Letras
Dos relatos

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Mariana

Cincuenta años enclaustrada en este cuerpo grafitiado por callos y moretones, con las tripas irritadas de tanta rabia y tanta hambre. Venciendo a tropezones las cargas de una vida que se hunde. Todos los días termino con el agua fétida hasta el cogote. Todas las mañanas, con la sequía en el alma.

Cinco años como sentencia en este convento de la pureza y la monogamia. Caminando contigo, paso a paso preocupada por tus cuestiones. Encargándome de tus asuntos. Cuidándome de tus traiciones. Curándome las infecciones.

Cinco meses como penitencia. Encerrada en esta cárcel. El veredicto de violencia estalló en mi sien. La del castigo era yo. A pagar mis deudas.

Cinco meses sin que pisaras el catre de la visita conyugal. Esperándote con mi manta para tapar la intimidad de los que no somos.

Cinco meses con tu ausencia.

Cinco días para mi salida. De vuelta a la libertad de las calles secuestradas por las mafias y el veneno.

Cinco días para que empiece a buscarte. Cinco días para encontrarte. Cinco días para... porque te voy a encontrar.

 

Rodrigo

Rodrigo, ¿Otro cambio de escuela? ¿ Cuántos llevamos? Seis para ser exactos y apenas comenzamos la preparatoria. Y, ¿ahora? Una escuela religiosa, con más estructura, más disciplina, vuelta al temor a Dios, sobre todo cuando los padres se agotan, cuando la moral ya no se justifica.

Bienvenido, Rodrigo, al rebaño del Señor, a la posibilidad de un vida eterna, en cómodas mensualidades, financiada por las confesiones semanales. Sabemos de tus problemas de actitud, es normal, a tu edad... lo que necesitas es templar el espíritu, nosotros forjaremos tu carácter.

Eres el más pequeño de tu casa, tu padre prefiere el golf, tu madre ya se cansó, piensan que tal vez tu crianza es como una industria de autos al por mayor; con el molde del primero se hace la producción en masa.

Agradas, enterneces, estorbas, aburres. ¿Dónde te colocas, Rodrigo? ¿Qué te molesta más, el castigo o la indiferencia? Sabrá Dios...

La soledad castiga, ensombrece, ¿no es verdad? Se te agotan las opciones a tan temprana edad, qué caray.

Y de repente la luz. La voz suave de ese sacerdote, confesor y confidente. Se miró en ti, te reconoció como el adolescente que él mismo fue. Sin dolo, y lleno de fe, compartió su estrategia.

“Busca, busca hasta encontrar el ángel que hay dentro de ti; en cuanto le encuentres sabrás que no estás solo, que el dolor no es en balde, que purifica, y sigue ese camino”.

Y buscaste, tenazmente, y viste al ángel y lo tomaste de la mano y decidiste caminar a su lado.

El sendero se dibujaba a lo alto. Sentiste tus alas. Pero la gravedad es más contundente que el deseo. Rodrigo, dejaste de pisar.