Con el tiempo...
Me despedí de él a mi manera, le besé el cuerpo con el mismo ahínco de los primeros meses de relación, cuando él aseguraba que me esperaba desde siempre, cuando aún yo le creía. Le acaricié los labios con los dedos y se negó a lamerlos como frecuentemente lo hacía. La parsimonia de sus manos y sus movimientos casi mecánicos se clavaban en mi vientre con un dolor agudo, crudo, pero era mi despedida, así que continué acariciándolo, mordiéndolo, lamiendo su sudor revuelto con mis lágrimas que no importaban nada. Volvió su mirada a mí cuando rasqué su espalda, pero no hubo besos de su parte, su boca estaba cerrada, parca, muda. Llevaba prisa por terminar, su urgencia ya no era yo, ni el deseo, su cuerpo estaba allí sobre mí, pero su mente estaba en otro lado y yo sabía perfectamente dónde.
Conocí a Mariana y a su esposo algunos años atrás, amigos íntimos de Armando, cada vez que coincidíamos, la actitud de Armando era distinta; frente a ellos no dejaba de admirarme, de halagarme y aunque era un tanto incomodo para mí, me fui acostumbrando a que él buscara mi mirada en cada movimiento, claro que en aquel entonces no percibí su farsa. Me veía a mí para evitar mirar hacia Mariana. ¿Cuánto tiempo llevaba enamorado de ella? Nunca lo supe. Era evidente para todos esa afición por ella, pero yo estaba ciega. Ignoro si el esposo de Mariana alguna vez tuvo la sensación de que la relación entre su mujer y su mejor amigo no era común, normal o convencional, nunca supe si alguna noche perdió el sueño como yo, por pensar ello. Él era un hombre guapo, delgado, bien vestido y culto, hablaba poco y a mí apenas si me saludaba, lo llegué a conocer mejor a través de la boca de Armando y creo que, en cierto modo, hasta le tomé cariño. Falleció al cumplir los treinta y nueve y tras su muerte, el luto fue tanto que nos alcanzó para todos, Armando se entregó a una de sus peores depresiones, Mariana se dedicó al cuidado de sus hijos, Luisa de diez y Javier de pocos meses, y yo a ser una sombra en la vida de todos ellos.
Erróneamente pensé que los días de duelo se borrarían poco a poco con el pasar de los días, de los meses, pero nunca imaginé que llegarían a pesar tanto los primeros años. Armando dejó de dormir en mi casa, quería estar solo, le hastiaba mi presencia, odiaba mis consejos y, aunque no lo aceptara abiertamente, sé que lo hacía más que todo por permanecer cerca de Mariana.
El trabajo en la editorial me traía embestida, como es costumbre al acercarse las fechas de navidad, cuando todos los proyectos se etiquetan de urgentes, así que le di a Armando el tiempo necesario para que viviera su duelo y durante largas semanas ni siquiera coincidimos, a veces hablábamos por móvil un par de minutos, intercalando preguntas monótonas como: ¿Cómo estás?, ¿Cómo sigues? O frases huecas como: Si necesitas algo, avísame.
Nos jactábamos de llevar una cordial relación como de esos amigos que se podían contar casi todo, nos apoyábamos, nos reíamos de la vida y nunca llorábamos uno frente al otro, supongo que ninguno deseaba sentirse inferior o vulnerable, intentábamos hasta donde era posible comprendernos, pero sobre todo teníamos muy en claro el espacio de cada uno, Armando jamás se mezcló con mis amigos, aunque él solía invitarme frecuentemente a sus reuniones. Comulgábamos además, del gusto por los libros, si bien sus escritores favoritos nada tenían que ver con los míos, las pláticas se hacían largas y muy gratas, me encantaba su voz cuando citaba algunos fragmentos de sus obras preferidas, le gustaba observar mis ilustraciones, o por lo menos ponía interés en ellos, más del que yo ponía en sus asuntos, hablábamos de tantas cosas y, a decir verdad, jamás tuvimos una charla sobre un proyecto de vida en común. Pensé que sería cuestión de tiempo decidir vivir juntos o viajar, pero jamás tuvimos ese tipo de charlas ni antes ni después de la muerte de su amigo; sus visitas se hicieron menos frecuentes, llegaba a casa alguna noche, unas pocas horas, con prisa, pues siempre estaba al pendiente de las necesidades mínimas o tontas de Mariana y sus hijos, a veces sentía celos de ellos, a veces era coraje, pero siempre lo disculpaba y terminaba por callar los comentarios que se me encharcaban en la boca. Tenía miedo de herirlo, pero también tenía miedo de perderlo. Así que optaba por extasiarme con el olor que su cuerpo dejaba en mí, era grato que se quedara en mi cama, en el aire de la alcoba, me gustaba además revivir todas aquellas imágenes en mi mente, de los dos mientras hacíamos el amor, para después sentirme más sola.
Esa noche, la última, la de mi despedida, tras eyacular fuera de mí como últimamente era su costumbre, lo aparté de mi lado y fui directo a la ducha. Me ardían sus monótonas caricias, su desprecio, su frialdad, en pocas palabras me dolía aceptar que en realidad no me amaba. Bajo el agua de la regadera pensé en encararlo, exponer lo mal que me hacía sentir con sus desprecios, con su falta de interés, con su sexo siempre a medias, estuve allí dejándome azotar por los recuerdos del Armando de un par de años atrás e intenté reanimar a la mujer que años atrás lo fui y lo fui para él, estuve tanto tiempo bajo el agua que sin darme cuenta estaba ya fría y me sorprendí temblando.
Al salir lo encontré sentado bajo el farol de la terraza, llevaba puesto el pantalón y la camisa abierta, fumaba, sostenía entre sus manos un libro, no me fue difícil enterarme cuál, Crimen y castigo, de Dostoievsky, por suerte sus ojos estaban fuera de mi alcance y yo por fortuna lejos de ellos. Me quedé observándolo, había perdido peso, se le veía desgastado, abatido, lo miré como un total desconocido, ese que vagas noches deambulaba en calidad de fantasma por el corredor de mi casa. ¿A qué precio intentaba retenerlo a mi lado? Y digo “intentaba” porque Mariana desde tiempo atrás había ganado la partida. No era necesario comprobarlo con mis propios ojos, bastaba la actitud de Armando y el hecho de que jamás permitió que me acercara a ella, la escudaba con pretextos, al inicio fue el luto, después sus compromisos, los míos, los de él y jamás volví a hablar con ella, mucho menos a verla.
Armando se abrochó la camisa, no dijo más nada, me dio un beso en la mejilla y se marchó. El armario vino a confirmar lo deshecho de nuestra relación, había encontrado tan solo una camisa de él, esperando al final de la fila de mis vestidos, estaba casi nueva, olvidada, con las mangas arrugadas y lánguida y pálida como mi rostro frente al espejo, la doblé al igual que doblé mis manos y renuncié a él, o lo que quedaba de él.
A la mañana siguiente renuncié a la editorial y me dediqué a consultar algunos vuelos acompañada de una desolación que traspasaba hasta mi sombra; preparé una maleta ligera, saqué las macetas a la terraza, así tendrían opción de sobrevivir si llegaba a tiempo la temporada de lluvias, fue ahí donde lo encontré, el libro, lo tomé y decidí guardarlo en mi equipaje, sabía que era absurdo, me recordaría a Armando a cada minuto, pero a veces es imposible renunciar a todo. No quise despedirme de nadie, ni siquiera de él, y para ser sincera a esa edad lo que menos me importaba era dejar direcciones. Sin embargo varias veces me pregunté: ¿Qué hubiera hecho si mi móvil hubiera timbrado antes de subir al avión? Ignoro mi reacción al escuchar la voz de Armando tan parca y tan seca haciendo preguntas tontas, sin un verdadero interés, sin saber que me marchaba y tal vez para siempre. No llamó.
Llegué a Madrid a refugiar mi tristeza en los bares de la Calle de Las Letras, a acostarme con hombres de los cuales ni siquiera su nombre quedaba grabado en algún lugarcito de mi memoria, a caminar por la Gran Vía de madrugada acompañada de nuevas imágenes que mi mente maquilaba de Armando y Mariana, solía preguntarme a menudo: ¿Qué sería de ellos ahora sin mí? Los imaginaba felices juntos, desnudos, durmiendo después de hacer el amor, me la imaginaba a ella envuelta en sus brazos como muy al principio él lo hacía conmigo, siendo arrullada por la respiración de Armando muy cerca de su oído. A veces hacía el esfuerzo de no llorar al imaginarlos como una familia feliz, con hijos, como los que Armando siempre deseó tener, pero al final terminaba siendo un San Lázaro, como decía mi abuela, y ahogada entre alucinaciones y mis propias lágrimas, abrazaba fuertemente el libro de Dostoievsky, el único recuerdo palpable de Armando, el solo hecho de saber que lo tuvo entre sus manos me reconfortaba y aunque nunca sentí interés por sus páginas, una fuerza interior me obligó a abrirlo. Comencé a hojearlo. Segunda edición, julio de 1985. —¿Por qué? ¡Porque es imposible seguir así, he aquí la razón! ¡Es preciso razonar y ver las cosas como son, en lugar de llorar y clamar que Dios no las permitirá!, leí en la página trescientos, la frase se me pegó como chicle y mientras seguía hojeándolo, algo se deslizó por mi pecho, por las piernas hasta el suelo, una fotografía. Las manos me temblaron mientras la sostenía, el corazón quería escapar haciendo un hueco por la garganta, ya no eran alucinaciones mías, frente a mí, Armando y su entrañable amigo, desnudos, besándose y tras ellos un recuerdo familiar vino a estrujarme y a traspasar una daga por el pecho, reconocí el respaldo de mi cama.
Con el tiempo he compadecido a Mariana, con el tiempo han dejado de dolerme los recuerdos y con el tiempo he podido dejar de pensar en él, en ella, en ellos.