Letras
Un día cualquiera

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Frenó en el mismo instante en que la luz del semáforo cambió. Declinaba el mediodía. A esa hora el candente sol hacía arder el pavimento y, a lo lejos, la metralla del invierno se dejaba oír de nuevo. Fijó su rostro en el retrovisor y sonrió. La vida era un circo con diferentes pistas. Al frente, el conductor del vehículo al cual seguía compraba una hora en la húmeda entrepierna de una vendedora de rosas; y al costado, sobre la acera, la pordiosera que una mañana le auguró que tendría la suerte de morir en un día cualquiera, intentaba convencer a un transeúnte de sus vaticinios acerca del fin del mundo.

Mientras esperaba, infectado por el letargo que le provocaban el calor y la espera por el cambio de luz, activó la bomba de agua del parabrisas y de pronto todo comenzó a tornarse borroso. Convencido de que su ceguera era producto del agua sobre el dúplex y del bailoteo de la escobilla se estregó los ojos y esperó a que parara; pero al abrirlos nuevamente y ver aun más borroso dedujo, sin saber cómo, que la causa de que no pudiera ver con claridad la luz del stop del carro que tenía delante estaba dentro de sí. La sentía invadirlo. En el rumor que roía y quemaba sus entrañas; en un ruido como el ronroneo suave del motor o el de la máquina del reloj analógico que en el tablero pispileaba las tres con cinco.

Asustado por la certidumbre del principio del fin, y sin que eso fuera suficiente para controlar el escalofrío que se adueñó de su cuerpo, se peinó con los dedos y volvió a estregarse los ojos, pero esta vez, a diferencia de la anterior, ya no vio nada; tampoco escuchó nada. Lo único que le hizo saber que aún estaba ahí fue la tranquilidad que corrompía rápidamente las células de su cuerpo hasta convertirlas en una masa putrefacta, y el aleteo de cientos de somorgujos que invadía sus oídos. Primero acercándose para alejarse luego mientras lo dejaban vacío. Para entonces, el vehículo delantero había iniciado la marcha y los conductores que lo seguían, azuzados por los gritos insaciables del hambre de cualquier cosa, lo apremiaban con sus cláxones.