo que podía su urgente instinto.
Una descripción clave para entender el erotismo de este encuentro nupcial está en el instante en que Juvenal se dedica a avanzar cada vez más y cogiéndole la mano “...se la cubrió de besos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada” (p. 182), toda una conducta magistralmente elusiva. Enseguida, seguro ya de la ingenuidad de Fermina, es que la lleva al encuentro del “animal”, exhibiendo gran hipocresía, por no ser compatible la ternura y el recato de las caricias con un ser, el “animal”, a punto de morder. Aparte, un Juvenal engañando al propio Juvenal, con la disociación fisiológica de por un lado el sistema simpático que lo mantiene detenido y, simultáneamente, el parasimpático que inunda sus órganos con una sangre al rojo vivo.
De nuevo la contención de ella, no sobrepasada completamente, y él dale a entretenerla con el embuste de las lecciones de anatomía como el profesor que era. Sin embargo ya no hubo obstáculos para que la besara en la boca pero aun, cuando se acercó a la zona más íntima, que es lo que quería hace tiempo, ella, como era de esperar, encendió el alerta.
Sorprende que en ese momento tan pleno de emociones él tuviera tiempo para pensar “que no la amaba”, pero “...estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor” (p. 184). Por la paciencia mostrada podría decirse que a veces el erotismo era eclipsado por la corteza cerebral y que un “buen amor” no era otra cosa que un matrimonio como mandaban los cánones de la época. Después de un periplo de quiero pero no quiero, te voy a morder pero mira que te acaricio, Fermina arrió todas las velas y lo esperó desnuda dispuesta a todo.
El narrador tranquiliza al lector y cuenta que “...lo hicieron bien...” pero, ¿por qué “...casi como un milagro”? (p. 184), ¿luego de dos jornadas de astucia, sutileza y farsa, que Juvenal había manejado tan diestramente? Bastaron esas horas de amor para que se nos diga que en poco tiempo “se entendían como amantes antiguos” (p. 184). Pareciera que GM, impresionado por la maestría del relato, él mismo lo termina creyendo y calmada su ansiedad se dice a sí mismo que en el sexo ya no habrá problemas.
Amor tal vez
Florentino trabajó desde muy joven en una agencia postal y hubo cierta ocasión de llevar un telegrama al padre de Fermina, a su misma casa. Después de cumplir el recado y al momento de salir vio por la ventana a una niña, en ese entonces de 13 años, junto a una mujer mayor leyendo juntas un libro. Cuando la jovencita, que no era otra que Fermina, casualmente lo miró, provocó en él “un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado” (p. 69).
El autor se ha comprometido a partir de aquí a desplegar un cuento de amor, pero tanto sexo y erotismo pareciera lo dejaron exhausto. Amor por décadas es un decir, fue casi todo el tiempo una relación lejana, con exasperaciones pasajeras de Florentino. Desde ese entonces empezó a espiarla sigilosamente para contemplar todo lo que podía y grabó en su mente ese “modo de andar de venada que le hacía parecer inmune a la gravedad” (p. 71), y se desencadenó en su mente todo un proceso de idealización de la niña: esa es la historia de amor de la novela.
A través de cartitas Florentino declaró su amor a Fermina, que poco después correspondió con misivas también amorosas para terminar apasionándose uno del otro y después de un tiempo acordar casarse en el momento en que la joven pudiera, es decir, dentro de dos años, “...cuando ella terminara la escuela secundaria...” (p. 90).
Pero los escritos que intercambiaban no eran iguales. Los de ella “...eran cartas de distracción, destinadas a mantener las brasas vivas pero sin poner la mano en el fuego”; él, a diferencia, “...se incineraba en cada línea” (p. 85). Era, podría decirse, una relación más, corriente, entre enamorados, en la que el impulso lo pone el varón y la discreción la mujer.
El padre, enterado de tales devaneos, en un intento desesperado por cortar esas relaciones, la llevó fuera de la ciudad por espacio de tres años. Pero cuando Fermina regresó él empezó nuevamente a espiarla y hacerse el encontradizo, hasta que en una ocasión se toparon cara a cara. Allí fue cuando Fermina inexplicablemente “...volvió la cabeza y vio a dos palmos de sus ojos los otros ojos glaciales, el rostro lívido, los labios petrificados de miedo...”, que le recordó la primera vez que estuvieron cerca, pero en esta oportunidad ella “...no sintió la conmoción del amor sino el abismo del desencanto” (pp. 121-122). A partir de allí no quiso saber más de él y le devolvió cartas y regalitos que Florentino le había hecho a través de los años y por su parte le reclamó las cosas que ella le había enviado. ¿A qué se debió este cambio súbito? No se sabe, aunque tampoco afecta a la novela, creando más bien un misterio a tener en cuenta. Todo queda en un enamoramiento frustrado.
Pero la pasión de Florentino, cumplidos ya los 27 años, se mantuvo, digamos, firme, pese al rechazo sufrido por parte de Fermina. Cierta vez la vio en el atrio de la catedral con seis meses de embarazo y siguió enamorado de ella, tomando “...la determinación feroz de ganar nombre y fortuna para merecerla” (p. 189). Y así fue. Su ascenso laboral en los próximos treinta años en una compañía que servía barcos en el Caribe lo llevó a ser su propietario.
Años después las vivencias de Florentino siguen presentes cuando la vigilaba todas las veces que podía, aun cuando ella con su esposo y amigos concurría a un restaurante. Deleitaba sus ojos contemplándola, cuando conversaba, usaba los cubiertos y el ir y venir de su cuerpo. Cierta vez, al ver la imagen de Fermina reflejada en el gran espejo del restaurante, se le ocurre la idea de perennizar ese momento. Con argucias convence al dueño del local, compra el espejo y lo cuelga en su casa: “...no por los primores del marco, sino por el espacio interior, que había sido ocupado durante dos horas por la imagen amada” (p. 260). Un verdadero refinamiento de la necesidad de poseer doblemente a la amada, en la fantasía pero también en una especie de recreación en tres dimensiones y en movimiento. Pero sin duda un ardor liviano, una llama apaciguada, de la que no nos sentimos culpables como debía ser.
Cuando muere el esposo de Fermina en un accidente, enterado Florentino, por ese entonces un solterón, interviene activamente en los preparativos del velorio. Terminada la ceremonia pasa la factura a la viuda recordándole su amor: “...he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna, mi amor para siempre” (p. 64). A lo que ella, desconcertada porque justamente lo esperaba, replica: “Lárgate...” (p. 65). Para de inmediato pensar cómo es que no había reparado conscientemente el drama que había protagonizado a los 18 años y que toma vida en ese momento. Recordemos que nunca se había sabido por qué ella lo rechazó, aunque después comenzara a fantasear sobre los momentos y lugares en los que se habían encontrado.
Ya en la parte final de la novela somos informados de cómo el recuerdo del esposo muerto permanece pero no se interpone en una nueva relación afectiva con Florentino, asentada en los requiebros afectivos de la juventud.
Fermina Daza tenía 72 años y “...había perdido ya la andadura de venada de otros tiempos...” (p. 32), y además después de cincuenta años de vida con Juvenal no pudo ninguno de ellos saber: “...si esa servidumbre recíproca se fundaba en el amor o en la comodidad...” (p. 38), dando a entender que estaba lista para algo más. Desde luego bastante común en las parejas que viven juntas por décadas y lo mismo cuando de pronto reaparece un romance de juventud del cual brotan recuerdos amables.
Pero en este nuevo encuentro entre el hombre y la mujer la relación se irá fortaleciendo por la habilidad del enamorado de llegar a ella con la mayor delicadeza, mediante mensajes que la sorprenden por sabios “...meditaciones sobre la vida, el amor, la vejez, la muerte...” (p. 338). Florentino hace gala de la mayor astucia para acercarse a la viuda. No está claro de qué modo se mantiene el lazo entre ambos, aunque tampoco éste sea un asunto que interesa explicar a la novela. Según el autor, la vida prostibularia de Florentino lo ayudó a mantener el amor y los recuerdos románticos que vivió en su juventud, sumados a la soledad en que quedó, habrían hecho efecto en Fermina. El mensaje es que las cosas imposibles pueden conseguirse con la constancia, no importa que se esté cerca de la muerte, y que el sexo y el erotismo son más intensos y patéticos que el amor.
Hasta que llega el momento de las relaciones físicas, que no había necesidad de recrear, salvo si se tuviera preparado un desarrollo literario exquisito, que no fue el caso. Escuetamente nos informamos que la vista de unos cuerpos muy avejentados no constituye ningún obstáculo para la intimidad, pues el afecto y la ternura han derrotado a las arrugas y discapacidades, incluyendo la disfunción eréctil de él.
Pero el acercamiento emocional y físico de los dos se fue introduciendo de manera impensada y sutil, como sin planearlo. Un cariño inédito, una verdadera experiencia de aprecio etéreo, entre un hombre cercano a los 80 y una mujer pasados los 70. Seres humanos que en la soledad insoportable de sus vidas, él por la espera y ella por la compañía (¿amor o comodidad?), encuentran justamente el nexo que les confirma que siguen siendo seres necesarios.
El entusiasmo de Florentino por Fermina comienza con un flechazo, apenas la vio y de lejos. La ciencia no ha podido explicar por qué ocurre la atracción súbita entre los sexos, aunque para la novela ese asunto no tiene la mayor importancia. La ilusión, no la devoción, se mantiene por décadas, aunque atenuada después del rechazo de Fermina y su matrimonio con Juvenal, y revive con intensidad de tanto en tanto como lo constatamos con la compra del espejo para capturar una imagen que oscilará entre la realidad y la ficción.
Aguilera (2011) se detiene en la distinción que hace GM entre los “amores de planta” y los “amores de paso”, que para la sexología médica es una distinción clave en el concepto del amor de pareja, y rubrica la idea popular de que el sexo extramarital es en cierto modo mejor, “artístico” y “libre”. En todo caso, la realización vital de Florentino, Juvenal y Fermina se dio en los “amores de planta”.
Piensa también Aguilera que en la novela “amor y erotismo están separados”, pero no lo vemos así en las relaciones entre Juvenal y Fermina y tampoco, al final de sus vidas, entre Florentino y la misma Fermina. El sexo puede guardar independencia del erotismo, pero éste y la pasión amorosa pueden manifestarse separados o juntos y la novela no puede desconocerlo.
Es el amor que Ortega (2009) llama “burgués, municipal y doméstico”, que por ser inferior no daría lugar a un fervor “narrativo”. Sería este amor dejado de lado en la historia de la novela, desplazado por el sexo aparatoso y turbulento por ser, seguramente, más fácil de tratar literariamente que aquel otro apacible, subjetivo y pleno, de la pareja estable, en que se da el “sexo fabuloso”, citando nuevamente a Kleinplatz (2009).
La novela desde el punto de vista de la sexualidad no es realmente una historia de amor, a diferencia de lo que cree el mismo GM (Morales de Font, 1988). Afirmamos que es más bien un relato de sexo y erotismo. El discurso amoroso, aunque quiere hegemonizar la narración, es opacado a lo largo de la misma por los momentos de incandescencia del sexo fisiológico y de un erotismo afincado en potentes sensaciones.
Bibliografía
- Aguilera, M. T. El erotismo en la obra de García Márquez, Magnolia Central, 17 de mayo de 2011.
- Bayer, K. Generations, Cosmetic Surgery and Cosmetics: Redefining the Appearance of Age. San Francisco:29, 3, Fall 2005.
- García Márquez, G. El amor en los tiempos del cólera, Verticales de Bolsillo, Grupo Editorial Norma, 2008.
—. “El amante inconcluso”, Cambio, 2 de noviembre de 2008.
—. “El personaje equívoco”. SoloLiteratura, 2000.
- Kleinplatz, P. J., Ménard, A. D., Paquet, M.-P., Paradis, N., et al. “The components of optimal sexuality: A portrait of ‘great sex’ ”, Canadian J Human Sexuality, 18, ½, 2009.
- King, R., Belsky, J., Mah, K. y Binik, Y. “Are There Different Types of Female Orgasm?”, Arch Sex Behavior, 40, 5, Oct. 2011.
- Morales de Font, H. “El humor: un ingrediente más en El amor en los tiempos del cólera”, Revista Comunicación, Volumen 3, Año 8, Nº 1, agosto de 1988.
- Palencia-Roth, M. “La primera novela de García Márquez después del Premio Nobel”, Boletín Cultural y Bibliográfico, 12, XXIV, 1987.
- Ortega, J. “Sexo y novela en García Márquez”, Milenio Semanal, 18-10, 2009.